martes, 17 de enero de 2012

JUAN XXIII: OBEDIENTIA ET PAX

"El único reposo que un obispo debe pedir a Dios, y merecerse, es el del paraíso". Radini Tedeschi


Yo era muy joven cuando Juan XXIII accedió al Papado, y guardaba en el Misal la estampa de la figura mayestática y adusta de Pío XII. Siempre me había llamado la atención la negrura de sus ojos acrecentada por la blancura de la vestimenta papal y porque aquella imagen  me provocaba la misma sensación de veneración y temor que sentía cuando estaba en presencia de mi abuela brasileña, una espléndida mujer, de pelo blanquísimo, porte esbelto y exquisitos modales, a la que sólo oí hablar en alemán y portugués hasta su muerte, y que pervive en mi recuerdo con la misma calidez que pudiera transmitir un témpano de hielo. Seguramente fui injusta entonces tanto con uno como con la otra, pero por más que lo intentaron tirios y troyanos en el corazón de una niña no se manda y nunca sentí más allá de veneración por Pio XII y/o respeto, por ambos dos.

Así las cosas, cuando tras la fumata blanca que anunció al nuevo Papa,  pude ver en el ABC, las imágenes del Pontífice bergamasco, me dio un vuelco el corazón. La sonrisa de aquel Papa, redondito y amigable me hizo sentir bien conmigo misma, y la empatía surgió espontáneamente. Nadie la tuvo que forzar.

Ha pasado casi una vida desde aquello  pero puedo revivir aquella sensación como si fuera hoy y, con el paso de los años, he ido aprendiendo que aquella primera impresión fue acertada aunque muy pobre, y que la grandeza de Juan XXIII  no podría quedar tan sólo, aunque sea mucho, en su sonrisa, su cercanía y su apelativo de “Il Papa buono”.

Su Papado fue breve pero intenso. Sus encíclicas conservan aún la vigencia de su espíritu certero y clarividente, y la convocatoria del Concilio Vaticano II, fue uno de los acontecimientos relevantes del pasado siglo, teniendo como principales objetivos los más preciados anhelos del Santo Padre: la modernización de la Iglesia, la unión de las confesiones cristianas y la instauración de la paz en el mundo. Esta figura señera, este hombre de Dios tuvo una vida larga, plena, lúcida y santa y estos son sólo algunos apuntes de su bendito paso por esta tierra.   

Angelo Roncalli había nacido en un  frío y lluvioso 25 noviembre de1881 en Sotto il Monte, un pueblecito de Bérgamo, casi al final de la llanura Padanna,  a los pies de la colina de San Giovanni  de los Alpes.  De  sus trece hermanos sobrevivieron cinco chicos y cuatro chicas, diez en total, contándole a él. En su primera infancia padecieron una pobreza severa - su feliz pobreza-  en una casa sin agua  corriente, alimentados de patatas, polenta, algún trozo de queso y un poco de carne en los días festivos, aunque  esto no siempre iba a ser así. Sus padres, católicos de pro y trabajadores infatigables, consiguieron reunir el dinero suficiente para comprar una vaquería y en pocos años la vida de la familia mejoró notablemente.

Por entonces todo el vecindario acudía diariamente a oír Misa, no sólo porque fueran practicantes fervientes sino porque la iglesia hacía también las veces de periódico local. Allí conocían las noticias del resto de los pueblos de la comarca, la situación meteoroló-gica y las novedades acaecidas en la localidad. Así que, desde muy niño, Angelo se acostumbró al olor del incienso; a las imágenes amigas del altar, y a contarle a Dios sus travesuras al igual que hiciera con sus hermanos o sus compañeros de correrías. Pronto manifestó el deseo de ser sacerdote pero, como en casa no había una libra disponible para enviarlo al seminario, decidieron que siguiera los estudios  en el colegio episcopal de Celana, a más de diez kilómetros de su casa, y en que el pequeño nunca lograría integrarse.

