domingo, 30 de junio de 2013

MARCEL CARNÉ Y PARÍS

Ése es el lugar. Aunque me aguarden miles de hermosísimos, pintorescos, salvajes, plácidos, extremos, o desoladores parajes por conocer, el único destino al que siempre vuelvo, con emoción renovada, es a Paris, y lo hago convencida de que toda la comedia y la tragedia se inventó allí, en una u otra época; consciente de que tanto la inspiración sublime como el vicio más abyecto han tenido lugar al borde del Sena en distintas noches de luna llena; sabedora de que este ambiente exquisito de la mañana puede convertirse en el centro canalla más tremendo y desolador al ponerse el sol; segura de que a nadie ha de extrañarle que, tanto la literatura como el cine, hayan acudido con tamaña frecuencia a la llamada de esas calles, de ese río, o de ese altivo Molino Rojo, porque Paris siempre será la buhardilla  donde cualquier Olympia que, como Cenicienta haya perdido su mínimo zapato de cristal, puede encontrar un mágico Monet quien, pincel en mano, convierta la sordidez de turbias pesadillas, en el más hermoso e increíble de los sueños.

Me gusta alojarme en Issy les Moulineaux, aunque ahora haya perdido parte de su mimoso encanto pueblerino para convertirse en abanderada de las nuevas tecnologías y, desde la Mairie, después de un croissant que quita el sentido, llegar al centro de Paris, siempre mejor en metro que en el vertiginoso RER, para así ir saboreando el nombre de cada una de las estaciones amigas; Corentin; Porte de Versailles; Convention… hasta llegar, en apenas veinte minutos, a la que casi siempre escojo como cruce de caminos para iniciar mil y una rutas añoradas: Concorde.

Hoy, dando un largo paseo y bordeando las Tuilleries, el Museo del Louvre y el magnífico e imponente Ayuntamiento, he alcanzado la plaza de la Bastilla, donde termina el Canal Saint Martin, para luego recorrer, en sentido contrario sus cuatro kilómetros de restaurantes, bares y tiendas diversas, sin olvidar sus esclusas, ni las curvadas y románticas pasarelas entre árboles frondosos; ni los murmullos de ambiente festivo y jaranero, en una zona cada vez más concurrida y anhelada de la ciudad, que comunica con la Gare du Nord y de l´Est o les Grands boulevards. En menos de veinte años este barrio ha cambiado de raíz, y creo que para bien, porque en medio de un sinfín de locales de moda, permanecen, como testigos mudos de otro mundo perdido, los de siempre; los emblemáticos, como el Hotel du Nord que debe su nombre, y también su pervivencia y condición de monumento histórico al film homónimo, de la trilogía trágica de Marcel Carné, cuya acción transcurre en las habitaciones del mencionado hotel.

Carné, pionero del cine francés, que había iniciado su carrera en el cine mudo como ayudante de dirección de Jacques Feyder, es considerado como el padre del realismo poético y realizador de la película considerada por muchos, junto con “La règle du jeu” de J. Renoir, la mejor cinta de todos los tiempos: “Les enfants du paradis”, que quiere decir, aunque creo que nunca se ha traducido así oficialmente: “Los chicos del gallinero” (acepción vulgar del “paraíso” en las salas teatrales).

Por todos es sabido que fueron unos franceses, los hermanos Lumière, quienes inventaron el cinematógrafo, que no el cine, a finales del XIX. Y que, pocos años después, parisina fue también la empresa de producción de películas de Léon Gaumont, como parisinos fueran  sus rivales en la industria, los hermanos Pathé. Finalmente, y por descontado, a nadie se le oculta que otro francés, Georges Meliès, llegó con su cámara a la luna en 1902 y… casi le salta un ojo.

Ya no es tan sabido que, entre la primera y la segunda guerra mundial, el gran dramaturgo y actor ruso Sacha Guitry, muerto en Paris, llego a rodar más de 30 films, la mayoría de ellos basadas en sus propias obras teatrales, y que otro parisino, Jean Renoir, director, guionista y actor cinematográfico, a más de hijo del sublime pintor, nos dejó una dilatada y espléndida  obra con algunos títulos que algunos consideran precursores del neorrealismo italiano, y a la que el maestro Truffaut acudía con insistente y admirativa frecuencia.

