martes, 25 de febrero de 2014

411 ELM ST. DALLAS, TX 75202, EE.UU. (Alba y ocaso de un Presidente irrepetible)

"Cuando un político no ama el bien público ni se respeta a sí mismo, o cuando su respeto de sí mismo se limita a los beneficios del cargo, entonces el interés público está deficientemente servido. Pero cuando su respeto a sí mismo es tan alto que su propia autoestima le exige seguir el camino del valor y de la conciencia, todo será beneficioso. Así, en los próximos tiempos sólo el hombre verdaderamente valeroso podrá adoptar las difíciles decisiones necesarias para nuestra supervivencia en la lucha contra un poderoso enemigo: un enemigo con jefes que apenas necesitan preocuparse de la popularidad de sus acciones, que no tienen que pagar tributo a la opinión pública que ellos mismos manejan, y que pueden obligar a sus ciudadanos, sin miedo a represalias en las elecciones, a sacrificar el bienestar de hoy por la gloria futura." John Fitzgerald Kennedy, Perfiles de coraje" (1956)


EL ALBA

En la historia americana del pasado siglo, y el inicio del presente, tres son los acontecimientos cuya huella permanece imborrable en la memoria. El ataque de Pearl Harbour; el asesinato del Presidente Kennedy; y el atentado a las Torres Gemelas. No obstante, para mí, la muerte de JFK fue como un rayo inesperado en aquella mañana fría de mi juventud primera y sonriente, a la que le demostraron, sin piedad y por sorpresa, que la muerte podía clavar su aguijón en cualquier fruto, por más jugoso, floreciente y hermoso que se presentara a la vista, y ahora, que han terminado todos los eventos programados para 2013 en el cincuenta aniversario de su muerte, quiero recordar en someros trazos, y con toda la veracidad de que sea capaz, los inicios de aquella personalidad rabiosamente atractiva y prometedora, y el trágico final que, definitivamente y sin quererlo, cambió el rumbo de la historia del pasado siglo XX, con sólo tres balas asesinas.

El pequeño John, familiarmente conocido como Jack, nace en Boston en mayo de 1917. Hijo de Joseph P. Kennedy, Presidente de la Columbia Trust Company y Rose Fitzgerald, ama de casa, católica convencida y amante de la política, la buena mesa y las reuniones de caridad. Ambos descendían de dos de las familias de inmigrantes irlandeses de mayor empuje en la sociedad bostoniana de la primera mitad del siglo XX.

Cuando el pequeño Kennedy cumple nueve años, su padre ha amasado ya una gran fortuna con negocios inmobiliarios e incursiones muy fructíferas en la cinematografía, como socio fundador de la RKO. Boston se le queda pequeño y la familia traslada su residencia a Nueva York, mientras que el patriarca dirige sus negocios desde su cuartel general en Chicago. Con hábiles maniobras consigue salir airoso de la crisis del 29 y patrocina la campaña política de Franklin Delano Roosvelt, que resulta elegido Presidente. Una vez conseguido el trono para su patrocinado, el irlandés espera su recompensa, seguro de que ya puede pisar con fuerza la ansiada alfombra del poder, pero la gratitud es moneda escasa, y desengañado por  el torpe reconocimiento del nuevo Presidente, y a punto de terminar la ley seca, aprovecha este nuevo filón para convertirse en el mayor importador, y distribuidor único, de whisky y ginebra en USA.

Mientras, Rose se ocupa de la formación e instrucción de su gran familia, y de formar parte del entorno social apropiado para sus fines. Los chicos reciben una educación laica y las chicas, religiosa. El lema paterno de la competitividad es para todos el mismo: “no importa lo que hagáis mientras lo hagáis mejor que los demás”. Seguro que ya en esas fechas tiene en mente, aunque por entonces se cuida mucho de reconocerlo, la posibilidad de que uno de sus vástagos se dedique a la actividad política, y va tejiendo los mimbres adecuados para ello. A su modo de ver, una formación sólida y una firme unión familiar, del que más tarde será conocido como el clan Kennedy, son imprescindibles para alcanzar el éxito. Por otra parte sus hijos ya no tienen que precipitarse en la elección de su futuro medio de vida. Cada uno de ellos recibirá un millón de dólares al llegar a la mayoría de edad. Pueden pensar detenidamente en lo que quieren ser.

