miércoles, 26 de enero de 2011

HOMO SUM

" Cuando mi voz calle con la muerte, mi corazón te seguirá hablando".
Rabindranath Tagore

Siempre he creído que la mayoría de las personas callamos aquello que verdaderamente deberíamos proclamar a los cuatro vientos. Y proclamamos a los cuatro vientos aquello que deberíamos haber callado.


Nos cuesta ser sinceros, especialmente con aquello que debería ser mayor motivo de orgullo y de exaltación. Quizás porque en nuestra cobardía, en nuestra inseguridad, en nuestro zozobrante y eterno problema de autoafirmación, terminamos pensando que hacer mejores a los demás nos hace parecer peores a nosotros y al contrario, despreciar a nuestros semejantes hace aumentar el aprecio hacia nuestra persona.

Así, las desgracias del prójimo son con frecuencia motivo de regocijo, por más que por pudor no siempre lo exterioricemos y con extrema facilidad somos dados a pensar que seguramente merecía la calamidad acaecida. Por el contrario, los éxitos de nuestros semejantes son motivo de menosprecio y hacen cotizar al alza a nuestra insaciable envidia, siempre cargada para descerrajar un tiro en los méritos del agraciado, o en todo caso para minorar el valor de cualquier comportamiento loable, ejemplarizante o excelso. Cuando algo brilla con luz propia tendemos a echar tierra sobre ello, no sea que el fulgor permita que los demás vean nuestra miserable condición humana.

" Aprendemos a amar no cuando encontramos a la persona perfecta, sino cuando llegamos a ver de manera perfecta
a una persona imperfecta".
Sam Keen

Si algo nos incomoda vociferamos airadamente; si alguien comete un error que nos afecta mínimamente, no dudamos en hacérselo notar a él mismo y a los demás, o en desatar nuestra bilis descargando un aluvión de insultos -aunque sea por lo bajo- sobre el pobre infelíz de turno, cuya única falta ha sido ser como nosotros; ser humano. Quizás en ese momento un poco más humano, pero nada más. En realidad no necesitamos una verdadera ofensa, que realmente exista, que ésta sea intencionada o francamente dirigida hacia nosotros: basta con que nos imaginemos que ello ha sido así, o que prefiramos que ello sea así, si con ello abatimos el vuelo de quien lleva camino de subir alto, o si con ello ganamos algo de altura en nuestro vuelo predador... Y eso es algo que el ser humano suele conseguir con pasmosa facilidad. También nuestra susceptibilidad mantiene encendida la mecha y el proyectil cargado en el ánima del cañón de nuestra insensatéz; a la mínima oportunidad no dudamos en descargar  la andanada contra cualquiera que se nos cruce en el camino.

Tal vez por ello, en el tablero de la vida, buscamos la seguridad de aquellas posiciones que nos permiten ejercer mejor la violencia, que nos permiten alcanzar cotas más estratégicas en donde ubicar la artillería de nuestra intolerancia; que nos permiten ejercitar nuestra prevalencia sobre el resto de la manada, la roca más alta, la atalaya, la última rama, la cima del mundo. Pero qué triste escalar tan alto para arrastrarnos por el fango con nuestras acciones; qué triste encumbrarse para que desde allí nos vean en nuestra actitud más miserable, en el apogéo de nuestra mezquindad. Que triste que la altura sirva para insultar, maldecir, violentar, maltratar, pisar, criticar, despreciar o hacer daño a nuestros semejantes.

Subir hasta allí arriba debería servir para guiar, para iluminar el camino, para que nuestra voz se escuchara más fuerte que las que desprecian la verdadera esencia de lo que somos y por encima del viento del odio y la incomprensión, para animar, para loar, para ilusionar, para motivar, para admirar... para ayudar a los demás a subir hasta donde estamos nosotros.

" Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor,
si perdonas, perdonarás con amor".
San Agustín

Cuánto más fácil no sería la vida si fuéramos capaces de decir aquello que pensamos; aquello que verdaderamente sentimos en lo más profundo del corazón; aquello que nos habla desde nuestra parte más emocional. Cuánto más fácil no haríamos la vida a los que nos rodean si fuéramos capaces de sentirnos reconfortados cada vez que felicitamos a los demás por sus grandes éxitos, o por sus pequeños logros. Cuánto mejor no sería este mundo con un poco más de sinceridad, con un poco más de esa generosidad a la hora de repartir aquello que nada cuesta repartir a manos llenas: felicidad.