Este fracaso escolar junto a  la vocación que apuntaba y el convencimiento de los padres de que aun cuando esta temprana inclinación no llegara a cuajar, el seminario era la única escuela donde Angelino podría adquirir una educación superior y una formación adecuada, animó a su progenitor a solicitar la ayuda de los condes de Morlani, donde trabajaba de aparcero. Consiguió que le adelantaran la cuota de ingreso para el hijo, y a los doce años, con un puñado de monedas y algo de comida en el zurrón, el joven Angelo partió hacia el seminario de  Bérgamo -la más católica de las ciudades-.

Tampoco la existencia allí supuso un camino de rosas. La vida era dura y los alimentos escasos, pero también lo eran  en su propio hogar, así que “el  niño de los ojos risueños,” crecía sano y feliz. Aprovechaba el trabajo y el estudio y, exceptuando las matemáticas que aprobaba por los pelos, iba superando los cursos, cada vez con mejores evaluaciones, y pronto llegó a ser  uno de los primeros de la clase. A medida que pasaban los años se acrecentaba su  pasión por  la lectura muy especialmente por Manzoni y es-cuchaba con asiduidad y entusiasmo a Donizzeti – su paisano  de Bérgamo-,  Mozart, Bach y Beethoven.

Acabó los cuatro años de teología con veinte años, 4 de adelanto sobre la edad permitida por el derecho canónico para ser sacerdote y, gracias al talento demostrado por el joven, el obispo Guindani lo escogió para ir al Apolinar de Roma, prestigioso instituto donde sólo ciertos estudiantes  laicos y eclesiásticos eran admitidos para perfeccionar su formación. Obligado por el Servicio  Militar, se ausenta durante un año, pero continúa estudiando en el cuartel, y regresa al instituto inmediatamente después de ser licenciado.

Por entonces el Derecho Canónico es la asignatura de mayor importancia y la imparte un profesor perteneciente a una ilustre familia de financieros y abogados, licenciado en letras, filosofía, ciencias políticas y jurídicas y posteriormente sacerdote, de trato gentil e indulgente: Don Eugenio Pacelli, el futuro Pio XII. Roncalli se esfuerza con éxito en  el aprendizaje del derecho pero, sobre todo, siente una fascinación especial por todo lo relacionado con la Historia de la Iglesia.

En 1904, siendo Papa Pío X, Roncalli es ordenado sacerdote en Santa Maria Monte-santo de Roma, una de las majestuosas iglesias gemelas de la Piazza del Popolo, y en 1905 es nombrado secretario del nuevo arzobispo de Bérgamo, Radini Tedeschi, tras la muerte de su protector Guindani.

Acompañando al prelado recorre Ars, Paray le Mornay y Lourdes. Y visita las 352 parroquias de su zona; atiende como Asistente Diocesano a las Mujeres de Acción, Católica; organiza  transportes marítimos para que los desocupados de Bérgamo puedan emigrar a América e imparte  clases de teología, apologética y patrología en el  seminario,  compaginándolo con  la enseñanza del catecismo a los niños, amén de un sin fin de tareas pastorales más. Es un  trabajo agotador que durará cuatro años.

Durante las frecuentes visitas a Milán en que acompaña al Arzobispo, bucea con pacien-cia benedictina en el archivo episcopal hasta que, en una de sus pesquisas, encuentra, uno tras otro, los 39 tomos de pergaminos originales densamente escritos, de la visita apostólica que San Carlos Borromeo hiciera a Bérgamo en 1575. Pletórico de alegría se lo comenta al obispo, y éste  le recomienda recabar la ayuda de Monseñor Ratti, futuro Pio XI y prefecto entonces de la Biblioteca Ambrosiana. Alentado por ambos, comienza una imponente obra sobre estos hechos apostólicos, en la que trabajaría hasta 1958, y cuyos cinco volúmenes serían terminados sólo tres meses antes de ser elegido Papa.

