domingo, 9 de marzo de 2014

LA MÚSICA VOCAL EN EL RENACIMIENTO ESPAÑOL (I)


Hablar de Renacimiento es hablar de renovación, de una intensa búsqueda hacia el naturalismo en cuyo centro se situó el hombre como indiscutible protagonista y como medida de todas las cosas. Apoyado en el incipiente humanismo, el hombre del Renacimiento comenzará a demandar una creciente valoración de la racionalidad, lo que le llevará a cambiar sus relaciones con la naturaleza, con Dios y con sus semejantes.

Todo esto propiciará, entre otras cosas, la afirmación de la monarquía autoritaria y el estado moderno, el crecimiento y evolución de la economía; que definirá ya a finales del siglo XV el inicio del capitalismo; el nacimiento del protestantismo religioso, y especialmente el desarrollo cultural que tomará como modelos la claridad, proporción, equilibrio y naturalismo del arte de la Grecia y Roma clásicas.

El siglo XV en España, comienza marcado por las luchas internas entre los diferentes reinos, y entre los reyes y la nobleza por detentar el poder, debiendo someterse estos con frecuencia a los deseos nobiliarios. Para hacernos una idea, hacia 1480 en España más de la mitad de las rentas del Estado pertenecían a la Nobleza, quienes a su vez constituían apenas el diez por ciento de la población total. El liderazgo alcanzado por esta, debido a las continuas luchas contra el poder real, se puede observar en los reinados de Juan II de Castilla y especialmente en el de Enrique IV, quien fue destituido por los Nobles en 1465 en favor de su hermano Alfonso y más adelante, a la muerte de este, en su hermanastra Isabel I de Castilla. El matrimonio de Isabel I de Castilla con Fernando II de Aragón, hará cambiar por completo la escena política, imponiéndose la autoridad real frente al poder de la nobleza. La unión de Castilla y Aragón, llevará consigo la modernización y organización interna del Estado, la unidad territorial con la incorporación del reino de Navarra y la anexión del reino Nazarí de Granada, así como el final de los desórdenes impulsados por los nobles, lo que hará de España un Estado moderno con una monarquía fuerte, que sentará las bases del gran imperio español del siglo XVI.

El humanismo penetrará en la península ibérica de la mano de Antonio de Nebrija quien además de ser el principal representante del erasmismo en Castilla, publicará en 1492 la primera gramática en lengua vulgar, “Gramática castellana” dedicada a la reina Isabel, instaurando, por otra parte, los estudios de latinidad con su manual de 1481 titulado “Introductiones Latinae” el cual se convertirá en el núcleo de la nueva educación, debido a que el dominio del latín permitía el acceso a los clásicos que suponían la base de los estudios humanísticos de la época.

El recuerdo del mundo clásico, como arquetipo de perfecciones artísticas, es idealizado por el artista del Renacimiento bajo cuya visión, el arte europeo cambiará de rumbo, acercándose a las ruinas griegas y romanas sobre las que arquitectos, pintores y escultores, crearán un arte nuevo y original. En España, las relaciones del reino de Aragón con Nápoles; a cuya corona pertenecía este último; motivará que las corrientes artísticas del Renacimiento italiano entren no solo hacia Aragón sino a toda España. De esta forma, surgirán estilos arquitectónicos como el Plateresco, con su profusión decorativa, la rotundidad clasicista de Pedro Machuca en el palacio de Carlos V en la Alhambra, o el sobrio Herreriano, más en consonancia con la reacción bramantesca. En este prolífico ambiente, se desarrollará la riqueza deslumbrante de la escultura en madera de Alonso de Berruguete y la pintura de inspiración flamenca de Pedro Berruguete, el retrato de Sánchez Coello, el manierismo expresivo de Luis de Morales o el color veneciano y exaltación espiritual de El Greco. Será así mismo, el comienzo del gran esplendor que sufrirán nuestras letras y que darán lugar al llamado siglo de oro.

Aparecerá una nueva lírica que, gracias a Boscán y Garcilaso, se inspirará en el modelo italiano de Petrarca basado en el uso del verso endecasílabo y heptasílabo, y el empleo por excelencia de la temática amorosa tratada desde un punto de vista platónico. La poesía ascética y mística de San Juan de la Cruz y Santa Teresa, tratará de divinizar la temática amorosa a través de la unión del alma con Dios. Por otro lado, la novela tendrá una gran difusión en esta época, ya que partiendo del género caballeresco, surgirán otros nuevos  como la novela picaresca, la pastoril, bizantina o la morisca.