Llegado el nuevo periodo electoral, el afortunado empresario no está dispuesto a otro desplante y, antes de extender su cheque para la campaña de la segunda legislatura, pone los puntos sobre las íes al mismísimo Roosvelt quien, tras la reelección, le nombra embajador en Londres.

Durante su adolescencia y juventud Jack es un chico mediocre en los estudios al que sólo le interesan las prácticas deportivas, pero con un gran atractivo personal, una simpatía innata y una gran curiosidad. Sus compañeros de la exclusiva escuela preuniversitaria de Choate consideran que, a pesar de sus poco brillantes calificaciones, hay algo en él de líder innato que apunta maneras para triunfar en la vida. Acude a Harvard sin mucho entusiasmo por los libros, pero con el mismo encanto personal que le abre puertas y corazones. Tiene una salud quebradiza, y una nefasta caída durante un partido de fútbol le dañará la espalda para toda su vida.

Durante la estancia de su padre como embajador, viaja por Italia, Francia y España. Aunque es sobre todo Gran Bretaña la que le impresiona. En 1938 visita Polonia, Letonia, la Unión Soviética, Turquía, Palestina, los Balcanes y Berlín. Su horizonte mental se abre asimilando lo variopinto de las distintas culturas, modos y caracteres de los seres humanos que va conociendo, a lo largo y ancho del viejo Continente y, a su regreso a la patria, esa estancia en Europa le aporta una aureola de superioridad en la universidad y fuera de ella. El joven de 23 años se convierte así en un atinado analista político al que ya muchos comienzan a tener en cuenta. Abandona la facultad de Estudios comerciales de Stanford y comienza un periplo analítico por América del Sur.

A punto de comenzar la guerra decide enrolarse en el ejército pero, tanto en tierra como en aire es declarado inútil para el servicio por su lesión de columna. Kennedy no se rinde y recurre a amigos de su padre para que muevan los hilos necesarios que faciliten su entrada en la Marina donde, finalmente, es admitido como subteniente en las oficinas de información. Al entrar Estados Unidos en la contienda se encuentra incómodo en su puesto de retaguardia. Quiere a toda costa participar en primera línea de fuego, sin embargo hará falta un año para que, finalmente, se incorpore a la Escuela de Patrulleros, donde aprende todo lo relativo a las maniobras navales, y en 1943, con una dotación de diez hombres, toma el mando del Patrol Torpedo Boat 109. En un ataque japonés el buque es cruelmente alcanzado. Se parte por la mitad y dos tripulantes mueren, mientras el comandante Kennedy y sus segundos consiguen salvar al resto, no sin sufrir un sin número de calamidades; malheridos y perdidos en medio del océano; nadando a la desesperada y buscando cobijo y alimento de isla en isla, sin saber que la marina americana les da por muertos y han comunicado a las familias su desaparición.

La herida de la espalda del futuro Presidente se reabre y los dolores resultan insufribles, pero John no desmaya y logra de unos indígenas que informen a las fuerzas neozelandesas de su dramática situación. La pesadilla llega a su fin. A los siete días regresan a la base. Son aclamados como auténticos héroes y JFK no solo recibe el Corazón Púrpura y la Medalla de la Marina, sino el reconocimiento de sus semejantes y una publicidad insólita a través de numerosos artículos, relatos y ¡hasta una película! El lado oscuro nos muestra, sin embargo, a un joven dolorido y enflaquecido, al que los “juegos de la guerra” le cuestan un angustioso año de recuperación. Muy poco después, repuesto de las heridas físicas, JFK, afrontará la tragedia más triste de su vida. La muerte en combate aéreo de su hermano mayor Joe Jr.

Para toda la familia la perdida es irreparable, pero para el segundo de los hermanos es aún más cruel, si cabe. Desde niños habían mostrado caracteres opuestos y eran constantes sus discusiones y peleas de infancia pero, con el tiempo, sus destinos se habían unido y estrechado su relación. Ahora, sin él, John se siente perdido. Su ausencia punza su presente dolorosamente, sin saber que aún tendrá que soportar la muerte de su cuñado Billy Hurtington caído en el frente de Bélgica en 1944, y la de su hermana Kathleen, cuatro años después de su esposo Billy, cuando el avión en el que viaja se estrella en los Alpes.

