miércoles, 29 de diciembre de 2010

THOMAS MORE (TOMÁS MORO)



BIOGRAFIA


Santo, caballero, Lord Canciller de Inglaterra, escritor y mártir, nacido en Londres el 7 de febrero de 1477-78; ejecutado en Tower Hill, el 6 de julio de 1535.

Tomás fue el único superviviente de sir Juan Moro, abogado y luego juez, y de Agnes (Inés), su primera esposa, hija de Tomás Graunger. Siendo aún niño, Tomás ingresó al colegio de San Antonio en Threadneedle Street, el cual era conducido por Nicolás Holt, y a los trece años de edad fue colocado en la casa del cardenal Morton, Arzobispo de Canterbury, y Lord Canciller. Aquí, su carácter alegre e inteligencia atrajeron la atención del Arzobispo, que lo envió a Oxford, ingresando aproximadamente en el año 1492 a Canterbury Hall (luego absorbida por la Iglesia de Cristo). Su padre le entregó una cantidad de dinero apenas suficiente para vivir, y, por ello, no tuvo oportunidad de perder el tiempo en "vanos o perjudiciales entretenimientos" en detrimento de sus estudios. En Oxford se hizo amigo de Guillermo Grocyn y Tomás Linacre, éste último se convirtió en su primer profesor de griego. Sin ser nunca un riguroso estudiante, dominó el griego "gracias a su instinto de genio", como lo atestigua Pace (De fructu qui ex doctrina percipitur, 1517), quién agrega que "su elocuencia era incomparable y por doble partida, pues hablaba latín con la misma facilidad con el que lo hacía en su propio idioma". 

 
Además de los clásicos, estudió francés, historia y matemática, aprendiendo también a tocar la flauta y la viola. Después de dos años de residencia en Oxford, Moro fue convocado a Londres, ingresando a New Inn como estudiante de derecho, aproximadamente en 1494. En febrero de 1496 fue admitido como estudiante en Lincoln Inn, y tal como se esperaba, fue convocado a formar parte del tribunal externo, siendo luego nombrado juez de la corte. Sus grandes dotes empezaron a llamar positivamente la atención, por lo que los directores de Lincoln Inn lo nombraron "lector" o conferencista de derecho en Furnival´s Inn, siendo sus conferencias tan bien estimadas que su nombramiento fue renovado durante tres años consecutivos.

Sin embargo, queda claro que las leyes no absorbían todas las energías de Moro, pues mucho de su tiempo lo dedicó a las letras. Escribió poesías, tanto en latín como en inglés, una considerable cantidad de estas se ha conservado y son de muy buena calidad, aunque no especialmente notables. También se consagró de una manera especial a las obras de Pico de la Mirándola, cuya biografía publicó unos años después en ingles. Cultivó también el conocimiento de estudiosos y de hombres sabios y, a través de sus antiguos tutores, Grocyn y Linacre, quienes ahora vivían en Londres, hizo amistad con Colet, deán de San Pablo, y Guillermo Lilly, siendo ambos renombrados estudiosos. Colet se convirtió en el confesor de Moro, y Lilly rivalizaba con él en la traducción de epigramas de la Antología Griega al latín, luego reunidas y publicadas en 1518 (Progymnasnata T. More et Gul. Liliisodalium). En 1497 Moro conoció a Erasmo, probablemente en la casa de lord Mountjoy, alumno del gran estudioso y benefactor suyo. Esta amistad rápidamente se convirtió en íntima, y, durante su vida, Erasmo le hizo en varias ocasiones largas visita a Moro en su casa en Chelsea, y mantuvieron correspondencia de manera regular  hasta que la muerte los separó. Además de leyes y de los Clásicos, Moro leyó con mucha atención a los Padres, dando en la Iglesia de San Laurencio Jewry, una serie de conferencias sobre la obra De civitate Dei de San Agustín, a las cuales asistieron muchos estudiosos, entre ellos Grocyn, el rector de la iglesia, es mencionado de manera expresa. Para estar a la altura de dicha asamblea, estas conferencias deben de haber sido preparadas con gran cuidado, pero, para nuestra mala suerte, ni siquiera un fragmento de las mismas ha llegado hasta nosotros. Estas conferencias fueron pronunciadas en algún momento entre 1499 y 1503, época en la que la mente de Moro estaba casi totalmente ocupada con la religión y la duda acerca de su propia vocación hacia el sacerdocio.

Esta época de su vida ha dado pie a muchos malentendidos entre sus varios biógrafos. Se sabe con certeza que vivió cerca de la Cartuja de Londres, y que, a menudo, se unía a los monjes en sus ejercicios espirituales. Usó una "camisa de pelos, la cual nunca abandonó" (Cresacre Moro), y se dedicó a una vida de oración y penitencia. Su mente osciló durante un tiempo entre el unirse a los cartujos o a los franciscanos de la estricta observancia, órdenes que observaban la vida religiosa con gran exactitud y fervor. Finalmente, aparentemente con la aprobación de Colet, abandonó la idea de hacerse sacerdote o religioso, llegando a esta decisión debido a su desconfianza acerca de su perseverancia. Erasmo, su íntimo amigo y confidente, escribe acerca de esto lo siguiente (Epp. 447):

"Entretanto, se aplicó por entero a los ejercicios de piedad con vistas a y considerando el sacerdocio, por medio de vigilias, ayunos, oraciones y austeridades similares. En estas materias demostró ser más prudente que la mayoría de los candidatos, que corren imprudentemente hacia esta difícil profesión sin probar antes sus capacidades. Lo único que le impidió entregarse a este tipo de vida fue el no poder sacarse de encima el deseo de la vida matrimonial. Por consiguiente, eligió ser un casto marido en vez de un sacerdote impuro".

La última frase de este pasaje ha dado pie para que algunos escritores, especialmente a Seebohm y a lord Campbell, para explayarse acerca de la supuesta  corrupción de las órdenes religiosas en aquella época, diciendo que Moro, hastiado de esta corrupción, abandonó su deseo de entrar en religión. El padre Bridgett trata este tema con considerable longitud (Life and Writtings of Sir Thomas More, pp. 23-36), pero baste con decir que esta idea ha sido ahora dejada de lado, incluso por escritores no-católicos, como lo podemos ver en W.H. Hutton:

"Es absurdo afirmar que Moro estaba hastiado de la corrupción monacal, y que 'consideraba a los monjes como una desgracia para la Iglesia'. Él fue durante toda su vida amigo cercano de las órdenes religiosas, y un gran admirador del ideal monástico. Él condenaba los vicios de los individuos; dijo, como su bisnieto declara, 'en esta época los religiosos en Inglaterra se han relajado un poco en la exacta observancia y fervor de espíritu'; pero no existe señal alguna de que su decisión para no optar por la vida monacal, se debiera a una ligera desconfianza a esta forma de vida, o a una aversión hacia la teología de la Iglesia".

