jueves, 23 de diciembre de 2010

ANGEL GANIVET

Entre las literaturas de los pueblos latinos, es la nuestra la que reviste caracteres más estadizos y rígidos, debido, sin duda, a que aquí las inquietudes, impaciencias, anhelos y ansias de renovación pocas veces toman cuerpo en la opinión pública y rara vez refluye la literatura la agitación ideológica que se registra en las distintas esferas de la actividad mental, verbigracia, en la Filosofía, la Psicología, la Ética, la Estética, la Pedagogía, la Crítica, el Derecho público, &c. Es notoria la falta de interés, cien veces demostrada, de la opinión, pública del país, no ya respecto de dos profesionales de la Literatura, sino también de los hombres cumbres, de las personalidades insignes, como Galdós, Pardo Bazán, Unamuno y Ángel Ganivet, que, en sentir de muchos, pueden ser considerados como los tipos representativos de la creación literaria fuerte, audaz y original. 

Ángel Ganivet fue un espíritu inaudito, contradictorio, arbitrario y desconcertante. No cabe clasificarle en escuela alguna determinada. Fue a un tiempo romántico y naturalista, observador sagaz y pensador clarividente, sutil y de una alteza incomparable. Su existencia fue breve, pues no llegó a cumplir los treinta y tres años. Había nacido en Granada en 13 de Diciembre de 1865 y falleció en Riga en 29 de Noviembre de 1898. Según refieren algunos de sus biógrafos, Ganivet no fue un niño precoz, sino que se desarrolló de un modo normal, sin ofrecer ningún rasgo que señalase un desenvolvimiento prematuro en sus facultades psíquicas. En 1880, próximo a cumplir los quince años, comenzó el bachillerato en el Instituto de su ciudad natal, después de [154] haber estudiado en su propia casa la enseñanza primaria, según el testimonio de su paisano el malogrado periodista Francisco Seco de Lucena. Desde los primeros años de su vida académica no solo evidenció Ganivet gran aptitud, rapidez de comprensión y amor al estudio, sino que aventajó a los demás por sus condiciones nada comunes y, sobre todo, por la brillantez de su ingenio.


Según el relato de uno de sus condiscípulos, Ganivet, que llegó a ser un inspirado poeta, sintió de mozo un cierto desvío por la rima y el metro. En cierta ocasión, su profesor de Retórica trató de explorar en las facultades y aptitudes de los alumnos y al efecto escribió en el encerado diez palabras puestas en columna, una debajo de otra, que constituían las terminaciones de los versos de una décima, encargando a los escolares que al día siguiente le llevasen escrita la composición, sujetándose a los consonantes. Casi todos los alumnos tomaron parte en el concurso, a excepción de Ganivet, que se resistió a la indicación del profesor, afirmando que para decir tonterías en verso era mejor escribir en prosa o no escribir en prosa ni en verso, que es lo que él hizo.



En 1885 obtuvo el grado de bachiller, por oposición, con la calificación de sobresaliente, matriculándose inmediatamente después en las Facultades de Filosofía y letras y Derecho, como alumno pensionado. En ambas carreras demostró condiciones verdaderamente excepcionales, saliendo de la Universidad granadina en 1890, después de obtener el grado de licenciado en las dos Facultades, por oposición.


Afirma Seco de Lucena, que Ganivet fue un estudiante aprovechadísimo; pero no a la manera de los memoristas, sino con una gran independencia de criterio y una prudente reserva, que le llevaba a desechar la opinión ajena, si la juzgaba equivocada, aunque fuese sustentada por profesores prestigiosos. Ganivet compaginó su vocación por los estudios humanistas con su amor a la Naturaleza y el trato continuo con los aldeanos de su casa molino, situada en las afueras de Granada; de ahí que estuviese tan preparado para presentarse a oposiciones como para ganarse el sustento en la industria de la molinería. Una vez terminados sus estudios universitarios y a pesar del gran afecto que [156] sentía por su ciudad natal, como lo demostró algunos años después escribiendo las admirables páginas de Granada, la Bella, sintió en su ánimo el deseo vivísimo de trasladarse a Madrid, porque en el ambiente apacible y tranquilo de la ciudad arábiga no tenía su espíritu inquieto campo suficiente para desenvolverse con amplitud.


Trasladado a la Corte, atravesó Ganivet un período de intensísima actividad, obteniendo en la Central, mediante ejercicios de oposición, el título de doctor en Filosofía. Poco después, por el mismo procedimiento, alcanzó una plaza del Cuerpo de archiveros y bibliotecarios y tras una preparación de menos de veinte días, tomó parte en las oposiciones a una cátedra de Lengua y Literatura griega en la Universidad de Sevilla, obteniendo la plaza uno de sus contrincantes, que se había distinguido por haber traducido la Illiada y la Odisea y que actualmente ocupa una cátedra en esta Universidad: Segalá y Estalella, tan conocido como erudito y como helenista.