La juventud de JFK le es arrebatada de un zarpazo, si bien, el cúmulo de desgracias fortalece su espíritu, dando paso a un hombre curtido en la batalla, experto en el sufrimiento y preparado para enfrentarse a su destino, por adverso que éste se presente.

El primogénito Joe jr. había mostrado, en los albores de los cuarenta, una clara predisposición para la política, lo que había supuesto una gran satisfacción para su progenitor, a pesar de las frecuentes divergencias entre padre e hijo, uno a favor y otro en contra de Roosvelt,  respectivamente.

Elegido diputado en 1940, ocupaba su escaño en los bancos de la oposición apoyando al Jefe de campaña y presidente del Comité Nacional Demócrata James Farley, pero la guerra acabó con su proyecto, segando la vida de un joven instruido, inteligente y capaz. Los caprichos del destino propiciaron que las esperanzas del jefe del clan Kennedy tuvieran que dirigirse, sin demasiada convicción, al segundo de sus hijos: Jack, que, llegaría a ser, una veintena de años más tarde, el 35 presidente de los Estados Unidos de América. Tiempo después JFK reconocería “Yo entré en política porque murió Joe; si a mí me ocurriera algo Bob cogería el testigo y si él muriera, mi hermano pequeño se haría cargo de esta tarea”. Para su desgracia, la turbadora premonición no estaba muy lejos de convertirse en realidad.

Si el primogénito de los Kennedy no hubiera fallecido es muy probable que John hubiera acabado siendo un conocido y valorado periodista. No siente la menor inclinación por los negocios paternos, y sin especialidad alguna, acepta encantado la oferta del magnate Herst para integrarse como reportero en el importante lobby. Por primera vez se encuentra a gusto en lo que él cree será su futuro medio de vida, pero alguien, dentro y fuera de su hogar, está tejiendo la trama sin prisa pero sin pausa, para que este joven irlandés héroe de guerra, renueve la imagen de América en el mundo. ¡La nueva generación Kennedy ataca de nuevo!

En las elecciones del 46 JFK convencido de que no hay vuelta de hoja, acepta la voluntad paterna y es el primero en volcar toda su capacidad y esfuerzo en su campaña como diputado al Congreso por un distrito de Boston. Él no es un aficionado a la política, él quiere cambiar el mundo y para ello, no hay vuelta de hoja. Tiene que ganar ¡Y gana en el congreso, y en el senado después!

El joven senador por Massachusetts supera en votos al vicepresidente republicano Richard Nixon en noviembre de 1960, sucediendo en la Casa Blanca al general Eisenhower, insigne héroe militar de la Segunda Guerra Mundial. Con sólo 43 años, Kennedy representa el cambio generacional en los Estados Unidos y, desde el inicio de su mandato, se propone la búsqueda de la igualdad y el fin de las injusticias sociales; promete fondos federales para educación; atención médica para la tercera edad; la intervención del gobierno para detener la recesión además de la reducción de  impuestos, y el punto final de la discriminación racial, arraigada entre la comunidad estadounidense que, para vergüenza de propios y extraños, aún prohíbe a los afroamericacanos viajar en los asientos delanteros de autobuses, y el acceso a cines, bibliotecas, baños y sitios públicos. ¡Algo enlaza sutilmente a John F.Kennedy con Barack Obama!

En su discurso inaugural el recién nombrado Presidente enfervoriza a las masas con estas palabras “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti; pregunta lo que tú puedes hacer por tu país. Tanto si son ustedes ciudadanos de los Estados Unidos como del resto del mundo, exijan de nosotros la misma generosidad; esfuerzo y sacrificio que nosotros les pedimos a ustedes”.

Aquél  joven, atractivo baqueteado en las lides políticas y héroe de guerra por más señas, sólo exige lo que esté dispuesto a dar y eso le hace creíble. Terminada la contienda, el pueblo siente la  imperiosa necesidad de ilusionarse por nuevos valores que le afiance en la vida, y por ello, allá donde el futuro Congresista habla, indefectiblemente se lleva a la gente de calle, pasando de congresista a senador, y de senador a Presidente de la nación más poderosa del mundo occidental.

