lunes, 2 de abril de 2012

MAMÁ Y PAPÁ VUELVEN AL COLE

"Quizá la obra educativa que más urge en el mundo sea la de convencer a los pueblos de que sus mayores enemigos son los hombres que les prometen imposibles". Ramiro de Maeztu

Hablábamos ayer de la triste y creciente problemática de unos padres maltratados por sus hijos y, días más tarde, leo que se ha creado un centro especial de acogida, dirigido por profesionales cualificados, para el tratamiento y recuperación de esos jóvenes difíciles con el fin de lograr su futura reinserción en la sociedad.  ¡Bienvenido sea! 

Pero lo que ha llamado más mi atención es que, llegado el fin de semana y en un programa de televisión, dan cuenta de una actuación, de tintes mucho más positivos, de la que yo no tenía noticia, y que se conoce con el nombre de UNIVERSO UP; universidad de padres.

Ideada por un eminente sociólogo de formación humanista, esta Fundación sin ánimo de lucro, que viene funcionando como tal desde 2010, tiene como objetivo asesorar a los progenitores durante el proceso educativo de sus hijos, e informarles de los recursos disponibles para cumplir eficazmente con su tarea, al tiempo que van creando una comunidad familiar que intercambia problemáticas y experiencias similares. En su página web, vienen definidos los recursos y materiales que esta universidad, exclusivamente on-line, proporciona para desarrollar una autentica “Educación para el talento”, eje del modelo que allí se propone.

Cada padre/madre-alumno debe matricularse en la fecha que se fija en la web y seguir un curso de diez meses de duración, en el que “acompañado” de un tutor y  formando parte de un aula que compartirá con otros padres, en función de la edad del hijo al que desean educar, irá pasando por  diferentes módulos de aprendizaje teórico y práctico.

Cuentan también con una interesante Revista digital bimensual, accesible a los no registrados, y en su hemeroteca se puede disfrutar de autorizadas, amenas y siempre útiles colaboraciones y entrevistas sobre temas educativos, legislativos,  psicológicos, sociológicos etc.,

Y, como si algún duende oculto se hubiera propuesto ponerme al día en las múltiples herramientas disponibles para convertirse en padres de primera, esta misma tarde se cierra el cupo con la explicación más o menos detallada que, desde un programa de radio hacen, sobre otra escuela de papás primerizos, que han “abierto” en un prestigioso hospital público madrileño en la que, antes de volver a casa con su bebé, enseñan a padres y madres los pasos convenientes de carácter higiénico-sanitario-nutricional para ir superando el, al parecer, difícil retorno al hogar con el nuevo vástago.    

Dicho todo esto, reconozco que me cuesta trabajo aceptar que haya padres que precisen “volver al cole” para poder cuidar y educar a sus retoños, desde el cambio de pañales hasta más allá de la pubertad, pero la realidad es que la demanda de estas clases sobrepasa la oferta, y los comentarios de quienes han acudido a ellas son positivos y gratificantes, así que nada de rasgarse las vestiduras y juzgar las vidas ajenas, y sí el mayor de los respetos para toda conducta que implique el esfuerzo de mejorar nada más y nada menos que por y para los propios hijos.

Pero… siempre hay un pero, y no puedo dejar de preguntarme el porqué de esta situación que se va generalizando. Para mí tengo que, sin darnos cuenta, hemos ido cambiando la estructura familiar, los hábitos de convivencia y la asunción de responsabilidades de tal manera que, como dijera un notable político andaluz hace años: “A esta España no la conoce ya, ni la madre que la parió". 

Nadie puede negar que este mundo es como es porque los seres humanos se reproducen, en mayor o menor medida y porque todos los padres, llegado el momento y casi sin excepción, se han ocupado de procurar a sus hijos amor, atención, ternura, cobijo, cuidado y alimentos en el inicio de sus vidas, mientras iban atendiendo a su proceso evolutivo dotándoles de los medios de educación y formación que sirvieran para desarrollar sus cualidades y capacidades, y así labrarse un futuro personal y profesional, a poder ser, de igual o mayor calidad que el que ellos tuvieron. 

