domingo, 4 de diciembre de 2011

EL MISTERIO DEL DESTINO - II


Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quién es. 
Jorge Luis Borges



¿QUÉ ES EL DESTINO?

Al reflexionar sobre la cuestión del Destino, surgen inevitablemente una serie de preguntas a las que tenemos que tratar de responder de forma clara y lúcida: ¿Qué es en realidad el Hado o Destino? ¿Cómo se ha de entender este concepto tan decisivo para el humano vivir, que tanto ha preocupado a los hombres en todas las culturas y en todas las épocas?

El concepto de “destino” se presta a ser interpretado en varios sentidos, todos los cuales suelen aparecer con frecuencia tanto en el lenguaje coloquial como en la terminología filosófica, literaria o religiosa. Podemos distinguir cinco significados principales, o más usuales, los cuales, lejos de ser contrapuestos, se complementan, estando estrechamente conectados:

1) Fuerza, Poder o Ley de origen sobrehumano y trascendente que dirige nuestra existencia: el Hado o Sino, el Fatum de los romanos, la Moira o Eimarmene de los griegos, el Wurd o Wyrd de los antiguos germanos, el Ming de la tradición china. Se corresponde asimismo con los conceptos de Karma y Dharma de la cultura indo-aria (tradiciones hindú y budista). Se trata de un Poder al que nadie puede escapar y cuya acción determina la sucesión de los acontecimientos que se producen en la vida de cada ser humano.

El Destino viene a identificarse, o a relacionarse de forma muy estrecha, con la Providencia divina, la Prónoia de la Stoa (el Estoicismo greco-romano, que ve en el Destino una expresión del Logos divino). En la cultura china, sobre todo en la filosofía confuciana, el Destino aparece como “Mandato del Cielo” (Tien-Ming). En la doctrina cristiana el Destino o Hado suele ser concebido como Fuerza que está al servicio de Dios, siendo el instrumento de su Providencia y Sabiduría para regir la marcha del Universo. De ahí que el Dante, en su Divina Comedia, use la expresión il fato di Dio (“el hado de Dios”), señalando que es inútil tratar de oponerse a los designios del Hado y subrayando la gran sabiduría que encierran tales designios.

2)  Lo que ocurre en la vida de los seres humanos, con independencia de su voluntad, de sus planes y deseos. El conjunto de los sucesos y acontecimientos, favorables o desfavorables, que van ocurriendo en nuestra existencia, a veces de forma imprevista y repentina, con importantes repercusiones de todo tipo. Y, de manera especial, lo que tiene forzosamente que ocurrir, queramos o no, nos guste o nos disguste, dadas determinadas condiciones (hereditarias, temperamentales, biológicas y biográficas, morales, históricas, ambientales, cósmicas). Es decir, el conjunto de circunstancias propicias o adversas con que un individuo o un grupo humano tienen que enfrentarse a lo largo de su devenir terreno, sin que puedan evitarlo, al menos en apariencia y a primera vista. En este sentido se suele usar, en lengua española, la expresión “lo que nos envían los hados”.

Bajo esta perspectiva, el destino, el hado o los hados, se nos presenta en principio como algo anterior y superior a la voluntad humana, algo que al individuo o grupo en cuestión le viene dado de forma ineludible, aunque su voluntad sí pueda en un momento posterior aceptar libremente ese destino y adherirse a lo que el mismo implica o, por el contrario, rechazarlo y tratar de oponerse a él. En el primer caso, tenemos lo que los romanos llamaban el amor fati, “el amor al destino”, la actitud que lleva a una afirmación decidida de lo que la realidad nos trae y de lo que el destino reclama de nosotros, cobrando así la vida un valor de empresa, de reto y proyecto con una honda significación, de misión creadora y redentora.

Y aquí surge la pregunta: ¿por qué me ocurre a mí esto que me ha pasado?, ¿tiene algún sentido tal circunstancia que parece puramente casual y azarosa?, ¿qué significa este hecho o acontecimiento con el que me encuentro, probablemente sin quererlo o sin haberlo buscado, incluso habiendo hecho todo lo posible por evitarlo?

3)  Camino, llamada y misión. El camino que tenemos que seguir en esta vida. La  senda que a cada uno le marcan las estrellas (para decirlo con lenguaje poético). La llamada que nos muestra una senda vital, que nos convoca a un apasionante e ineludible quehacer. La voz interior que nos impone una empresa, misión o tarea a realizar. El camino que cada cual tiene destinado o reservado. Aquello para lo que hemos nacido, a lo que estamos llamados, para lo que hemos venido al mundo: algo que es anterior a nuestra decisión individual y está por encima de nuestro yo contingente y efímero (nuestra voluntad o nuestros deseos egoístas). La ocupación o misión que hemos de desempeñar en la vida y a través de la cual nos realizamos plenamente como personas.

El concepto de destino va aquí unido a la idea de vocación, aquella tarea a la que nos sentimos llamados (de vocare, “llamar”; the Calling, die Berufung). La función a la que Dios te llama al darte el ser y la vida. El puesto y lugar que corresponde a cada ser humano dentro del Orden universal (de forma semejante a como se habla de “destino” para indicar el puesto que ha de ocupar un funcionario, un militar o un sacerdote, con el rango, la responsabilidad, la función y el cometido que tal destino lleva consigo). El destino viene a ser, en tal sentido, el sitio que cada uno tiene asignado en el conjunto de la Creación, en la jerarquía de los seres y en la gran sinfonía cósmica.