Moro, luego de haber decidido no entrar en la vida religiosa, se dedicó a su trabajo en la corte, consiguiendo un éxito inmediato. En 1501 fue eligió como miembro del Parlamento, pero no conocemos su distrito electoral. En el abogó y se opuso a los crecidos e injustos impuestos que exigía el rey Enrique VII a sus súbditos por medio de sus agentes Empson y Dudley, siendo este último, Portavoz de la Cámara de los Comunes. A este Parlamento Enrique le exigió un impuesto de tres-quinceavos, aproximadamente 113,000 libras, pero, gracias a las protestas de Moro, los Comunes redujeron la suma a 30,000. Algunos años más tarde, Dudley dijo a Moro que su intrepidez le pudo haber costado la cabeza, pero, se salvó gracias a no haber agredido a la persona del rey. Pero, incluso así, Enrique se enfadó tanto con él que "tramó una pequeña causa en contra de su padre, encerrándolo en la Torre, hasta que pagó cien libras de fianza" (Roper). Entretanto, Moro había hecho amistad con un tal "Maister Juan Colte, un caballero" de Newhall, Essex, cuyo hija mayor, Juana, se casó con él en 1505. Roper escribe estas líneas acerca de su opción: "si bien su mente se dirigía hacia la segunda hija, pues la consideraba más agraciada y hermosa, consideró que eso causaría un gran pesar y algo de vergüenza a la mayor, al ver que su hermana menor era preferida como esposa antes que ella, por lo que, con gran pesar, empezó a dirigir su mente hacia ella", es decir, hacia la mayor de las tres hermanas. Este matrimonio resultó ser sumamente feliz; tuvieron tres hijas, Margarita, Isabel, y Cecilia, y un hijo, Juan; pero, en 1511, Juana Moro murió, siendo casi una niña. En el epitafio que el mismo Moro compuso veinte años después, la llama "uxorcula Mori", y en una carta de Erasmo, podemos encontrar casi todos los dones que conocemos de su mansa y agraciada personalidad.

Acerca de Moro, Erasmo nos ha dejado un maravilloso retrato en su famosa carta a Ulrich von Hutten, fechada el 23 de julio de 1519 (Epp. 447). La descripción es demasiado larga para darle en su totalidad, pero algunos extractos deben ser colocados aquí.

"Voy ha comenzar por lo que menos conoces, no es alto de estatura, aunque tampoco chato. Sus extremidades están formadas con tan perfecta simetría, que no deja lugar a desear otra cosa. Su cutis es blanco, su cara es un poco pálida, pero nada rubicunda, un rubor débil de color rosa aparece bajo la blancura de su piel. Su pelo es color castaño oscuro o negro parduzco. Sus ojos son de un azul grisáceo, con algunas manchas, las cuales presagian un talento singular, y que entre los ingleses es considerado atractivo, aunque el alemán generalmente prefiere el negro. Se dice que nadie está tan libre de los vicios como él. Su semblante está en armonía con su carácter, siempre expresa una amable alegría, e incluso una risa incipiente y, para hablar con franqueza, está mejor condicionado para la alegría que para la gravedad o dignidad, aunque sin caer en la tontería o en bufonadas. Su hombro derecho es un poco más alto que el izquierdo, sobre todo cuando camina. Este no es un defecto de nacimiento, sino el resultado de un hábito, como los que solemos a menudo contraer. El resto de su persona no tiene nada que ofenda… Parece haber nacido e ideado para la amistad, y es un amigo muy fiel y paciente… Cuando encuentra alguien sincero y según su corazón, se complace tanto en su compañía y conversación que pone en él todo el encanto de la vida… En una palabra, si quieres un perfecto modelo de amistad, no lo encontrarás en nadie mejor que en Moro... En asuntos humanos no hay nada de lo que él no saque algo divertido, incluso de cosas que son serias. Si conversa con los sabios y juiciosos, se deleita en su talento, si con el ignorante y tonto, se deleita de su estupidez. Ni siquiera se ofende con los bromistas profesionales. Con una destreza maravillosa se acomoda a cada situación. Incluso con su propia esposa, como regla hablando con mujeres, habla con muchos chistes y bromas. Nadie es menos llevado por las opiniones de la muchedumbre, sin embargo, se aleja menos que nadie del sentido común"… (véase Life, escrita por el padre Bridgett, pág., 56-60, para leer toda la carta).

Moro se casó nuevamente poco después la muerte de su primera esposa, optando esta vez por Alicia Middleton, una viuda. Ella era mayor que él por siete años, un alma buena, algo simple, sin belleza y educación; pero una buena ama de casa y se consagró al cuidado de los niños. En general, este matrimonio parece haber sido bastante satisfactorio, aunque la señora Moro normalmente no entendía los chistes de su marido.

La fama de Moro como abogado era, en esta época, muy grande. En 1510 fue nombrado alguacil menor de Londres, y cuatro años después, el cardenal Wolsey lo escogió para realizar una embajada a Flandes, para velar por los intereses de los comerciantes ingleses. Por este motivo, en 1515, estuvo fuera de Inglaterra durante más de seis meses. Durante este periodo realizó el primer boceto de su Utopía, obra famosa que fue publicada al año siguiente. Tanto el rey como Wolsey estaban deseosos por afianzar los servicios de Moro en la Corte. En 1516 se le concedió una pensión vitalicia de 100 libras, al año siguiente fue miembro de la embajada a Calais, y, más o menos por esa fecha, se convirtió en miembro del Consejo secreto. En 1519 renunció a su cargo de alguacil menor y se dedicó por completo a la Corte. En junio de 1520 ya pertenecía al séquito de Enrique en el "Campo de la Tela de Oro", en 1521 fue investido como caballero y el rey lo nombró tesorero subalterno. Cuando, al año siguiente, el emperador Carlos V visitó Londres, Moro fue elegido para darle unas palabras de bienvenida en latín; recibió tierras en Oxford y tres años después en Kent, siendo esto una prueba del gran favor que Enrique le tenía. En 1523 por recomendación de Wolsey, fue elegido Portavoz de la Cámara de los Comunes; en 1525 fue nombrado Administrador Mayor de la Universidad de Cambridge; y ese mismo año fue nombrado Canciller del Ducado de Lancaster, además de los cargos que ya tenía y ejercía. En 1523 Moro compró un trozo de tierra en Chelsea, en donde se construyó una mansión, aproximadamente a unos noventa metros del banco norte del Támesis, con un gran jardín que iba a lo largo del río. En ocasiones el rey se aparecía a cenar en esta casa sin ser esperado, o caminaba por el jardín rodeando con su brazo el cuello de Moro, disfrutando de su conversación. Pero Moro no se hacía ilusiones acerca del favor real del cual disfrutaba. "Si con mi cabeza consigue un castillo en Francia" —le dijo en 1525 a Roper, su yerno— "lo haría". En esta época la controversia luterana se había extendido a lo largo de Europa y, con algo de desgano, Moro se vio arrastrado en él. Sus escritos en defensa de la fe son mencionados en la lista de sus trabajos que damos a continuación, por lo que baste con decir que, si bien escribe con bastante más refinamiento que la mayoría de los escritores apologéticos de la época, en ellos hay cierto sabor desagradable para los lectores modernos. Al principio escribió en latín, pero cuando los libros de Tindal y otros reformadores ingleses empezaron a ser leídos por gente de todas las clases, adoptó el inglés como más útil a sus propósitos, haciéndolo así, dio no poca ayuda al desarrollo de la prosa inglesa.

En octubre de 1529, Moro sucedió a Wolsey como Canciller de Inglaterra, un cargo que nunca antes había sido ejercido por un seglar. En materias políticas no continuó con la línea de Wolsey, y su tenencia de la cancillería fue memorable por su justicia sin igual. Su diligencia era tal, que el suministro de causas quedaba realmente exhausto, hecho conmemorado en la famosa rima,

When More some time had Chancellor been
No more suits did remain.
The like will never more be seen,
Till More be there again.
(Cuando Moro por un tiempo fue Canciller
No quedaron juicios pendientes.
Algo así jamás será visto otra vez,
Hasta que Moro esté nuevamente ahí).


Como canciller, su deber era velar por el cumplimiento de las leyes en contra de los herejes y por ello, se granjeó los ataques de escritores protestantes, tanto de su época como de tiempos posteriores. No hay necesidad de tratar este punto aquí, pero la actitud de Moro es clara. Él estuvo de acuerdo con los principios de las leyes en contra de los herejes, y no tenía dudas en hacer que se cumplieran. Como él mismo escribió en su "Apología" (cap. 49), eran los vicios de los herejes lo que él odiaba, y no a ellos como persona; y nunca llegó a extremos, antes de haber hecho todos los esfuerzos para lograr que fueran llevados ante él, para que se retractasen. Su éxito en esta empresa queda demostrado por el hecho de que sólo cuatro personas fueron multadas por herejía durante todo el tiempo en el que ejerció su cargo.

