lunes, 23 de junio de 2014

SILENCIO ATROZ

El 14 de abril, en Chibok, al Norte de Nigeria, más de 200 niñas fueron secuestradas por un puñado de terroristas a la salida de la escuela. Sus captores las amenazaban con todas las penas del purgatorio si no les entregaban 40 vacas por cada una de ellas, y tuvimos que leer aterrados que no había, para esa secta terrorista, bien más preciado que una vaca, por tanto si no las recibían, las jóvenes no serían puestas en libertad.

Así, en una región perdida de la orilla negra de África, un renuevo del infierno que creíamos desaparecido, había vuelto de nuevo para dar otro golpe de mano al concepto de humanidad.

Durante los días siguientes, una marea de solidaridad pareció conmover los cimientos de nuestro planeta implorando o exigiendo, que tanto da, un átomo de piedad para las inocentes víctimas, proliferaron las fotos de sus familias; de las propias niñas; de personalidades de uno y otro lugar de la orilla blanca pidiendo su vuelta a casa, luego…silencio total.

Nadie debía pronunciarse para no entorpecer las negociaciones y yo, minúsculo grano de privilegiada arena europea, modestamente me preguntaba: ¿es posible ante tamaño espanto negociar? El tiempo dio una penosa respuesta a mi duda: quizá fuera posible pero, sin duda, la tarea se presentaba difícil, muy difícil de lograr.

Han pasado casi noventa días sin el menor atisbo de esperanza, y de pronto, el 5 de junio pasado, en un asentamiento nómada de la etnia Fulani en Borno, muy cerca de la zona donde comenzó su demoníaca actividad, otro grupo de malnacidos de la milicia radical islámica Boko Haram ha raptado a otras 20 niñas, exigiendo esta vez 800 vacas por la veintena de adolescentes a las que acababa de violentar.

Desde 2009 Boko Haram ha asesinado a doce mil personas, y herido a otras ocho mil, según indicó el presidente nigeriano después de dar cuenta de la última sinrazón perpetrada.

El gobierno de Reino Unido dice que impulsará los programas educativos en el norte del país africano y tanto Nigeria como sus vecinos de Chad, Benín, Níger y Camerún, junto a los representantes de Estados Unidos, Francia, Canadá y la Unión Europea  están dispuestos a cooperar para rescatar a las estudiantes y derrotar a esta organización islamista por siempre jamás. ¿Cómo, cuándo, dónde? ¡Habrá que esperar!

Mientras tanto, van pasando los días como puñales para unas jóvenes que ni siquiera saben el porqué de esta tortura inútil; sin sentido; despiadada y amarga que están sufriendo.

Mientras tanto, van pasando los días para unos padres impotentes que presienten el horror de la situación de sus hijas a punto de morir, convertidas en vergonzante moneda de trueque, a la menor oportunidad.

Mientras tanto, no se han parado los fastos y eventos del resto del mundo, ni se ha detenido el reloj de la vida de las así llamadas buenas gentes, como tampoco se paran cuando tantos millones de seres mueren de ignorancia; de sed; de hambre; de pobreza; de falta de auxilio y medicamentos, fruto de nuestro egoísmo e incapacidad.

Alguna vez deberíamos detenernos en el análisis de nuestra tarea como colonizadores; tarea que hicimos, visto lo visto, rematadamente mal. Alguna vez tendríamos que levantarnos, dejar de mirarnos el ombligo; remangarnos y comiéndonos con patatas el torpe orgullo  y la estulticia, volver a empezar.

No nos acusen de que si denunciamos las injusticias, podemos dañar el curso de las negociaciones que pronto llegarán a buen fin. Ya somos lo suficientemente adultos para comulgar con ruedas de molino. Es más honesto reconocer nuestro fracaso e inutilidad.

En pleno siglo veintiuno un puñado de vírgenes negras van al sacrificio por un maldito trueque, y no hay nadie entre tanto sabio que gobierna el mundo; ni entre tantos hombres que lo habitamos y disfrutamos, capaz de poner coto a lo que realmente, sí que es nuestra asignatura pendiente, cuando no un delito de omisión contra la humanidad.

Por Elena Méndez-Leite