En Febrero de 1892, Ganivet, que ansiaba vivamente viajar por Europa, ingresó en el Cuerpo consular, siendo destinado como agregado al Consulado español de Amberes. De la permanencia de Ganivet en Madrid, el que esto escribe oyó hace tiempo referir curiosas anécdotas, algunas de ellas un tanto raras, cada una de las cuales revelaba un carácter autárquico, y representaba un avance de los puntos de vista que adoptó más tarde el célebre escritor en algunos de sus libros. Su permanencia en Amberes, en donde residió durante cuatro años, fue para Ganivet utilísima, ya que con sus frecuentes viajes a Bruselas y París, se puso en relación con los principales representantes de las distintas escuelas filosóficas y literarias que por aquel entonces predominaban en los grandes centros europeos. Este fue el período en que Ganivet trabajo más activamente, poniendo de relieve cuánta fue su actividad, pues se perfeccionó en el estudio de los idiomas, profundizando en el inglés, el alemán, el italiano, el sueco y llegando a dominar el francés de tal modo, que, según sus propias palabras, habituóse, no solo a hablar, sino a pensar en francés, siéndole familiares tanto la poesía clásica como los autores contemporáneos. Toma Ganivet tal predilección por el idioma de Racine, que en [157] instantes difíciles, cuando la preocupación se apoderaba de su espíritu, escribía en francés sus confesiones íntimas, acaso porque aquel idioma, más trabajado que el castellano, se presta más a expresar los matices de un alma torturada.


Decíame en cierta ocasión uno de los amigos más fieles de Ganivet, que las poesías francesas del llorado escritor son admirables, tanto por lo castizas como porque en ellas acertó el autor a plasmar todos sus ensueños y todas sus rebeldías de misántropo.


La voracidad intelectual de Ganivet fue única, pues ningún otro escritor español contemporáneo ha llegado a poseer en la medida que él, un instrumento tan útil y tan preciso como el conocimiento de las lenguas del Norte y el Centro de Europa. Lo que no logró la cultura enciclopédica que atesoraba Ganivet esfumar de su espíritu, fue la influencia que en él había ejercido la Filosofía y la Ética de Séneca, que fue indudablemente, el autor que moldeó en la juventud su pensamiento. Ganivet, que sentía un vivísimo interés por seguir al día las diversas y encontradas corrientes de la espiritualidad contemporáneas y que conocía a fondo las literaturas inglesa, alemana, escandinava, rusa, italiana, &c.; conservó siempre su prístina afición a las literaturas clásicas y más que todo al pensamiento porque en el fondo, a pesar de que comprendía como pocos lo que significaba nuestro atraso, comparado con el despertar de los demás pueblos, amaba con devoción religiosa las glorias del genio español de otros tiempos. De ahí que en su espíritu hubiese siempre una lucha, en ocasiones verdaderamente dolorosa, para adaptar su personalidad a las conquistas y ventajas de la época presente; por que en lo íntimo de su ego sentía renacer su españolismo de rancio abolengo. Acaso por esto, Ganivet, a pesar de haber adquirido una cultura vasta, profunda y siempre de primera mano, no solo no se adaptó a las costumbres y al espíritu europeo por completo, sino que en muchos pasajes de sus libros se advierte que, aun contra su propio deseo, surgían en su espíritu ciertas reminiscencias de nuestro pasado legendario. En cierto respecto, fue Ganivet una paradoja viviente, pues tan pronto suspiraba por el europeismo, como ante ciertos aspectos de la vida cosmopolita, que censuraba con [157] acritud, hacía una apología del feudalismo o de otro régimen pretérito. Sin embargo, aunque fue Ganivet un espíritu antisistemático, se halla en su obra una seriación ideológica, un eje central, que fácilmente encontrará el lector avisado, si logra sustraerse a la influencia de la sugestión del estilo vigoroso y del lenguaje opulento que resplandecen en la mayoría de los libros del llorado autor de Ideárium español.


Del insigne y malogrado escritor granadino se tiene, en general, un concepto que no responde a lo que fue aquel audaz buceador del alma nacional. Para algunos pseudo críticos fue Ganivet un sofista que discurría con agilidad intelectual, ingenio y erudición acerca de los problemas históricos, filosóficos, políticos y estéticos, como hayan podido hacerlo los pensadores subjetivistas de más fama en todos los países y épocas. Para otros era un teorizante irreductible y falto de sentido práctico. Ambos juicios son, en mi sentir, igualmente inexactos, y quienes los formularon es evidente que no habían estudiado la obra de Ganivet a fondo o que acaso no acertaron a descubrir lo que en ella hay de esotérico.


