miércoles, 23 de noviembre de 2016

RITA BARBERÁ Y LA HIPOCRESÍA SOCIAL


"Hombre soy; nada humano me es ajeno". Publio Terencio

"El hombre emplea la hipocresía para engañarse a sí mismo, acaso más que para engañar a otros". Jaime Luciano Balmes



El último servicio a la sociedad de Rita Barberá debería ser una profunda reflexión sobre los linchamientos sociales, políticos y mediáticos a un Ser Humano. Porque por encima de defectos y virtudes, ella lo era y aunque hubiera podido incurrir en algún tipo de incorrección o ilegalidad relacionada con la corrupción -en todo caso todavía por demostrar-, su vida dedicada a la política y sus 24 años de servicio público como Alcaldesa de Valencia, deberían cuando menos merecer un mínimo respeto y reconocimiento. Entre criticar, acusar o denunciar y linchar, media un abismo, que en nuestra sociedad se traspasa con excesiva frecuencia.

La utilización de su caso de forma abyecta, por quienes una y otra vez son incapaces de entender que la política no puede separarse de la ética y que el sectarismo descalifica a quien lo promueve, ha degenerado en el acoso inhumano al que ha sido sometida en estos últimos meses. A ello hay que sumar la actitud cobarde e indigna de muchos de sus compañeros de partido, como de costumbre agazapados bajo "la opinión pública" y "lo políticamente correcto", que una vez más han sido incapaces de defender principios tan elementales como la presunción de inocencia, o denunciar la flagrante ausencia de equidad que existe en nuestra sociedad... quizás, incluso, porque sabían o sospechaban que las acusaciones podían ser ciertas y el silencio cómplice impera en donde también hay mucho que callar. En todo caso, unos y otros han demostrado, una vez más, la escasa talla humana de nuestra clase política.

Pero el análisis debería ir más allá, porque es la sociedad en su conjunto la que debería reflexionar sobre la hipocresía imperante y los valores a los que se esta renunciando o hemos olvidado. Desde la prensa, ávida de "carnaza" con la que poder mantenerse a flote en pleno proceso de reconversión, siempre atenta a las consignas del poder político que en muchos casos la amamanta y en donde con frecuencia la ética y la calidad periodística brillan por su ausencia, hasta todos esos ciudadanos que exigen comportamientos honestos en los demás, mientras a la menor oportunidad ellos mismos actúan de forma indigna y arrastran por el suelo orgullo, principios y hasta su trasero si es necesario, especialmente cuando hay poder o dinero de por medio.

Es el cinismo en grado extremo, la miseria en su máxima expresión; la hipocresía del ser humano en toda su crudeza. Nada hace diferente a los que graznaban a Rita Barberá de la propia Rita Barberá; más bien han sido ejemplos del fariseísmo imperante. Como tampoco demuestran ser moralmente superiores aquellos que le niegan hasta un último minuto de silencio, en un gesto tan mezquino, como vergonzante, puesto que su posición y el escaño que ocupan deberían obligar a un comportamiento ejemplar, especialmente en lo que se refiere a cuestiones que atañen al aspecto humano de la vida y particularmente ante la muerte, que es la culminación, el epílogo, de toda existencia.

Carezco de pruebas para saber si Rita Barberá era o no corrupta, si conocía o favorecía la corrupción en otros y hasta cuáles eran sus últimas motivaciones para dedicarse a la política, pero es muy posible que en tantos años haya algo que se le pueda recriminar, entre lo mucho que seguramente le debemos agradecer. Y también es probable que a su sombra prosperara la degeneración humana, tan frecuente en los círculos políticos, económicos y en general relacionados con el dinero y el poder. Pero aún con todo ello, lo que no puede ignorarse es que linchar a una persona es un acto cobarde e inhumano, que un estado de derecho se basa en la equidad, la igualdad ante la ley y la presunción de inocencia y que antes de atrevernos a juzgar con severidad al prójimo o aplicar una condena sin que haya sentencia, deberíamos empezar por ser más críticos con nosotros mismos.

Y eso me incluye a mi, que en ocasiones pensé en escribir algo al respecto y quizás me faltó valentía para hacerlo... Seguramente por creer que sería arrojado a los leones por quienes pudieran pensar que únicamente estaba defendiendo al linchado de turno o a una determinada opción política, sin caer en la cuenta que, en realidad, de lo que hablo es de Valores Humanos, que precisamente por serlo están por encima de afinidades o desafecciones políticas, tienen carácter universal y aplican en todos los casos. Y no sólo cuando a uno le conviene.

Por Alberto de Zunzunegui Balbín