La primera aparición pública de Moro como canciller fue en la apertura del nuevo Parlamento, en noviembre de 1529. Los relatos del discurso que pronunció  en esta ocasión varían considerablemente, pero lo que sí queda bastante claro, es que él no tenía conocimiento alguno acerca de la serie de continuas intromisiones que este Parlamento haría en la Iglesia. Unos meses después, se dio la proclama real decretando que el clero debía reconocer a Enrique como "Cabeza Suprema" de la Iglesia "hasta donde la ley de Dios lo permitiera". Según el testimonio de Chapuy, Moro renunció a la cancillería en ese mismo instante, pero esta no fue aceptada. Su firme oposición a los planes de Enrique con respecto al divorcio, a la supremacía pontificia, y a las leyes en contra de los herejes, le hicieron perder con rapidez el favor real, y, en mayo de 1532, renunció a su cargo de Lord Canciller, después de ejercerlo durante menos de tres años. Esto significaba la pérdida de todos sus ingresos, salvo las 100 libras por año, las rentas por alguna propiedad que había comprado; pero él, con alegre indiferencia, redujo su estilo de vida para que esté de acuerdo a sus ingresos. El epitafio que escribió durante esta época para la tumba en la iglesia de Chelsea, dice que él pensaba consagrar los últimos años de su vida a prepararse para la otra vida.

Durante los siguientes dieciocho meses, Moro vivió aislado, dedicando bastante tiempo a los escritos apologéticos. Ansioso por evitar una ruptura pública con Enrique, guardó su distancia en la coronación de Ana Bolena, y cuando en 1533, Guillermo Rastell, su sobrino, escribió un folleto apoyando al Papa, el cual le fue atribuido a Moro, éste escribió a una carta a Cromwell, en la que negaba su participación y declaraba que conocía bastante bien sus obligaciones para con su rey, como para criticar sus políticas. Esta neutralidad, sin embargo, no satisfizo a Enrique, y el nombre de Moro fue incluido en el Decreto de Condenación enviado a los lords, contra la Doncella de Kent y sus amigos. Moro fue llevado ante cuatro miembros del Consejo, y se le preguntó el por qué de su negativa para aprobar la acción en contra del Papa de Enrique. Él contestó que ya había explicado esto al rey personalmente, y sin incurrir en su disgusto. Luego de un tiempo, en vistas a la gran popularidad de Moro, Enrique consideró que era conveniente borrar su nombre del Decreto de Condenación. Este hecho le mostró lo que podía suceder, pero, el Duque de Norfolk le advirtió personalmente del grave peligro en el que se encontraba, agregando: "indignatio principis mors est". "Si eso es todo, mi lord" —contestó Moro— "entonces, de buena fe, entre su gracia y yo, hay sólo una diferencia, que yo moriré hoy, y usted mañana". En marzo de 1534, el Acta de Sucesión fue aprobado, la cual obligaba a todos a hacer un juramento reconociendo a la prole de Enrique y Ana como herederos legítimos al trono, y además, incluía una cláusula en la que se repudiaba "cualquier autoridad extranjera, sea príncipe o potestad". El 14 de abril, Moro fue convocado por Lambeth, para que realizara su juramento y, al negarse, fue dado en custodia al Abad de Westminster. Cuatro días después, fue llevado a la Torre, y en noviembre fue condenado a prisión, acusado de traición. Las tierras que la corona le había entregado en 1523 y 1525 pasaron nuevamente a ser propiedad de la misma. En prisión padeció bastante por "su ya antigua enfermedad del pecho… por la grava, las piedras, y por las restricciones", pero su alegría habitual permanecía, y bromeaba con su familia y amigos siempre que le permitían verlos, mostrándose tan alegre como cuando estaba en Chelsea. Cuando estaba solo, pasaba el tiempo rezando y haciendo penitencia; escribió el "Diálogo sobre la consolación en la tribulación", tratado (inconcluso) sobre la Pasión de Cristo, y muchas cartas a su familia y a otros. En abril y mayo de 1535, Cromwell lo visitó para pedirle su opinión sobre los nuevos estatutos que le conferían a Enrique el título de Cabeza Suprema de la Iglesia. Moro se negó a dar cualquier respuesta más allá de declararse un súbdito fiel del rey. En junio, Rich, el procurador general, tuvo una conversación con Moro, y cuando presentó su informe de la misma, declaró que Moro había negado el poder del Parlamento para conferir la supremacía eclesiástica a Enrique. Fue en esta época en que se descubrió que Moro y Fisher, el Obispo de Rochester, habían intercambiado cartas mientras éste estaba en prisión, dando como resultado el que se le privara de todos los libros y materiales de escritura, pero él escribió a su esposa y a Margarita, su hija preferida, en trozos de papel desechados, con un palo carbonizado o pedazo de carbón.

El 1 de julio, Moro fue acusado de alta traición en Westminster Hall, ante una comisión especial conformada por veinte personas. Moro negó los cargos de la acusación, los cuales eran enormemente extensos, y denunció a Rich, el procurador general y principal testigo, de perjuro. El jurado lo declaró culpable y lo sentenció a ser colgado en Tyburn, pero, después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El relato de sus últimos días en la tierra, tal como lo narran Roper y Cresacre Moro, son de una gran belleza y ternura, y debe de ser leído en su totalidad; ciertamente, ningún mártir lo superó en fortaleza. Tal como Addison escribió en The Spectator (No. 349) "su inocente alegría, la cual siempre ha sobresalido durante su vida, no lo desamparó ni el último minuto… su muerte fue tal cual fue su vida. No hubo nada nuevo, forzado ni afectado. Él no veía su decapitación como una circunstancia que debía producirle algún cambio en su disposición fundamental". La ejecución tuvo lugar en Tower Hill "antes de las nueve en punto" del día 6 de julio, su cuerpo fue enterrado la iglesia de San Pedro ad vincula. Su cabeza, luego de ser sancochada, fue expuesta en el Puente de Londres durante un mes, hasta que Margarita Roper sobornó al encargado de tirarlo al río, para que se la entregara a ella. El último destino de esta reliquia es incierto, pero, en 1824, una caja de plomo fue hallada en la cripta de los Roper, en San Dunstan, Canterbury, la cual, al ser abierta, contenía una cabeza, la cual, se presume, pertenece a Moro. Los padres jesuitas en Stonyhurst, poseen una importante colección de pequeñas reliquias, la mayoría de ellas pertenecían al padre Tomás Moro S.J. (m. 1795), último heredero masculino del mártir. Éstos incluyen su sombrero, su birrete, su crucifijo de oro, un sello de plata, "George", y otros artículos. Su camisa de penitencia, la cual usó durante muchos años y envió a Margarita Roper el día antes de su martirio, es conservada por los canónigos agustinos de la Abadía de Leigh, en Devonshire, a quienes les fue confiada por Margarita Clements, la hija adoptiva de Tomás Moro. Varias cartas autógrafas se encuentran en el Museo británico. También existen varios retratos, siendo el mejor, el que realizó Holbein, el cual se encuentra entre las posesiones de E. Huth, Esq. Holbein también pintó a una gran cantidad de los miembros de su familia, pero este cuadro ha desaparecido, aunque el boceto original está en el Museo de Basilea, y una copia del siglo decimosexto se encuentra en propiedad de Lord St. Oswald. Tomás Moro fue beatificado por el Papa León XIII, en un Decreto emitido el 29 de diciembre de 1886. [Nota: En 1935, fue canonizado por el Papa Pío XI].