La música renacentista, a diferencia de las demás artes, carecía de fuentes directas que desvelaran los modelos e ideales estéticos de la antigüedad, y es quizá por esa razón por la que el espíritu humanista penetró de forma más tardía en ella. Podemos deducir por tanto, que la música polifónica del siglo XV es esencialmente una evolución de las técnicas compositivas del final del Ars Nova, las cuales nos conducirán paulatinamente al encuentro con el verdadero espíritu renacentista que tendrá lugar a lo largo del siglo XVI. Este coincide con la eclosión de las grandes formas profanas entre las que se encuentra el Madrigal y, ya al final del periodo, con los nuevos ideales del grupo de sabios conocido como la Camerata Florentina de los Bardi, que recogerá las concepciones del nuevo humanismo aplicándolas a la música a través de la monodia acompañada.

Autores que tradujeron e incorporaron a occidente la sabiduría teórico musical de la Grecia clásica, recogida en documentos tales como “Las leyes” de Platón o “La política” de Aristóteles, fueron Franchino Gaffurio, Heinrich Glareanus y Gioseffo Zarlino, quienes junto a nuestro teórico español Bartolomé Ramos de Pareja, harán de la racionalidad el eje fundamental del arte musical del Renacimiento.


La mayor parte de la vida musical española durante los siglos XV y XVI, continuó siendo patrimonio de la iglesia, a pesar de la notable evolución de las formas profanas que llegarán a tener una importancia prácticamente similar a las formas religiosas, especialmente a lo largo del siglo XVI. Por un lado, la vida musical religiosa se desarrollaba en las iglesias y catedrales a través de las capillas musicales en las que los Ministriles o instrumentistas, tenían un peso destacado. Diversos documentos, nos cuentan como en 1526 fueron aceptados cinco ministriles asalariados en la Catedral de Sevilla, grupo integrado por tres Chirimías y dos Sacabuches o la creación de la capilla musical de la Catedral de Valencia que tuvo lugar el 17 de Diciembre de 1560 y para la que se contrataron ministriles de Chirimía, Sacabuche, Flauta, Corneta y Orlo. La Misa Solemne, las procesiones y ciertas partes del Oficio Divino constituían la mayor parte de sus actuaciones, estando supeditada en todo momento su música instrumental a la vocal que interpretaban los cantores. Las capillas musicales cortesanas, por el contrario, cumplían varias funciones entre las que se encontraban aquellas relacionadas con la vida oficial. Gracias a la Crónica de don Álvaro de Luna en el año 1448 en la que describe el banquete en honor a Enrique III de Castilla, sabemos que algunas de las funciones de los ministriles consistían en recibir personajes ilustres, celebrar conmemoraciones victoriosas, banquetes, acompañar las danzas cortesanas, veladas privadas de cámara y acompañar los servicios religiosos en los oratorios de los palacios.

Estas capillas cortesanas eran reflejo del boato del noble que las mantenía. Como ejemplo valga la capilla musical de la corte del Duque de Calabria en Valencia, quien en 1546 poseía una capilla formada por 18 cantores, un maestro, tres organistas, un arpista, dos copistas y un conjunto instrumental de ministriles formado por tres sacabuches y cinco chirimías, así como ocho trompetas y dos atabales.

Las formas vocales profanas españolas del Renacimiento, es decir, aquellas cuya idiosincrasia está alejada de toda temática religiosa, se han conservado en diversas colecciones denominadas Cancioneros. Estos Cancioneros se pueden resumir en los siguientes documentos; el Cancionero de la Colombina y el de Palacio, ambos complementados por el de Segovia; el Cancionero de Uppsala, el Cancionero de Medinaceli y la recopilación de Sonetos y Villancicos a 4 y 5 partes de Juan Vázquez. Los principales géneros musicales que se recogen en ellos son profanos, destacando especialmente el Villancico, Romance, Canción, Estrambote y Madrigal.

El Villancico es la forma imperante en todos los documentos citados anteriormente, tanto es así que en algunos de ellos, como en el Cancionero de Palacio, supone 389 piezas del total de 458 números de que consta. Se cree proviene del Zéjel árabe, aunque su esencia es la poesía amorosa de estilo sabio y refinado en castellano. Su estructura consta de dos elementos esenciales; el estribillo y las coplas. Aunque hubo una corriente compositiva muy elaborada de inspiración francoflamenca encabezada por Juan de Urrede, el Villancico castellano utiliza una textura generalmente orientada hacia la línea vertical, es decir, hacia una polifonía de acordes u homofónica, que introduce en ocasiones la voz solista en la búsqueda del contraste entre el solo y el coro. Algunos compositores que cultivan esta forma son Ginés de Morata, Antonio Cebrián, Juan Navarro, Juan Vázquez y Juan del Encina.

