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martes, 17 de enero de 2012

JUAN XXIII: OBEDIENTIA ET PAX

"El único reposo que un obispo debe pedir a Dios, y merecerse, es el del paraíso". Radini Tedeschi


Yo era muy joven cuando Juan XXIII accedió al Papado, y guardaba en el Misal la estampa de la figura mayestática y adusta de Pío XII. Siempre me había llamado la atención la negrura de sus ojos acrecentada por la blancura de la vestimenta papal y porque aquella imagen  me provocaba la misma sensación de veneración y temor que sentía cuando estaba en presencia de mi abuela brasileña, una espléndida mujer, de pelo blanquísimo, porte esbelto y exquisitos modales, a la que sólo oí hablar en alemán y portugués hasta su muerte, y que pervive en mi recuerdo con la misma calidez que pudiera transmitir un témpano de hielo. Seguramente fui injusta entonces tanto con uno como con la otra, pero por más que lo intentaron tirios y troyanos en el corazón de una niña no se manda y nunca sentí más allá de veneración por Pio XII y/o respeto, por ambos dos.

Así las cosas, cuando tras la fumata blanca que anunció al nuevo Papa,  pude ver en el ABC, las imágenes del Pontífice bergamasco, me dio un vuelco el corazón. La sonrisa de aquel Papa, redondito y amigable me hizo sentir bien conmigo misma, y la empatía surgió espontáneamente. Nadie la tuvo que forzar.

Ha pasado casi una vida desde aquello  pero puedo revivir aquella sensación como si fuera hoy y, con el paso de los años, he ido aprendiendo que aquella primera impresión fue acertada aunque muy pobre, y que la grandeza de Juan XXIII  no podría quedar tan sólo, aunque sea mucho, en su sonrisa, su cercanía y su apelativo de “Il Papa buono”.