Los albores del siglo son tiempos políticamente difíciles. La iglesia  de Roma se debate entre la conveniencia de continuar  con el  “non expedit”, que prohíbe a los católicos participar en los comicios o, en otro caso, propiciar el apoyo de los católicos a los liberales moderados frente a las fuerzas socialistas y los bloques radicales. Los representantes de la iglesia de Bérgamo desechan las dos opciones y  abogan porque los propios católicos sean los que se presenten como tales a las próximas elecciones. Se llevan  a cabo unas sesiones maratonianas y tempestuosas entre los representantes de Roma y de Bérgamo y aunque al final Radini Tedeschi consigue una solución de consenso, algunas voces contrarias, envidiosas y desafortunadamente influyentes provocan la desconfianza de Pio X en su hasta entonces amado obispo.

Con apenas cincuenta años, Radini Tedeschi enferma de cáncer y, al propio tiempo, siente que ha perdido la confianza del Santo Padre. De esta situación dolorosa y delicada  participa primordialmente su secretario, Angelo Roncalli y  sirve para reforzar aún mas la unión -que pocos comprenden-  entre estos dos seres absolutamente dispares y extraordinarios: el Arzobispo, de porte aristocrático, austero y enérgico en sus decisiones aunque de gran sensibilidad emocional, y el bondadoso  Roncalli que, aun con un sentido innato de la diplomacia y animado por una simpatía arrolladora, no deja de ser un campesino de porte rudo, que prefiere ir paso a paso y con pies de plomo. Sólo el común deseo de trabajar a destajo, un decidido optimismo y un amor a Dios sin paliativos podía ser la causa de que Roncalli llegara a sentir un inmenso respeto y una afectuosa admiración por el obispo a lo largo de los diez años que pasó a su servicio, y  de que el obispo, a su vez, le mostrara  una confianza ciega  y un afecto sincero. En 1916 Roncalli escribirá la biografía póstuma de quien fuera para él “Amicus fidelis, protectio fortis”.

El asesinato del heredero al trono de Austria y Hungría, a comienzos del verano de 1914, da pie a la declaración de una guerra que habría de convertirse en mundial. Pio X sigue llamando fervientemente  a los católicos “a la búsqueda de la paz” pero, tristemente, pocos días después moriría de un ataque al corazón. Al día siguiente, en Bérgamo también fallecía, el obispo Radini Tedeschi. Perdía así el sacerdote de Sotto il Monte, en tan breve espacio de tiempo, a dos de sus más valiosos amigos y protectores.

Durante la guerra, Roncalli es  llamado a filas y destinado como sargento sanitario al hospital  de Bérgamo, y en marzo de 1916 es nombrado teniente capellán en el mismo hospital. La durísima experiencia de esos años le hizo conocer en profundidad el corazón humano. La guerra propició su madurez, y cuando volvió al seminario lo hizo ya como director espiritual, una tarea nada fácil en aquellos momentos en los que la mayoría de los seminaristas que regresaban del frente lo hacían con múltiples heridas  y, en muchas ocasiones, las físicas no eran precisamente  las más difíciles de sanar.

Aprovechó el futuro Papa los cuatro cuartos que le habían ofrecido como sueldo durante la guerra, para abrir la primera Casa del Estudiante que hubo en Italia, donde acogió a los jóvenes que, fuera del seminario, estaban desorientados o mal encaminados, seducidos por la “buena vida”, cuando no por  las ideas comunistas de Lenin y de la revolución de Octubre. Durante un año la dirigió y costeó de su propio bolsillo. Los estudiantes le veneraban  y tenían una gran confianza en y con él. Más tarde se ocupó también de otro grupo de jóvenes sin estudios y, finalmente, de las mujeres de Acción Católica; de las empleadas; de las telefonistas; de las prófugas; de las enfermeras; de las operarias.... compaginando todo ello con su condición de conferenciante histórico-religioso de la Casa del Pueblo. El trabajo duraba dieciocho horas, el descanso seis.