El Romance, es una composición de carácter reposado y triste, cuya estructura consta de cuatro frases musicales que pertenecen a los cuatro versos de cada estrofa. Suele ser de carácter silábico y tuvo su época de esplendor durante la segunda mitad del siglo XV. La mayor parte han quedado compilados en el Cancionero de Palacio, donde aparecen alrededor de 40,  así como en el Cancionero de Medinaceli y en la obra de Juan Vázquez.


De estructura menos definida que el Villancico, es la Canción. Frente a este, presenta un mayor número de versos en el estribillo en número de cuatro o cinco, a los que pertenecen otras tantas frases musicales, permitiendo únicamente una sola estrofa. Aún así, se observa una gran variedad según la colección en la que se encuentren, destacando el Cancionero de Medinaceli con algunas como “Fresco y claro arroyuelo” y “hermosa Catalina” pertenecientes a F. Guerrero, y el anónimo “O dulce suspiro mío”.

El Madrigal es una forma musical que nace originalmente en la Italia del siglo XIV, aunque más adelante evolucionará a partir de la Fróttola homofónica y de carácter popular del siglo XV. La gran importancia que adquirió el Madrigal del siglo XVI, radica en el uso de textos poéticos muy refinados, una elaborada música de carácter imitativo y el hecho de carecer de estribillos, a diferencia de otras formas de la época. La primera obra española con el título de madrigales, aparece en Barcelona en el año 1561 y pertenece a Pedro de Alberch Vila. A esta seguirán otras publicaciones de autores como Mateo Flecha el joven en 1568, Juan Brudieu en 1585 o Pedro Ruimonte en 1614 cuyas obras fueron impresas en Venecia,  Barcelona y Amberes respectivamente.

El vocablo “Madrigal”, no fue aceptado por igual en toda la península ibérica ya que mientras en Castilla y Andalucía apenas se usa, en Cataluña el término se asume con total naturalidad. A pesar de esto, todos los músicos españoles que editan en el extranjero terminarán usando el término. En Cataluña, se publican gran cantidad de ellos a lo largo del siglo XVI, llegando incluso a usar procedimientos musicales típicos de él en otro tipo de obras, como por ejemplo en los Motetes. Me refiero a los llamados “Madrigalismos”, que consistían en la intención de expresar simbólicamente, a través de la música, el sentido de las palabras y las imágenes que  trata de mostrar el texto.

A principios del siglo XVI en el Cancionero musical de Palacio, aparecen algunas obras que tienen como base la mezcla de diferentes estilos como la Canción, el Villancico, Romance, Madrigal y las danzas, así como el uso de diferentes idiomas como el Latín, Castellano, Catalán, Francés, Italiano o Portugués. Este nuevo género poético-musical recibirá el nombre de Ensalada.

Aunque en un primer momento corresponde a autores como Juan de Triana o Francisco de Peñalosa el desarrollo de dicho género, su perfeccionamiento y divulgación será tarea de Mateo flecha “el Viejo” y más tarde de su sobrino Mateo Flecha “el Joven”, quien publica en el año 1581 en Praga varios cuadernos con el título “Las Ensaladas de Flecha”, que constan de unas catorce piezas a 4, 5 y 6 voces. Las Ensaladas más conocidas de Flecha, son “La Bomba”, “La negrita”, “Jubilate”, “El Fuego”, “La Guerra” y “La Justa”, de las que en algunos casos el Cancionero de Medinaceli es fiel guardián.

Las formas vocales litúrgicas y religiosas del Renacimiento español, giran en torno a tres géneros; el Motete, la Misa y la música para el Oficio Divino.



El Motete renacentista poco tiene que ver con el Motete del siglo XIII, del que pierde la pluritextualidad y la isorritmia para convertirse en un género polifónico que utiliza tanto el contrapunto imitativo como la homofonía, que está escrito en latín y es plenamente religioso, prevaleciendo el uso de cuatro o más voces mixtas; Cantus, Altus, Tenor y Bassus. Motete es sinónimo de canción religiosa y en verdad lo es teniendo en cuenta la libertad de la que hizo gala, como por ejemplo a la hora de elegir los textos y en el hecho de que utilizó asiduamente procedimientos típicos de la expresión madrigalesca en el intento de potenciar la suya propia. Esta belleza expresiva unida a la perfección técnica y a la brevedad, hacen de estas piezas verdaderas obras maestras. Su estructura gira en torno a la división fraseológica del texto, correspondiendo a cada frase un nuevo tema musical que es desarrollado, como ya hemos señalado, de forma imitativa u homofónica. Su material temático suele ser original, aunque en ocasiones utilice células melódicas gregorianas (cantus firmus), e incluso el recurso llamado parodia para su desarrollo temático.

