miércoles, 24 de octubre de 2012

EN LA MAESTRANZA SÓLO SE ESCUCHA EL SILENCIO

Fotografía: Rafa Llano. "Sevilla"
Es tanto el respeto que siento por los usos y costumbres de cada uno de los pueblos de esta España mía; de esta España tuya; de esta España nuestra -¡Bendita seas, Cecilia allá donde te encuentres!-, que me resulta difícil, especialmente hoy, que en este comienzo de otoño llueve a cantaros, comenzar el relato de una Feria de Abril sevillana por la que pasé, por primera vez y de puntillas, hace muchos años. Sin embargo, quiero hacerlo. Quiero poner ojos, oídos y hasta olfato -si me apuran-, a todo lo vivido, percibido, soñado, imaginado, creado y recreado, aquellos días felices de vino y rosas en los que, desde mi patio en nuestra casa de Lope de Rueda, viví felizmente el gozo de propios y extraños. 

Puedo hablarles sin más de aquellas noches, en las que por las calles del Barrio de Santa Cruz algún jinete experto y confiado, iba desgranando versos, coplas y gemidos, erguido en su montura, cabalgando entre las malditas piedras -que hay que verlas y sufrirlas-, como de soslayo; o de las legiones de turistas que, con los ojos como platos, se asomaban a los Jardines de Murillo, fotografiaban la Catedral o degustaban un rabo de toro de los que quitan el sentido. Pero estampas así se pueden observar sea cual sea la época del año, y hoy lo que yo quiero es abrazarme a aquel abril sevillano y esbozar un sueño. 

Primero hay que acercarse a la Feria alrededor de mediodía. Comienzan a despertar las Casetas y todo está limpio y aseado; los suelos y el ambiente -ése al que ahora llaman "me- dio ambiente" por la crisis o porque ya nada está completo como antaño, relucen al sol. Hay un aroma de flores deshojadas, de brisa humedecida por el río. Desde muy temprano, un puñado de hombres cabalga a lomos de los camiones cisterna para recuperar el ocre del albero. La "Calle del Infierno" ha enmudecido. Las máquinas, más o menos diabólicas, precisan descanso, y los feriantes duermen o velan, sueñan u olvidan, mientras llega la hora de "volver al tajo". A partir de las tres de la tarde va aumentando la bulla, se van poblando las calles de mujeres, envueltas unas en volantes de todos los colores imaginables y otras mandando en su montura con ese traje corto, ceñido el talle. Todas ellas hermosas, risueñas, empapadas de luz, clavel y sueños, dejando en las calles la huella del tronío y el señorío de unas pisadas que, por obra de Dios y del rasgueo de una guitarra, pasan del tímido taconeo al encendido baile por Sevillanas. A lo largo de la noche la música envuelve de arcoíris de faralaes el Recinto, mientras un torbellino incesante de risas, charlas y aromas encienden los corazones y enamoran con su hechizo. Las horas se escapan, sin advertir que hace siglos perdimos nuestro zapatito de cristal... pero no nos importa.

Toda la buena gente de nuestra tierra sevillana es capaz de dejar, al traspasar la Portada de la Feria, las penas y dolores del día a día; de esa vida que para la mayoría no es nada fácil. Este pueblo llora cantando, sufre la pena negra sin un quejido, nos regala a cuantos allí acudimos la fiesta y la alegría, nos envuelve de amor, y nos contagia la chispa del humor, ése del que por aquí andamos tan escasos.   

Algunos sevillanos se lamentan de que cada vez el paseo de caballos tenga lugar más tarde; o de que sea demasiado multitudinario; o de que se originen atípicos "embotellamientos" de preciados y preciosos solípedos en algunas calles del Real de la Feria, en las que jinetes y viandantes se ven obligados a hacer juegos malabares para poder acomodarse a tan insólito y excesivo "tráfico". Se duelen de estas pequeñas cosas y, sin embargo, no se quejan de que esta Feria sea, creo yo, la única en la que no hay ni un solo día festivo. Es decir; que todos los sevillanos contribuyen a crear este mundo mágico y, al propio tiempo, cumplen cada día, robando horas al sueño, con su habitual trabajo. 

De entre el buen hacer de este pueblo en su Feria, merece destacarse una conducta que resulta ejemplar y escasamente frecuente en otros pagos. El exquisito dominio y la maestría que en esos días les acompañan sabiendo disfrutar de la bebida, guardando la medida y el buen tono.   

Y hay algo más que yo, que no soy especialmente aficionada, he querido dejar para el final intencionadamente, porque podría servir para que muchos nos aplicáramos la moraleja que encierra. Me refiero al comportamiento de este pueblo de bien en las corridas de toros. Parece como si todos y cada uno de ellos se hubieran puesto de acuerdo para ofrecer un homenaje de respeto al Maestro de turno. Se contempla la faena en un silencio total e impresionante. Nadie prejuzga nada. Se observa, y si se jalea es a una sola voz y merecidamente. Cada olé parece salido de una única y omnipotente garganta. Los aplausos comienzan y terminan al unísono y cuando el  matador no los merece se le niegan total y globalmente, y… ¡aquí paz y después gloria!

Un pueblo que actúa así estando en fiestas; un pueblo que sabe guardar la compostura y el decoro al tiempo que goza, ríe y se divierte; un pueblo que sabe premiar con aplausos y castigar sin más ira que la de callar cuando debe; un pueblo que se acuesta embriagado de baile y canciones y se levanta para acudir al trabajo, sereno y sonriente; un pueblo que lo mismo se echa a la calle en tromba para acompañar a una Infanta de España en sus esponsales, que recibe con fandangos y alegrías a los visitantes de los cinco continentes; un pueblo que sabe sorberse las lágrimas y ofrecernos tan solo el cachito amable de lo que tiene... Un pueblo así merece que cualquiera que haya compartido con él unos días lo bendiga, lo recuerde y lo respete

Sería bueno que, pasadas ya las Elecciones, los nuevos gobernantes se empapen  del saber estar de estas benditas gentes nuestras y se apliquen el cuento, consiguiendo borrar la suciedad; el mal hacer; la prepotencia; la desidia; el robo manifiesto y tantos demonios familiares como nos han acosado últimamente, para que entre todos y sin exclusión, seamos capaces de hacer menos ruido y dar más nueces. Sería de desear que a partir de ahora madrugáramos todos para lavar la cara de nuestros alberos particulares, le echáramos un poco de mejor humor y buen talante a la tarea cotidiana y, sobre todo imitáramos lo que sucede en el coso taurino sevillano, donde de modo natural y sin descomponer la figura rematan a conciencia la faena. Así que cojamos la Piel de Toro y no los cuernos y lidiemos con arte y pulcritud nuestro destino, para que pronto podamos escuchar el silencio total e impresionante que acompaña a la obra bien hecha... como en la Maestranza.

Por Elena Méndez-Leite