 

SUS ESCRITOS

Moro fue un agudo escritor y no poco de sus trabajos permanecieron manuscritos hasta unos años después de su muerte, mientras que otros se han perdido. De todos sus escritos, el más famoso es, sin duda alguna, Utopía, publicada por primera vez en Lovaina, en 1516. Esta obra narra los viajes ficticios de un tal Raphael Hythlodaye, un personaje mítico que, en el curso de un viaje a América, fue dejado en Cabo de Frío, y estuvo vagando hasta que, por casualidad, llegó a la Isla llamada Utopía ("ningún lugar") en la que encontró una sociedad ideal. Esta obra es un ejercicio de su imaginación, mezclado con una brillante sátira sobre el mundo en el que vivía. Algunos personajes reales, tales como Pedro Giles, el cardenal Morton, y el mismo Moro, toman parte en algunos diálogos con Hythlodaye, dándole así un aire realista, el cual, deja al lector confundido para determinar dónde acaba lo real y comienza lo ficticio, algo que ha llevado a no pocos a no tomar este libro en serio. Pero, esto es precisamente lo que Moro había planeado, y no queda duda de que él habría estado encantado al haber entrampado a Guillermo Morris, quien descubrió en esta obra todo un evangelio de socialismo; o al cardenal Zigliara, quien lo denunció como "no menos tonto que impío"; tal como debió de haber sucedido con sus contemporáneos, que se propusieron contratar una nave y mandar a misioneros a esta inexistente isla. El libro fue varias veces editado en su versión latina original y, al cabo de unos años, fue traducida al alemán, italiano, francés, holandés, español, e inglés.

Una edición reunida de sus trabajos en ingles fue publicada por Guillermo Rastell, su sobrino, en Londres, en 1557; nunca se ha reimpreso y ahora es un ejemplar poco común y costoso. La primera edición de la colección de sus trabajos en latín apareció en Basilea, en 1563; una colección más completa fue publicada en Lovaina en 1565, y nuevamente en 1566. En 1689 la edición más completa fue publicada en Frankfurt del Main, y en Leipzig. Después de Utopía estos son sus obras más importantes:
  • "Luciani Dialogi… compluria opuscula… ab Erasmo Roterodamo et Thoma Moro interpretibus optimis en el Latinorum lingua traducta…" (París, 1506);
  • "Here is conteigned the lyfe of John Picus, Earle of Mirandula…" (Londres, 1510);
  • "Historie of the pitiful life and unfortunate death of Edward the fifth and the then Duke of York his brother…", impreso de manera incompleta en "English Works" (1557) y reeditado y terminado con las Hall’s Chronicle, realizado por Wm. Sheares (Londres, 1641);
  • "Thomae Mori v.c. Dissertatio Epistolica de aliquot sui temporis theologastrorum ineptiis…" (Leyden, 1625);
  • Epigrammata...Thomae Mori Britanni, pleraque e Graecis versa. (Basilea, 1518); Eruditissimi viri Gul. Rossi Opus elegans quo pulcherrime retegit ac refellit insanas Lutheri calumnias (Londres, 1523), escrito por pedido de Enrique VIII, en respuesta a la respuesta de Lutero a la real obra "Defensio Septem Sacramentorum";
  • "A dyaloge of Syr Thomas More Knyght . . .of divers maters, as of the veneration and worshyp of ymages and relyques, praying to sayntys and goyng on pylgrymage…" (Londres,1529);
  • "The Supplycacyon of Soulys" (Londres, 1529[?]), escrito como respuesta a la obra de Fish "Supplication of the Beggars";
  • "Syr Thomas More's answer to the fyrste parte of the poysoned booke…  named “The Souper of the Lorde”" (Londres, 1532);
  • "The Second parte of the Confutacion of Tyndal's Answere… " (Londres, 1533); estas dos obras juntas, conforman la más extensa de las obras escritas por Moro; además de Tindal, trata también en esta segunda parte sobre Robert Barnes;
  • "A Letter impugnynge the erronyouse wrytyng of John Fryth against the Blessed Sacrament of the Aultare" (Londres, 1533);
  • "The Apologye of Syr Thomas More, Hnyght, made by him anno 1533, after he had given over the office of Lord Chancellour of Englande" (Londres, 1533);
  • "The Debellacyon of Salem and Bizance" (Londres, 1533), una respuesta a la obra anónima titulada "Salem and Bizance", y revindicando el severo castigo de los herejes;
  • "A Dialogue of Comfort against Tribulation … " (Londres, 1553).
Entre las otras obras que se encuentran en el volumen reunido en los "Trabajos ingleses" tenemos estos que no han sido publicados previamente:
  • An unfinished treatise "uppon those words of Holy Scripture, 'Memorare novissima et in eternum non peccabis'", fechado en 1522;
  • "Treatise to receive the blessed Body of our Lorde, sacramentally and virtually both";
  • "Treatise upon the Passion" inconcluso;
  • "Certein devout and vertuouse Instruccions, Meditacions and Prayers";
  • algunas cartas escritas desde la Torre, incluyendo sus emocionantes cartas a su hija Margarita.


RESUMEN DE SU OBRA "UTOPÍA"
Por Eduardo Luís Haiek

Utopía: Lugar que no existe. Teoría fundada en la justicia y la bondad pero de imposible realización. La obra "Utopía" es una novela política, donde el autor plasma ideas filosóficas y políticas. Describe una República ideal e imaginaria regida por sabias leyes, que aseguran a todos sus habitantes un mínimo de felicidad a cambio de su trabajo. Este modelo se opone a los males de la sociedad de su tiempo.
Es una novela política, cuadro idealista, de un Estado democrático. Estos ideales están reñidos con la naturaleza real del hombre y de la cosas. Es su propósito lograr una sociedad justa, regida por los máximos principios de la libertad, bienestar y solidaridad humana.
Los principios que rigen esta obra son los de la razón y la igualdad. Presenta una sociedad ideal, donde se elimina la codicia y la propiedad privada.
Es una obra modelo de la época del pensamiento humanista. Su autor, Tomas Moro, fue Canciller durante el reinado de Enrique VIII, por lo cual, es un gran conocedor de la organización inglesa.
Una vez realizada y redactada la obra fue enviada a Peter Giles con el propósito de que sea revisada y editada. Tomas Moro hace en el inicio, una especie de carta introductoria a Giles explicándole acerca de algunas dudas e inquietudes.


