“La política es un veneno activísimo que no tiene antídoto eficaz. Se te meterá en la sangre, perturbará tus afectos amistosos y aun familiares, hasta contaminar todos tus pensamientos y tus actos. Procura acotar dentro de ti un reducto donde no dejes entrar a la política y defiéndelo” Joaquín Calvo-Sotelo en Pláticas de Familia, de Leopoldo Calvo-Sotelo
A finales del mes de julio, volví a casa con un tesoro entre las manos que mi amigo Andrés me acababa de regalar. Era apenas mediodía y subí aprisa a mi despacho. Dejé los dos libros sobre la mesa y me senté a contemplarlos. Suelo hacerlo siempre que dispongo de una nueva lectura y el deseo de leer me embarga. Paso las manos por su lomo, me fijo en las fotos de la cubierta y de la contraportada, busco en el cajón de la derecha el señala libros que me parece más adecuado y que permanecerá ya para siempre entre sus páginas, cuando una vez terminado lo deje en su lugar en la biblioteca, y sólo después de este dulce ritual, me decido a abrirlo de una vez.
En esta ocasión eran dos los tomos cerrados ante mí, Pláticas de familia y Memoria Viva de la Transición, y al interés por los libros se unía la admiración y el profundo respeto que siento por su autor: El segundo Presidente del Gobierno de la actual Democracia Española.
Tengo la sensación, siempre la he tenido, de que la figura de Don Leopoldo Calvo-Sotelo es la menos conocida de la de los cinco Presidentes tras la Dictadura y, lo que es peor, guardo la convicción de que, además de poco, es mal conocido. Quizá la considerable estatura, el gesto serio y la voz grave que acompañaban a una mente preclara y a una inteligencia fuera de lo común, lo alejaran del español medio y, sobre todo, del mediocre e hicieran menos perceptible su calidad humana, su bonhomía y ese sentido del humor entre británico y gallego que, quienes tuvieron la dicha de tratarlo y quienes hemos leído su obra, observamos en él.