Nada tiene, sin embargo, de extraño que los críticos al uso no penetrasen en la medula de la concepción ganivetiana, porque si algún escritor español contemporáneo puede ser considerado como prototipo de complejidad, es Ganivet. En efecto, de todos los escritores jóvenes españoles que aparecieron en los últimos lustros de la centuria pasada se destacó Ganivet por su vigor mental, por su audacia y por su originalidad inaudita, siendo absolutamente falso que fuese un sofista ni un teorizante, por cuanto era uno de los contados pensadores que vivieron las ideas que propugnaron. Lo que ocurrió a Ganivet que no fue comprendido más que a medias, se ha repetido después con Unamuno, con Silverio Lanza, con Azorín y en estos momentos con nuestro paisano Eugenio D’ors. Por lo que refiere a Xenius es indudable que entre sus lectores de La Veu de Cataluña no hubo ni dos docenas que se percataran de lo que significa la figura del prolígrafo y crítico más insigne con que cuentan hay las letras catalanas. Nada, por otra parte, tiene de extraordinario que en un ambiente de vulgaridad y depresión intelectual como el nuestro, se moteje a los escritores cuando no se les puede admirar por carencia de [158] capacidad en el público. Ahí está el ejemplo de Clarín, que para la gente de su tiempo no fue más que un escritor mordaz, cuando, en realidad, era un novelista insigne, un filósofo y un vidente.


Contra todas las suposiciones y supercherías de que fue objeto, Ganivet era un hombre generoso, que siempre defendió las ideas con un criterio propio y que cuando tenía la seguridad de la certidumbre de sus juicios no solo los defendía con ardimiento, sino que trataba de llevarlos a la esfera de la práctica. Refiere Seco de Lucena que al heredar Ganivet sus bienes paternos y, una vez satisfechos los derechos a la Hacienda, hizo donación a las hermanas, de la parte de herencia que le correspondía, porque se consideraba con elementos bastantes para la lucha por la existencia y entendía que sus padres habían hecho lo suficiente con ponerle en condiciones de adquirir una cultura. No fue este el único acto de generosidad que resplandece en la vida de aquel gran escritor, que, por encima de todo, fue un temperamento cordial. Por esto, por no haber ido Ganivet por los caminos trillados, por haber adecuado su conducta a sus ideas, los siervos de las formas jurídicas lo motejaron de extravagante y llegaron en su torpe avilantez hasta ponerle el estigma de desequilibrado.


Ganivet supo siempre mantenerse, en las relaciones sociales, en una actitud de corrección exquisita y a las frases equívocas y los gestos maliciosos correspondió devolviendo bien por mal. Podía aplicársele la inspirada frase del poeta: «Era canto el sándalo, que perfuma el hacha que le hiere.»


Con ser grandes sus virtudes como ciudadano, no fue este el aspecto en que más sobresalió, pues lo que principalmente distinguía a Ganivet era su intenso amor al trabajo intelectual, que llegó a convertirse en una pasión inextinguible. Sentía por la autocreación un fervor inmenso y es digna de mención la circunstancia de que, a pesar de haber llegado a las cimas más elevadas del pensamiento, jamás experimentó el vértigo de las alturas, sino que fue un ejemplo de modestia y de cortesía para sus compañeros y para cuantos se acercaban a él, considerándole como un maestro esclarecido. Por esto, en las breves temporadas que paso en Granada buscando descanso a su vida de estudios se complacía en [159] indicar a sus amigos las corrientes de la actividad intelectual europea y en sus conversaciones al aire libre, ante la Cofradía del Avellano hacía un derroche de amabilidad y saber, tratando ampliamente los temas filosóficos y estéticos que más atraían a sus camaradas.


Durante tres años, de 1896 a 1898, el influjo de Ganivet trascendió considerablemente a las letras granadinas, que adquirieron mayor vitalidad. Algunos de sus paisanos y amigos que más tarde diéronse a conocer en la Literatura, debieron a las enseñanzas de Ganivet su orientación y su cultura.