LIBRO I

La primera parte, titulada La Relación de Rafael Hythloday con Moro, se refiere al mejor estado de una república.
Dado que había surgido un conflicto entre Enrique VIII de Inglaterra y Carlos I de España, se envía una comitiva a Flandes con la intención de conciliación y por una decisión final sobre el tema.
En Amberes, Moro encuentra Peter Giles, quien le presenta a Rafael Hythloday, hombre de buena reputación, honrado, bien instruido, sincero. Hombre experimentado en viajes por el mundo y un filósofo estudioso del griego y su cultura. Renunció a sus propiedades y su tranquilidad, para viajar con Américo Vespucio por el mundo.
En un diálogo con Moro le relata de tierras lejanas, de leyes justas y buenas, de las que las otras naciones debían tomar ejemplo. Ante tanta experiencia se le invita a unirse a la corte de algún Rey, con el objeto de ser útil con sus consejos. A esto, él contesta que prefiere su libertad a vivir esclavo de un Rey. Fundamenta su decisión, diciendo que ni los reyes, ni los que lo rodean, valoran los consejos de ningún sabio, por que están más interesados en guerras y hazañas caballerescas y en sus propias comodidades.
El espíritu de la injusticia por un lado, y de la justicia por el otro aparecen claramente explicados por Rafael. Continúa diciendo que la injusticia podría evitarse creando medios para que los ciudadanos puedan ganarse la vida mediante el trabajo manual y la agricultura.
El aboga en defensa del ciudadano, comentando que son los señores los que los convierten en malhechores, encarcelándolos o pagándoles con la muerte. Critica a los que se creen servidores de la República. Al Rey, a los caballeros sirvientes, señores quienes se creen sabios y solo oprimen a los trabajadores con sus leyes injustas.
Alude a Inglaterra y Francia, diciendo que allí, los hombres de guerra son ociosos mercenarios, a quienes se les da más importancia, simplemente porque conservan la paz o mejor hacen la guerra; para lo cual, los gobernantes, tratando de mantenerlos ocupados, les improvisan guerras convirtiéndolos en asesinos; pero cuando vienen de la guerra inútiles, inválidos y enfermos los expulsan y pasan a ser pobres. Aparecen los caballeros "justos", que se creen justos, pero mediante fraudes y artimañas les usurpan las tierras a los colonos y todo cuanto tienen, empujándolos a la condición de mendigos y ladrones para luego ser encarcelados o pagar con la muerte.
La ambición, la irrazonable codicia y el materialismo, la lujuria y la glotonería, de esta clase de poderosos señores, solo llevan a la extrema condición de baja moral (juegos, fiestas, prostitución, etc.).
Después de una extensa crítica a los poderosos, con los que no comparte sus acciones, sugiere soluciones para evitar los excesos. No dejar que los ricos manejen con su monopoliomercado. Combatir la ociosidad que lleva a la mendicidad, creando leyes justas y fuentes el de trabajo.
No es que el robo deba escapar del castigo, sino que no es justo ni legal perder la vida por dinero, la vida está por encima de todo. El asesinar a un hombre por dinero no es menos punitorio que el apoderarse de dinero por hambre.
Los poderosos manejan la muerte aunque Dios diga: "no mataras". El hombre le pone límite a este mandato, permitiendo matar mediante leyes que contemplan este castigo ante el delito. Lo mismo, cree, debería establecer la constitución, es decir, en que medida los actos inmorales puedan ser legales.
La ley de Moisés es un modelo, de como se castigaba el robo sin acudir a la muerte. Devolvían el dinero robado, por medio de la restitución.
Otras Repúblicas, también, castigaban dando oportunidades de vida. Les daban trabajo a cambio de comida y otras actividades, restringiéndoles la libertad. Este sistema de respetovalor de la libertad a los delincuentes, debería ser tomado como ejemplo por Inglaterra y por la vida, darles oportunidades, hacerles entender el Francia y las demás Repúblicas.
Nuevamente se le invita a Rafael a ser un consejero en las cortes de los reyes. El está de acuerdo en que se debe escuchar el concejo de un filósofo, ya que para tener una república feliz, es importante escucharlos o los gobernantes deberían estudiar filosofía. De esta manera habría reyes sabios y no corruptos, de otra manera, se usaran artimañas para alcanzar la paz y el progreso. Los actos de presión, hacen que el pueblo no se rebele. Someten por el miedo con leyes injustas. Para estos gobernantes, la paz consiste en la pobreza del pueblo, y aconseja Rafael, que el Rey que actúa así, mejor seria que renunciara.
Menciona que en la República de Platón y en Utopía hay paz, la verdadera, porque todas las cosas son en común, porque las leyes son pocas y bien aplicadas. Insiste en que las ciudades deben tomar ejemplo. Le gusta decir la verdad aunque sea desagradable, así como Cristo dijo la verdad y lo hizo públicamente.
Las costumbres, los decretos pestilentes en las otras ciudades corrompieron la justicia y el estado. Donde el dinero es el interés de los que gobiernan, no se puede gobernar con justicia y prosperidad para todos. Allí, la riqueza es para unos pocos, mientras el resto sufre miseria. No cree que la riqueza privada sea conveniente.
Ejemplifica a Utopía, donde hay pocas leyes y gran virtud, tiene abundancia por que todo es común. Mientras halla un solo hombre, dueño absoluto de lo suyo, habrá injusticia y pobreza. Por otro lado donde hay orden, organización, bien común, trabajo, estudio y dedicación, habrá prosperidad justicia y paz


LIBRO II

Referido a la mejor República. En primer lugar, hace referencia a las características de la Isla Utopía.
El rey de Utopía, guía al pueblo que era salvaje, a la perfección en las costumbres, humanamente y civilizándolos. Esta isla está constituida por ciudades - estado; donde existen granjas, y donde hay un jefe llamado filarca (cabeza de tribu).
A los miembros de la ciudad se los prepara e instruye para las tareas del campo. Para que no se produzca escasez de los productos por falta de conocimiento en el tema. (Se practica la incubación artificial); lo producido, cuando no es usado se reparte entre los vecinos.
El estado provee los elementos necesarios para la producción sin costo alguno. La ciudad más importante es Amaurota, ya que allí reside el consejo de los magistrados. Se eligen anualmente los sifograntes (filarcas), estos a su vez, con voto secreto, eligen al príncipe, el cual es vitalicio siempre que no sea sospechoso de tiranía. Además, los cargos son anuales, y el consejo es el encargado del bien común y de dar los resultados de los comicios, luego de ser tratados durante tres días. Esto se hacía con el fin, de evitar la tiranía de los gobernantes.


DE LAS CIENCIAS, ARTES Y OCUPACIONES

La ciencia común a todos es la agricultura, que es practicada por todos (hombres y mujeres), para ello se preparan desde niños en las escuelas y los campos. Además de la agricultura, se practican otras ciencias como tejer, carpintería, albañilería, herrería. La función de los sifograntes es velar para que los hombres trabajen cada uno en su arte; también hay un espacio para la música y la reflexión.
Si bien en esta isla no se cumple con las horas de trabajo, porque la provisión de las cosas no falta. Se pregunta: ¿Cuanto de ocioso tiene la vida de los sacerdotes y religiosos? También, incluye a los latifundistas, a los que llama gentiles, hombres y nobles. Y pone de manifiesto que en la isla Utopía todos trabajan en cosas productivas y no inútiles, como en otros lugares, de modo tal, que lo que se produce es suficiente para la subsistencia, la comodidad y el placer.
Los únicos exentos del trabajo, son, además de los sifograntes, los que el pueblo, aconsejado por los sacerdotes y los sifograntes, ha elegido para concederles una dispensa perpetua del trabajo, para que se dediquen con toda tranquilidad al estudio. Estos, deberán responder a la confianza depositada, caso contrario, volverá al estamento de los artesanos. A veces, se dan casos contrarios, entre estos estudiosos se eligen los sacerdotes, embajadores y hasta el príncipe.