Las preguntas que, a este respecto, se hace la persona inteligente, sensible y responsable, serán de esta índole: ¿porqué y para qué he venido a la vida?, ¿cuál es la misión o tarea que tengo que desempeñar, si es que tengo alguna?, ¿qué estoy destinado o llamado a hacer en este mundo?

4)  Fin al que tendemos, horizonte al que estamos abocados  (destino = destinación). El Destino como meta o punto de llegada. Lugar hacia el cual uno se encamina, el norte hacia el que dirige sus pasos y en el que tiene puesta su mirada. Al igual que la palabra “destino” se utiliza para hablar del término o punto final de un viaje (“el destino de un vuelo”, “el destino de un tren o de un barco”, “viajar con destino a tal o cual ciudad”, “llegar a destino”), puede emplearse también para aludir al fin último de la vida humana, la culminación de la existencia o el puerto de arribo para nuestra singladura vital.

En una línea semejante, la voz “destino” sirve para indicar el lugar adonde se envía algún objeto (“este paquete o esta carta va con destino a Londres”), así como la finalidad o uso que se pretende dar a una cosa, el fin al que se destina (así, por ejemplo, “¿cuál es el destino que vas a dar a esta silla?”). En todos estos casos aparece de forma clara y dominante la idea de finalidad, de fin, de motivación, de propósito y objetivo final.

El destino se refiere, bajo este aspecto, al objetivo del vivir humano, la razón de ser y finalidad de nuestra vida, su meta última, el fin al que estamos llamados y hacia el que debemos tender por nuestra propia naturaleza. El blanco hacia el que disparamos la flecha de nuestro ser, la diana hacia la cual vuela directo el dardo de nuestro proyecto vital. El punto central, idealmente elevado y situado en la distancia, que nuestra mente y nuestra actividad tienen como objetivo; un punto arquetípico, capaz de despertar fe y esperanza, cuyo poder de atracción moviliza todas nuestras energías.

Mi destino es la alta meta que orienta mi quehacer existencial, mi norte, mi norma o ideal de perfección, el faro que me guía; un faro y un norte sin cuya luz, sin cuyo estímulo formativo o forjador, sin cuya presencia sublime y lejana, me perdería en el laberinto de la existencia.  

5) Lo que a cada cual acecha en la incertidumbre del porvenir (aspecto éste que no es sino una variante o derivación del 2º punto). Es decir, la suerte o fortuna que se esconde tras el enigmático velo del tiempo y que nos saldrá al paso a medida que vayamos avanzando en la vida. No en vano, las voces equivalentes a “suerte” y “fortuna” en la mayoría de las lenguas europeas resultan sinónimas de “destino”, “sino” o “hado” (Los en alemán, lot en inglés, sort en francés, noodlot en holandés, öde en sueco, skæbne en danés y soartǎ en rumano). Bajo esta perspectiva, el destino puede ser contemplado como el lote que a cada uno le ha tocado en la lotería de la vida.

A este significado de  la voz “destino” va inseparablemente ligado, a su vez, lo que cada uno de nosotros va haciendo con su vida y que nos condicionará en el futuro, determinando así la suerte mejor o peor que nos esté reservada. Todo lo cual suele designarse, siguiendo la terminología oriental, como el karma que uno siembra y cosecha en su andadura vital: el buen o mal karma que cada cual arrastra o tendrá que arrastrar en lo sucesivo. Es decir: la carga inevitable (positiva o negativa) acumulada del pasado y la que va acumulándose ahora, en el presente. Dicho de otro modo: los frutos, dulces o amargos, liberadores o esclavizadores, que vamos recogiendo sin cesar y tendremos inevitablemente que recoger en su día como consecuencia de nuestras ideas, decisiones, acciones, hábitos y actitudes.

Desde este punto de vista, brotan los interrogantes que nos suelen atormentar tan a menudo y que nos generan gran inquietud: ¿qué suerte me reserva el futuro?, ¿qué porvenir me espera?, ¿cuál será la desgracia o ventura a la que estoy destinado?, ¿qué será de mí y de los míos el día de mañana?, ¿podré tener una existencia dichosa y feliz?, ¿lograré cumplir la misión que me ha sido encomendada?

En los textos literarios, en las obras de pensamiento y en los tratados de espiritualidad, cuando aparece el tema del Destino los autores suelen referirse a uno u otro de estos significados. Lo cual, sobre todo en lo que se refiere a las exposiciones doctrinales o sapienciales, explica las diferencias en el enfoque y el tratamiento del asunto, así como las posibles discrepancias en las conclusiones a las que llegan o en las enseñanzas que nos trasmiten.

Todas estas significaciones se entrecruzan en la vivencia integral y profunda del Destino, ya sea el destino personal de cada individuo o el destino de un pueblo, de una nación o de una cultura. No se puede prescindir de ninguna de ellas si queremos comprender a fondo la vida humana, su realidad y su sentido.

Lo importante es que sepamos encontrar el adecuado engarce entre esos diversos aspectos del misterio que encierra el Destino, sabiendo valorar en su justa medida cada uno de ellos. De tal engarce, que tiene mucho de sabiduría, dependerá la felicidad y el éxito que cosechemos en nuestra vida. Sólo entendiendo bien las múltiples facetas del Destino y armonizándolas en una elevada visión de unidad podremos evitar las dos erróneas actitudes ante el destino, que son el fatalismo y el pasotismo tan necio como superficial, el determinismo ciego y la banalidad apática o desidiosa ignorante de esta profunda realidad.

Por Antonio Medrano