El eminente escritor hizo su debut con la publicación de Granada la Bella, escrita en Helsingfors en 1896. Esta obra es una brillante colección de artículos primorosamente escritos y cuyo primer capítulo vio la luz en el periódico El Defensor de Granada, en 22 de Febrero del citado año. El volumen constituye una verdadera curiosidad bibliográfica por haberse impreso en la ciudad finlandesa y está dedicado por el autor a su madre, doña Ángeles García Siles. Algunos críticos calificaron este libro de «originalísima estética urbana», porque Ganivet trate en él de los diversos aspectos de la vida de su ciudad natal. Aparte del interés que pudo despertar entre sus paisanos, por ser una contribución de un granadino entusiasta, varios de sus capítulos revisten indudable importancia porque en ellos se revela un filósofo y un artista. Ganivet en Granada la Bella acertó a exponer sus puntos de mira acerca de una disciplina científica tan nueva y que tanta pujanza ha adquirido en poco más de seis lustros como la Psicología colectiva.


Hizo un notable estudio del medio cósmico y social de Granada y sus análisis del hogar y de la mujer son trabajos admirables, no solo desde el punto de vista estético, sino en lo concerniente a estructura y modo de ser íntimo de la sociedad granadina. Claro es que, tratándose de un temperamento de artista fuertemente acusado, los monumentos y las innumerables bellezas arquitectónicas que guarda Granada en su seno como venerandas reliquias de un pasado glorioso, están admirablemente descritos, así como los cuadros, pletóricos de color, llenos de luz, de los floridos vergeles de la incomparable vega granadina.


Para Ganivet la ausencia de la patria sirvió de acicate [160] a su españolismo y creyó que el modo más fácil de servirla era trabajar con civismo en el estudio para aportar la contribución viva de su intelecto al examen del pasado y del presente. Persuadido de que por aquella fecha, en 1896, nuestro país atravesaba una crisis agudísima y previendo la pérdida de nuestro imperio colonial y acaso nuestra derrota, escribió en la soledad de su gabinete de estudio de Helsingfors su obra magistral, intitulada Idearium español, que, a mi juicio, es la que ha inmortalizado su nombre. Ahora, transcurridos seis años, puede hablarse de Idearium con completa objetividad y señalar que significa este libro, que es uno de los trabajos de filosofía política más profundos y clarividentes que se han escrito en el siglo XIX y como obra de pensamiento, es el ensayo más sólido y severo de la civilización española, no solo en lo relativo a la vida contemporánea, sino también a todas las superposiciones de la cultura que han tenido lugar en nuestro país.


A pesar del valor intrínseco del Idearium español, pasó, al aparecer, poco menos que inadvertido para la crítica, y solo los paisanos de Ganivet le dedicaron, artículos encomiásticos, descubriendo algunos de los meritos que atesoran aquellas 184 páginas, escritas sin plan externo, pero respondiendo a un pensamiento fundamental, que no es otro que un sano y vigoroso patriotismo y un firme propósito de dirigir a España por otros rumbos, respondiendo a un ideal colectivo y al ansia de salvar los destinos de la patria en peligno. El Idearium es un breviario que debieran aprender de memoria todos los españoles que saben leer para inculcarlo, a su vez, a los analfabetos y que, no hubiese ni un ciudadano que desconociera las grandes enseñanzas del pequeño gran libro. Idearium sugiere a un hombre culto muchas más reflexiones que todas las obras de nuestros eruditos y polígrafos. No hay otro libro español que en menos páginas contenga un caudal de ideas tan originales y que ofrezca, un análisis de la realidad hispánica tan ingenuo y vigoroso a la par. Con acierto y sencillez indaga Ganivet en las causas de la decadencia nacional y señala una a uno los gérmenes de nuestra descomposición interna con sagacidad nunca igualada. Ganivet había penetrado en lo más íntimo del alma española y sin aparato científico y casi en términos corrientes bosquejó todas las fórmulas de [161] regeneración, aplicándolas a cada uno de los padecimientos del cuerpo social de España.
Todo el libro rebosa jugosidad, vehemencia, calor de vida, amor a las empresas nobles y fe racional en los destinos de la patria, una vez libertada del confinamiento y cuando supiera desdeñar los triunfos fáciles, venciese la pereza tradicional y se apartara para siempre del retoricismo y de la política convencional, producto del partidismo sectario y sin entrañas. Acaso dejándose llevar de su carácter un tanto arrebatado, Ganivet, en algunos pasajes del Idearium, es optimista en exceso y parece demasiado seguro del venturoso porvenir espiritual de España. Quizás la confianza en sí mismo le hacia proyectar en nuestro pueblo dotes y cualidades que no posee o que, de poseerlas, están tan amortiguadas que, probablemente, ningún constructor de pueblos lograra dinamizarlas en mucho tiempo. También es posible que Ganivet, dejándose llevar de su anhelo de cordialidad suprema, quisiera calmar su propio dolor de español con la morfina del optimismo, y por esto, sin duda, trataba de convencerse a sí mismo de que España podría redimirse de sus culpas en un breve lapso de tiempo.


