miércoles, 8 de mayo de 2013

15 DE ABRIL DE 1963: SANTOS ANASTASIA Y TELMO

Aquel quince de abril de 1963 era lunes. Al parecer un lunes sin más, laborable, primaveral y soleado como tantos otros del año. Precisamente el día anterior había sido el aniversario de la muerte de Lincoln, y faltaban pocos meses para que el mundo se paralizara de terror al presenciar, atónito e impotente ante las pantallas del televisor, el tiroteo y muerte en blanco y negro de otro atractivo Presidente americano, joven, eficaz  y luchador que, no hacía tanto, salía airoso de uno de los más terribles episodios de la llamada guerra fría que a punto estuvo de mandarnos a todos al garete, y que fue  conocido popularmente como “ el asunto de los misiles cubanos”.

El Papa bueno, y además valiente, acababa de publicar la que sería su última encíclica “Pacem in Terris”, que no solo hablaba de paz, sino de justicia social, derechos laborales, presencia de la mujer en la vida pública y un largo etcétera de asuntos aún pendientes pero no por ello menos necesarios  para la convivencia entre seres humanos, y que no estaría de más releyéramos en estos turbulentos tiempos del nuevo siglo en el que el exclusivo y excluyente protagonismo de ruina económica y de quiebra de valores que nos toca vivir, nos hace olvidar otras épocas duras y difíciles en las que a fuerza de ilusión, empeño y sacrificio conseguíamos cada día y entre todos rehacer los pedazos de una España mermada y sufrida, silenciosa en su tarea cotidiana de reinventar la concordia y conservar la paz.

A España llegaba precisamente ese lunes el embajador de Estado Unidos ante la Onu Adlai Stevenson, quien había jugado un importante papel en la crisis de los misiles antes mencionada, y mientras, las gentes hablaban del pabellón español que el arquitecto Carvajal diseñaba para la Feria de Nueva York que, a bombo y platillo, se inauguraría el año próximo; o de los nuevos estudios de Televisión Española levantados en las afueras de Madrid,- para más señas en Prado del rey, Pozuelo de Alarcón-, para sustituir al modesto chalet del Paseo de la Habana de entrañable recuerdo.

Por nuestras tierras del norte, ese mismo 15 de abril, el movimiento Embata presentaba el primer partido político abertzale que sería disuelto once años después, y el Nodo nos mostraba, a toro pasado, el Paseo de las Ramblas, al que los barceloneses se acercaban multitudinariamente el Domingo de Ramos para escoger y comprar en los puestos del tradicional mercado de palmas  provenientes de Elche, aquella que en forma lisa, rizada o de solapa, pequeña, grande o mediana, con motivos florales, o cualquier otro que la imaginación de los ilicitanos hubiera podido fabricar, les acompañara y fuera bendecida en la Misa dominical, y colocada después en los balcones, engalanados así  para recibir una vez más las procesiones de Semana Santa 

Sin embargo, todo eso eran noticias que poco interesaban aquel día a nuestros protagonistas en la bendita tierra valenciana que les vio nacer. Aquél, no solo era para ellos un Lunes de Pascua, festivo y jacarandoso, radiante de luz. Aquella era, nada más y nada menos, que la fecha  de su boda, una boda deseada, querida y preparada con ilusión alegría, esperanza y esa extraña mezcla de ansiedad y temor ante un futuro por tejer en el que el destino  jugaría también su propio, misterioso e inevitable papel.

Concha abrió los ojos y de un salto se plantó en mitad de la habitación. No era un sueño. Allí estaba su vestido de novia, sus zapatos de satén y el velo de tul desmayado en la cómoda como sin querer. Entró en el baño humeante y el olor a lavanda envolvió cada uno de los poros de su piel joven caliente y morena. Ya despierta y sonriente entró en la cocina donde  una cohorte de mujeres parlanchinas trajinaba los desayunos o maquillaba y vestía a las mujeres de la familia. Reían nerviosas las solteras, y sonreían cómplices las casadas, mientras la abuela, que ya apenas oía y la Tata que no paraba de llorar, preparaban vasos de Cola-Cao; untaban la nata de la leche recién hervida sobre el pan tierno, lo espolvoreaban de abundante azúcar y se lo ofrecían a los chiquillos, que iban apareciendo adormilados, a medio vestir o a medio peinar, escondiendo las manos llenas de petardos, que el tío Rufo les acababa de dar.

En casa de Vicente, los hombres  sentados en el comedor en mangas de camisa, daban buena cuenta del almuerzo. No faltaba nunca en casa de los Sanchís el embutidito de Onteniente, los tomates carnosos, la tollina de sorra del Cabañal, los dátiles, las hogazas recién salidas del horno, el pan quemado, las rosquilletas y los dulces; los buñuelos; las valencianas, las ensaimadas, el bizcocho de Doña Matilde, el café humeante y las jícaras de jugo de naranja junto a alguna botella de anisete, que acompañaban cada uno de los festejos que, ya en vida del bisabuelo Pacorro, se celebraran ruidosamente en aquel hogar. En el día de hoy las risas, y los chascarrillos al novio se multiplicaba en un ambiente de franca camaradería y cordialidad. Matilde -madre y madrina-, iba y venía, pendiente del reloj, rellenando tazas, trayendo tostadas y sacando sillas,  hasta que dieron las diez en el viejo carillón de la antesala.