Sin embargo,  no todo el camino es color de rosa. Su origen irlandés; el ser el primer católico en aspirar a la Presidencia; sus posiciones liberales, que disgustaron al sector más conservador de la sociedad de los 60, y la posterior elección de su propio hermano Bob como Procurador General levantan ásperas controversias, que van tomando incremento con sus medidas de política exterior, especialmente en la Crisis de los misiles tras el fracaso estrepitoso de las negociaciones con Cuba,  así  como con el intento de derrocar el régimen de Fidel Castro, enviando un grupo de exiliados como avanzadilla de un movimiento armado en Bahía de Cochinos. Esta brigada es retenida al llegar. Unos son tiroteados y otros encarcelados, lo que obliga a renunciar a la intervención armada en la isla caribeña en una operación dramática y ridícula que acabaría  como el rosario de la aurora. Más tarde, también su apoyo decidido al fortalecimiento de la invasión en Vietnam, sería su gran fracaso pero... ¡él ya no viviría para verlo!

EL  OCASO

John Fitzgerald Kennedy es ya, desde enero del 61, presidente de la nación y hoy, 22 de noviembre de 1963, si no obtiene la mayoría en Texas, puede perder las elecciones del 64. No tiene más remedio que acudir a un Estado donde no es especialmente querido. Sus medidas fiscales le enemistan con el sector del petróleo y las grandes empresas tejanas,  y el partido demócrata está dividido en la zona, lo que no suele gustar al electorado. JFK, como el primero de los vaqueros tiene que emprender la conquista de Texas y para ello debe ir acompañado de Jackie, esa preciosa e inteligente mujer suya que arrebata a las masas. Tienen que dejarse ver en vivo y en directo… aunque ya se sabe que eso supone riesgo. Tampoco puede hacer ascos al dinero que van a recaudar en el almuerzo del Trade Mart, en el que dirá unas palabras. Las campañas cada vez son más caras y las arcas están exhaustas.

Reunido con su equipo en el despacho oval diseñan el recorrido: San Antonio, Houston, Fort Whort y para remate Dallas la ciudad menos amiga de JFK. La preocupación es visible en el rostro del Presidente, pero es él quien exige, dado el buen pronóstico meteorológico, que el coche sea descapotable; que los agentes que le protegen no rodeen el vehículo, porque en otro caso, la multitud no podría verlos, y que la velocidad sea prácticamente como la de un paseo: 18 kms. por hora.

Días después, el 22 de noviembre el avión aterriza a las 11,40 horas en Leve Field, el aeropuerto de Dallas. Cuatro coches aguardan a la comitiva; en el primero, el Jefe de la policía municipal; en el segundo los Kennedy, con el gobernador Connally y su mujer en asientos abatibles. Un tercer vehículo de escoltas, al que seguirá el del Vicepresidente al que acompaña  un senador y, tras ellos, distintos automóviles, todos a la velocidad señalada.

Jackie está espléndida con su magnífico vestido diseñado en tweed por la casa Chanel en 1961. Originalmente pensado en violeta, la Presidenta lo ha encargado en rosa a la tienda Chez Ninon de Park Avenue. Un guiño a la moda patria pero con tinte parisino, ¡por algo ella es una Bouvier! Chanel había enviado desde Francia los materiales, telas y botones para que lo hicieran a la medida de la Primera Dama. A juego lleva un simpático sombrero estilo pill box, y guantes blancos. Intenta ponerse dos veces las gafas de sol y su marido la piropea mientras le pide que se las vuelva a quitar, porque la gente quiere verla “a ella” según rezan las pancartas que exhibe la multitud.

Hablan de la mañana espléndida que hace y lamentan que John John no haya podido viajar con ellos. Esta vez se había quedado haciendo pucheros y solo su hermana Caroline consiguió arrancarlo de los brazos de su padre, y llevárselo al jardín para que se pudieran marchar. En fin, pronto estaremos de vuelta. ¡Menos mal!

Para ir al Trade Mart, tienen que pasar por debajo del puente del ferrocarril, y al puente se llega por La calle Elm Street que desemboca en una plaza cubierta de césped. A las doce y media dejan Houston Street, en la esquina con la calle que toman ahora, Elm Street, John Fitzgerald Kennedy dirige inconsciente la vista hacia el vetusto edificio de ladrillo rojo del Texas School Book Depository. Se oyen disparos. Despavorida la comitiva desaparece hacia el Parkland Hospital.  Connalli ha sido herido, Jacqueline gatea por el maletero del coche y el cerebro del Presidente se ha hecho pedazos.