Para conocer el temple moral de Ganivet conviene fijarse en dos datos sumamente interesantes, ya que descubren su elemento étnico y su temperamento. Decía Ganivet, en una controversia que sostuvo con Unamuno, en el primer apartado de su ensayo El porvenir de España: «Tengo sangre de lemosin, árabe, castellano y murciano. «Realmente, Ganivet era una conjunción de distintas razas entremezcladas que, tras sucesivas generaciones, produjeron lo que el insigne antropólogo Sergi denomina tipo eugénico. En pocos escritores se dan tantas y tan encontradas cualidades como las que atesoraba el malogrado autor de Idearium español. Para poder analizar a fondo la vida de Ganivet y aquilatar toda la energía espiritual que poseyó, precisa tener en cuenta que era un temperamento, nervioso y hierático que, sin proponérselo, naturalmente tendía a lo singular. En el fondo Ganivet tenía todas las cualidades privativas del hombre vigoroso, pronto a la exaltación en su más alto sentido, sin duda, porque heredo (según refiere su amigo y paisano Nicolás María López, el autor de La Tristeza andaluza)la nobleza de carácter y las virtudes ejemplares de su madre, que [162] era una dama de temple heroico. Desde niño tuvo Ganivet arranques geniales, viviendo siempre en contacto con la Naturaleza, sin temor a los agentes naturales y demostrando, en sus juegos al aire libre, una inteligencia vivacísima y un espíritu acometedor. Según el biógrafo ya citado, siendo Ganivet un mozalbete, cayóse de una higuera a la que había subido para cortar una frondosa rama que sombreaba con exceso el jardín de su casa. A consecuencia de la caída rompióse una pierna, teniendo que permanecer durante dos meses en el lecho. Los facultativos que le asistían, para evitar que la gangrena se extendiera por todo el miembro lesionado, trataron de amputárselo; pero Ganivet se negó en absoluto, confiando en la vix medicatrix de la voluntad. Al cabo de sesenta días de haber soportado los sufrimientos sin exhalar la menor queja experimentó una notable mejoría, y poco después, con asombro de los médicos que le asistían, desaparecieron los focos gangrenosos y no tardó en recobrar su vitalidad la pierna, pudiendo Ganivet reanudar sus ejercicios físicos con la misma destreza que antes de ocurrirle el percance.


Nicolás María López refiere también otro episodio que pone de relieve la energía de Ganivet. Cuando este se hallaba en Madrid cursando el doctorado, contrajo la ictericia y uno de los días en que la enfermedad se hallaba en el período álgido se le ocurrió ir a la peluquería. El dueño del establecimiento, al ver el aspecto cadavérico de Ganivet y temiendo que se le muriese en las manos, apresuróse a invitarle a que se retirase a su casa, dándole para reanimarle una copa de Jerez. A los pocos días, sufriendo todavía la enfermedad, se examinó Ganivet de cinco asignaturas como alumno libre y se graduó de doctor en Derecho tras brillantísimos ejercicios.


La vida de Ganivet puede decirse que fue una carrera de obstáculos en la que logró vencer casi siempre. En el orden intelectual jamás buscó el insigne escritor granadino el triunfo fácil, sino que, por el contrario, trató de marcar nuevos derroteros. Así, por ejemplo, La conquista del Reino de Maya por el último conquistador Pío Cid, que apareció en el verano de 1897, causó entre los amigos de Ganivet una impresión vivísima, llegándose a decir que con esta obra había dado un salto a las tinieblas. Ganivet, que, ya en Granada la Bella, estudió el [163] alma de la colectividad en un estado de desenvolvimiento social superior, examinando la ciudad en reposo, trató en La conquista de proyectar el estudio de un organismo social rudimentario, en los primeros vagidos y cuando se inicia la evolución ascendente y progresiva. Haciendo gala de su humorismo, fue disecando una a una todas las instituciones sociales, poniendo de manifiesto sus defectos, sus errores y las consecuencias funestas a que muchas veces dan Lugar los intentos de reforma cuando los pueblos carecen de capacidad para recibirlos. Pintó con mano magistral las aventuras y proezas de Pío Cid y el influjo que ejerció en una tribu de negros del África oriental, en donde supuso que existía el Reino de Maya, situado entre lagos. Ganivet, que conocía muy a fondo la Historia y la Geografía, las razas y las costumbres, una novela originalísima, imitando una serie de cuadros altamente pintorescos, en los que trazó el poder extraordinario de la adaptabilidad de Pío Cid, que, merced a la superioridad de la cultura europea, logró moldear la masa amorfa de negros, explotándolos con habilidad y adecuándose a su modo especial de ser. Es, en verdad, sorprendente la fuerza psíquica que hubo de derrochar el famoso escritor para tejer la curiosa y complicada urdimbre de esta novela, que, escrita toda ella en forma de narraciones de viaje, constituye, en el fondo, un profundo estudio de psicología de las muchedumbres, a la vez que una crítica aceradísima de las formas oropelescas de la civilización europea.


