martes, 19 de mayo de 2015

CON LA CABEZA GACHA

Últimamente, siempre que se va a celebrar una consulta electoral, una parte de la sociedad permanece al margen, decepcionada, incrédula y hastiada, mientras otra parte se revoluciona e incluso se enquista de mala manera, como una torpe herida sin curar. 

En los albores de la democracia española hubo miedo. Muchos compatriotas nuestros, de uno y otro lado del espectro político y por distintos motivos, sufrieron un calvario de incertidumbre que afortunadamente tuvo pocas estaciones, ya que la generosidad de aquellos que tejieron los mimbres de nuestra nueva vida fue de tal magnitud, que no hubo quien no dejara jirones de sí y de sus convicciones para conseguir el acuerdo que nos permitiera alcanzar tiempos de progreso y paz. Fue sin duda un privilegio vivir intensamente esos días junto a quienes supieron matar el miedo y dejar con vida todo lo demás.

Aquellos primeros periodos electorales, se tejían con procesos que se iniciaban y resolvían limpiamente, y era fácil descubrir en todos los participantes sentimientos positivos de esperanza, ilusión y entrega. Los candidatos de uno u otro partido tenían el convencimiento de que su trabajo era, no solo necesario sino importante, cuando no trascendental. Previamente, habían sufrido un largo periodo preelectoral intercambiando opiniones, eligiendo y eliminando candidatos y diseñando a fondo sus programas; a más de treinta agotadores días, entre campaña y precampaña, pateando calles y pueblos; predicando la doctrina a tirios y troyanos; soltando mítines larguísimos y no siempre inspirados, a oídos generosos y entregados ya que casi siempre eran los de sus propios partidarios. Acababan malcomiendo y mal durmiendo, pero convencidos de que el contrincante – nunca enemigo- tenía todas las de perder, y ellos todas las de ganar.

No había por entonces internet, ni móviles ni otros muchos inventos actuales que facilitan el trabajo y dificultan la conversación. Las calles se llenaban de coches con megafonía, conducidos por jóvenes simpatizantes y bien intencionados, que recorrían kilómetros y kilómetros de calles, con su monótona arenga y su musiquilla estridente, una y otra vez. La prensa diaria, la radio y la televisión eran las más valoradas herramientas de trabajo y propaganda, y el epicentro de actividad estaba en la sede del partido, de mayor o menor enjundia, que era albergue y cobijo del casi inalcanzable sueño de un mundo mejor.

Los votantes participaban masivamente haciéndose notar, pues sabían bien que estaban poniendo su granito de arena para la modernización y el buen caminar de su país; su región e, incluso, su propio pueblo. Los cambios que se auguraban eran trascendentales y desconocidos tras una guerra fratricida y el largo periodo de dictadura que vino tras ella y, como ya he apuntado, el riesgo de que algo pudiera echar a perder la oportunidad de construir una vida definitivamente estable y duradera, podía más que cualquier tipo de consideración, resquemor e, incluso, dolor o nostalgia.

Acudían en multitud a aplaudir a sus candidatos en cualquiera de los variopintas reuniones convocadas en lugares al efecto, que bien podían ser una escuela; un teatro; el bar de un amigo, que generosamente lo cedía, o incluso una merienda en casa de una afiliada de bien que acogía a los políticos de su cuerda con aires de mecenas y muy pagada de sí. He de reconocer también que hubo detractores del nuevo sistema y ciertas trifulcas más o menos virulentas entre representantes de distintas facciones, pero habitualmente se resolvían con bien, y raro fue que en alguna llegara la sangre al río.

Las jornadas electorales de entonces eran mayoritariamente alegres y festivas, aunque no siempre se celebraban en domingo. Las gentes salían en familia a la calle con sus mejores galas, y soportaban estoicamente colas, lluvia o frío con la mirada serena y la paciencia y aguante característicos de los hombres y mujeres de bien. Al volver a casa, se sentaban ante un cafelito -yo creo que entonces té no tomaba más que mi padre-, esperando hasta muy entrada la noche, por ver cómo se iba resolviendo la situación, al tiempo que se llenaban las pantallas de los televisores de las desconocidas siglas de aquellos que luego nos gobernarían durante casi un lustro. Los resultados definitivos tardaban más de un día en conocerse, porque los medios eran precarios y, sobre todo, porque era enorme la afluencia de contendientes en liza, con nombres petulantes, irónicos, altisonantes o divertidos, que pronto desaparecerían para siempre del mapa, pero que sus adeptos defendían ese día a machamartillo, sin permitirse tirar la toalla mientras quedara una última papeleta por defender...

Recordando aquellos tiempos, soy consciente de que, una vez conseguido el entendimiento entre todos los españoles de manera impecable y con una altura de miras difícil de explicar, esta larga etapa de pacífica convivencia está cerrando en falso. Un montón de mangantes sin escrúpulos ha abierto heridas de tal magnitud en el tejido social y político de este país nuestro, que la confusión, el hartazgo, la desconfianza y la indignación, han hecho presa del presente y amenazan con envenenar nuestro próximo futuro. Ya no sirven los paños calientes. Al amparo de la ley hay que coger el toro por los cuernos con valentía, admitir errores sin que duelan prendas -y aunque duelan-, y exterminar la podredumbre acumulada, con mano dura, muy dura, sin el menor atisbo de flaqueza, connivencia o piedad.

Hay que hablar claro y llamar a las cosas por su nombre; hay que descubrir una a una y con presteza todas las maniobras torticeras que un puñado de gánsteres de medio pelo y variadas procedencias han llevado a cabo durante años con total impunidad. Hay que acabar de una vez por todas con listillos; maniobreros; aprovechateguis; amantes de la pecunia y no del servicio al común; y gentuzas varias que han pescado en este río revuelto pero, al tiempo, hay que estar atentos a los cantos de sirenas de los salvapatrias inexpertos que, sin conocimiento de causa ni medios adecuados, nos quieren vender la burra de que son los mesías portadores de la salvación universal.

Y mucho ojo también, que la vista engaña, con cuantos quieran sacar tajada de la incompetencia y sinvergonzonería ajena, porque los buitres que se alimentan de cadáveres no son compañeros aconsejables, y mucho me temo que, sin haber mostrado previamente sus capacidades e intenciones, nos propongan un cambio que nos lleve al desastre que tanto queremos evitar.

Decía Ignacio de Loyola: “en tiempos de tribulación no hacer mudanza” y nunca como ahora esa frase resultó tan apropiada, y es así, porque hemos logrado salvar por segunda vez una muerte anunciada, pero debemos cuidar la convalecencia del enfermo con los profesionales que encontraron el tratamiento que le devolvió a la vida, aunque el precio de la medicación nos haya dejado los bolsillos casi vacíos y nos esté costando sudores y escasez. Nos jugamos tanto en este envite que tenemos la obligación de actuar con mucho tino, aplicando el sentido común y el poquito aguante que nos quede, una vez más.

Cualquier otra opinión, a favor o en contra de lo dicho, puede ser válida, pero considero que si nuestra España al fin se cura ya habrá tiempo para protagonismos; para cambios posibles y deseables; para recibir con los brazos abiertos a todo aquél que quiera llegar como paloma y no como buitre carroñero a gobernar. Meditemos muy seriamente en la que se nos avecina y obremos en consecuencia a la hora de votar.

Y yo, mientras llega el día 24 de mayo, les aseguro que no pienso agachar la cabeza ni un instante. ¡Faltaría más

Por Elena Méndez-Leite