Su fama de hombre de Dios, eficaz e infatigable llegó a oídos del Papa Benedicto XV quien, previamente, había leído  la biografía sobre Radini Tedesqui que Don Angelo  había escrito y, una vez decidido que la celebración del Primer Congreso Eucarístico de la postguerra iba a tener lugar en Bérgamo, el Santo Padre llamó a Roncalli para que se encargara de los preparativos. Con gran acierto debió de llevar a cabo esta tarea, pues pronto recibió Roncalli otra misiva de Roma proponiéndole ahora como director de  la Obra de la Propagación de la Fé  A Don Angelo le costaba dejar Bérgamo, pero la llamada del Papa era la llamada de Dios y su lema oboedientia et pax,  así que, sin prisa pero sin pausa, se encaminó hacia su nuevo destino en la Plaza de España de Roma. Poco después el Papa le nombraría prelado doméstico con título de Monseñor.

Para llevar a cabo la ingente tarea de la unificación de los Consejos de Propaganda Fidei que el Papa Benedicto le encargara tanto en Italia como en el extranjero, el nuevo director se convirtió en el “Viajero de Dios”, consiguiendo la reunificación y llenando de ardor misionero a los seminaristas y jóvenes en las múltiples reuniones que mantuvo con ellos y en los congresos que hubo de organizar al efecto.

En 1922 moría Benedicto XV, sucediéndole, como Pio XI, Achille Ratti, que tanto había ayudado a Roncalli con su obra sobre San Carlos Borromeo cuando dirigía la Biblioteca Ambrosiana.

Con motivo de la celebración del Año Santo de 1925, Monseñor Roncalli es designado miembro del comité organizador. Un trabajo colosal, de la misma envergadura, salvan-do las distancias, que la que supuso el pasado verano la organización de la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid. Pio XI agradecido por la calidad del trabajo desarrollado, le nombra Arzobispo titular de Areopoli y el día de san José de 1924 se celebra en la Iglesia de San Carlo  al Corso (San Carlos Borromeo) su Consagración episcopal. Tras unos días de descanso con sus padres y hermanos en Sotto il Monte, se dirige como visitador apostólico permanente  a la diócesis de Sofia en Bulgaria.

La prepotencia y el mal gobierno tenían sumido al país en una situación desesperada de hambruna, y el odio del pueblo había convertido la zona de los Balcanes en un polvorín. Unos días antes de la llegada del vicario, Los terroristas macedonios, intentaron asesinar a Boris II en dos sangrientos atentados, que provocaron cientos de muertos, aun cuando el Rey, afortunadamente salió ileso.

Pero la situación interna no iba a ser el único problema al que Roncalli tendría que enfrentarse. A los católicos, divididos entre el rito latino y el oriental y dispersos por varias comarcas,  se les habían unido los católicos refugiados de Macedonia, pero aún así, todos ellos juntos, formaban una clara minoría frente a la comunidad ortodoxa que no les dispensaba precisamente una acogida amistosa y al propio tiempo se sentían abandonados a su suerte por la jerarquía eclesiástica católica. El nuevo visitador apostólico se propuso convencer a los fieles búlgaros de que el Papa y la iglesia valoraban en su justa medida los sacrificios que suponía su situación y, para ello, recorrió por senderos imposibles de fango y abrojos todas las zonas rurales de la región; los montes desiertos; las iglesias saqueadas y los pueblos más recónditos, ya fuera a caballo o en carruajes destartalados; con lluvia, viento o sol de justicia; escapando de los ladrones de camino, y llevando su sonrisa y su buen hacer tanto a los campesinos como a los representantes civiles, militares y religiosos de las distintas ciudades y pueblos; visitando a los enfermos; administrando los sacramentos y dejando por doquier regueros de comprensión, simpatía, sencillez, cordialidad y eficacia que no tardaron en dar su fruto haciéndole acreedor del respeto de las máximas autoridades búlgaras, tanto en sus relaciones con el rey Boris y su gobierno como en las de otras instancias de las iglesias ortodoxa y católica.

Después  de diez años en Bulgaria, y en reconocimiento a su labor, es nombrado delega-do y administrador apostólico en Turquía y Grecia. En la multitudinaria  ceremonia de despedida cuentan que a alguien se le oyó decir: “A Este Monseñor  será difícil que le olvidemos porque ha sabido ser apacible como David y sabio como Salomón.”