Pero Ganivet no se contentó con la parte que podríamos denominar negativa, sino que, a medida que censuraba lo que representa la conquista y, colonización que actualmente se denominan penetración e influencia, fue exponiendo sus puntos de mira especiales acerca de los problemas de la civilización, señalando aquello que esta conforme con los dictados del humanitarismo por ser producto de la Ética.


Ganivet desenvolvió la idea de que los héroes tradicionales, que la Historia primitiva ha pintado como autores de hazañas extraordinarias, merced a cuyo influjo las tramas se convirtieron de nómadas en sedentarias, llegando a constituir la ciudad y otros organismos sociales, no fueron más que la expresión plástica de los colosales esfuerzos colectivos realizados durante siglos por gran número [164] de generaciones para conquistar un mayor grado de perfección política y social. En La conquista del Reino de Maya pone de manifiesto Ganivet el valor simbólico del proceso genético del pueblo Maya y con un conocimiento verdaderamente extraordinario de la Psicología de verosimilitud a una serie de cuadros episódicos, exponiendo el poder que tiene el hombre inteligente sobre los ignorantes y supersticiosos. En este respecto admirable el capítulo en que describe la aparición de Pío Cid entre los negros y la sencillez con que estos le concedieron todos los honores hasta ungirlo como a un ser sobrenatural. Son también interesantes las páginas que consagra a estudiar los efectos de la sugestión para infundir en aquella tribu las más estupendas patrañas, como la resurrección de Arumi, debida a un milagro. La conquista de Maya termina con el sueño de Pío Cid, en el que trató Ganivet de reivindicar, con más esprit que justicia, a los conquistadores españoles. Porque Ganivet fue grande en todo y cuando se equivocaba era para dignificar a aquellos a quienes la Historia a juzgado ya con severidad implacable.


En La Conquista del Reino de Maya hay muchísimo que leer y muchísimo más que estudiar. Los párrafos que dedica a describir la danza de los guagangas constituyen una de las críticas, más enérgicas de los vicios del parlamentarismo, así como los dedicados a la invención de los rujús son una sátira intencionadísima y rebosante de gracia, de las instituciones de crédito. Quien lea este libro sin penetrar en lo esotérico, es posible que lo encuentre árido y lo deje; pero si consigue percatarse de la intención del autor, hallará en la obra enseñanzas de un gran valor moral.


Las Cartas finlandesas que escribió Ganivet con el propósito de mantener una correspondencia particular con sus numerosos amigos y admiradores de Granada, son una notabilísima colección de impresiones en las que estudia el modo de ser íntimo del pueblo finlandés en todos sus aspectos, desde el culinario hasta el religioso. Ganivet no era cronista brillante ni ameno, en el sentido que se suele dar a esta palabra, confundiéndola muchas veces con la frivolidad. A pesar de estar escritas sus cartas en tono confidencial y sin la menor pretensión de literatismo; propende en ellas Ganivet hacia los temas [165] transcendentales, y propósito de una observación, de un dato, vuelca en las cuartillas un número de reflexiones verdaderamente extraordinarias e incidentalmente expone sus opiniones acerca de los más importantes grupos étnicos de Europa y en especial del pequeño núcleo de población finlandés. Las cartas más sobresalientes son la VIII, la IX y la X, dedicadas a estudiar los diversos estados sociales de la mujer finlandesa, las cualidades estéticas de las mujeres de Finlandia y las ideas que los finlandeses tienen acerca de España, así como la XII y la XIV, en que se ocupa de las vistas, paisajes y cuadros finlandeses y del 1° de Junio, día simbólico, de la organización económica de Finlandia.


También revelan el profundo conocimiento que tenía Ganivet de aquel lejano país las cartas XX y XXI, dedicadas, respectivamente, a la poesía épica popular finlandesa, el Cávala y algunas noticias sobre el movimiento literario y artístico de Finlandia.


Las Cartas finlandesas es, indudablemente, la contribución más personal que se ha publicado en castellano acerca de aquel país, no solo por su valor objetivo, sino también por la cantidad enorme de ingenio, observación e ironía que resplandece en todas sus páginas. Como libro de viaje puede considerarse uno de los mejores que se han publicado en España en estos últimos tiempos.


