lunes, 16 de diciembre de 2013

JORGE JUAN Y SANTACILIA

La víspera de Reyes de hace 300 años en la preciosa casona del Fontanet, situada a caballo entre Monforte del Cid y Novelda que, aún hoy, conserva su señorío y buen estado de conservación, todo era bullicio y algarabía. El tiempo amenazaba lluvia y doña Violante se había puesto de parto. La noble señora había casado en segundas nupcias con Don Bernardo, también viudo, aportando entre los dos varios hijos a su nuevo estado, pero este pequeño que peleaba ahora por asomarse al mundo, era el primer hijo del actual matrimonio, ansiado y esperado con renovada ilusión en su madurez, y al que aún seguirían otros dos; Margarita y Bernardo, que habría de nacer ya fallecido su progenitor.

Las mujeres de la familia aguardaban pacientes en la planta baja rezando por el feliz desarrollo del parto, no sin dejar de probar las deliciosas rosquillas regadas con el oloroso anís de la casa. Los hombres apuraban sus cigarros en la espaciosa sala, ojeando a través de los balcones de hierro forjado el tiempo cambiante, y hablando de mil y un asuntos, mientras escuchaban el silbido del viento, el crepitar de la lumbre y las subidas y bajadas de las mozas con toallas, ungüentos varios y risas entrecortadas.

A pocos kilómetros de esas tierras duras del Vinalopó, las playas de Alicante veían embravecerse por momentos la mar Mediterránea en un cambio de humor inusitado. Ella de por sí tan serena, tan suave, tan calmada, parecía querer extenderse entre olas de romería por los campos cercanos hasta llegar a la casa solariega, para dejar su beso enamorado en la cuna de un niño, que ya hombre, se adentraría en sus aguas, marinero de soles y de lunas, descubridor de rutas y pescador de ensueños imposibles que, solo su inteligencia preclara unida a su constancia y dedicación absolutas, llegarían a convertir en realidad.

Pasó Jorge su niñez feliz y acomodada, le gustaba la gramática y por ella parecía que se iba a decantar, pero la vida tiene sus caprichos no siempre gratos y, al morir su padre prematuramente, fue su tío Cipriano, Caballero de la Orden de Malta, quien lo llevó con él a Zaragoza para que ingresara, con tan solo doce años en esa Orden religiosa y militar. Allí se formó durante cuatro largos cursos de esfuerzo y sacrificio que incluyeron su  embarque en galeras, emblemáticos navíos del mediterráneo que desde la batalla de Lepanto surcaban sus  aguas, costeando con maestría y facilitando el apresamiento de los piratas berberiscos que se multiplicaban por doquier en aquellos tiempos.

Al cumplir los dieciséis regresó a España y comenzó en Cádiz sus estudios en la Real Compañía de Guardias Marinas, reservada por aquel entonces a los nobles e hijosdalgos. Durante varios años recibió formación militar realizando prácticas de armamento, construcción naval y maniobras que combinaba con estudios de Matemáticas, Geometría, Trigonometría, Cosmografía, Náutica, Fortificación y Artillería, amenizados con clases de danza, esgrima e idiomas. ¡No podemos olvidar que estamos inmersos en pleno siglo de la Ilustración!

Aprobados las disciplinas correspondientes, Jorge embarcó en los buques de la Armada durante un largo período, participando en cuatro campañas contra los berberiscos; en la batalla de Liorna, en la reconquista de Orán y en la campaña de Napoleón. Fue entonces cuando decidió contra viento y marea, que la mar sería la más fiel y única compañera de vida, a la que amaría con devoción.

Una epidemia de tifus a punto estuvo de mandarlo al otro mundo cuando apenas contaba veinte años de edad, pero una vez restablecido, la mente inquieta y privilegiada del joven oficial de marina, espoleada por el ansia de saber, buceaba en los textos científicos con acendrada curiosidad. Si la mar era su pasión, la tierra y su mágico entorno de múltiples luminarias desconocidas ocupaba gran parte de su estudio y dedicación.

Por aquél entonces, y debido a que la hipótesis del inglés Newton del achatamiento de los polos terrestres comenzaba a ser fuertemente rebatida por los astrónomos franceses, la Academia de ciencias de Paris decidió tomar cartas en el asunto, ya que el exacto conocimiento de la forma y dimensiones de la tierra tenía un alto interés para la navegación y la cartografía, entre otras materias, por lo que propuso acometer dos expediciones. Para la primera, que había de llevarse a cabo en el Virreinato del Perú, hubo de solicitar del monarca español Felipe V autorización para enviar un equipo de expertos científicos galos que dieran comienzo a  los trabajos de medición de un gran arco de meridiano en la línea ecuatorial en América del Sur, en el actual Ecuador. Al tiempo que otra segunda se dirigiría a Laponia, para efectuar idénticos trabajos cerca del círculo polar procediendo a contrastar posteriormente ambos resultados.