Si todos vamos a morir y esa es la única certeza, haz que tu paso por la vida sea algo bello; crea belleza a tu alrededor; ilumina cada cara en la que puedas encender una sonrisa; ensalza, alaba, felicita, acaricia, ama a cada ser que se acerque a tí y sobre todo, díselo antes de que sea tarde para hablar. Hazlo antes de que la altura te convierta en un ser miserable... Con todo y si puedes, escala tu montaña tan alto como sea posible; si, pero sin cambiar, sin olvidar que un día estuviste abajo, que en cualquier momento puedes volver a estarlo y ayudando a todo aquel que puedas a subir tan alto como tú... o aún más. No sólo porque esa es la responsabilidad del que lidera, sino porque seguramente desde la cima -siempre habrá alguien que haya subido antes o más alto que tú-  otros te darán la mano, en lugar de pisarte o cortar la cuerda.

" Amar es encontrar en la felicidad de otro tu propia felicidad".
Gottfried Wilhelm Leibniz

Recientemente tuve la oportunidad de escuchar en una magnífica conferencia al filósofo y antropólogo Tomás Pollán, en la que se ponía en duda la excepcionalidad de nuestra especie, en base a la concepción evolucionista de la vida. Con todo  y por más que la existencia de la evolución biológica sea evidente, el ser humano me sigue pareciendo algo único,  algo -efectivamente- excepcional, porque por encima de que su biología le convierta en una especie más del reino animal, sujeto por lo tanto a las mismas leyes de la evolución, su espiritualidad no tiene parangón y a través de ella el hombre ha realizado y seguirá realizando proezas y hechos completamente insólitos para otros seres vivos. Actos que atentan contra la esencia del darwinismo y las leyes de la selección natural, como preservar la vida de los menos favorecidos, alimentar a un hijo con malformaciones o deficiencias, no abandonar a su suerte a un enfermo o un lisiado, o en definitiva, ayudar a los semejantes aún en detrimento de uno mismo, en contra del propio instinto de supervivencia y de manera plenamente consciente. Quizás porque por encima de la evolución biológica, existe una evolución espiritual mucho más trascente y esencial para la supervivencia de nuestra raza, cuyas leyes únicamente están sometidas a esa fuerza universal, incomprensible, inexplicable, inconmensurable e inigualable que es el amor.

Un amor cuya mayor manifestación es el amor a los demás, porque nada hay más grande que descubrir que la mejor manera de amarnos a nosotros mismos es hacerlo a través de los demás. Esa es la verdadera altura en la vida y cuando se descubre, la felicidad empieza a entrar a raudales por cada uno de nuestros poros, por cada uno de nuestros sentidos, haciendo que todo lo malo parezca menos malo y que todo lo bueno parezca aún mejor. Eso y una sensación de paz que sólo se siente en lo alto de las grandes cumbres... por más que no destaquemos por encima de nadie o haya otros que nos miren desde la cima del mundo. Cuando has subido a lo más alto de tu propia humanidad -esa es la cima más difícil de alcanzar-, descubres que no necesitas escalar ninguna otra montaña.

"  Vivimos en el mundo cuando amamos.
Sólo una vida vivida para los demás merece la pena ser vivida".
Albert Einstein

El otro día un buen amigo me hacía notar la conocida frase de Publio Terencio, que quizás mejor que ninguna otra condensa en ella la esencia del humanismo: "Homo sum, humani nihil a me alien puto", "Hombre soy; nada humano me es ajeno". Reconocer nuestra propia humanidad implica reconocernos en cada persona que vemos a nuestro alrededor, pues su humanidad es tanta como la nuestra; sus defectos son tantos como los nuestros. Por ello cuando despreciamos a otro ser humano es tanto como si nos depreciáramos a nosotros y lo que somos... Y cuando amamos a un ser humano, es tanto como amarnos a nosotros mismos.

Pocas cosas hay que merezcan más ser proclamadas a los cuatro vientos. No esperes un día más para gritarlo desde tu montaña; guía, ilumina, sonríe, acaricia, ama... sé feliz y haz feliz a quienes comparten contigo la vida. En cada uno de esas oportunidades habrás alcanzado una cima. Y desde allí la vida se ve distinta.

"  Sólo se ve bien con el corazón;
lo esencial es invisible para los ojos".
Antoine de Saint-Exupery


Por Alberto de Zunzunegui