martes, 8 de febrero de 2011

HUMANIDADES ¿PARA QUÉ?

Por su interés, reproducimos el acertado artículo del Profesor Edgar Morales Flores, publicado en su blog ATOPÍA. Gracias por tu amable contribución, Edgar.

HUMANIDADES ¿PARA QUÉ?

Hubo un tiempo en el que las ideas de “hombre” y de “humanidad” solían poseer un halo solar y una dignidad que, siguiendo los diagnósticos del florentino Giovanni Pico della Mirandola, merecían el respeto de los ángeles, los demonios y de Dios; el humanista, vigía de las letras y las artes, era tenido como modelo universal, incluso como privilegiado sujeto al que frecuentaban musas y dioses. Varios siglos nos separan de esa emblemática Edad de Oro que ahora se antoja anticuada y cursi, y esto es porque hemos nacido, crecemos y existimos en medio de un desierto, no sólo Dios ha muerto, también el hombre y sus ideales, así que ¿por qué no sepultar de una vez por todas el cadáver y despedir a sus mórbidos embalsamadores? ¿O acaso existe siquiera un valor en la manutención de labores que giran alrededor de lo humano? ¿Por qué motivo habría que aplicar técnicas de resucitación al que yace sepultado como paria bajo los desechos de la sociedad de mercado?

La intuición que guía este pequeño texto, motivado tras la lectura del último libro de Martha Nussbaum: Not for profit. Why Democracy Needs The Humanities (Princeton University Press, 2010), radica en la convicción de que sí existen urgentes motivos para emprender el rescate de las actividades profesionales destinadas a la aprehensión de “lo humano”, i.e. las humanidades. A lo largo y ancho del planeta observamos un creciente desinterés por parte de diversos tipos de instituciones educativas, públicas y privadas, en invertir en aquello que históricamente nos ha definido, desde las entrañas, como seres humanos.

Doquier encontramos el mismo mecanismo, no importa si se trata de un modesto colegio o una gran universidad, ante la mínima provocación, ante la más estólida coyuntura financiera, sus autoridades castigan o retiran los recursos otrora destinados a las artes y las humanidades. Son tiempos en que las campanas que congregan voluntades se yerguen en los mercados y en los bancos, por eso no resulta extraño atestiguar que los razonamientos (sic) de múltiples autoridades escolares indiquen una servil obediencia al presentismo financiero. Sin duda, en situaciones de crisis económica, también son castigadas otras áreas, pero el asombro concerniente a la marginación de las humanidades radica en que ellas portan significados irrenunciables para todo aquel que desea no ser absorbido del todo en una maquinaria que sólo necesita engranes y tuercas sin humanidad. El pandemonio mercantil ha mostrado ya su capacidad de transformar a los ciudadanos en zombis displicentes, ajenos los unos a los otros, obedientes sólo a la implantada compulsión de producción de riquezas obtusas.

Si la reflexión sobre lo humano muere para siempre, si persiste la tendencia mórbida que hoy ataca a las humanidades, llegará el momento en el que no existirá ciudadanía crítica, y el ideario de las democracias, que se desean útiles más allá de los pragmatismos políticos y que se desean significativas para la construcción de mejores sociedades, habrá fracasado. No importa si las naciones logran sus metas macroeconómicas, si las riquezas se invierten en la cosificación del hombre estaremos construyendo una cultura sin espíritu, miope y dócil a los poderes que fortalecen la lógica ensimismada y perversa del dinero por el dinero. Ahora bien, cabe preguntarnos: ¿deseamos realmente vivir en un mundo así?

Existen modelos anticuados de desarrollo económico que actualmente son seguidos con espíritu dogmático por diversos gobiernos, incluido el panista mexicano, en tales modelos sólo importan los resultados macroeconómicos, no hay en ellos una vinculación comprometida y explícita con el mejoramiento de la calidad democrática, por ello en tales esquemas la calidad de vida, la apropiación ciudadana de su humanidad, sólo pasa por cifras y no por significados. Estos economicismos ostentan falacias que deben ser desmanteladas, nótese especialmente la falacia que asume que la sola producción de riquezas puede garantizar la calidad de vida de los ciudadanos (no fue así en medio del desarrollo económico sudafricano en los tiempos del Apartheid, y no ha sido así en el actual, y asombroso, crecimiento económico de China bajo un gobierno incapaz de lidiar democráticamente con sus disidentes).