Era tal la pasión que tenía Ganivet por la producción intelectual, y sus facultades de escritor eran tan prodigiosas, que desde Febrero de 1896 a Mayo del año siguiente, compuso Granada la Bella, Idearium español, La conquista del Reino de Maya y Cartas finlandesas, y desde 1897 a Noviembre del 98, escribió los dos volúmenes de Los trabajos del infatigable creador Pío Cid,Los hombres del Norte, las semblanzas de Jonás Lie, Bjorsterne y Henrieh Ibsen, El porvenir de España y el drama místico en tres actos El escultor de su alma.


Los trabajos de Pío Cid, que quedó sin terminar, es el libro en que la concepción ganivetiana alcanza una mayor intensidad psicológica y el que reviste mayor trascendencia ética y filosófica. A raíz de su aparición, esta obra fue juzgada superficialmente y a excepción de algunos amigos íntimos del autor, como el notable y malogrado crítico Francisco Navarro Ledesma, [166] Azorín,Los trabajos de Pío Cid es la obra más trascendental de Ganivet, aquella en que el insigne escritor granadino puso su alma entera, tratando de reflejar su propia existencia. Cuantos hayan leído los libros de Ganivet estarán seguramente convencidos de que Los trabajos de Pío Cid es el más personal y en el que la emoción palpita en todas las páginas. Maeztu, Gómez de Baquero y más tarde el biógrafo de Ganivet, Francisco Seco de Lucena, también difunto, apenas si la crítica periodística tuvo para ella los elogios que se dedican a cualquier libro vulgar. Y esto es verdaderamente doloroso, porque Ganivet, al escribirlo, combinó fácilmente el elemento histórico y realista con lo imaginado, fundiendo de un modo admirable lo autobiográfico con lo novelesco. Hay en dicha obra capítulos que tienen una intensidad de vida extraordinaria, pues Ganivet acertó a reproducir fielmente escenas y episodios que había presenciado y otros de los que había sido actor principal. El mismo carácter del protagonista, que en algunos instantes resulta contradictorio, incoherente, enigmático y laberíntico, es un fiel trasunto del de Ganivet. La misma pobreza de propósito, los arrestos y la gallardía de Pío Cid, no son, en realidad, más que la transubstanciación del modo de ser del desventurado pensador, pues Ganivet encarnó en Pío Cid todos sus ensueños, sus ilusiones y sus afanes de reconstitución espiritual. La parte novelesca de la obra es la menos vigorosa y, en ciertos respectos, inferior a la autobiográfica. Sea cual fuere la posición en que se coloque el crítico para examinar la índole moral del personaje, no dejará seguramente de reconocer la grandeza y la elevación de espíritu del protagonista, quien, desechando las vanidades sociales y los intereses materiales de todo genero, aspira a la conquista de la serenidad y de la paz, porque se ha hecho superior a las veleidades de la vida superficial y burguesa. Ganivet, al trazar la figura de Pío Cid, creó un tipo de una grandeza de alma extraordinaria que, por propio deseo, se confina, obligándose a llevar una vida modesta, sencilla y a no salir de la oscuridad.


El audaz pensador se superó en este libro a sí mismo, no solo por la alteza del propósito perseguido al infundir un altísimo criterio moral a su héroe, sino [167] también por el profundo conocimiento de la psicología que revela el ir buceando en lo más inextricable de las almas. Por encima de todo, Ganivet era un moralista, y su mayor preocupación fue estudiar el descontento íntimo que se manifiesta en la época contemporánea en el espíritu de los hombres de estudio. Solo un escritor que se hubiese habituado a la reflexión y que poseyera una cultura tan selecta y vasta como la de Ganivet, habría podido concebir el tipo de Pío Cid, que encarna a maravilla al hombre de nuestro tiempo, en constante inquietud espiritual, aguzada por el cultivo del intelecto. En síntesis: Ganivet trató de representar en Pío Cid a un nuevo Prometeo, víctima unas veces de la duda y otras de la escasez de sus conocimientos, para llegar a una concreción afirmativa, sólida. Su dominio de los sistemas filosóficos y religiosos, le permitía discurrir acerca de las más complejas e intrincadas cuestiones de psicología, para poner de manifiesto el drama verdaderamente trágico que significa para un espíritu idealista exaltado, el hallarse sometido a las leyes imperativas de la realidad fenoménica y social.


El carácter de Pío Cid resulta un tanto incompleto, por haberle sorprendido a Ganivet la muerte antes de escribir el tercer volumen. Por esto, cuanto se ha dicho acerca de la tesis que se propuso desarrollar Ganivet con Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, hemos de considerarlo poco fundamentado. No hay manera de despejar la incógnita, pues Ganivet se llevó a la tumba el secreto del símbolo que encarnaba su célebre personaje.


