"El progreso no consiste en tener más, es decir, acumular bienes materiales, sino en ser más, crecer".
No es inoportuno recordar ahora que en un importante y arriesgado coloquio celebrado en Ávila se ha coincidido, desde dos puntos opuestos del pensamiento y de la doctrina, en la necesidad de retornar al Humanismo, que es una de las características renovables de la cultura europea. El primer Humanismo fue en gran medida el resultado de la gran depresión iniciada en 1328. Arrancaba de uno de los valores más importantes transmitidos desde el cristianismo: es tanta la dignidad que reviste la naturaleza humana que el propio Dios la tomó para sí mismo a fin de salvarla de la destrucción. Con todos los defectos sociales y políticos que siempre parecen inevitables, ese Humanismo que arranca de Petrarca y alcanza a Tomás Moro consiguió dar un vuelco completo a la situación, remontando la crisis económica que parecía entonces, como hoy, insuperable y lanzando a Europa a esa «desoberta do mundo» de la que los hispanos fuimos protagonistas.