Afortunadamente esta conducta generosa y entregada de los padres permanece inmutable, aunque el escenario y los comparsas de la comedia han ido mudando con los tiempos y el progreso, que tanto de bueno ha  traído, nos va dejando, día a día, un poco  más huérfanos, un poco más solos, y con un absurdo, pero temible y dañino,  complejo de  culpabilidad.  

Nunca se ha hablado tanto de valores y nunca se han menospreciado más. Hemos pasado por una larga etapa de bonanza económica en la que el consumo arrinconaba la apetencia de bienes que no fueran materiales. El espíritu de sacrificio sólo se valoraba en el aspecto deportivo puesto que sin él no se accedería a los puestos pioneros que son los que dan dinero. Los libros se sustituían por diferentes máquinas cada vez de mayor potencia y más precio. Las pandillas de niños alegres ya no se veían por las calles porque se encontraban frente al ordenador colgando en las redes sociales miles de correos apresurados, y chateando en la soledad de la habitación con fotos descoloridas de amigos virtuales, mientras que ambos padres, llegaban a casa rendidos porque necesitaban ganar, ganar y ganar y, además, debían atender, prácticamente sin ayuda, a todas las necesidades del día a día de sus hijos, por lo que luego, noche tras noche, se acostaban vencidos por otra data exhaustiva en la que no había habido tiempo más que para trabajar. 

Esos deberían haber sido los tiempos en que las distintas administraciones públicas,  en lugar de derrochar a manos llenas en faraónicos proyectos inútiles e incluso vergonzantes, se hubieran dedicado a paliar las carencias privadas en temas de tanta trascendencia como es el de la educación y la conciliación, pero sólo obtuvimos promesas imposibles y “vuelva usted mañana” y hoy vemos, con tristeza, aunque sin perder la esperanza, que  hemos de sacarnos las castañas del fuego que provocaron, si queremos aspirar a un lejano futuro mejor.

El escenario se ha  reducido, en el mejor de los casos, a la habitación de cada cual. Nadie sabe quien es el vecino del quinto, ni conoce a los comerciantes del barrio, y cuando sale a la calle para pasear a su perro, apenas queda alguien a quien saludar.

Sabido es que, desde hace tiempo, en casa ya no caben los abuelos, ni siquiera la tía Petra, así que la opción, en caso de apuro, es trasladar a los niños a sus domicilios, con toda la parafernalia, para pasar el o los días, y recogerlos luego, a la salida del trabajo o al llegar del viaje que propició la mudanza. Un “¿Se han portado bien?“, y un:” Gracias madre”, cierran cada una de esas etapas, sin diálogo, sin relación, sin alegría... y vuelta al come come de la culpabilidad.

Creo que no es justa esta situación. Tenemos que esforzarnos para ayudar a cambiarla, y quiero comenzar por romper una lanza por todos esos miles de padres que cumplen con su deber extraordinariamente, aunque no sean conscientes de ello y se recriminen por no llegar a la excelencia que pretenden en beneficio de sus hijos. 

De poco han servido tantas inútiles leyes de educación que por el mundo han sido, ni el complejo entramado que conforma el proceso educativo si, entre todos los agentes implicados, no hemos conseguido ayudar a nuestros hombres y mujeres a encontrar una adecuada armonización entre los innumerables deberes que atenazan sus vidas.

Mientras haya padres que, paralizados por el miedo, se ven apremiados a tirar la toalla indefensos ante unos jóvenes tiranos, debiendo alejarse de sus hijos para evitar males mayores o, en el caso más benigno, cuando ciertos progenitores han de volver al colegio para poder acometer adecuadamente el cuidado y la educación de sus pequeños, algo está funcionando mal en este sistema y, mejor antes que después, tenemos que exigir responsabilidades, hallar la solución al problema y, sobre todo liberarlos, de una vez por todas, de este doloroso, injusto, inmerecido y absurdo sentimiento de culpabilidad.

Por Elena Méndez-Leite