Aceptó el monarca, a condición de que dos españoles se unieran al proyecto y, tras intensas deliberaciones, los guardiamarinas Antonio de Ulloa y Jorge Juan y Santacilia fueron los elegidos. De esta manera nuestro alicantino partió de nuevo allende los mares, con la ilusión propia de los pocos años, y sin pensárselo dos veces, ignorando las penalidades que habría de soportar en un arduo trabajo de investigación, a menudo interrumpido por los requerimiento del Virrey para que Ulloa y él mismo se ocuparan de la defensa de las costas del Pacífico frente a los ataques de la flota inglesa. Cerca de nueve años duró este cometido, que sin duda fue el reto científico más relevante y original de mediados del siglo de las Luces, mientras que la expedición a Laponia apenas invirtió tres años y confirmaba la tesis de Newton de que la Tierra era, efectivamente, una esfera achatada por los polos.

A su regreso, habiendo informado al Marqués de la Ensenada de sus logros y, tras recibir el encargo del Ministro de escribir los nueve tomos de las “Observaciones Astronómicas y Phisicas, hechas de orden de su Magestad en los reynos del Perú. De las quales se deduce la figura, y magnitud de la Tierra, y se aplica a la navegación”, mientras que su compañero Ulloa se encargó de otros cuatro sobre la Relacion Historica,Geográfica y Etnográfica del Viage a la America Meridional, decidieron publicarlo de forma conjunta, aun antes de que los eruditos franceses terminaran sus informes y así, este episodio de la vida de Jorge Juan daría origen a la relación prolongada con el Marqués de la Ensenada, Consejero real y a la sazón ministro plural de Hacienda, Guerra y Marina e Indias, que supo ver en el joven investigador una serie de cualidades que sobrepasaban el terreno científico y marinero, lo que tendría una relevancia significativa en el desarrollo personal y profesional del insigne noveldense.

El preclaro Ensenada conocedor de que la Marina era la clave para el dominio colonial español y la defensa de las costas peninsulares ante los ataques británicos y franceses, puso las bases para la recreación de la armada española que, en la primera mitad del siglo XVIII, mostraba una situación penosa, sin apenas recursos y con buques insuficientes y envejecidos, e impulsó a su vez el comercio con las colonias de América. Decidido a acabar con el monopolio de Indias, y eliminar la abusiva corrupción del mundo colonial con una serie de reformas. Conocedor de que este empeño naval precisa para su desarrollo del conocimiento y la aplicación de cuantas novedades y adelantos técnicos circularan por Europa, sobre todo aquellos que tuvieran relación con la mejora y modernización de la Armada y de sus arsenales, solicitó la colaboración de Jorge Juan al que envía a Londres en una misión de auténtico espionaje industrial, para que recabe los informes pertinentes y conozca a fondo a los mejores técnicos navales del momento.

Como anticipándose a las obras de Le Carré el ilustre marino, ahora espía, contó en Londres con instrucciones secretas, textos cifrados, identidades falsas y toda una serie de artimañas y tretas con las que consiguió información detallada de las máquinas de vapor y planos completos de piezas de buques puesto que Juan había constatado que los barcos ingleses eran más ágiles y veloces, necesitaba aplicar a las naves patrias el estudio y conocimiento de las mismas elaborando un nuevo método de construcción de buques, fundamentado no sólo en la práctica sino en el cálculo matemático y en los principios de la Física aplicados al desplazamiento de los barcos en el agua.

En otro orden de cosas adquirió también matrices para elaborar tipos de imprenta, consiguió la fórmula del lacre, y hasta detalles técnicos de la fabricación del paño inglés. Adquirió libros e instrumental científico para el Colegio Imperial de Madrid; la Academia de Guardias Marinas de Cádiz; el Colegio de Cirugía de esa ciudad y otras varias instituciones. Pero su logro más audaz fue la contratación de técnicos y especialistas en construcción de buques y otros elementos, como jarcias o lonas, a quienes trasladó a España con sus familias, y con su ayuda escribió en Madrid el Nuevo método de construcción naval, en el que aplicó, además, sus conocimientos de mecánica, hidráulica y cálculo diferencial e integral.

Será con el resultado de esta exhaustiva investigación de Juan, como Ensenada proyecte y haga realidad la construcción de una flota española digna, con un aumento de más de 60 navíos de línea y 65 fragatas, y un incremento del Ejército de tierra en 186.000 soldados y de la Marina en 80.000.