DE SU VIDA Y RELACIONES MUTUAS

La ciudad esta compuesta por familias, y a éstas, a su vez, la componen los parientes, las mujeres al casarse, van a la casa de su marido, no así los varones que siguen en su casa y el jefe es el más anciano. En la ciudad se establece el número de habitantes que debe mantener, como así también, el número de hijos que puede mantener una familia, la relación de los ciudadanos.
El mayor gobierno de la familia. Las esposas: dependen de sus maridos; los hijos: dependen de los padres; los más jóvenes de los mayores. La ciudad esta dividida en cuatro partes o barrios. Barrios - centro = mercado de productos, allí la familia encuentra todo lo que necesita y lo lleva gratuitamente por que todo abunda. También existen en estos lugares una limpieza exagerada.
A la hora de la alimentación, los primeros son los hospitales, que son tan amplios, aparentando ser otras ciudades. Y están muy bien dotados de todo lo necesario. Todos acuden a comer en salas preparadas por esclavos, de las comidas se encargan las mujeres por turno.
Los habitantes de las islas tenían restricciones para los viajes, y podían ser castigados, como fugitivos o desertores y castigarlos con la esclavitud. No existen en la ciudad lugares malos, de modo que todos los hombres sanos se dediquen al trabajo y de esa manera no existan hombres pobres o necesitados. El Estado es considerado una gran familia, donde se protegen unos a otros. En este país, su tesoro para casos de guerra y para contratar soldados extranjeros. Los utopienses detestaban la suntuosidad y la ostentación, y criticaban a quienes lo eran y los despreciaban, por ejemplo a los embajadores que soberbios y orgullosos, exponían todo su oro.
La filosofía de las costumbres y la moral, plantea la discusión de las cualidades del alma, la razón, la virtud, pero principalmente la felicidad del hombre y debemos agregar estos principios de la religión:
  • El alma es inmortal y destinada a ser perfecta.
  • Premiar las buenas acciones y castigar las malas.
  • La felicidad no es el placer.
La virtud es definida como una vida ordenada según la naturaleza, y los hombres son orientados por Dios. Se considera injusticia, el hecho de que un hombre trate de impedir a otro que sea feliz.
Dios recompensa a quienes han regalado placer. Los Utopienses, consideran como algo bajo y vil, el hecho de que el más fuerte oprima o destruya al más débil por placer. Podemos diferenciar dos clases de placeres: del alma y del cuerpo.
La razón humana, considera verdadero lo de la virtud y el placer. La gente de Utopía era trabajadora y estudiosa. Tenían gran interés en aprender el latín y lo hicieron muy rápido. Así, pudieron leer las obras de Platón, Aristóteles, Plutarco, Homero, Aristófanes, Heródoto y otros.


DE LOS ESCLAVOS ENFERMOS, MATRIMONIOS Y OTRAS MATERIAS

Son esclavos en Utopía, los que fueron castigados a serlo por haber cometido delitos, o quienes han sido condenados a muerte por delitos graves en otras ciudades, de esta clase hay muchos en la isla. Estos, trabajan continuamente y están encadenados. A los otros, de la isla, los tratan con mayor severidad, por considerarlos casos perdidos. Hay otro tipo de esclavos, el que elige por voluntad propia serlo, debido a la mala situación en la que vivían en otras ciudades, a estos se los trata de la misma manera que a los ciudadanos, salvo que deben trabajar más. Si alguno de estos esclavos decide irse, no hay resistencia a ello y nunca dejan que se marche con las manos vacías.
En cuanto a los enfermos, los Utopienses cuidan de ellos, con afecto y total dedicación para devolverles la salud. En caso de enfermedades dolorosas o incurables, los sacerdotes y los magistrados, inducen a estos a, que viendo que no hay posibilidad de mejoría y vivir es una tortura, no se rehúsen a morir, explicándoles, que obrando así, dejan esta vida siendo hombres virtuosos. Una vez convencidos terminan con su vida voluntariamente de hambre, el que se suicida sin el consejo de los sacerdotes y magistrados, es considerado indigno de ser sepultado.
En lo relativo al matrimonio, aquí no es solo disuelto por la muerte. Puede disolverse por adulterio o por costumbres intolerables que puedan ofender a algunas de las partes. De vez en cuando se divorcian, cuando ambos cónyuges no se pueden entender bien, con el consentimiento de los dos, se vuelven a casar. Pero el que terminara el matrimonio sin alegatos claros, es condenado a la esclavitud.
No existe ley que castigue algún tipo de transgresiones, sino que el consejo decide el castigo según la gravedad del delito. Los más graves, son condenados a la esclavitud, ya que así, se consigue más provecho para la ciudad, con su trabajo que matándolos, lo que es un desperdicio de la mano de obra para los peores trabajos. Consideran a la burla como algo vergonzoso para quien se burla; en cuanto a la belleza, piensan que nunca está por sobre la humildad y la cualidades honestas de los hombres.
Los habitantes viven amistosamente, los magistrados se comportan como padres de la comunidad y el príncipe, ni se distingue de los demás, ya que no viste como tal, solo se le reconoce por un pequeño haz de trigo que lo precede; lo mismo sucede con el obispo, quien al frente lleva un cirio de cera. Hay pocas leyes, por ser este un pueblo muy instruido y bien organizado. Están prohibidos los abogados y procuradores, pues consideran que es mejor que uno se defienda.
Los Utopienses opinan que la construcción, o ruina de una República depende y se apoya en las costumbres de los gobernantes y magistrados.
También, hablan de sus vecinos y los critican.
En otros pueblos esta costumbre de comprar y vender es desaprobada, como un acto cruel propio de una mente baja y cobarde, pero ellos se consideran muy dignos de alabanza, porque como hombres prudentes resuelven por esos medios grandes guerras, sin una batalla ni escaramuza. Pues, no se compadecen menos de la clase baja y común de sus enemigos, que los suyos saben que son obligados y arrastrados a la guerra contra su voluntad.
Este pueblo está a quinientas millas de Utopía hacia el este, son repulsivos, salvajes y fieros; viven en puestos agrestes y altas montañas, donde nacieron y se criaron. Son de fuerte constitución, capaces de aguantar y resistir calor, frío y trabajo; y desprecian todas las finuras delicadas y no se ocupan del trabajo y cultivo de las tierras toscas y rudas, tanto en la construcción de sus casas como en sus atavíos; no se dedican a nada bueno, únicamente a la cría y cuidado de ganado. La mayor parte de su vida consiste en robar y cazar.
Han nacido solamente para la guerra, que buscan con interés y asiduidad, y cuando lo consiguen se alegran extraordinariamente. Salen de sus tierras en grandes bandadas y ofrecen sus servicios por poco dinero. Este, es el único oficio con el que se ganan la vida, luchan esforzada, fiera y fielmente. No se comprometen por un tiempo determinado, se alistan con la condición de que al día siguiente se unirán al bando contrario por unas pagas más elevadas, y al próximo día después de esto, estarán dispuestos de nuevo por un poco más de dinero.
Pocas guerras hay por allí, en las que no haya un gran número de ellos, ocurre que parientes próximos que fueron alquilados juntos se trataban muy amistosa y familiarmente; tiempo después de hallarse separados se lanzan unos contra otros olvidando el parentesco y la amistad, se atraviesan sus espadas sin más motivos que el estar alquilados por príncipes enemigos, hasta tal punto, que se les inducirá a cambiar de bando por medio penique más. Rápidamente se han aficionado a la avaricia, pero por otra parte no les sirve de ningún provecho, pues lo que ganan luchando, lo gastan desenfrenada y miserablemente en juergas.
Este pueblo lucha a favor de los utopienses porque ellos les dan mayores salarios que cualquier otra nación. Pues los utopienses de la misma manera que utilizan bien a los hombres buenos, se aprovechan de estos malos y viciosos con promesas de grandes recompensas, donde la mayor parte de ellos, nunca regresan para pedir sus premios. Pagan lealmente a los que quedan vivos, para que estén dispuestos a un peligro semejante otra vez.
Los utopienses, creen que harían una acción muy buena a la humanidad, si pudieran liberarla de aquel cubil de gente sucia y apestosa, malvada y odiosa. Además de esto, utilizan a los soldados, y en último término, reclutan a sus propios súbditos; a uno de los cuales, de probado valor y destreza dan el mando y dirección de todo el ejército. A sus órdenes designan a dos o más, que mientras aquel está a salvo están en reserva y fuera del cargo.
Eligen en cada ciudad como soldados, a los que se ofrecen como voluntarios pues no obligan a ningún hombre a la guerra contra su voluntad. Pero si se hace alguna guerra contra el propio país, entonces ponen a estos cobardes, mientras sean rudos.
Como ninguno es llevado a la guerra fuera de sus fronteras contra su voluntad, no se prohíbe a las mujeres que quieran acompañar a sus maridos, y en el campo de batalla las esposas están al lado de sus maridos. Es un gran motivo de deshonra para el marido volver a casa sin su esposa, o viceversa, o el hijo sin su padre.
Pues, así como ponen todos sus medios para evitar la necesidad de luchar, haciéndolo por medio de sus mercenarios; cuando no hay más remedio que luchar, ellos entonces, se lanzan con tanta valentía como prudencia pusieron antes, mientras podían evitarla. Tampoco son valerosos a la primera acometida, sino que poco a poco incrementan su fiero valor, con ánimos tan decididos, que morirían antes que retroceder una pulgada. Además, su conocimiento de caballería y hechos de armas les da confianza.
Nunca estiman tanto su vida, ni tienen un valor tan excesivo por ella que ambicionan conservarla vergonzosamente, cuando el honor les exige abandonarla.
Cuando la Batalla es más violenta y más fiera, un grupo de jóvenes, escogidos y selectos toman la responsabilidad con un ataque largo y continuo, ocupando las tropas de refresco el lugar de los hombres fatigados. Tampoco emprenden la caza y persecución de sus enemigos, de modo que, si todo su ejército es dispersado y vencido, salvo la retaguardia y con ésta alcanzan la victoria, prefieren dejar escapar a todos sus enemigos.
Pues recuerdan, que ha ocurrido más de una vez, que sus enemigos animados por la victoria, han perseguido a los que huían salidos de la formación, y que proseguían la persecución confiados en su seguridad, lo que ha cambiado la suerte de la batalla, arrebatándoles de sus manos la segura e indudable victoria.