Si bien las humanidades no sirven para generar riquezas (aunque varias veces lo hayan hecho en la historia), sí sirven para dignificar la existencia pues están implicadas en la calidad de vida de las personas, en la educación requerida para la construcción de un mundo solidario y en la generación de valores democráticos. Así pues, si queremos sociedades constituidas por ciudadanos críticos y sensibles, sería absurdo entregarse a esta inercia mortuoria que conduce al precipicio el cuerpo herido de las humanidades.

Los fines educativos que la Declaración Universal de los Derechos Humanos supone como obligatorios en toda nación entrañan el desarrollo integral de la personalidad en un clima de comprensión, libertad y tolerancia, y si bien las humanidades son un universo complejo y extremadamente variado (en donde incluso pueden ser halladas posturas antihumanistas), es irrefutable que aquellas son las principales promotoras del pensamiento crítico requerido en la formación integral de personas que se desean libres.

Debe quedar claro que las autoridades educativas incurren en un grave error al marginar la formación humanística haciéndola accesoria, o inexistente, y al suponer que comporta una carga inútil ante la prioridad de una educación que mira hacia la inserción laboral remunerada, y es que dichas autoridades son incapaces de conciliar los imperativos de la vida cotidiana con la orientación existencial que proporcionan las humanidades, y así condenan a sus estudiantes al liliputismo de la mera obtención de habilidades y destrezas instrumentales. Nussbaum afirma que “las democracias, alrededor del mundo, están siendo negligentes al despreciar el desarrollo de habilidades que son realmente necesarias para tener una democracia viva, consciente y responsable”[1], tales habilidades conciernen al razonamiento correcto, la argumentación clara, la autocrítica y las capacidades empáticas.

John Dewey, en su conocido libro Democracia y educación, había planteado un modelo pedagógico “socrático” en el que no cuenta la autoridad con la que se embiste un sujeto para hacer válidos sus argumentos, en dicho modelo sólo cuenta la calidad de la argumentación entre iguales. El modelo socrático de educación, seguido también por Nussbaum, asigna a la formación filosófica una tarea educativa y política de primerísima importancia: la promoción de sujetos críticos y autónomos, capaces de oponerse a manipulaciones ideológicas, no importando cuán arraigados estén los prejuicios y las creencias erróneas en la opinión pública.

El profesional de la filosofía posee, visto en esta perspectiva, una responsabilidad irrenunciable e intransferible, y así sucede con los demás profesionales de las humanidades, por ejemplo, en el ámbito de la formación artística es bien sabido que la sensibilización de los estudiantes no es fruto de un golpe emotivo sino de un arduo proceso en el que se involucra al estudiante en una alquimia emocional análoga a la vivida en la infancia en el seno familiar, y es que las emociones son entidades permanentemente educables. De ahí la confianza en que problemas sociales tan severos como la xenofobia puedan ser contrarrestados mediante programas adecuados de educación artística, programas que permitan el descentramiento del egotismo cultural y la apertura afectiva.

Las humanidades y las artes pueden así ser consideradas como las promotoras de sociedades genuinamente democráticas, pues sin ellas se tornan irresistibles las visiones parciales y dogmáticas, la cosificación del ser humano y la evasión de las responsabilidades morales en la construcción de una ciudadanía con conciencia de alteridad. Debemos aprender de los grandes humanistas la lección que consiste en no guardarse para sí el talento que les era propio, no importando si la comunicación de sus logros comportara o no una ganancia económica. De esta manera imaginemos lo ridículo de la escena de un humanista haciendo cálculos mezquinos sobre lo que va a invertir y lo que va a ganar económicamente. Si tal escena nos parece repugnante ¿por qué permitir que el mezquino sí lo haga con la obra del humanista? La humanidad tiene una deuda enorme con sus literatos, sus filósofos, sus historiadores, sus artistas, sus juristas… y tal deuda no puede ser saldada con la mera inclusión de materias del tipo “Ética para empresarios”, “Liderazgo y valores” u otras por el estilo. Es a todas luces una injusticia cultural mantener en ese fondo de parias a los humanistas y pretender, en el mejor de los casos, pagar la deuda con ficciones pedagógicas que presentan a las humanidades como dimensiones transversales (sic) en las nuevas currículas.

En síntesis, podemos dejar que las humanidades sean sepultadas por la basura de una cultura filistea, y someternos a un destino inhumano e insignificante (por no invocar los peligros de una sociedad totalitaria y criminal), o modificar nuestra actitud hacia ellas y tratar de revertir los daños que las sociedades se han infligido a sí mismas privándose del oxígeno que hace humanos a sus ciudadanos.

Por Edgar Morales Flores. Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MEXICO