La llegada a Estambul fue decepcionante, su residencia, si es que podía llamarse así, estaba integrada por una serie de pobres cuartuchos; sólo contaba con un doméstico a su servicio y no disponía de carruaje más que en casos extraordinarios. El país gobernado caóticamente por Mustafá Kemal, que había establecido el culto al Estado rechazando tanto el islamismo como cualquier otra manifestación religiosa, se debatía entre los coqueteos con Europa y la restauración del esplendor de Bizancio. Roncalli, con el buen sentido que le caracterizaba, observó la situación y dejando arrinconadas sus tareas diplomáticas para mejor ocasión, comenzó una intensa actividad pastoral. Si en Bulgaria había de atender a católicos latinos y orientales, aquí además  contaba con los de rito bizantino, copto, armenio y sirio, todos ellos en permanente rivalidad unos con otros.

También aquí hubo de emprender innumerables viajes por todas las provincias, y una de sus primeras medidas fue la implantación de la lengua turca en las iglesias católicas. Poco a poco se fue ganando el respeto de los altos mandatarios y, a través de ellos, el del propio Kemal. A menudo, sus desplazamientos se prolongaban hasta Grecia, no en vano era el delegado apostólico en esa nación, que había pasado de un gobierno socialista radical a otro de derecha recalcitrante y de estricta confesión ortodoxa. No era por tanto una balsa de aceite lo que Roncalli encontró allí. Le estaba prohibido por ley  hacer proselitismo entre los ortodoxos, y la importación de textos o prensa católicos era misión imposible. Pero, en esta ocasión, si rescató y desplegó su faceta diplomática y, de nuevo, su simpatía y buen hacer fueron  ganándose el respeto y la confianza del rey Jorge y de su gobierno. No así la del obispo ortodoxo Damaskinos, que emprendió su propia cruzada en contra.

Aquellos años fueron muy duros en el plano personal para nuestro arzobispo. Alejado de su familia desde hacía años, falleció primero su padre y en menos de dos años su madre. Los que fueran siempre su guía, su apoyo  y su ejemplo no pudieron contar con el consuelo de tenerle junto a ellos a la hora de la muerte. Poco después, el Papa Pío XI  que le había ayudado incondicionalmente desde sus primeros pasos como sacerdote, también fallecía en la distancia. Una constante en su vida había de ser el que, cada vez que se le reconocían sus méritos con un nuevo nombramiento, perdiera a alguno de sus familiares o amigos más queridos. Así le sucedería, años después, al ser nombrado Cardenal, con la muerte de su queridísima hermana Ancilla.

Y de pronto, el estallido atroz de otra guerra mundial. Esta vez capitaneada por un demente, y con unos efectos más devastadores que la primera. Turquía se mantiene neutral y, quizá por ello, el espionaje internacional convierte a Estocolmo en un lugar clave para sus actividades. De nuevo la capacidad de Roncalli se pone de manifiesto. Consigue obtener informaciones valiosas a través de un sin fin de curas y monjas que le sirven de enlace en los distintos países, informándole de la situación de los católicos en cada uno de ellos, y ayudándole a salvar a niños y adultos judíos siempre que la ocasión se presenta, al tiempo que su trato afable con los diplomáticos que frecuenta, le facilitan datos sobre el desarrollo de la guerra en los distintos frentes que le conciernen, a fin de  encontrar refugio a la gran cantidad de hebreos huidos de sus propios países.

En 1941, Don Angelo acude a Atenas invadida por Mussolini, destrozada, sangrienta y sin víveres, y en la que los campos de concentración nazi encierran a la mayor parte de  jóvenes supervivientes de las distintas batallas. A gran parte de ellos visitó el Arzobispo, ya fuera en las cárceles, en los campos, o en sus míseros escondites y, no sólo les llevó su bendición y su consuelo, sino que trató por todos los medios de conseguir autorización para formular una solicitud urgente de  ayuda internacional. Como quiera que Damaskinos estaba haciendo otro tanto con sus fieles, Roncalli propició una reunión con él en la que le propuso que unieran sus fuerzas en una tarea común. Nadie sabe como pudo vencer la radical antipatía que el patriarca ortodoxo le había mostrado, pero el caso es que, al final de la entrevista,  un comunicado conjunto afirmaba: Todos los días mueren mil griegos de hambre. Nosotros- Damaskinos y Roncalli- tenemos que hacer algo, y nosotros lo haremos. Después de esto, ambos se dieron públicamente el signo del perdón que en ambas iglesias se simboliza con el beso de la paz, y con alma y vida pusieron manos a la labor.

