sábado, 16 de abril de 2011

EDUCACIÓN Y ENSEÑANZA

El término enseñanza, que se utiliza con frecuencia como sinónimo de educación, es tan sólo parte de ella, por lo que olvidar esta premisa quizá sea la causa de la falta de buenos modales que nos ha zarandeado en los últimos tiempos.

La enseñanza es la acción y efecto de enseñar, de instruir; la educación también lo es, pero además incluye en su definición y previamente, la palabra "crianza", que significa urbanidad, atención y cortesía.

Hoy por hoy, y desde hace más años de los que sería de desear, parece como si consideráramos cursi o trasnochado el practicar las más elementales reglas de las buenas maneras, y la convivencia se va volviendo áspera, difícil, y hasta en ocasiones amarga.

Durante muchos años hemos estado luchando por conseguir un país en el que las clases sociales fueran igualándose; en el que la excelencia no sólo viniera de cuna sino de los propios méritos y de que el esfuerzo de cada individuo fuera capaz de hacer realidad esa hermosa expresión que reza: “Cada uno es artífice de su fortuna”. Poco a poco lo vamos consiguiendo pero me preocupa que esta igualdad venga dada a la baja, es decir: que vayamos quedándonos con lo que resulta más fácil, más ramplón y grosero, y descuidemos el afán de superación que ya sólo parece importar en las actividades deportivas. ¡Y menos mal que ahí aún se mantiene!

Ahora que hay tantos días dedicados a infinidad de objetivos yo propondría dedicarlos todos a ser educados con nosotros mismos y con los demás, a volver a enseñar, a aprender y a practicar, paso a paso, todas esas pequeñas actitudes que facilitan las relaciones entre los seres humanos, propician la cordialidad, y en definitiva hacen la vida más agradable sin el menor desembolso. ¡Lo cual, en los tiempos que corren tiene su mérito!

Hay tantas cosas que podemos asimilar sin gran esfuerzo, que parece mentira que las despreciemos con el partido que luego podríamos extraer de ellas. Necesitaríamos muchas páginas como ésta para completar la tarea, pero no está de más que iniciemos un esbozo, y como lo importante para solucionar los problemas es evitar que se produzcan, comencemos por asegurar que el uso de la cortesía y de la urbanidad no nos traerá jamás ninguno, su carencia sí.

¿Y que son, en definitiva, la cortesía y la urbanidad?

La cortesía es respeto, tolerancia y amabilidad para con los demás, es saber esbozar una sonrisa amplia sin temor alguno a que merme nuestro concepto de la seriedad. Una cara adusta no tiene por qué significar una mayor valía, sin embargo puede contribuir a cerrar puertas, a agriar situaciones embarazosas y, sin ninguna duda, no ayuda nunca a mejorar las relaciones humanas.

La persona cortés no tiene por serlo qué convertirse en la princesa de pitiminí. Lo cortés no quita lo valiente, por lo que no debemos pensar que quien practica los buenos modos, devendrá en un ser melifluo o débil. No hay mejor capacidad de mando ni mayor muestra de energía que el que sabe ejercitarlos, dominando la prepotencia, anulando la fuerza de la sinrazón y ejercitando la consideración y el respeto.

Si esperamos a ocasiones complicadas o esporádicas para mostrar nuestros buenos modos, jamás llegaremos a conseguir la adecuada educación. Por ello, sería bueno que intentáramos cada día practicar en casa o en el trabajo -en las mil y una ocasiones, aparentemente insignificantes que se nos van presentando en el trato cotidiano con la familia, los amigos o los simples compañeros- ese saludo a tiempo, esa deferencia, esa afabilidad. En definitiva, esa muestra de interés por los demás. No solo ganarían su aprecio, sino, y lo que es más importante, ganarían la propia estima. Un comportamiento correcto es la mejor ayuda para generar confianza en uno mismo.

Seguramente un individuo cortés no conseguirá la gloria por serlo, pero sí la aceptación. Un prepotente maleducado quizá llegue a lograrla, pero disfrutará de ella más solo que la una.

La urbanidad implica al propio individuo, aunque afecte también a su relación con los demás, porque urbanidad es nada más y nada menos que el saber ser y el saber estar, sea cual sea la situación que se nos presente, y eso implica muchos cuidados, mucha atención y, sobre todo, mucha práctica.

Podíamos comenzar por preguntarnos si sabemos escuchar, preguntar, vestir, comer, saludar, despedirnos, disculpar y disculparnos, jugar, reír, llorar, hacer regalos, hablar por teléfono, asistir a una fiesta, invitar a alguien, rechazar o aceptar su invitación, ir en coche, tomar copas, felicitar, no hacer chapuzas...etc., etc., Seguro que a bote pronto la respuesta sería "pues vaya una cosa, eso lo sabemos todos". Yo respondería que no, que la mayoría de las veces sabemos la letra, pero no la música, que todavía nos falta mucho por aprender en esas pequeñas actividades cotidianas y que aun cuando parezca poco importante, según sea el modo que empleemos en llevarlas a cabo, variará enormemente el resultado final de todas y cada una de ellas.

Algún día quizá sigamos hablando de este tema que hoy he querido comentar, porque todavía estamos a tiempo de corregir lo que de malo hacemos unos y otros y valorar lo bueno que podríamos lograr, y porque esta mañana me han soltado tres tacos sin venir a cuento; no he conseguido que nadie respondiera e mis ”buenos días” en el ascensor; me han gritado al oído, del que gracias a Dios aún no me resiento; a un compañero de mesa le he visto al masticar hasta los malos pensamientos; he intentado hablar por teléfono con alguien que se ha pasado media mañana comunicando; no he podido ver la televisión porque un vecino estaba martirizando su trompeta con más ruido que acierto mientras emitían un coloquio en el que se quitaban la palabra unos a otros superponiendo las voces en un guirigay incomprensible y, para rematar, alguien me ha regalado un marco de cristal exactamente igual al que me regaló el año pasado....En fin que hay algunos días en los que parece que te persigue un tuerto y se echan aún más de menos las buenas maneras. Y así, sencillamente, se lo quería contar.

Por Elena Méndez-Leite