Piano pianito llegamos al final de la segunda guerra mundial y allí nos damos de bruces con esa joya exquisíta del cine a la que aludíamos al inicio de esta colaboración: Les Enfants du paradis, estrenada en 1945. La película de tres horas de duración fue tarea ardua ya que sus 18 meses de rodaje transcurrieron en plena ocupación Nazi, por lo que los exteriores se rodaron en el Midi francés y no en la Capital, donde estuviera el teatro de Funámbulos -uno de los recintos más famosos del Boulevard du Temple, desaparecido a mitad del siglo XIX y situado donde hoy se alza la Plaza de la Republica-, por lo que hubo que construir en la clandestinidad, una a una, todas las piezas de un puzle preciosista, cuyo resultado resulta a todas luces espléndido y conmovedor.

Al inicio de la película, y sólo con el plano general de una larga avenida abarrotada de gente de variopinto pelaje compuesto por gente festiva, artistas, curiosos, mendigos, vendedores ambulantes, mimos, carteristas, jóvenes atractivas y descaradas, petimetres, forzudos, echadores de cartas y un largo etcétera, que dan vida a un imponente fresco del Paris populachero y vitalista de la época, -principios de 1800- magistralmente elaborado.

Más tarde la acción se sitúa en un escenario, con la finalidad de establecer un nexo de  unión entre el teatro hablado y el mimo, y en distintos habitáculos donde se van narrando las peripecias vitales de Garance, el más bello personaje de la gran actriz parisina Arletty, inventado por el guionista Jacques Prévert para dar mayor consistencia y cohesión a la narración de la vida y amores de Jean-Gaspard Debureau, el famosísimo mimo del siglo XIX, que reavivó de manera magistral el arte de la pantomima, interpretado en el film, con impecable dominio y ternura, por Jean Louis Barrault.

Acompañan a la pareja protagonista actores de la época, de la talla de María Casares Pierre Brasseur y Fredérick Lemaître junto a una multitud de figurantes que dan cuerpo a las distintas escenas y situaciones en las que el público amante del teatro y, de manera muy especial y creíble los ocupantes histriónicos y vociferantes del famoso “paradis” de la sala teatral, se incorporan a la representación con su actuación coral.

A lo largo de sus tres horas de duración, se suceden amores y desamores; triunfos y fra-casos; bondad y crueldad; esperanza y desesperación; fealdad y belleza; inocencia y per-versión; gratitud y miseria; crimen y castigo y, al final de la historia como al final de la vida,  no queda ya la menor sombra de duda, de que el mundo de los silencios encierra una locuacidad que supera con creces el ruido ensordecedor e inútil de las falsas, taimadas y engañosas palabras...

Marcel Carné describe admirablemente el ambiente y los personajes  así como los cambios que el tiempo y las circunstancias van produciendo en ellos; los encuentros y desencuentros entre vida y teatro o entre sueño y realidad, con un meticuloso estudio de caracteres, que el concurso del espléndido reparto protagonista ayuda a perfilar.

Años después el Director francés se trasladaría a Hollywood donde llegó a trabajar, mano a mano, nada menos que con Billy Wilder pero… eso es otra película aún sin estrenar.

París permanece vivo y medio despierto en estas primeras horas de la tarde, el rumor del agua, va diluyendo mi recuerdo de aquellos pioneros en un mundo romántico, difícil y rebosante de emoción. Aún no hace frío. Las hojas muertas se esparcen por doquier en este otoño mágico parisino, y la Piaf, Montand y Aznavour acuden a poner banda sonora a mi regreso a través de las amplias avenidas de esta ciudad exquisitamente diseñada por la mente impecable y lúcida del barón Haussman, donde espero volver mientras me quede un aliento de vida.

¡Es una cuestión de amor!

Para más información: www.marcel-carne.com  

Por Elena Méndez-Leite



1 comentario:

JOSE IGNACIO AYUSO LÓPEZ dijo...

Una fotografía curiosa de Jean Louis Barrault y su mujer, Madeleine Renaud, con Boris Vian y actores y actrices de la época, en 1948, no muchos años después del rodaje de Les enfants du paradismightsa...

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