En diciembre de 1944 Roncalli abandona Oriente y emprende camino hacia su nuevo destino como nuncio apostólico en Paris, y el primero de enero presenta sus Cartas Credenciales a un gélido Presidente del Gobierno Provisional: Charles De Gaulle.

La situación a la que se enfrentaba ahora Roncalli volvía a ser peliaguda ¿Cuándo no? Los representantes de la iglesia católica en Francia habían sido preteridos y acusados de colaboracionistas por  haber continuado con los oficios religiosos y con su actividad pastoral tras la ocupación de Alemania, y por haber acogido en sus templos a comba-tientes católicos alemanes. La indignación del pueblo y de la Resistencia francesa contra ellos era evidente, pero la ira de sus gobernantes no era menos preocupante. De nuevo el Arzobispo Roncalli debería usar de toda su capacidad y buen arbitrio para deshacer el maldito entuerto que había agriado las relaciones entre la Santa Sede y la Nación francesa.

En Paris no contaban con muchos datos sobre el nuevo nuncio y dudaban de las habilidades diplomáticas de Su Excelencia quien, una vez más, hubo de sobreponerse a las contrariedades de un juicio previo aunque erróneo. Comenzó convirtiendo el Palacete de la nunciatura, donde iba a residir, en un lugar digno, elegante  y acogedor  en el que un gran comedor daba ocasión de albergar a más de cincuenta comensales y en el que, sin tardar, se reunieron las personalidades más relevantes de la sociedad francesa: literatos, políticos, científicos, artistas, hombres de empresa y magnates disfrutaron de su hospitalidad  asombrándose gratamente del exquisito gusto y atenciones de su  anfitrión y, sobre todo, de sus dotes de conversador versátil y ameno y su afabilidad de trato.

Esta atención a las clases elevadas no supuso, de ningún modo, el descuido de su acción pastoral. Recorrió las ochenta diócesis del país y, no contento con eso, se desplazó a las colonias africanas donde se acercó a los más humildes. Recorrió Túnez, Argelia y Marruecos de una parte a otra, incluyendo pueblos y poblados. Como de costumbre supo ganarse la amistad y simpatía de los franceses y de sus representantes, que, en esta ocasión, eran los más exigentes en materia diplomática y de protocolo. El pueblo galo lloró sinceramente su marcha cuando, en 1953, Monseñor Roncalli hubo de liar sus bártulos por enésima vez al ser nombrado Cardenal y Patriarca de Venecia.

El nuevo Cardenal regresaba a su tierra, y el recibimiento de los venecianos fue espectacular. Durante el recorrido desde la Plaza de Roma a la inefable Basílica, cientos de góndolas, botes y barcas quisieron acompañar a su pastor en una explosión de alegría, mientras el rostro de Roncalli se iluminaba con una sonrisa amplia y emocionada y alzaba los brazos saludando incesantemente a sus compatriotas. Bajó al muelle de la Plaza y entró en San Marcos, comenzando uno de los más bellos discursos que se recuerdan con estas palabras: Ecce homo, ecce sacerdos, ecce pastor... El pequeño Angelino de Sotto il Monte volvía sencillamente a su casa, a la tierra que le vio nacer.

