jueves, 7 de abril de 2011

¿CONDENADOS A ENTENDERNOS?

Nunca me han gustado las fechas señaladas de antemano para conmemorar, festejar o dolerme de algo. Me parecen forzadas y por ello me cuesta encontrarles su auténtico sentido. Este disgusto se acrecienta, si cabe, cuando la fecha conmemora a la mujer trabajadora. Reconocer todo lo que aún queda por hacer, y aplicarse a ello, para que ese 52% de seres humanos que puebla la tierra goce de los mismos derechos y esté sujeto a los mismos deberes -y no a más- que el otro 48% me parece fundamental todos y cada uno de los días del año, no un día aislado, y me lo parece porque forma parte de una más de las injusticias, de la falta de solidaridad, de los contrasentidos que han ido heredándose a lo largo de los siglos de generación en generación. Cada vez que tengo noticia de alguno de ellos, se exacerba mi instinto de rebeldía ya corra el mes de marzo, el de noviembre o el de junio. No obstante, cualquiera que sea el objetivo, hay que saber escoger las armas adecuadas al entorno, al momento y a las circunstancias. Es cierto que políticamente sería cuando menos chocante no adherirse a esta Conmemoración Internacional, lo que no se me alcanza es que la forma de manifestar esta adhesión sea aquí y ahora la oportuna, la sensata, la que más nos conviene dada nuestra precaria situación.

Entre los miles de actos, festejos, reuniones, adhesiones, misivas, ágapes, charlas y conferencias, es muy posible que con tanta prédica algo quede, pero quizá fuera más positivo y duradero que todo el dinero y esfuerzo que se derrocha en esta fecha fuera aplicado a becas de estudio, asistencia sanitaria, asesorías jurídicas, psicológicas o de otro tipo... y en lo demás, a seguir con el trabajo de cada día que no está nuestra pobre España para perder más horas laborales, y como no arrimemos el hombro a remediar tanto desastre como nos han propiciado, ya no habrá injusticias con unos o con otros porque todos, mujeres y hombres, estaremos mal, rematadamente mal.

Aún hay otro matiz que se debería corregir en este mal llamado día de la mujer trabajadora. Si es que hay que conservarlo, se podría suprimir lo de "trabajadora". El hombre y la mujer, ambos a dos (exceptuando algunos ¿"privilegiados"?), han trabajado juntos o separados, en acuerdo o desacuerdo, con afán o sin interés, eficazmente o con indolencia desde que el mundo es mundo, por lo que no resulta adecuado utilizar el epíteto so pena de -en pro de la igualdad- instaurar el "día del hombre trabajador". Para mayor abundamiento, este vocablo tiene hoy en día una connotación de producción y salario por lo que supone una discriminación negativa para ese enorme grupo de mujeres que, deseándolo y habiéndose preparado duramente para ello, no han conseguido aún una colocación digna y forman parte de esa legión de seres humanos que guardan cola -según dicen los expertos, si se pusieran todos ellos en fila llegarían hasta Maastrich- y que no reciben el nombre de trabajadores sino de parados. Supondría también un agravio comparativo para aquellas féminas que, queriéndolo o no, trabajan denodadamente y de sol a sol en hogares más o menos confortables sin percibir la más mínima retribución económica y en ciertos casos ni tan siquiera la gratitud, la consideración o el respeto debido. Mujeres heridas de palabra o de obra, mujeres despreciadas, menospreciadas o amedrentadas e, incluso, mujeres satisfechas por desempeñar el papel de su elección porque, a pesar de todos los sinsabores, se sienten identificadas con su labor. Para terminar, no podemos olvidar que en ese día se denuncian una serie de carencias que no solo tienen que ver con el trabajo por tanto, si incluimos trabajadora tendríamos que añadir: discriminada, sojuzgada, infravalorada, maltratada, peor retribuida, acosada, violada...etc., etc.

Entrando de lleno en el origen del problema que ha dado tristemente lugar a que, al menos un día al año, nos acordemos de la problemática femenina, no veo mejor solución para ir aliviándolo que, sin olvidar el enorme esfuerzo de cuantos hombres y mujeres se han dejado la piel en el empeño, volver los ojos hacia la familia, porque en ella y a su debido tiempo es donde hay que ir plantando la semilla de los valores fundamentales entre los que se encuentra el respeto al ser humano en su integridad.

Sabiendo además que somos una nación de recursos escasos, exaltemos la justicia, la solidaridad, el propio esfuerzo, la honestidad y la igualdad sin practicar la zancadilla, el desprecio, el enriquecimiento indebido, la ley del mínimo esfuerzo y la discriminación entre unos y otros. Porque si no, en lugar de conseguir una sociedad de mérito, haremos méritos para cargarnos nuestra sociedad.

Ahora por ejemplo, en este gélido mes de marzo, podríamos aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid y charlar con los más pequeños, sobre el "Día de la mujer", recibir sus impresiones y transmitirles las nuestras, desarrollando en ellos la imagen de que cada ser humano es único e irrepetible no por el sexo al que pertenezca, sino por el hecho de serlo. Quizá así lográramos evitar esta conmemoración, y que llegara el momento en que todos los días del año no fueran ya ni de ella ni de él, sino nuestros, y a su vez fuéramos capaces de borrar el sentimiento negativo y triste de que los hombres y mujeres estamos, dolorosamente, condenados a entendernos.

Por Elena Méndez-Leite