sábado, 29 de octubre de 2011

LISTAS DE BODA

Madrid hace cuarenta años era un conjunto de barrios heterogéneos y compactos en los que se desarrollaba la vida cotidiana. Cada cual en el suyo se sentía integrado, conocido y reconocido durante toda la semana. Los horarios de colegios, comercios o trabajo eran muy distintos a los de ahora. Los colegiales entraban a las aulas enormes y frías "con las claritas de día" -creo que sólo los churreros y los panaderos abrían sus establecimientos antes que el portón de las escuelas-, y regresaban a sus hogares al caer la noche. Los jueves disponían de medio día de descanso, así como del domingo y de los días festivos, y en esos  días llenaban las calles por las que apenas circulaban vehículos, o acudían a los parques cercanos para jugar en grupo a la comba, a pídola, al escondite, a las chapas, a la piedra, a policías y ladrones, a indios y vaqueros, al fútbol, al pañuelo y a un sin fin de juegos, casi todos producto de su invención. En invierno buscaban el calor de los cines de sesión continua y programa doble, así que no es de extrañar que esas generaciones hayan proporcionado cineastas de lujo en todas las ramas de esta industria y multitud de cinéfilos a su vez.   

La jornada laboral de los trabajadores aunque algo más madrugadores, casi era coincidente con la de los comerciantes que abrían sus tiendas a las nueve de la mañana y "echaban el cierre", todos a la vez, a las siete de la tarde, sábados incluidos. Por supuesto, no había tarjetas de crédito, ni cajeros automáticos. Todo se pagaba a tocateja y era frecuente ver en algunos establecimientos populares el letrero: “Hoy no se fía aquí, mañana sí”. 

Por aquél entonces había poco que comprar, y en vez de decir: “Me voy de compras, decíamos: “Vamos a ver escaparates”, porque eso es lo que hacíamos las niñas muy a menudo, empañando con nuestra naricilla el cristal, a través del cual veíamos y soñábamos con cuentos, lápices de colores, muñecas, pasteles, telas multicolores y un sin fin de tesoros que en muy contadas ocasiones teníamos el placer de conseguir.

Comprar en domingo no se le hubiera ocurrido a nadie, como tampoco nadie habría imaginado regalar a sus amigos en el día de su boda un obsequio que figurara en una lista interminable de artículos de lo más variopinto, sin tan siquiera una foto indicativa de cómo podría ser. Por ejemplo: azucarero de cristal y alpaca; nº de referencia 4865; 6.327 pesetas. Azucarero que, aunque los contrayentes te convidaran con posterioridad a tomar café en su casa, no podrías reconocer ¡Y menos mal!  porque esas listas no  son  más que un estudiado medio para reunir unas cantidades de dinero contante y sonante que, a cambio de esa serie de artículos encargados de los que los novios apenas tienen conocimiento, y posiblemente tampoco han visto ni deseado, recibe el futuro matrimonio para el uso y disfrute de su preferencia

Tan solo un puñado de pequeños establecimientos especializados se salva ya, de lo que en su día fue una curiosa novedad, ofreciendo su buen hacer, consejo y experiencia y sobre todo, mostrando todos y cada uno de los regalos con esmero y paciencia.

No sé quien inventó las "listas de bodas", seguramente los mismos que comenzaron a abrir los días festivos, pero se quedarían descansados. Yo confieso que tuve conocimiento tarde y me traumatizó más que en su día y sucesivamente lo hicieran El Ratoncito Pérez y Los Reyes Magos. Mi autoestima de adulto sufrió un bajón apreciable porque yo pensaba que, en el fondo, este nuevo sistema era un avance, una facilidad que daban los novios y los centros comerciales para que nuestro acierto fuera mayor ¡Seré pardillo, vaya manera de hacer el ridículo!  Les  confieso que, en mi ignorancia, yo me había leído exhaustivamente, en  todas y cada una de las múltiples bodas a las que había tenido la satisfacción de acudir, un montón de interminables listas de ordenador, intentando imaginar cual de los regalos invisibles sería el más apetecido por los futuros cónyuges. Y, de repente daban con mi inocencia al traste acabando de un plumazo con la sorpresa, la ilusión, el cariño e incluso la eficacia de encontrar a un precio conveniente un regalo digno. ¿Se puede llamar regalo a algo que no escogen quienes lo van a recibir y que ni siquiera es visto por el que lo ofrece? ¿A dónde ha ido a parar el pudor de:  "quítele el precio por favor, que es para regalo"? ¿Es que tenemos ahora menos tiempo, menos establecimientos, menos facilidad de horarios que antes, para buscar y escoger algo adecuado? 

Ciertamente, los recién casados no se encuentran ya con seis  pares de candelabros, cuatro juegos de café o siete ceniceros de plata Meneses entre sus regalos. Pueden cambiar lo que no les guste, comentar la tacañería de la tía Concha e, incluso, pasar diez noches de ensueño en un hotel de lujo -como si las noches de los recién casados no fueran todas de ensueño- por haber escogido tal o cual cadena comercial como depositaria de su "lista de bodas". 

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad  y  por ello ahora hemos conseguido rizar el rizo. Cada invitación  de boda incluye una cuenta bancaria donde enviar nuestra contribución –¡Vamos! como cuando hay sucesos catastróficos, pero con un toque de alegría e ilusión – y lo curioso es que, como se ha generalizado tanto y las parejas, a las que normalmente quieres mucho, vienen con su invitación y te cuentan el viaje tan maravilloso que van a hacer, los muebles que van a poderse comprar y tienen esa mirada limpia y única de amor y sueños por cumplir......A mí, que quieren que les diga, me contagian de vida y esperanza y hasta creo que es un rasgo de sencillez y confianza, y que hay que ir con los tiempos y ....pues eso, que ya me parece hasta bien!

Lo que no sé es, si al pasar el tiempo, no añoraran entre sus pertenencias la presencia de algún objeto que sea para ellos algo más que una pieza fría, adquirida sin entusiasmo, con prisa y sin pausa cuando la necesidad lo demandó. Algo que les recuerde a aquella persona entrañable que quizá ya no está y que se presentó una tarde de mayo u octubre, antes de la boda, con su pequeño o gran envoltorio, quizá repetido o menos deseado, pero buscado con paciencia y escogido con ternura, ilusión y muchísimo amor.

Por Elena Méndez-Leite