La estancia en Venecia supuso por fin un soplo de aire fresco para el futuro Papa. Acometió la construcción de más de treinta iglesias, aumentó el esplendor de la Basílica y modernizó las casas de los canónigos que estaban en situación lamentable.  Recorría en las barcas de vapor municipales los barrios más pobres de la ciudad, se paraba con cuantos ciudadanos querían conversar con él. Paseaba tranquilamente por la Plaza de San Marcos saludando a las buenas gentes, o acudía a las representaciones teatrales mezclado con la multitud. Por otra parte había establecido que todos los días durante tres horas se permitiera acudir a su palacio a cuantas personas necesitaran de su ayuda, su consejo o su ministerio. Si había inundaciones allí estaba como un cura cualquiera; si tocaba la banda municipal, allí acudía Roncalli; si había enfermos que visitar, en el hospital se le podía encontrar. No hubo iglesia en la que no predicara, ni dejó de confirmar a ningún niño de las distintas parroquias, y cuando alguien se alarmaba por   tanta disponibilidad y acercamiento con el pueblo, él les respondía: Es que a mi me gusta mucho el trato con la gente.

Pero no todo iban a ser mieles en la Serenísima En el festival de cine  anual se estaban introduciendo películas de dudosa moralidad, sin contar con el exhibicionismo, a menudo escandaloso, de las divas del séptimo arte, así que Don Angelo volvió a sacar del armario de su diplomacia, lo más exquisito de su francés para dirigirse a ellos, animándoles a buscar la belleza moral además de la estética en sus producciones cinematográficas, todo ello con palabras suaves y convincentes, sin herir susceptibi-lidades, pero con la rotundidad del que sabe lo que está bien y lo que está mal.

Más duro fue con los expositores de la Bienal de Arte, especialmente con los encargados de la selección de las obras expuestas, ya que algunas trataban de forma irreverente, cuando no ofensiva, los temas religiosos. Reconocía con afabilidad la dificultad de excluirlas pero instaba a que se evitaran todas aquellas que atentaban contra la moral o los principios de la fe católica. Su tono fue tan amable y convincente que, en la siguiente Bienal, al visitar el Cardenal todos y cada uno de los pabellones comprobó con satisfacción que se habían seguido sus criterios de selección de manera exquisita. Agradecido invitó al Palacio Arzobispal a todos los artistas y expositores y animó después al clero de Venecia a que “no dejaran de visitar tan hermosa muestra”.
Poco tiempo después, en una apacible tarde otoñal, una llamada telefónica le pone en guardia. El Santo Padre está enfermo de gravedad y se teme por su vida.

El Patriarca de Venecia llega a Roma en un triste Día del Pilar de 1958. Acaba de fallecer el Papa Pacelli, Pío XII,  y todos los cardenales acuden al Conclave que habrá de elegir al nuevo sucesor de San Pedro. Roncalli ha dejado cosas pendientes en la ciudad de los canales y desea volver cuanto antes. Confía en que la elección no se alargue. Se habla mucho sobre si habrá Papa italiano o extranjero, de derechas o  de izquierdas, incluso podría ser de centro reformista, hasta que, de repente, alguien propone ¿Y por qué no un Papa de transición? Y mira a Don Angelo intencionadamente. En ese momento, y por primera vez, al cardenal Roncalli le invade una sensación de  terror ante la posibilidad de que ese comentario pueda llegar a hacerse realidad, pero sólo será un miedo pasajero. Su particular Huerto de Getsemaní. Cuando el 25 de octubre se dirige, con el resto de los Cardenales, a la Capilla Sixtina, su alma está preparada para aceptar, sean cuales  sean,  los designios de Dios...

Por Elena Méndez-Leite

Nota: El día 28  de octubre ante una multitud apiñada en el Vaticano, el Cardenal Canalli se asomó al balcón de San Pedro: Nuntio Vobis gaudium mágnum: Angelum Iosephum Roncalli. Un grito unánime de felicidad llenó la Plaza. La figura amiga de Juan XXIII apareció con su inmensa sonrisa, abrió los brazos para impartir la bendición urbi et orbi, y todo el Universo se llenó de paz.

Bibliografía: 
Juan XXIII de Leon Algisi. Traducción al castellano: Guillermo Gutiérrez Andrés S.J. Editorial Sal Térrea, Santander, 1960