domingo, 30 de octubre de 2016

SIRIA: LA GUERRA SIN FIN

















"La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran".
Paul Valéry

Ha pasado ya un año desde que en aquella fría mañana de septiembre apareció en la costa de Turquía el cuerpo inerte de Aylan. Lo recogió cuidadosamente en sus brazos un policía. Aylan había muerto ahogado en busca de un futuro de sueño, sonrisas y felicidad. Lejos de la furia de las bombas, la violencia y la barbarie. Murió en solitario y cerró sus pequeños ojos para siempre. Las olas del mar depositaron su cuerpo frágil en las arenas bañadas por el agua salada. Una estrella con luz propia  que en silencio iluminó la noche oscura del mundo. Arrancó sollozos y lágrimas, conmovió almas y corazones, sacudió la inercia y zarandeó la apatía. Ante una guerra de locura delirante, de demencia enloquecida, de devastación cruel y malvada.

Pero la página fúnebre de Aylan no parece haber servido de lección a los todopoderosos títeres del conflicto en Siria. En el tablero se anotan las inicuas e infames apuestas de los negociadores. Mercantes de todo tipo de marca y etiqueta, origen y condición, tatuaje y cicatriz. Las Naciones Unidas no han conseguido frenar y menos parar la guerra después de más de cinco años. Uno se pregunta instintivamente si realmente las Naciones Unidas sirven para algo. Quizás se  hayan convertido en una organización obsoleta en la que abundan los gastos y componendas, germinan los enjuagues y martingalas, se gestan las estratagemas y fullerías. Nadie se debe extrañar si el ciudadano libre hace preguntas incómodas y espera respuestas adecuadas y satisfactorias. Sirve de poco afirmar: “estamos examinando, reflexionando, consultando, valorando”. Todos esos términos han sido fútiles ante la magnitud de la catástrofe siria. Las Naciones Unidas han sido incapaces de bloquear la guerra. Y por si fuera poco no han conseguido hacer llegar la ayuda humanitaria al pueblo sirio, aun después de la desvergonzada tregua firmada por los dos jugadores del ajedrez medio-oriental: Rusia y Estados Unidos. La ruleta y el bingo frente a frente.  Mientras tanto la tragedia inhumana ha entrado en su sexto año. Como un caballo enloquecido que galopa sin bridas ni jinete.

La amañada tregua oscila y fluctúa, tiembla y se tambalea. Un imperceptible rayo de luz que penetra por una rendija en el vasto campo de escombros y extermino, vidas segadas y tierra destruida. Millones en fuga hacia exilios impensables. La amenaza de las armas sigue en lo alto como una diabólica guillotina. Con hondas y tirabeques, palos y lanzas el conflicto habría tocado a su fin. ¿Es una utopía, un sueño, una quimera? Quizás lo sea, pero lo cierto es que sin armas la guerra habría ya cesado.  Cumbres aquí y allá, diálogos a dos voces, viajes con séquito, declaraciones solemnes. Mientras continúa la guerra sin fin y el bombardeo interminable. Para vergüenza de los líderes de las naciones.

Por Justo Lacunza Balda