jueves, 10 de noviembre de 2011

EL MISTERIO DEL DESTINO - I

"Que cada cual siga su inclinación, pues las inclinaciones suelen ser rayas o vías trazadas por un dedo muy alto, y nadie, por mucho que sepa sabe más que el destino". Benito Pérez Galdós


EL   DESTINO: SU SIGNIFICACION EN LA VIDA DEL SER HUMANO

Destino: he aquí un concepto capital para la vida humana, para el desarrollo integral de la persona. Sin él no podemos entender nuestro peregrinar terreno ni interpretar correctamente los acontecimientos que ocurren en nuestra existencia. Privada de la idea del Destino, la vida se desfonda, se vacía de contenido, se torna anodina y superficial, va a la deriva y pierde su sentido. Queda reducida a un existir vegetativo, puramente horizontal, sin perspectiva ni horizonte.

Querámoslo o no, lo reconozcamos o no, el Destino juega un papel de primer orden en nuestro devenir vital. Se trata de una realidad que se impone a nuestra consideración de manera imperiosa y con la que tenemos que contar para organizar y dirigir nuestra vida. Hemos de tenerla muy en cuenta si queremos vivir como es debido, de forma realmente humana, con altas cotas de dignidad y libertad, y alcanzar un elevado nivel espiritual, consiguiendo una realización integral. Tenemos que captar su importancia real y comprender su verdadero significado, para no vernos arrollados, aplastados y oprimidos por su poder implacable, convertidos en sus víctimas, amargados esclavos de sus oscuros designios.

El Destino, en efecto, irrumpe una y otra vez en nuestra vida, en la vida de todos y cada uno de nosotros, con fuerza arrolladora. Para bien o para mal, querámoslo o no, la acción del Destino se hace presente en los instantes más significativos de nuestro vivir cotidiano. La sentimos como algo, un poder o principio superior, que, estando por encima de nuestra voluntad, interviene de manera imprevista e imprevisible para configurar nuestra existencia. Pero es ésta, la del Destino, una acción que operará sobre nosotros y sobre nuestro vivir de forma destructiva o constructiva, según cómo la afrontemos, según cuál sea la actitud que adoptemos ante ella.

Todos hemos sentido en alguna ocasión, a lo largo de nuestra vida, la presencia, la acción, la atracción, el poder o la fuerza del Destino. En ciertos momentos hemos sufrido los duros golpes que sobre nosotros hace recaer el Destino, el Hado o Sino, contrariando nuestros planes o nuestros deseos, razón por la cual usamos expresiones como “el cruel Destino” o “el Hado ciego”, las cuales aparecen a menudo en boca de poetas, escritores y filósofos. Las cosas parecían ir estupendamente y se nos abría un horizonte muy prometedor, cuando de repente un manotazo del Destino desbarata nuestras ilusiones, lo echa todo por tierra y nos coloca en una situación en extremo angustiosa o sumamente problemática. ¿Habrá algún ser humano que no se haya quejado de la triste suerte a que le han condenado “los Hados” y de los sufrimientos que la fatídica voluntad del Sino le ha reservado de forma tan incompresible como injusta?

En otras ocasiones, vemos cómo el Destino hace que acontezca en nuestra vida un hecho de especial relevancia, totalmente inesperado y con el que no habíamos contado, que viene a enriquecer nuestro vivir, abriéndonos nuevas perspectivas o planteándonos interrogantes antes insospechados. Tal vez sea el conocer a determinada persona con la que estableceremos en adelante una estrecha relación, o quizá caiga en nuestras manos por azar determinado libro cuya lectura cambiará radicalmente nuestra manera de vivir y de ver  las cosas. Sentimos entonces que el Destino actúa como una fuerza que va tejiendo nuestra vida de forma sabia y amorosa, con una delicadeza y ternura que van más allá de todo cuanto nuestra mente racional pueda imaginar. 

Desde otro punto de vista, en más de una ocasión habremos escuchado la llamada del Destino que resuena en nuestra alma de forma sutil y misteriosa, convocándonos con insistencia y con voz potente a la realización de una alta empresa. Una llamada que viene a coincidir con la voz proveniente de la propia vocación, aquella tarea o misión para la que hemos nacido y para la cual estamos especialmente dotados, pero que tal vez nos hemos negado a escuchar. Llamada ésta, de la vocación o del destino, que puede hacerse sentir con especial fuerza al ocurrir ciertos sucesos, aciagos o venturosos, los cuales, por su importancia o por sus tremendas repercusiones, por las perspectivas que nos abren o nos cierran, nos llevan a replantearnos nuestros planes para el futuro y nuestro mismo proyecto vital.

Al hacer estas reflexiones vienen a nuestra mente los primeros acordes, vibrantes y enardecedores, de la Quinta Sinfonía de Beethoven, llamada precisamente “la Sinfonía del Destino”. El mismo Beethoven, según cuentan algunos de sus biógrafos, explicaba el significado de estos vigorosos compases con las siguientes palabras: “es el Destino que llama a la puerta”. ¿Quién no ha sentido alguna vez este golpear del Destino en la puerta de la propia alma? ¿No sentimos también nosotros la llamada del Destino, de nuestro propio destino personal, cada vez que escuchamos esta grandiosa obra musical del genio de Bonn? 

Cada ser humano está llamado o destinado a realizar determinado cometido a lo largo de su vida. Ese cometido, ese destino que ha de cumplir, es lo que constituye su razón de ser, el motivo o propósito por el que ha venido a este mundo. Si se esfuerza por cumplir tal cometido, será feliz y tendrá una vida plena, lograda y fructífera. Pero si deserta de ese destino, si le da la espalda o le es infiel, será desgraciado y no cosechará sino insatisfacción e infelicidad. Caerá sobre él todo el peso del Destino, en su faz más oscura. 

Aquí surgen varias preguntas: ¿Qué es realmente el Destino? ¿Cómo debe entenderse esta potente realidad y cuál es su significado? ¿Qué nos enseña la Sabiduría universal sobre tal concepto? ¿Es el Destino algo que se sufre o que uno mismo se forja con sus propias fuerzas? ¿Se puede luchar contra el Destino? ¿Cómo puedo encontrar mi propio destino? 
Trataremos de responder a estas preguntas en próximas entregas. 

Por Antonio Medrano