jueves, 7 de junio de 2012

CLARINES Y TIMBALES

Cada tarde da comienzo una liturgia.

Vuela un moquero blanco como una paloma del parque de María Luisa que hubiera errado su destino, suenan los clarines y timbales con una música pretérita y se abre, de par en par, el portón del túnel de los miedos. Uno, dos, tres…, tres toreros en el ruedo elíptico de la Real Maestranza de Caballería, en Sevilla por más datos, ohú, hacen brillar los alamares de sus vestidos. Desde fuera, sin conocimientos taurinos, sin antecedentes en el lenguaje, en los signos, en la liturgia, en el arte –porque lo que cabe en una tarde de toros es parte inseparable de nuestra Cultura, con mayúscula– cada tarde de toros es un viaje al siglo XVII en el que un mozo ceñido por una calzona hace bailar a la muerte alrededor de su tripa, olé, o “bieeennn” de letras repetidas, un “bien” alargado que habla con una sola voz y miles de gargantas, la voluntad del público que se estremece o mira indiferente el trastear de los coletas en su función de torear y matar a estoque seis bureles negros, tan negros como el luto que ya nadie lleva.

El toreo es un anacronismo –¡bendito anacronismo!– que no puede comprenderse en los 140 caracteres de un tuit ni en la fotografía tuneada de un perfil de Facebook porque en su ceremonia no existe una sola mentira, que bien lo saben los matadores que llevan cosido el cuerpo a cornadas, y no de plástico y virtualidad precisamente.

No puedo olvidar aquel tiempo en el que se televisaban corridas de toros en directo, retransmisiones que eran fragua de buenos aficionados. El sexto acababa de prender a un jovencísimo  Espartaco, que iba por el callejón con el muslo empapado en sangre, sostenido por los brazos de su cuadrilla, de areneros y monosabios. “¡Que no me pongan inyecciones!”, rogaba el zagal de cabello revuelto, “que a mí me asustan las agujas”.

Miro a  Morante de la Puebla y creo estar viendo a  Séneca. Analizo las fotografías que, hace un par de semanas, ÉPOCA nos ofrecía del Paqurri de Olano y presiento haber vislumbrado el busto en mármol de un centurión, de pupilas azules y penetrantes en las que se adivina la muerte que segó el aliento de quien no conocía el miedo para crear, esto sí que es grave, un negocio de cuervos alrededor de una viuda, de los hijos y demás parentela del torero de Barbate. Así que me doy otra vuelta y me topo con el gesto serio, apenas apuntado, del último Manzanares y creo que Aristóteles se ha vestido de azul y oro para esculpir derechazos y naturales en el albero ocre de Sevilla.

No pretendo defender la Fiesta Nacional; su puesta en escena es la única defensa que cabe. Es la piel de un toro sobre otra piel de toro que consiguió mover los pinceles de Goya, de Picasso y hasta de Sorolla, al que no le gustaban los toros pero retrató para la Spanish Society de Nueva York, la más bella ruptura de un paseíllo a orillas del Guadalquivir. Porque los toros no merecen plazas de lata ni cosos cubiertos que multiplican los ecos helados del cemento. Piden música, pintura, arquitectura popular, danza y escultura en trazos densos, cuajados de material, como los astados de  Benlliure, que vendían caro su último aliento en bronce.

Es imposible acercarse al planeta taurino desde los prejuicios o las reducciones sangrientas. Curro Romero es cultura como lo fue Pepe-Hillo, personaje fundamental de la España goyesca. Antoñete compendió, casi a los 70, la dureza de los zagales que venían a hacerse un hueco en Madrid, corazón de este bóvido mugiente. Y hasta Barcelona le debe a los toros no sólo la monumentalidad neogótica de su plaza sino la tensión de las mejores faenas de un José Tomás que ha venido a recordarnos que –en nuestro país de perezosos– siguen existiendo los héroes, personas que con mayor o menor razón entregan su vida a cambio de una catarsis que aúna pareceres como ni siquiera la política es capaz.

Así lo vio uno de los mejores cronistas del siglo XX, que de  Juan Belmonte –genio de quijada rota– escribió la más bella biografía literaria que haya soñado cualquier literato. Chaves Nogales nos presenta a un Pasmo de Triana sentencioso, divertido, hambriento, pasional, tímido, conquistador, pobre de solemnidad y millonario. Ahí es na’ para quienes se afanan en retratar un pedazo de historia. Tiendo la mano a aquellas personas que recelan del espectáculo de los toros, para conducirles hasta la dehesas en las que se crían los animales más fascinantes de Europa en un equilibrio –tenso, disparatado– que preserva paisajes y ecosistemas. Quisiera llevarles al taller de alguna costurera que, con el ejercicio de sus manos, borda ilusiones en canutillos de oro, plata y azabache. Les acompañaría a la tertulia de un torero viejo, humillado por públicos y tabacos, y al hogar de algún chiquillo que suspira por ese juego de hombría que proyecta, sobre su habitación, el filo de unos pitones que llevan colgada la gloria.

Publicado en la revista ÉPOCA