En 1750 a su regreso de Gran Bretaña nuestro ilustre marino pasó unos años en Ferrol, Cádiz y Cartagena donde planeó y construyó distintos arsenales y constantes fueron sus viajes por toda la península, revisando yacimientos mineros, y complejos siderúrgicos que compatibilizaba desde 1751, con sus tareas de capitán de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz. Ya en 1753 creó, el Observatorio Astronómico gaditano, concebido como institución aneja a la Academia para el adiestramiento e instrucción de los cadetes.

El respaldo de Ensenada, otorgándole plenos poderes para dirigir la actividad docente de la Academia, permitió a Jorge Juan poner en práctica todas las reformas proyectadas, redactar e imprimir en ella nuevos manuales y textos científicos sin necesidad de obtener la censura previa, siendo su Compendio de Navegacion para el uso de los Cavalleros Guardias Marinas, publicado en 1757, el primer libro salido de dicha imprenta. Otras obras de nuestro sabio insigne fueron Disertacion sobre el meridiano de demarcacion entre los dominios de España y Portugal, también en colaboración con Ulloa. Noticias secretas de América, y su obra cumbre en dos volúmenes; Examen Maritimo Theórico Practico, o Tratado de Mechanica aplicada á la Construccion, Conocimiento y Manejo de los Navios y demas Embarcaciones. Todas ellas fueron conocidas y valoradas más allá de nuestras fronteras, lo que le valió ser nombrado miembro de distintas Academias de Alemania, Francia, Gran Bretaña y Suecia entre otras, mientras que, por fortuna, también fue profeta en su tierra y en 1754 se le nombró ministro de la Real Junta de Comercio y Moneda; en 1765, académico honorario de la Academia de Agricultura de Galicia; al año siguiente embajador extraordinario ante el Sultán de Marruecos, firmando en 1767 el primer Tratado de Paz y Comercio que la Corona española establecía con un país musulmán, y ese mismo año alcanza el honor de ser nombrado miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

De regreso a la Corte, en 1770, fue nombrado director del Real Seminario de Nobles de Madrid, donde permaneció hasta su  cristiana y dolorosa muerte en 1773.

No abundan las referencias sobre la personalidad de Jorge Juan Santacilia, pero resultan enriquecedoras las consideraciones que hizo de él su discípulo Benito Bails pocos años después de su muerte  y que rezan así:

"Era de estatura y corpulencia medianas, de semblante agradable y apacible, aseado sin afectación de su persona y casa, parco en el comer, y por decirlo en menos palabras, sus costumbres fueron las de un filósofo cristiano. Cuando se le hacía una pregunta facultativa, parecía en su ademán que él era quien buscaba la instrucción. Si se le pedía informe sobre algún asunto, primero se enteraba, después meditaba, y últimamente respondía. De la madurez con que daba su parecer, provenía su constancia en sostenerlo. No apreciaba a los hombres por la provincia de donde eran naturales; era el valedor, cuasi el agente de todo hombre útil.”

En 1790 Carlos III, el mejor alcalde de Madrid, comenzó la fundación del Real Observatorio matritense que Jorge Juan había considerado imprescindible para el control del extenso imperio de ultramar. Convencido el rey de su utilidad, encargó la construcción de un telescopio reflector al astrónomo músico y descubridor del planeta Urano, el alemán William Herschel, así como el diseño del edificio que Villanueva acometió en las cercanías del Parque del Retiro, enviando a su vez a diferentes astrónomos a países como Francia y Gran Bretaña, cuyos observatorios llevaban en funcionamiento desde el siglo XVII, para que profundizaran en los conocimientos apropiados al futuro desempeño de sus funciones. Jorge Juan había conseguido así su último propósito, aun cuando ya no pudiera verlo.

Recientemente en Madrid y con motivo de los actos conmemorativos de su III Centenario, en el Cuartel General de la Armada, cerca de la calle que lleva su nombre y presidido por el Almirante General Jefe de Estado Mayor de la Armada, ha tenido lugar una hermosa ceremonia castrense en la que un puñado de civiles, hombres y mujeres de bien, han jurado lealtad hasta la muerte a la Bandera de España. En el emotivo Homenaje a los Caídos mientras se escuchaba en impactante silencio los acordes del himno “La muerte no es el final”, he recordado con lágrimas en los ojos a Jorge Juan Santacilia, el hombre sabio que abandonó sus tranquilas tierras alicantinas para, aliento tras aliento,  desprenderse de todo lo que  no fuera entregar su vida y obra al noble empeño de engrandecer su patria. 

Por Elena Méndel-Leite

Documentación:


2 comentarios:

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