Es evidente que en Pío Cid hay mucho de enigmático y la obra transcendental del insigne pensador, permancerá siempre envuelta en las sombras del misterio.


Ideas semejantes y, puntos de vista análogos desarrolló Ganivet en el drama El escultor de su alma, que envió desde Riga pocos días antes de su fallecimiento, en noviembre de 1898, a su fraternal amigo Seco de Lucena. En distintas ocasiones había mostrado Ganivet una vivísima preocupación por el teatro español, cuya decadencia le entristecía, y, pensando que podía contribuir a la regeneración de nuestra dramática, trató de adaptar al espíritu de la época, lo que era privativo de nuestro [168] genio literario y que tan alto puso el nombre de la escena española en otros tiempos. Al planear y escribir su drama se propuso acomodar al gusto actual, a las aspiraciones presentes, los autos sacramentales de nuestra época de florecimiento. La idea central de El escultor de su alma no es otra que el lograr la perfección del espíritu humano por medio de la lucha y el dolor, y de ahí que toda la obra revista un carácter místico. Sin embargo, hay en el drama un gran calor de humanidad y por eso conmueve hondamente al público, llegando a fascinarle en los momentos culminantes. Los cuatro personajes que intervienen en la obra, más que como seres de carne y hueso han de considerarse como símbolos. En algunos pasajes se observa el influjo que la literatura nórdica ejerció en el ánimo de Ganivet. Debido a esta influencia y al deseo del autor de infundir en el protagonista algunas de las cualidades de las figuras preeminentes del Arte universal, como Prometeo, Edipo, Fausto, &c., el tipo principal y la obra misma, resultan en ocasiones desdibujados y confusos. Una prueba de que este drama, más que como obra literaria debe considerarse como obra filosófica llevada a la escena, es que, a pesar de haberse estrenado con gran éxito en Granada, no ha vuelto a representarse. El éxito mismo que obtuvo en la hermosa capital andaluza debióse, sin duda, a que la acción se desenvuelve en la Alhambra y a que los granadinos quisieran rendir un homenaje de admiración a su ilustre paisano, fallecido poco antes del estreno. En resumen: El escultor de su alma es una obra notable, tanto por su forma literaria como por su pensamiento, predominando en toda ella la idea del arcano perdurable. Ganivet, al escribir este drama, hallábase embargado por el pesimismo y estaba imbuido por la idea del reposo absoluto, como forma suprema de la dicha y sentía un desvío profundo por todo lo terreno. En distintas escenas del drama se vislumbra una idea fija, una visión trágica: la muerte.


De no haber Ganivet atesorado tan altas dotes literarias, que le permitieron escribir el drama en versos pomposos y brillantes, el éxito hubiera sido menor.


Dos días antes de su muerte, el 27 de noviembre de 1898, cuando ya estaba decidido a suicidarse, dejó en el domicilio de su amigo el barón Bruck, ilustre prócer [169] sueco residente en Riga, un pliego dirigido a su otro amigo Navarro Ledesma y en el que formulaba algo así como su testamento, haciendo, entre otras manifestaciones, la siguiente: «No recuerdo haber hecho mal a nadie, ni siquiera en pensamiento; si hubiera hecho algún mal, pido perdón».

Ganivet fue un hombre extraordinario, que si hubiera residido siempre en España, acaso hubiese vivido aún menos de lo que vivió, pues, como Larra, Espronceda y tantos otros españoles insignes, significaba un error de lugar y de tiempo. Nació demasiado pronto para vivir con intensidad y expansión sus ideas reformadoras, basadas en la tolerancia, la ética, sin obligación ni sanción y un humanismo integral, o demasiado tarde para vivir con la nobleza y la hidalguía propias de los tiempos caballerescos. De todas suertes, de su paso por el mundo deja un recuerdo imperecedero que, probablemente, no será infecundo. Su maravilloso libro Idearium español, habrá de influir no poco en el resurgimiento de la patria, y la obra en conjunto de Ganivet no solo será útil a España, sino también a la cultura universal, pues no tardaron en ser traducidos a los idiomas extranjeros algunos de las libros que la integran, aquellos que revisten una mayor objetividad. No puede negarse que Ganivet representa para nuestro país uno de los contados escritores que han removido el pensamiento nacional hasta en sus mismas raíces y en este sentido es acreedor a la gratitud de todos los amantes de la europeización de España.

Por Santiago Valentí Camp (1.875 - 1.934)