jueves, 27 de octubre de 2011

LAS SANDALIAS

Unas sandalias. De cuero y gastadas por el pisar de unos pies deformes de tanto ir y venir, de tanto acarrear dolor y amor entre los brazos. Unas sandalias que en la sencillez de la huella de sus dedos amorfos, explican la caridad mejor que todos los tratados teológicos juntos. Unas sandalias que dejan en nada los discursos bien sonantes de quienes aprovechan el mal ajeno para hinchar su ego, esos mismos que pretenden dejar al mundo un epitafio ocurrente, una estatua más o menos conseguida, un párrafo en los libros de Historia, una placa en la calle del pueblo o del barrio que les vio nacer. Ella, estoy persuadido, no quiso legarnos otra cosa que su sombra, convencida de que al proyectarse a través de sus hijas reproduciría el perfil amantísimo de Cristo y no el suyo, que era encorvado y pequeño.

Sin proponérselo nos dejó unas sandalias, a las que habían cubierto el polvo de las veredas de los estercoleros del mundo, allí donde no hay primas de riesgo porque cada día es una lucha por sobrevivir. Y hoy esas sandalias se veneran como reliquia, ya que sostuvieron a una santa que, a pesar de su aspecto sarmentoso, fue capaz de sacudir el planeta entero con un mensaje que muchos no conocían y otros habíamos olvidado: no somos un producto trágico del azar sino hijos predilectos de Dios, un Dios que se hizo hombre y murió en un tiempo sin tiempo, pues ese es el lapso del Dios eterno. Así, Madre Teresa encontraba a Jesús agonizante y maltratado en la escoria humana que llenó sus hogares (niños abandonados, leprosos, moribundos, prostitutas, ancianos, transexuales...). Frente a ellos, sin juzgarles, se arrodillaba para limpiarlos y acogerlos con el mismo arrobo que María de Magdala pretendió emplear aquel domingo magno con el cadáver de Cristo. Las manos anudadas de Teresa de Calcuta se convirtieron en los perfumados ungüentos que ambicionaron embalsamar la carne muerta de quien ya había resucitado.

He contemplado esas sandalias en una exposición dedicada en Madrid a la Beata Teresa de Calcuta, con motivo de la JMJ. Y las he venerado con vergüenza por todo lo que tengo, por muchas de mis preocupaciones, por mi ceguera ante las necesidades de los demás, al mismo tiempo que se ha reafirmado mi fe en que Dios no nos deja solos, pues sólo la intervención divina puede explicar la expansión de las Misioneras de la Caridad en tan pocos años, su presencia en todos los agujeros del planeta, el contagio febril de esa “llamada dentro de la llamada”.

Publicado en la revista ALBA el 16 de septiembre de 2011