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domingo, 30 de junio de 2013

MARCEL CARNÉ Y PARÍS

Ése es el lugar. Aunque me aguarden miles de hermosísimos, pintorescos, salvajes, plácidos, extremos, o desoladores parajes por conocer, el único destino al que siempre vuelvo, con emoción renovada, es a Paris, y lo hago convencida de que toda la comedia y la tragedia se inventó allí, en una u otra época; consciente de que tanto la inspiración sublime como el vicio más abyecto han tenido lugar al borde del Sena en distintas noches de luna llena; sabedora de que este ambiente exquisito de la mañana puede convertirse en el centro canalla más tremendo y desolador al ponerse el sol; segura de que a nadie ha de extrañarle que, tanto la literatura como el cine, hayan acudido con tamaña frecuencia a la llamada de esas calles, de ese río, o de ese altivo Molino Rojo, porque Paris siempre será la buhardilla  donde cualquier Olympia que, como Cenicienta haya perdido su mínimo zapato de cristal, puede encontrar un mágico Monet quien, pincel en mano, convierta la sordidez de turbias pesadillas, en el más hermoso e increíble de los sueños.

Me gusta alojarme en Issy les Moulineaux, aunque ahora haya perdido parte de su mimoso encanto pueblerino para convertirse en abanderada de las nuevas tecnologías y, desde la Mairie, después de un croissant que quita el sentido, llegar al centro de Paris, siempre mejor en metro que en el vertiginoso RER, para así ir saboreando el nombre de cada una de las estaciones amigas; Corentin; Porte de Versailles; Convention… hasta llegar, en apenas veinte minutos, a la que casi siempre escojo como cruce de caminos para iniciar mil y una rutas añoradas: Concorde.

domingo, 15 de abril de 2012

RADU MIHAILEANU

Érase una vez un mes de abril de hace cincuenta y cuatro años. Mordehai Buchmann ve pasar las horas de esta nueva primavera en la que está a punto de nacer su hijo, un niño judío que llega al mundo en Bucarest, una ciudad doliente y cansada, como el mismo Mordehai. ¡Cuantas horas de sufrimiento ha tenido que soportar este periodista rumano para poder escapar vivo de los campamentos nazis! Intenta imaginar como será la criatura cuya llegada espera con tanta ansia. Algún día, cuando el dolor se haya suavizado por el paso de los años, es posible que pueda  contarle la historia de estos últimos tiempos en los que el mundo dio tantas vueltas que, en una de ellas y para sobrevivir al horror, hubo de cambiar hasta su nombre. Ahora el judío Mordehai Buchmann, ha muerto. Para el resto de su vida él será conocido por todos como Ion Mihaileanu, el guionista de una emblemática película “Duminica le ora 6”.

Medio siglo después, aquel niño se ha convertido en un afamado director y guionista cinematográfico que, huyendo de la dictadura de Ceausescu, recaló en Israel y finalmente se exilió en Francia. Allí empieza a colaborar como ayudante, y luego como co-guionista, con  prestigiosos directores, incluido nuestro Fernando Trueba, hasta  que a sus treinta y cinco años filma y firma su primer largometraje “Traidor” (Trahir, 1993); en esta cinta encierra al protagonista, escritor disidente del régimen comunista, entre los muros de una terrorífica y claustrofóbica cárcel de su Rumania natal. Radu modela a un esplendido ser humano, que intenta no ceder en sus planteamientos, evitar la delación y sobrellevar sus penosas condiciones, escribiendo hasta con las uñas por las paredes de su celda, hasta que la tentación va haciendo mella en su espíritu…

martes, 28 de diciembre de 2010

JUAN SALVADOR GAVIOTA, de Hall Bartlett (1.973)

"No hay errores. Los acontecimientos que atraemos hacia nosotros, por desagradables que sean, son necesarios para aprender lo que necesitamos aprender; todos los pasos que damos son necesarios para llegar adonde hemos escogido".   Richard Bach

Cuando me dijeron que la película que iba a ver ese día trataba de una gaviota y que era parecida a un documental, renegué y estuve a punto de no acudir a la cita: la madre de un inseparable amigo de la infancia se había ofrecido a llevarnos al cine y lo último que se le había ocurrido a aquella buena mujer era... ¡llevarnos a ver una película sin actores, sobre una gaviota!

Poco tardé en darme cuenta de que había sido una decisión acertadísima -incluso teniendo en cuenta nuestra corta edad, pues no tendríamos más de 8 años- y a los pocos segundos de empezar la película ya había sido abducido por la espectacular fotografía de Jack Couffer, las imágenes de una mar rompiente sobre una costa salvaje y por la inolvidable banda sonora de Neil Diamond, en una combinación casi mística, pocas veces superada en la historia del cine.