DE LOS MAGISTRADOS

Cada 30 familias se eligen por año entre sus miembros un magistrado llamado Filarca. A la cabeza de 10 filarcas se encuentra un Protafilarca.
El total de los Filarcas, unos 200, eligen, mediante escrutinio secreto a un príncipe haciéndolo entre cuatro candidatos que propuso previamente el pueblo; cada cuarta parte de la ciudad designa un candidato y lo recomienda luego al Senado.
El príncipe es un magistrado perpetuo a menos que de señales de tiranía. Año por año se eligen los protafilarcas; se reeligen, a menos que existan serios motivos en contra de los mismos. Los restantes magistrados se renuevan anualmente.
Cada tres días los protafilarcas se reúnen en consejo con el príncipe, deliberan acerca de los asuntos públicos y allanan, si es que existen, las divergencias entre particulares.
Concurren cotidianamente dos filarcas a las sesiones del Senado. Los mismos no lo hacen nunca dos veces seguidas.
En el Senado no se ratifica nada que no haya sido previamente discutido con tres días de anterioridad a la votación.
Se castiga con pena capital el hecho de deliberar sobre los negocios públicos fuera del Senado o de los comicios públicos.
Estas reglas fueron establecidas para evitar que el príncipe pudiera oprimir al pueblo y modificar el régimen de acuerdo con los protafilarcas.
Toda cuestión de importancia que se juzgue, es enviada a la Asamblea de los filarcas; estos, luego de consultar con sus familias, deliberan entre sí, y presentan su opinión al Senado. A veces la cuestión es llevada al Consejo general de la isla.
Nunca se discute en el Senado una proposición el mismo día en que ha sido presentada, y que la discusión se aplace hasta la siguiente sesión. De esta forma nadie se halla expuesto a decir lo que primero le viene a los labios y a tener entonces que defenderlo en vez de sostener lo que será de mayor conveniencia al interés público.


DE LOS OFICIOS

Hay un oficio que ejercen todos los utópicos, ya sean hombres o mujeres: la agricultura. Desde la infancia todos son instruidos en ella; esto mediante una instrucción teórica que se da en la escuela o por prácticas en los campos próximos a la ciudad.
Además de la agricultura, tarea común a todos, aprenden un oficio determinado: tejedores, albañiles, artesanos, herreros, carpinteros.
Todos adoptan casi siempre los oficios de sus padres por propensión natural. Pero, si alguien se siente atraído por otro oficio, pasa a formar parte de algunas de las familias que lo ejecutan. Su progenitor y los magistrados se encargan de que tenga como maestro a un honrado padre de familia. Por otra parte, si teniendo un oficio, uno desea aprender otro, se le ofrece idéntica posibilidad. Más tarde escogerá entre ambos oficios.
La principal función de los filarcas consiste en procurar que nadie se encuentre ocioso, que todos ejerciten a conciencia su oficio.
En Utopía dividen la jornada en 24 horas iguales. Seis las destinan al trabajo; tres por la mañana, después de las cuales se ponen a comer; terminada la comida, reposan dos horas, y trabajan luego tres horas hasta el momento de la cena. Cuentan las horas a partir del mediodía. a las ocho se van a dormir, y duermen ocho horas.
"Cada uno utiliza como mejor le place el espacio de tiempo comprendido entre el fin del trabajo y la hora de la cena y de irse a dormir; pero ello no quiere decir que lo consagren a la holganza ni tampoco a la voluptuosidad, sino a una ocupación distinta de su oficio y escogida de acuerdo con sus gustos" (Utopía; Libro Segundo; pág. 41).
La mayoría de los utópicos, en sus ratos de ocio, se dedican a las letras, pero, hay otros muchos que prefieren emplear este tiempo en su oficio propio y es entendible, ya que no todos tienen la capacidad para la elevación del alma, que procuran la meditación y el estudio. "Bien veis que no existe motivo ninguno de ocio, ni pretexto de holganza. No hay taberna alguna de vino o de cerveza... ni ocasión de corruptelas, ni escondrijos, ni ocultas reuniones, ya que, estando todos bajo las miradas de los demás, se ven obligados a dedicarse al trabajo habitual o a un holgar honesto" (Utopía; Libro Segundo; pág. 49).
Terminada la cena se pasa una hora en diversiones: en el verano, en los jardines, y en invierno, en las salas comunes donde comen. Los utópicos se ejercitan en la música o recreándose conversando. Los dados y demás juegos de azar son desconocidos. Sin embargo, se practican dos juegos muy similares al ajedrez.
"Tal vez pensaréis que una jornada de seis horas necesariamente acarreará escasez. Pero no es así. Dicha jornada no sólo basta para obtener lo necesario a las necesidades y comodidades de la existencia, sino que las supera" (Utopía; Libro Segundo; pág. 42). Esto será comprendido si se considera cuán grande es, en los restantes países, la cantidad de la población que pasa el tiempo en ocio. El número de trabajadores cuya actividad se aplica a suministrar las necesidades del género humano es muy inferior. En estas ciudades son pocos los que ejercen un oficio que es indispensable. Todo se mide por el dinero, por lo que se dedican a profesiones inútiles y superfluas, que sólo sirven para acrecentar el lujo y la deshonestidad.
En Utopía, existen apenas en cada ciudad y territorio que de ella depende, 500 personas que teniendo edad y fuerzas para trabajar se encuentran dispensadas de hacerlo. Los Filarcas, aunque la Ley los excluya del trabajo, no lo evitan, para con su ejemplo, estimular a los demás. También están excluidos aquellos a quienes el pueblo, a propuesta de los sacerdotes, y con el voto previo de los Filarcas "otorgó una permanente dispensa para que puedan dedicarse al estudio" (Utopía; Libro Segundo; pág. 43).
Ocurre con frecuencia que algún obrero, después de consagrar sus horas de ocio al estudio, logra grandes progresos por lo que le es permitido ejercer su oficio e incluido en la categoría de los letrados. Entre éstos se elige a los sacerdotes, a los protafilarcas y el príncipe.
Aunque los utópicos se dediquen solamente a oficios útiles y les consagren pocas horas de trabajo, se produce superproducción de todos los bienes.
Con frecuencia se ordena la reducción de la jornada de trabajo. Los magistrados no quieren obligar a los ciudadanos a que realicen contra su voluntad un trabajo superfluo, ya que las instituciones de Utopía tienden esencialmente a liberar a todos los ciudadanos de las servidumbres materiales en cuanto lo permiten las necesidades de la comunidad, y también a favorecer la libertad y el cultivo de la inteligencia.


