viernes, 25 de mayo de 2012

UNA MUJER LLAMADA VICTORIA

“O creemos que nuestra función sirve para modificar al delincuente o no lo creemos. En el caso de no tener esta fe, todas las mazmorras y el repertorio entero de castigos será poco. Si tenemos, en cambio, esa fe, hay que dar al hombre trato de hombre, no de alimaña”. Victoria Kent

Lo más hermoso de irse haciendo viejos  es la oportunidad de proporcionar la exacta dimensión a los recuerdos. Escoger, como antaño en la cocina inmensa de casa de los abuelos, las lentejas buenas, y apartar sin dudar las que tienen “cuquillo”, porque también algunos recuerdos lo tienen y pueden amargar el guiso.

Para seguir aprendiendo conviene rebuscar entre los pucheros, aportando un poco de luz a las sombras del pasado, eliminando fantasmas o fantasías inútiles  que desdibujen la realidad. Conocer en su exacta dimensión  a  los personajes de nuestra historia, más o menos reciente, proporciona tranquilidad de espíritu y es bálsamo indispensable para curarse del mal de intransigencia, más frecuente que otros y de  difícil curación.

Hace ya muchos años, una canción castiza se dejaba oír insistentemente en los aparatos de radio de la época. Una de sus estrofas repetía machaconamente: “Se lo pués decir a Victoria Kent, que lo que es a mí, no ha nacido quien (me lo diga)”. Al pasar de los años fui descubriendo que Doña Victoria Kent no era producto de Chapí o Barbieri. Tampoco era la duquesa de Kent, madre de la reina Victoria de Inglaterra, ni era, por supuesto, como alguno de sus adversarios aseguraba, la encarnación de todos los males sin mezcla de bien alguno. O sea: el espíritu infernal.

Doña Victoria Kent fue una mujer plenamente mujer lo que es, al menos, tan difícil como ser un hombre plenamente hombre. Mitad inglesa y mitad andaluza, paseó su talante liberal, su inquietud política; su preocupación social y su competencia jurídica por la complicada época de la II República española. Nacida en Málaga, no parecía muy dispuesta al estudio y remoloneaba para no ir a la escuela, por lo que fue su madre la que le enseñó a leer y a escribir, y con mucho amor y empuje fue enderezando el tallo, inculcando en la pequeña el afán de aprender, en lo que se conoce como una educación atípica para su época.

Desde muy joven Victoria mostró una inclinación, cuando menos, extraña en aquellos tiempos. Le preocupaban los derechos de las gentes, de cualquier tipo de gente y sobre todo de quienes, tanto ayer como hoy, hemos dado en llamar “las pobres gentes” a las que pertenecían mayoritariamente las personas sin recursos ni formación. Es decir: Sin padre ni madre, ni perrillo que les ladre.

A la joven malagueña Le duelen penas adentro como en la copla. Toma la decisión de salir de su bendita y sufrida Andalucía con la firme idea de estudiar Leyes y se traslada a Madrid, donde cursa el bachillerato. Allí residirá, hasta acabar la carrera de derecho, en la Residencia de Señoritas, institución dirigida por María de Maeztu, y que, a semejanza de la Residencia de Estudiantes,  defiende las ideas liberales de la Institución Libre de Enseñanza.



En un principio la joven  deseaba ejercer su profesión, sin sentir gran interés por los tribunales, pero esa bendita obsesión por lo que hoy nuestra Constitución recoge y reconoce como Derechos Humanos, tan vapuleados entonces, va inclinando la balanza de su tarea hacia el Derecho Penal, en el que profundiza a lo largo de sus estudios universitarios, propiciando su especialización en esa rama. Le ocupa y le preocupa el mundo penitenciario de tal modo, que llegará a ser la primera mujer en intervenir como letrada en un consejo de guerra, logrando la absolución de su defendido.


Victoria es la primera mujer que se dio de alta en el Colegio de Abogados de Madrid y, tras ejercer unos años, alguien la convence de la necesidad urgente de incorporar mujeres de su valía a la vida política. No sin muchas reticencias accede y se afilia al Partido Radical Socialista siendo elegida posteriormente diputada por Madrid y convirtiéndose en una política luchadora, eficaz y resuelta.