Kennedy muere a la una de la tarde. A las 14,40 Johnson jura como Presidente en el Air Force One y a las 14,50 el  anterior mandatario de los Estados Unidos de América vuelve a la que fuera su residencia de Washington… en una caja de madera.

¡Es el 4º Presidente de su país asesinado en el ejercicio del cargo, tras Abraham Lincoln; James Garfield y William Mc. Kinley!

Mientras, el mundo se paraliza, y el revuelo en la ciudad de Dallas es indescriptible. Hay testigos que han visto salir disparos del último piso de la School Book Depository, otros han advertido que un individuo muy delgado salía de allí con una bebida en la mano, coincide la descripción con la del empleado Lee Harvey Oswald, que trabaja en esas dependencias desde el pasado octubre. Antes de ser detenido, transcurridas menos de dos horas desde el magnicidio, dicen que ha matado a un agente que intentó retenerle.

El día 24, Oswald sale de los calabozos de la policía hacia la prisión del condado que ofrece mejores condiciones de seguridad que las dependencias de la comisaría, a la que, como se demostrará instantes después, es demasiado fácil acceder. Al salir del ascensor, las cámaras de televisión nos acercan la imagen del detenido, en medio de un alboroto de fotógrafos y curiosos que han logrado acceder al recinto. Entre el desorden y el griterío un hombre se acerca al presunto asesino que le mira espantado. Se oye un disparo y Lee Harvey Oswald cae mortalmente herido; fulminado.

El informe Warren de casi 900 páginas se publica apenas pasado un año. Elaborado con demasiada precipitación, con escasas pruebas y con una motivación política evidente, en él se concluye que todos los indicios; entrevistas; comprobaciones y estudios llevados a cabo, confirman que Oswald, cuya increíble biografía es digna de una pésima novela de ciencia ficción, es el único autor del magnicidio. El que fuera un niño conflictivo y psicológicamente problemático; el joven marine asocial y extraño, a más de gran tirador, que formó parte de distintas asociaciones políticas de dudosa procedencia; el que se declaraba admirador de las doctrinas marxistas y había viajado desde Japón a la Unión Soviética para trabajar en distintos empleos; quien ya casado y padre de una hija, regresa a América y por motivos que se desconocen, se convierte en el asesino solitario de JFK en un acto irracional -aunque premeditado puesto que se lo había anunciado a su mujer-, ése es el individuo que ha segado, de raíz y sin explicación plausible, la vida de su Presidente, para morir él mismo un par de días después, al parecer también sin la menor justificación, a manos de otro demente desconocido; Jack Ruby. La teoría difícilmente se tiene en pie.

El expediente convenció a unos y decepcionó a muchos. Hay distintos frentes abiertos en la época; Vietnam; Cuba; la política fiscal..., mientras que la sombra de la conspiración planea por los despachos de Washington. En estos cincuenta años se han escrito ríos de tinta, algunos de índole panfletario, pero muchos de ellos de gran calidad. Se han desarrollado, dentro y fuera de la gran Nación cientos de conferencias; propiciado miles de informes de expertos; de opiniones de políticos de muy variado signo; de tertulias de escépticos; de criterios de especialistas en todo y en nada; de aportaciones de personalidades de todo tipo y condición así como de indocumentados pretenciosos; de pintorescos agoreros, y hasta de sibilas y videntes, pero aún hoy cuando, destruida la edad de la inocencia, conocemos los entresijos y tejemanejes de la CIA y el FBI, organismos intocables antaño, continúan las dudas y preguntas; aumenta la duda razonable y un misterio espeso lo cubre todo,  mientras se sigue investigando; discutiendo; elucubrando; afirmando y desmintiendo; comprobando y analizando; reviviendo y recordando...

La mayoría de nosotros consideramos que la verdad permanece oculta en algún rincón de esta triste e injusta historia, sin que nadie, hasta el momento, haya sido capaz de desvelar por qué aquel hombre espléndido, que tuvo el rumbo del mundo entre sus manos, murió tan de repente y sin sentido de dos de los tres disparos que desgarraron el cielo de Dallas, y su vida preciosa y preciada, en una mañana soleada de noviembre cuando, circulando a dieciocho kilómetros hora, doblaba la esquina de la calle Houston, de la ciudad  fronteriza de Dallas, muy cerca del 411 de Elm St.

Por Elena Méndez-Leite

Bibliografía: Kennedy de André Kaspi. Traducción: Juan G. Basté. Salvat Editores1993.
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