martes, 16 de abril de 2013

TERRORISMO DE SALÓN

"Cuanto más se prolongue la violencia, tanto más difícil les resulta, a aquellos que la han empleado, encontrar la forma de realizar actos compensatorios no violentos. Se crea una tradición de violencia y los hombres aceptan escalas de valores, de acuerdo con las cuáles los actos de violencia se computan como hechos heroicos o virtuosos". Aldous Huxley

Las víctimas del terrorismo son siempre víctimas. No importa en qué lugar del mundo o bajo qué bandera mueran. En el dolor extremo no hay grados: ni se puede morir más, ni se puede morir menos. 

Matar a otro ser humano o emplear con él la violencia extrema, es sencillamente algo execrable, especialmente cuando se lleva a cabo desde la premeditación, la frialdad y una actitud despiadada. La finalidad del terrorismo y del terrorista no es otra más que la de aterrorizar a una sola persona, a un grupo o a toda una sociedad, para tratar de obtener por medio de la coacción y el terror lo que las urnas, las leyes o la razón no les conceden. Con frecuencia los objetivos son además inconfesables y pasan por algo tan miserable y material como el dinero, o tan mezquino como el poder, el odio o el partidismo político. Nada justifica semejante forma de actuar; nada es tan contrario al bien común, ni vale tanto, como la vida de un sólo ser humano. 

Más allá de la propia conducta criminal de los asesinos que llevan a cabo los actos de terrorismo, quienes defienden, amparan, toleran, apoyan o participan -aunque sea indirectamente- de forma activa o pasiva en semejante indignidad, merecen igualmente el más firme rechazo social y la acción implacable de la justicia. También los que incitan a ello desde las brumas subjetivas de su razón o la supuesta bondad de una causa que, sin saberlo o premeditadamente, les lleva a terminar deambulando, ebrios de torpeza, sobre esa delgada línea invisible, pero presente, que separa la armonía y la convivencia pacífica del caos y la guerra. Son terroristas de red social, de calles incendiadas y asaltos al Congreso; terroristas de salón. De guante blanco. Terroristas de insultos y amenazas; de acoso disfrazado de "escrache". De conciencia ausente.

Sólo a un necio -que son los más-, a un cínico o a un desalmado se le ocurriría tratar de justificar toda esa violencia por motivo alguno; la misma violencia que, sin dudarlo, jamás desearían para si, o para sus seres queridos. Son los adalides exaltados de la "no violencia"; de la violencia "light". Son tullidos del alma, que pretenden erigirse en abanderados de "la libertad". Son los modernos correveidiles de "la democracia", cuyo verdadero sentido y desde su manifiesta discapacidad ética, en modo alguno alcanzan a comprender, por más que se encaramen a su pretendida progresía o a la razón de "su razón". Son los torpes, los zoquetes sin remisión, los perversos, los enemigos de la raza humana; los que no tienen valor para disparar a nadie, ni la convicción necesaria como para hacerlo y afrontar con entereza las consecuencias de ese crimen, pero que con sus palabras, silencios y acciones, consciente o inconscientemente, apuntan a diario en la nuca de sus semejantes y contribuyen a que muchos otros aprieten el gatillo. 

De entre ellos, quienes creen ser plenamente conscientes del alcance de sus acciones y las llevan a cabo con la intención de hacer el mayor daño posible o para conseguir algún tipo de ventaja política, constituyen la escoria: los restos de serie de la raza humana. La muestra palpable de que la destrucción de valores, la falta de ética y la sinrazón se han apoderado de una buena parte de nuestra sociedad, en donde en determinados ámbitos el amor por nuestros iguales se ha convertido en algo proscrito y en donde a diario triunfan unas ideas que, aún sin saber realmente bien en favor de qué o para quién, son defendidas y propagadas a ultranza por estos hijos bastardos del amor, ignorando que realmente están inmersos en un proceso que incluye su propia destrucción. Basta con justificarlo a través de su deseo de venganza y del egoísmo más absoluto, en el que prevalece la filosofía del "yo primero y luego yo" y en donde fermenta un odio atávico, que trasciende generaciones y fronteras, por más que sean incapaces de justificar su comportamiento de manera coherente o con una cierta equidad. En ellos no hay el más mínimo atisbo de generosidad, pues nada hay más contrario a ello que contribuir a propagar dolor y sufrimiento, sembrando maldad.

Para estas personas no sería suficiente pedirles que se atrevieran a mirar a las víctimas a la cara, o a lanzar ante ellas sus exabruptos amparando la violencia o defendiendo a quienes la cometen... No; estas personas necesitan en realidad pasar por un completo proceso de re-humanización, que en su caso significaría convivir con el dolor que han contribuido a producir y que en tan poco estiman. Deberían acudir a los hospitales en donde se recibe a las víctimas de un atentado, en donde se amputan miembros desechos y se trabaja en los quirófanos a vida o muerte. Deberían pasear por las salas en donde esperan familiares consternados y abatidos, caminado como muertos vivientes entre la realidad y un millón de sueño rotos, entre la incredulidad y el dolor más lacerante. Deberían acudir, junto al asistente social, a dar la noticia a un padre, a una madre, a un hermano o a una novia; a unos hijos que todavía son niños y que a partir de ese momento habrán dejado de serlo. Y no deberían dejar de pasar por la morgue a reconocer a todos y cada uno de los cadáveres; ni dejar de asistir a su entierro, para no perderse todos esos "por qué" reflejados en cada una de las caras de los más allegados. Deberían luego acudir a casa de la viuda o de los huérfanos y convivir con ellos la eternidad que dura un duelo; acudir por las noches para consolar y ayudar a conciliar el sueño o llevar a los niños al colegio, al que ya no volverán con esa madre o ese padre ausentes... contribuir a mantener a flote ese hogar, ahora deshecho. Si; deberían de sufrir con las víctimas y a través de su dolor llegar a la comprensión y el reconocimiento.

Deberían esculpir en la retina y en lo más profundo de su corazón cada uno de esos detalles; guardar cada lágrima en su alma y aprender a convivir con todos esos recuerdos propiciados por su terrorismo de salón. Quizás así volverían a ser humanos y jamás volverían a ensalzar, justificar o amparar la violencia; menos todavía a participar en ella. Deberían, desde el arrepentimiento sincero y su recién recuperada humanidad, solicitar el perdón de las víctimas que, ahora si, otorgarían sin dudarlo y desde la generosidad única del que ha sufrido. Un perdón concedido sin exigir nada más a cambio, excepto un mínimo respeto y algo de ese reconocimiento que sin duda merece cualquier víctima de la violencia.

Sin cómplices, sin ideólogos de pacotilla, sin descerebrados irresponsables, sin palabras necias a modo de cortina de humo o fuego de cobertura, sin toda esa violencia de salón, quizás seguirá existiendo el terrorismo... pero seguramente triunfar le resultará bastante más difícil y el dolor de las víctimas no sería tan intenso.

Por Alberto de Zunzunegui