viernes, 3 de agosto de 2012

RENOVARSE O MORIR

En estos últimos meses las calles del Centro de  Madrid se ven, no sólo invadidas sino prácticamente tomadas por las constantes manifestaciones en contra o a favor de algo, a más de las celebraciones de triunfos futbolísticos que suman tal abrumadora mayoría de seguidores que, para mí tengo, alguien capacitado para ello, debería estudiar.

¿No habría posibilidad de dejar tranquilos a nuestros dioses amigos, Cibeles y Neptuno, y trasladar todos estos eventos multitudinarios a otra zona, menos transitada, habilitada a ese fin, para que los organizadores y seguidores de las diversas concentraciones mostraran su repulsa, su beneplácito, su felicitación o su denuncia? Al propio tiempo se evitaría el constante dispendio de dinero público ante los “daños colaterales” producidos, y los continuos despliegues de fuerzas policiales,  eliminando también el perjuicio que supone para el resto de madrileños y foráneos, el que cada lunes y cada martes hayan de sufrir atascos interminables, cambios imposibles de dirección y  desvíos improcedentes,  así como pérdida de horas de trabajo o descanso, y otras penalidades sin cuento.

Una de las últimas manifestaciones ha sido propiciada por distintos sectores de la educación en desacuerdo con los cambios puntuales que el nuevo ministro pretende introducir en el sistema de enseñanza no universitaria, tales como la ampliación del Bachillerato a tres cursos; la sustitución de la asignatura de Educación para la Ciudadanía; la implantación del Estatuto del Docente; El Plan anual de bilingüismo, etc. En muchas otras ocasiones se habían producido cambios integrales y un sinfín de sucesivas derogaciones y aprobaciones de la ley educativa de turno, y  nadie había salido a la calle pero, en fin, ellos sabrán.

Por otra parte parece que hemos caído en la cuenta de que hay que renovar por ineficaces y obsoletos los estudios universitarios. No se ha comenzado con buen pie, lo que no ha provocado una algarada pero si el desentendimiento entre los Rectores de Universidad y el Ministro. Afortunadamente parece que las aguas no saldrán de su cauce y un futuro encuentro  evitará la inundación total.

No seré yo quien intente desbrozar todos y cada uno de los aspectos de las nuevas medidas. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia… pero en lo que sí me gustaría incidir es en el apartado de la orientación universitaria que, desde hace muchos años, se contempla como elemento imprescindible del proceso educativo, sin que hasta ahora haya sido coronado por el éxito y no parezca gozar de gran acogida de crítica y público.

Convertir al ser humano en protagonista de su destino, propiciando su capacidad de elección, es ayudarle a desarrollar sus ideales de existencia. No podemos olvidar que una gran parte de nuestra vida transcurre en el desempeño de la profesión y actividad laboral, y que una de las mayores causas de insatisfacción  de los individuos es la provocada por el ejercicio de una tarea a la que no se ama o para la que no se está debidamente capacitado. Tanto daño puede producir en un joven la convicción de no haber llegado hasta donde su capacidad intelectual lo permite, como el verse forzado a martirizar su intelecto más allá de los límites  de su resistencia y potencialidad.

El derecho al trabajo, el deber de trabajar y la libre elección de profesión u oficio que la Constitución española reconoce para todos sus ciudadanos, sufre hoy una de las embestidas más trágicas y dramáticas de nuestra democracia, pero como no hay mal que dure cien años… ni cuerpo que lo resista, no podemos regodearnos en  el dolor y debemos, a pesar de los pesares, ir tejiendo los mimbres para proporcionar una mejor orientación, desde los primeros estadios de la educación, a fin de que los jóvenes vayan logrando un conocimiento en profundidad de sí mismos y de las distintas opciones que se ofrecen a su consideración. 

Vayamos a las fuentes: En su más amplio sentido el concepto de orientación como ayuda que una persona o grupo consigue para sus miembros, se encuentra ya en las tribus y sociedades primitivas. En ellas, los ruegos a los dioses constituían la manera única y viable de proporcionar, mediante su intercesión, los recursos de subsistencia a un puñado de hombres que,  débiles, desvalidos y desconocedores de un medio ambiente hostil, se veían incapaces de lograrlo por sí mismos.

Para Platón, los hombres diferían en sus habilidades para estudiar y contemplar el universo, por tanto se mostraba partidario de ocuparse y preocuparse  activamente por el conocimiento del sujeto para así poder orientar su futura inserción en la sociedad. Se debía procurar que cada individuo alcanzara su propio nivel  en la escalera educativa, a fin de poder emplear sus habilidades al máximo y hacer rentables el esfuerzo y los medios empleados en su educación.

Con posterioridad, y durante un largo período, se mantuvo el concepto pre-determinista en el que el destino del hombre, establecido desde su nacimiento, negaba toda razón de ser a la orientación, y tuvo que ser el puritanismo, con su teoría del concepto del libre albedrío, quien de nuevo restituyera a los seres humanos la posibilidad de elegir. Ya a principios del pasado siglo el filántropo estadounidense Frank Parsons, considerado como el padre de la orientación, comenzó trabajando con jóvenes de las clases desfavorecidas incidiendo sobre tres aspectos fundamentales para desarrollar, ya desde la escuela, el proceso orientativo: El auto-conocimiento; la exhaustiva información profesional, y el acomodo de cada individuo a la tarea que le fuera más apropiada. Una vez finalizadas estas tres etapas, los educandos lograrían acceder al trabajo idóneo, lo que redundaría en beneficio suyo y de la propia sociedad.

Freud basó su método de orientación en el psicoanálisis; Skinner en la observación de la conducta; Carl Rogers centró sus estudios en el cliente y años más tarde se desarrollarían el movimiento fenomenológico representado por Snygg y Combs y el Daseinanalize existen-cialista de los años 60 y 70 del siglo XX. Sería prolijo detallar todas estas aportaciones, pero si me gustaría reflejar el hecho cierto de que, a través de los tiempos, el concepto de orientación ha ocupado y preocupado a pensadores y estudiosos de la problemática educativa. 

Sigo convencida de que los servicios de técnicas orientativas en las universidades  son una necesidad determinante y deben contribuir a paliar las deficiencias  que presentan los estudiantes en su formación integral, pero abogo como Parsons por una orientación académica, personal y profesional que considere al alumno, desde edades muy tempranas, como sujeto y objeto de la misma, poniendo fin al paternalismo por parte del profesorado y a la búsqueda del título por el título como fin primordial.

La educación debe ser un proceso altruista y ético, un proceso sin fin en el que, tanto el profesor como el alumno, sean aprendices permanentes y, a su vez, conozcan perfectamente sus limitaciones y capacidades, distingan nítidamente que existe una diferencia abismal entre afición volitiva y cualificación cognitiva y opten, sin el menor rubor, por elegir aquellas profesiones para las que estén mejor dotados, ya sea a través de estudios de Formación Profesional o de titulación universitaria. Es muy posible que si hacemos hincapié  en contribuir decisivamente al desarrollo integral y al aprovechamiento de todas las potencialidades que cada ser humano ofrece, consigamos que los niveles de rendimiento y satisfacción de nuestros jóvenes mejoren notablemente. Es un derecho que nos deben exigir. Es nuestro deber proporcionárselo.

Por Elena Méndez-Leite  

Bibliografía:

Rafael Bizquerra Alzina, Orígenes y desarrollo de la Orientación Psicopedagógica.
M. Álvarez M. y R. Bizquerra Alzina, Manual de Orientación y Tutoría.