La Misa renacentista se dividía en Misa de Gloria y Misa Pro defunctis que pertenece a la liturgia mortuoria y es conocida también como Misa de Requiem.

La Misa de Gloria, estaba generalmente compuesta sobre los textos del “Ordinarium misae”, es decir sobre aquellos textos que permanecen invariables a lo largo del calendario litúrgico. Estos son el Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus-Benedictus y Agnus Dei. La conocida como misa de Barcelona, fue la primera compuesta en España durante el siglo XIV, aunque es a lo largo  del siglo XV el momento en el que nuestro país aporta obras maestras del género con autores como Juan de Anchieta, Francisco de Peñalosa, Pedro Escobar o Alonso Pérez de Alba.

Los procedimientos compositivos de la Misa renacentista solían girar en torno a varias técnicas, según las cuales la misa podía ser de “Cantus Firmus” si utilizaba un canto religioso o profano preexistente ( L`homme armé), “Paráfrasis” cuando el material previo era manipulado y desarrollado por el autor, “Parodia” si se parodiaba un modelo que solía ser un motete, y “Sine Nomine” cuando  la Misa era totalmente original.

La Misa Pro defunctis, mantiene en las melodías gregorianas su inspiración, en ocasiones usadas a modo de cantus firmus o a modo de paráfrasis. Sus partes son; Introitus, Gradual, Tracto, Secuencia, Ofertorio, Sanctus-Benedictus, Agnus Dei, Comunión y Responsorio, con sus correspondientes íncipit latinos; Absolve Domine, Dies Irae, Domine JesuChriste, Lux Aeterna y Liberame Domine. Aunque entre los primeros autores que escriben Misas Pro defunctis en España está Pedro  Escobar, el tono majestuoso y espiritual típico de la polifonía española lo dará Cristóbal de Morales con su Misa Pro defunctis publicada en 1544 y probablemente escrita en 1539 con motivo de las exequias de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. En esta obra, Morales trata de huir de las complicaciones contrapuntísticas de la escuela francoflamenca, basándose sobre todo en la austeridad de medios, el ritmo calmado y el empleo en ocasiones de terceras y sextas menores para una mayor sensación de espiritualidad,  con el fin de  acercarse a los principios estéticos de la tradición española, erigida en adalid de la contrarreforma católica.

El Oficio Divino, nació en la Edad media de la mano de San Benito de Nursia como un conjunto de reglas para ordenar la vida monacal. Dividía el día en diferentes horas; Maitines, Laudes, prima, tercia, sexta, nona, Vísperas y Completas, en las que a través de formas como oraciones, salmos, himnos, lecturas, invocaciones y saludos, trataba de santificar los diferentes momentos del día. Algunos compositores que escriben música para el Oficio Divino, son Francisco de Peñalosa quien compone para el oficio 3 lamentaciones, 7 magníficat y 4 himnos; Cristóbal de Morales compone para el oficio algunas lamentaciones y 16 magnificats los cuales constituyen una de las obras cumbre de la polifonía religiosa renacentista; Francisco Guerrero publica en Roma en 1584 el liber vesperarum; Tomás Luis de Victoria publica también en Roma en 1581 un par de libros con himnos, magníficats y salmos; Diego Ortiz  quien publica en Venecia en 1565 una colección de obras destinada al Oficio, entre las que se encuentran 35 himnos, 8 Magníficat y una gran cantidad de antífonas marianas; Fernando de las Infantas con cuatro libros publicados hacia 1578 en los que aparecen salmos y antífonas, o Mateo Flecha el joven que publicó en Praga hacia 1561 su obra “Divinarum completarum psalmi…” dedicado a  Completas.

En próximos artículos, abordaré la música instrumental del Renacimiento español así como la vida y obra de los principales autores que desarrollaron los géneros tratados anteriormente, haciendo a la música española del renacimiento merecedora  del esplendor y la fama  que disfrutó durante el siglo XVI.

Por José Ignacio González Mozos
Publicado originalmente en MICIUDADREAL.ES
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