Así las cosas, recibe la llamada de El Presidente de la República, Alcalá Zamora: “Victoria, te necesito” y Victoria, ni corta ni perezosa, se hace cargo de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias. También en esta ocasión es la primera mujer en ocupar un cargo de tal rele-vancia y lo desempeña con total entrega imprimiendo su sello humanitario y progresista, quizá más progresista de lo que hubiera sido de desear por algunos de sus compañeros de filas, lo que le acarreará innumerables problemas con el Gobierno de la Nación y con su propio Partido ¿No  le ocurrió algo similar a Don Indalecio Prieto, sin el condicionante añadido de ser mujer?

Incomprendida por propios y extraños Victoria se pone el mundo por montera y decide facilitar a las reclusas la compañía de sus hijos en las cárceles, amén de unas relaciones periódicas con su pareja, a fin de impedir que a la privación de libertad se sumara la del desarraigo familiar y la falta de amor. Para los convencionalismos de la época esta medida tuvo la peor de las acogidas y la mayor de las contestaciones. Los políticos de mente obtusa consideraban cualquier medida de “piedad para el caído” como indicio de debilidad y mal gobierno, en resumen: de incompetencia. Era fácil suplicar a Dios misericordia y a los tribunales justicia para las faltas propias, siempre que se mantuvieran las apariencias de dignidad y buena conducta, pero resultaba impensable que, de la mano de una mujer sin creencias religiosas, pudiera llegar otra compasión de andar por casa capaz de aliviar el castigo a su perversidad a quienes habían delinquido. Llovieron las críticas, las réplicas y contrarréplicas políticas y de nuevo, en aquella España nuestra, las aguas vinieron turbias. Algún tiempo después más que lluvia fue granizada la que tuvo que soportar la Señora Kent a propósito de su negativa a prestar apoyo a la campaña a favor del voto femenino. Antes de escuchar sus razonamientos, los suyos se rasgaron las vestiduras y los contrincantes se frotaron las manos, hasta que su voz clara y rotunda se dejó oír en el hemiciclo más o menos en estos términos: Las mujeres españolas están en una dolorosa situación de sumisión a los varones de la familia, por lo que su voto, lejos de ser libre, está totalmente supeditado a la voluntad de padres, hermanos, maridos etc., El oscurantismo, la presión más supersticiosa que religiosa, sin olvidar la falta de preparación y formación cultural, son motivos más que suficientes para aconsejar posponer, que no oponerse, a la aprobación del voto femenino.

Durante la Guerra Civil tuvo a su cargo los refugios y guarderías infantiles. Exiliada en Méjico  viajó hasta NuevaYork, donde fundó y dirigió la Revista Ibérica, y no dejó nunca de luchar por sus convicciones. Con la restauración de la democracia regresó a España, para más tarde regresar a la ciudad neoyorquina, donde se sentía acogida y valorada, y donde falleció en 1987.

Podemos estar o no de acuerdo con sus posicionamientos; podemos coincidir o no con la ideología, métodos, maneras y buen o mal talante de Victoria Kent pero, en lo que respecta a esta mujer adelantada a su época, me dolería que fuera  recordada por la letra de un baile conocido en sus orígenes como “polca alemana” y que, por las vueltas que da el mundo, acabó siendo el más castizo de los bailes de nuestro Madrid; el Chotis. Tampoco sería deseable que sin ahondar en su biografía, quienes no comulgamos con algunas de sus ideas, resolvamos injustamente tacharla de persona non grata, sin más ni más. Sería feliz, si ya no hubiera nadie que intente dar a las nuevas generaciones un puñado de lentejas sin escoger para que nunca tengan que tragarse los cuquillos que yo me tragué en su día.

La historia la hacen los pueblos que no son, ni más ni menos, que un espléndido, sacrificado y maravilloso puñado de hombres y mujeres llenos de defectos y virtudes, que derrochan ilusión y buena voluntad y se dejan la piel en el empeño, a pesar de la incomprensión, los juicios precipitados y la crueldad con que a menudo les obsequian sus, así llamados, semejantes. 

Por Elena Méndez-Leite