viernes, 27 de mayo de 2011

GATO POR LIEBRE

Hace escasas fechas, se ha denunciado la práctica lamentable de algunas empresas comerciales que, a través de sus campañas publicitarias, ofrecen a nuestros pequeños engañosos regalos a cambio de que consuman tal o cual producto, se decidan por una u otra marca o adquieran un material mal llamado educativo pero que les da derecho a "llevarse gratis", nada más y nada menos, que un ordenador.

Parece ser que, aunque lentamente, vamos poniendo un poco de atención en defender a nuestros niños de los diversos demonios familiares que desde hace tantos años nos rodean por doquier, y de los nuevos que, entrelazados en la Red los amenazan, pero yo me pregunto si no sería más provechoso que corrigiéramos de una vez por todas las malas prácticas, sean del estilo que sean y atenten contra quien atenten.

Desde que tengo uso de razón (expresión que por absurda, merecería ser eliminada) he disfrutado primero y padecido después, miles de campañas publicitarias que incluían, de forma más o menos velada, una torpe compensación. Al principio de los tiempos, o sea hace cuarenta y tantos años, a los "mayores" les bastaba reunir una serie de cupones que les entregaban con la compra en menor o mayor cantidad y según el costo, que no el valor, del producto adquirido, y con ayuda del Sindeticón se iban pegando en una cartilla de cartón, fea y casi siempre manchada de grasa, que solía estar en la cocina  a la intemperie. Para acceder a los distintos regalos había que rellenar las cartillas y el número de éstas variaba en función de la importancia del obsequio anhelado.

Poco tiempo después, y cuando comenzábamos a disfrutar o a padecer la era del electrodoméstico y el descubrimiento de la utilidad del acero inoxidable en los hogares, las nuevas marcas de jabón destinadas a lavadoras automáticas incluían en sus paquetes -aún no existían los "tambores"- piezas, por cierto espléndidas, de cuberterías de tan novedoso material. El aluminio, el cobre y la alpaca empleados a diario fueron sustituidos y las amas de casa de los años sesenta no cabían en sí de satisfacción al disponer sin mayor desembolso, o al menos ellas lo creían, de tan bellos y prácticos utensilios.

Así las cosas, algún genio de la publicidad pensó en que podría ser mucho más rentable para su empresa-cliente dejarse de regalos para los mayores y comenzar a incluir diversas chucherías para los niños. A partir de entonces en unos y otros productos se incluían indios y vaqueros de plástico; pistolas de agua; arandelas de goma elástica para enmarcar a actores o futbolistas en el juego de las chapas; yo-yos; ranas de latón; juegos de la pulga; sobres sorpresa, sortijas del serrín (algún día les hablaré de los puestos del "serrín de a duro" de Conde de Peñalver), y demás artilugios, que costaban muy poco pero que eran suficientemente apreciados por nuestros pequeños y, por tanto, valían mucho.

-Aquí debo hacer un inciso para agradecer a una empresa suiza de chocolates, afincada en España, por ser pionera en la feliz idea de incluir en sus productos, sin aumento de precio, una serie de magníficos cromos sobre plantas y animales que muchos de nosotros coleccionamos con afán, al tiempo que disfrutábamos de la auténtica y no mermada calidad de sus deliciosas chocolatinas-.

Los años fueron pasando y llegó la televisión. Desde un principio -y según me cuentan, hoy sigue ocurriendo lo mismo- a nuestros hijos menores de cinco años no había nada que les atrajera más que los anuncios publicitarios.  Ni "Flipper", ni "Valentina, Locomotoro y el capitán Tan"; ni "Vicky, el vikingo"; ni "Furia"; ni "Rin-tin-tin"; ni "Fofó, Miliky y Fofito", ni "Viaje al fondo del mar" ni ninguno de los demás programas infantiles de la época conseguían atraer la atención de nuestros hijos como los minutos dedicados a la publicidad.

Siguieron cambiando modos y costumbres. Algún experto nos advirtió de la inconveniencia de utilizar ciertos productos y proliferaron mentiras como la de que nuestro aceite podría ser el culpable del aumento de algo maligno que recibía el nombre de colesterol, y las distintas marcas se apresuraron a cantarnos las excelencias del girasol al que hasta entonces solo Van Gogh y los miles de degustadores de pipas habíamos dado la importancia que merecía. Las bebidas rojas se  abrieron paso, para luego ser proscritas por cancerígenas, empezaron a promocionarse las comidas y bebidas "light" -ni siquiera defendimos para nuestro castellano el vocablo ligeras-.

Capítulo aparte merece la Octava Plaga de Egipto que bajo el nombre de culto a la delgadez propició el tormento de tantas familias. Alguien alguna vez tendrá que hacerse responsable del dolor, la angustia y la mortandad de niñas y jóvenes y de algún que otro muchacho, que la maldita plaga ha originado en estos años. Junto a ella, aunque de ningún modo comparable, proliferaron hasta el infinito y la nausea los potingues de variada eficacia y precio que borran arrugas, eliminan manchas, reducen grasas. En fin ¡Te convierten en hada o en príncipe encantado!

Parece ser que hoy por hoy ya es casi imposible "vender" nada, ni siquiera en política, si no es a través de una costosa campaña publicitaria. Sería estúpido negar la evidencia y rechazar este procedimiento. Lo que sí debemos exigir es que no nos tomen el pelo ni nos falten al respeto. Que cuanto nos ofrezcan incluya en su propaganda solo la verdad, con permiso eso sí de hermosearla, y puede que fuera mejor que en lugar de regalos no solicitados, de ofertas fabulosas o de anunciados milagros que nunca ocurren, se aminorara el precio de lo ofrecido y no se animara a comprar el dos por tres que sólo implica consumir innecesariamente, y que en todos los artículos se cuidara exquisitamente la autenticidad en la calidad de lo ofrecido siguiendo el ejemplo de las, desgraciadamente, escasas empresas que realizan sus campañas con gran seriedad y además son atrayentes.

Recordemos que nuestros hijos pasan muchas horas contemplando estos anuncios. Si desde tan pequeños les dan una y otra vez gato por liebre será muy difícil educarles en la honradez y explicarles que de nada sirve un deslumbrante envoltorio si en su interior se oculta el vacío, la inutilidad, la usura, la mentira ... y en casos extremos, la muerte.

Por Elena Méndez-Leite