DE LAS MUTUAS RELACIONES

Las ciudades están formadas por familias, constituidas en grupos unidos por vínculos de parentesco. Cuando las mujeres llegan a la nubilidad se casan y viven en el domicilio de sus maridos; los hijos y los nietos quedan en la familia y debe obediencia al más anciano de los antecesores. Es el más anciano el que rige la familia. Los más jóvenes sirven a sus antecesores.
Cuando el más anciano tiene debilitada la inteligencia, es sustituido por el pariente que le sigue en edad.
Con el objeto de que la población no disminuya y aumente en forma excesiva, se procura que cada familia no tenga menos de diez hijos púberes, ni tampoco más de 16. esto se obtiene enviando a las familias poco numerosas el exceso de las que cuentan con muchos hijos. Cuando la población de una ciudad es bastante numerosa, sirve para suplir la falta de ella en las pobladas. Si la masa de población en toda la isla es excesiva, se designan de cada ciudad aquellos habitantes para que funden en el continente cercano una colonia, a la que dan sus leyes los habitantes de Utopía.
Al proceder a la ocupación de la tierra establecen con los indígenas una unión voluntaria; ambos pueblos se funden en uno sólo.
Los utópicos logran hacer fértil la tierra que los habitantes primitivos consideraban como árida e improductiva.
Aquellos pueblos que se resistan a la convivencia será expulsados de sus tierras. Los nuevos colonos guerrearán con ellos por que consideran justa la causa de guerra por la posesión de un territorio mantenido desierto e inútil.
En caso de que la población de alguna ciudad de Utopía disminuya y que las restantes no basten para cubrir el vacío, repatrían a los habitantes de una colonia para la repoblación. Los utópicos prefieren la desaparición de sus colonias a la disminución de una ciudad cualquiera.
Toda ciudad se divide en cuatro partes iguales. en el centro de cada una hay un mercado público. En esta parte, y en almacenes especiales, cada familia entrega los frutos de su trabajo. Cada uno de los padres de familia busca allí lo que necesitan él y los suyos; se lleva lo que desea, sin que tenga que entregar a cambio dinero o cosa alguna. "¿Quién pedirá lo que necesita?... Unicamente el temor a las privaciones es la causa que vuelve ávidos y rapaces a todos los seres vivientes; para el hombre, es únicamente la soberbia la causante, pues le hace vanagloriarse de superar a los demás en riquezas superfluas, cosa que las instituciones de Utopía no permiten en ninguna forma" (Utopía; Libro Segundo; pág.46).


DE LOS VIAJES DE LOS UTÓPICOS

Toda vez que un ciudadano tiene que ir a otra ciudad o desea viajar, fácilmente tiene la aprobación del filarca y del protafilarca.
Los viajeros parten formando grupos, provistos de una carta del príncipe, en la que costa la autorización del viaje, y se fija la fecha del regreso. Se les da un vehículo y un esclavo público. Consigo no llevan cosa alguna ya que durante el viaje nada les falta... en todas partes se encuentran como en su casa. Si en alguna parte se detienen más de una jornada, trabajan allí en su oficio; serán acogidos con amabilidad por parte de los artesanos de su corporación.
Se deduce la abundancia de todos los bienes. Como éstos están repartidos con equidad entre todos, nadie puede ser pobre ni mendigo.
En el Senado de Amaurota se reúnen todos los años tres ciudadanos de cada ciudad, se trata en primer término de las cosas que abundan en cada lugar y de las que menos abundan.
Si tienen provisiones suficientes para sí (las preparan para dos años, como acto de previsión), exportan el sobrante a otros países. Merced a este comercio, importan no sólo las materias de que carecen (solamente hierro), sino también gran cantidad de plata y oro.
La práctica que tienen en este negocio les permite poseer abundantes riquezas. No les importa el vender al contado o a plazo. No aceptan documentos de particulares solos y exigen la garantía de una ciudad. Cuando se acerca el día del vencimiento, ésta reclama el pago a los deudores particulares y deposita las sumas cobradas en su Tesoro sirviéndose de ellas hasta que los utópicos las reclaman, ya sea para prestar a otro país o para hacer la guerra.
El oro y la plata en Utopía no tiene valor superior al que les da la naturaleza, ella puso abiertamente a la disposición de los utópicos todas las mejores cosas, como son el aire, el agua, la tierra, a la vez que ocultó en lo profundo lo que es vano y de ninguna utilidad. Estos metales son utilizados en Utopía para suplicio de los esclavos, la diversión de los pequeños y como sinónimo de infamia.
Las instituciones utópicas son totalmente opuestas a las necedades. Las opiniones se deben, por una parte a la educación recibida en el país y, por otra, a los estudios en ciencias y en letras, todos desde muchachos reciben una educación literaria, favorecida por las horas libres que deja el trabajo.
Conocen el curso de los astros y el movimiento de los cuerpos celestes, también hallaron diversos instrumentos con los que determinar con exactitud los movimientos y situación del sol, de la luna y de los demás astros.
Discuten acerca de la virtud y del placer; pero su primera y principal controversia es saber en qué consiste la felicidad. Nunca discuten acerca de ella sin fundamentarse en los principios religiosos. tales principios son: El alma es inmortal y nació por bondad de Dios para ser feliz. Después de esta vida en la tierra, serán recompensadas las virtudes, y castigados los vicios.
La naturaleza invita a los hombres a que se ayuden unos a otros viviendo alegremente; a obrar en bien de la humana sociedad. Todas las acciones y las virtudes deben estar dirigidas al placer y a la felicidad. Placer es el estado del alma o del cuerpo en que uno se complace obedeciendo a la naturaleza. Son verdaderos placeres aquellos referidos al alma o al cuerpo. Los del alma son la inteligencia y la beatitud que se origina de la contemplación de la verdad. A esto hay que agregar el recuerdo de una existencia bien vivida y la esperanza segura de los futuros bienes. los placeres del cuerpo son los que producen en los sentidos una manifiesta impresión y una salud carente de todo malestar (estado de equilibrio corporal).


DE LOS ESCLAVOS

Los utópicos no reducen a la esclavitud ni a los prisioneros de guerra ni a los hijos de los esclavos ni, en general, a ninguno de los que en otras tierras son vendidos como tales. Son esclavos aquellos que por algún crimen merecen ese castigo o aquellos comerciantes condenados a muerte en el extranjero a los que rescatan a bajo precio y a veces por nada.
Los esclavos deben trabajar constantemente pero tratan peor a los esclavos utopianos puesto que una excelente educación no los mantuvo en la virtud, educación que los esclavos extranjeros no disfrutaron.


DEL ARTE DE GUERREAR

Detestan la guerra por cosa brutal, y si bien hombres y mujeres se adiestran a diario, lo hacen para encontrarse aptos en caso de necesidad. Sólo guerrean en defensa propia, para proteger a sus amigos o para ayudar a un pueblo oprimido por un tirano.
Guardan el oro y la plata sólo por esta circunstancia, y contratan mercenarios para sus guerras.


LAS RELIGIONES DE LOS UTÓPICOS

Hay diversas religiones, no sólo en la isla, sino en cada ciudad, pero la mayor y más "sabia" rinde culto al Padre de Todo, que es eterno, infinito, invisible e incomprensible, y está más allá de lo que podemos conocer. El es el origen de todo, y causa del desarrollo y el progreso, de las vicisitudes y el fin de cuanto existe. Sólo a El tributan honores divinos.
Pero hay libertad para elegir la religión, y cualquier tipo de persecución religiosa está prohibida.

Por G. Roger Hudleston. Transcrito por Marie Jutras y traducido por Bartolomé Santos. 
Fuente: ENCICLOPEDIA CATÓLICA


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