“Chente -susurró a su hijo- avisa que quien quiera comulgar tiene que terminar ya el desayuno,  que yo me voy arreglar. No le gustaba nada a la buena señora ese modernismo que había desterrado de un plumazo el reglamentario ayuno de “toda la vida” de 12 horas antes de  la Comunión. Aceptaba que los demás lo practicaran pero, eso sí, sin pasarse de rosca que para eso estaba ella allí.

Entre dimes y diretes  las horas iban pasando. Nervioso y puntual Vicente, ofreció el  brazo a su madre y ambos bajaron al patio donde varias vecinas esperaban desde hacía rato. Su padre salió del imponente automóvil del tío Paco para abrir la puerta a la madrina y al novio. Eran las once y media del primer día del resto de una vida que sería larga y fructífera, pero eso… lo sabría Vicente muchos años  después.

Curiosamente, Concha llegó al Patriarca sin la tardanza propia del caso, tan solo cinco minutos después de que lo hiciera el novio. La Plaza rebosaba de pamelas, tocados, sedas, plumas y adornos multicolores, las alhajas robaban destellos al sol de mediodía y el aroma de Valencia, que de indescriptible duele, inundaba la mañana abrileña. Cientos de personas risueñas y en franca algarabía abrían sus brazos para saludar a unos y a otros y lentamente iban llenado la Iglesia.

La habitual penumbra del Colegio Seminario del Corpus Christi, “su” Patriarca en el que tantas veces Concha se refugiaba, había desaparecido con el fulgor de cientos de luces prendidas para la ceremonia. Ciertamente había perdido esa intimidad de la que ella solía gozar pero la belleza de los murales espléndidos; la bóveda que los cobijaba; la barandilla de bronce que daba acceso al altar y sobre todo su querido lienzo de La Última Cena se mostraban en todo su esplendor.

La joven se sujetó con fuerza al brazo de su padre aspiró profundamente y notó que algo no había cambiado esa mañana, como casi siempre, olía dulcemente a incienso. Levantó la mirada y sus ojos se cruzaron amorosamente con los de Jesús de Nazareth a los acordes de la sempiterna marcha nupcial de Mendelsohn.

15 de abril de 2013: Santos Anastasia y Telmo.

Aunque todos con sus mejores galas, no habría más de cuarenta personas esperando en la estrecha acera de la Avenida del Puerto valenciana. Un incesante ir y venir de coches y el paso apresurado de los viandantes indicaba que aquella hermosa mañana de abril no tenía en sí nada que la hiciera parecer festiva. También era lunes, pero no de Pascua, y la fecha seguía siendo 15 de abril.

Concha y Vicente llegaron a la Iglesia minutos antes de comenzar la ceremonia. Ella comentó: “¡Quien lo habría de decir, nos casamos en la Iglesia del Patriarca fundada por Juan de Ribera, y cincuenta años después estamos ante esta pequeña Iglesia de San Juan de la Ribera! ¿Qué os parecen las cosas que trae la vida?”.

Todos cupieron en el Altar sabiamente dispuesto por el Párroco-amigo con la ayuda de hijos y nietos. Cuando se hubieron acomodado los presentes, entraron Concha y Vicente caminando juntos por el pasillo de la iglesia vacía, a los acordes de la marcha nupcial. Ella más hermosa si cabe que hacía cincuenta años, con la cabeza inclinada como una novia tímida y enamorada, Él con esa mirada franca abierta y un pelín irónica a la ya que nos tiene acostumbrados. El silencio se podía cortar con un cuchillo y la emoción contenida iba formando parte de la ceremonia como una invitada más. Sus tres nietos se intercalaron entre ellos, sus hijos a la derecha del altar, y en breves instantes se resumieron cincuenta años de luchas, de esfuerzos, de entregas, de renuncias, de amor inmenso, de llantos y de risas; de “si no te quisiera tanto” y” de ya no puedo más”… Pero habían podido. Allí estaban las dos generaciones que ellos trajeron al mundo y cuidaron luego con el mayor esmero permitiendo que en el momento oportuno echaran a volar. Allí estaban presentes en su corazón los suyos que ya partieron y los que seguían con ellos y entonces, sólo entonces, fueron conscientes de su reciedumbre y de lo arduo de la tarea que acababan de culminar.

Concha levantó la cabeza y miró a Vicente. Ahí empezaba el resto de su vida, una vez más. El Sacerdote decía: ”…y a los Santos patronos Anastasia y Telmo”. Los dos sonrieron. Habían conseguido llegar a celebrar este día único y hermoso y después de cincuenta años multiplicando panes y peces, ya nadie podría separarlos, y juntos beberían por siempre el vino santo de Caná.

Por Elena Méndez-Leite