jueves, 15 de noviembre de 2012

EL TERCER CIPRÉS

"El secreto de la vida es intercalar
entre palmera y palmera un hijo pródigo 
y a la derecha del viento y a la izquierda del loco 
conseguir que se filtre una corona real
Levántate cada día a hora distinta

y entre hora y hora

compóntelas para incrustar un ángel". 

Gerardo Diego (Te diré el Secreto de la Vida)


Érase una vez que,  en el año de gracia de 1996, tuvo lugar en nuestro pueblo de Pozuelo un acontecimiento desconocido para muchos de sus actuales moradores que yo les quiero relatar, y este no es otro sino que  Gerardo Diego, maestro en la vida y de la vida, señor de la palabra, vino a descansar para siempre entre nosotros. Como quiera que él fuera amante de la prudencia y el silencio, quizá muchos de ustedes no sepan que está dormido junto a su ciprés, otro ciprés hermano del de Silos, en estas vecinas tierras del alfoz madrileño. Cuentan las crónicas de esta localidad que, cuando se  iban a cumplir diez años de su presencia aquí, coincidió el centenario de su nacimiento y se prodigaron los actos de homenaje a su memoria y… hablando de cipreses, hacía tiempo que no acudía yo a las serenas tierras burgalesas, donde se ensancha el alma hasta casi no encontrar espacio que la abarque, en esos atardeceres gregorianos desbordados de cantos y tañidos de campanas; de piedras cinceladas con ternura, de arrullos de las fuentes y de la amable gente que cruza sus sonrisas por empinadas calles, morenas de los soles de Castilla. 

Prácticamente, al cruzar la carretera tras la visita a Silos, otro vestigio de historia se levanta, el antiguo Convento de San Francisco que, prodigiosamente reconstruido, ofrece al caminante, bien dirija sus pasos a Santiago o termine su periplo en la Abadía silense, un confort  re-cuidado y  remirado en medio de un tapiz de girasoles en amorosa paz y reposado silencio. Por si eso fuera poco, entre sus muros de nueva factura  se brinda al peregrino, huésped o no, una exposición permanente sobre las Órdenes Monásticas, que es soberbia muestra de erudición, amenidad y buen hacer y que, como muchos tesoros que alberga nuestra Piel de Toro, pocos son los que han tenido la fortuna de visitar.  

Pues bien, a más de esta estancia, que para mí ya forma parte de los recuerdos dulces  y entrañables, venía yo a hablar hoy de Don Gerardo, del que se cumplía en aquel mes de octubre de 1996 el centenario de su nacimiento. A lo largo y ancho de nuestra España se sucedían los homenajes a este cántabro de bien que no solo fue, como decía D. José Hierro, “el inventor de la generación del 27”, sino prosista, musicólogo, amante de la pintura, gran conocedor de la fiesta del toro, maestro de maestros, caminante de todos los caminos, esposo, padre y amigo bueno.

En ese verso único e interminable que fue la vida de nuestro gran poeta, hay una multiplicidad de afanes y aficiones que hallan luego reflejo en su prolífica obra. Conocerla no solo nos enriquece anímicamente sino que nos ayuda a desgranar y comprender toda la diversidad de tonos y matices que se entremezclan en esta España nuestra  y en los que en ella moran. ¿Cuantos, aún después de los cuarenta, seguimos recitando versos?

Estoy convencida, porque fui testigo accidental, de que D. Gerardo, como casi todos los que han sido grandes, pasó por la vida sigilosamente. Lo encontraba a mi paso, cuando era casi niña, en muchas ocasiones. La cercanía de mi colegio con su Instituto del alma, el Beatríz Galindo, hacía que a menudo nos cruzáramos por la calle de Goya al terminar las clases. Andaba yo por entonces escribiendo mis primeras rimas y aprendiendo guitarra. Recuerdo, como si fuera ayer, una tarde en que mis padres se detuvieron para charlar con D. Regino Sainz de la Maza, otro admirado y querido vecino nuestro, proseguimos después nuestro habitual recorrido de verano que solía terminar al llegar a Colón y, al volver calle de Goya arriba, vimos avanzar pausadamente a D. Gerardo. Cuando pasó junto a nosotros, papá y él se llevaron la mano al sombrero, mientras mamá decía; "fíjate hija, si te aplicas mucho a lo mejor algún día puedes escribir como Don Gerardo o como Josefina (de la Maza) y tocar la guitarra como Regino". Mi padre -que hoy también está dormido aunque un poquito más lejos de casa-, la miró sonriendo y dijo simplemente "¡Ay Lola, no dices tú nada!". Así supe yo entonces, cuando era casi niña, que me había cruzado con dos hombres fuera de serie, y que lo más hermoso es que, de tan sencillos y amables, yo no les notaba nada de particular! Quizá fuera en ese momento cuando aprendí, ya para siempre, que cuanta mayor es la valía de una persona, más natural y menos pretenciosa se muestra.

Pero volvamos a aquel centenario de Gerardo Diego en el que vieron la luz, en ediciones cuidadas y magníficas, todos los textos que aún permanecían en la oscuridad para la mayoría de nosotros, al tiempo que tuvieron lugar innumerables actos programados, no solo a lo largo y ancho de nuestra geografía, sino por distintas ciudades europeas y americanas, a los que se unieron, poetas, traductores, escritores, e intelectuales y eruditos del mayor nivel. Se organizaron mesas redondas; tertulias, recitales, conferencias y ediciones bilingües o trilingües de diferentes e insignes literatos de aquí y de allá y el verbo fue protagonista absoluto de jornadas inolvidables en las que nuestros grandes poetas vivos nos releían, cada uno en su idioma y ,como ellos solo saben, su  bendita palabra. 

Yo sigo recordando aquellos días y sigo releyendo los poemas del cántabro universal y cercano, y espero que en los años venideros, entre tanto sinsentido propiciado, sean cada vez más quienes escriban versos, quienes reciten poemas, quienes se conviertan en juglares  avanzados de un mundo que, sin ellos, se va quedando cada vez más yermo. Que no se apaguen los ecos de su voz al acabar este primer centenario, que sigamos nosotros, o quienes nos sucedan, atentos a propagar sus ideas en rima o prosa, que ahondemos en su obra, porque es demasiado extensa para dejarla exhausta en unos cuantos años. Se necesitan  por lo menos otros cien  para saborearla, asentando firmes los cimientos, para que este querido convecino que reposa a la sombra de su ciprés tan cerca de nuestras casas, permanezca por siempre en nuestro corazón y su voz nos despierte cada mañana con acierto.

Quisiera por último decirles, ahora que casi nadie nos oye y en confianza que, de entre todos los actos posibles, de entre todos los homenajes que merecidamente se le rindieron, se me quedó el alma prendida de tres palabras, las que le dedicó su hija Elena, quien, tras muchos años de terminar la jornada con los pies cansados y los ojos enrojecidos de tanto bucear en todos y cada uno de sus hermosos textos y de recitar poemas que le devolvían al padre dormido, porque solo así conseguía reanudar con él el diálogo a través del silencio, ella, que es, sin lugar a dudas y con todo derecho, la primera de entre todos los gerardianos, tuvo, por fin entre sus manos la edición recién sacada del horno de la que fuera la primera obra de su progenitor; el "Romancero de la novia". En aquél instante se borraron esfuerzos y penas y mirando fijamente una fotografía del profesor que colgaba del techo de un enorme salón repleto, le ofreció el libro con sus manos blancas y alzando la voz como jamás antes lo hiciera, le dijo sencillamente, ¡ESTO ES TUYO, PADRE!... y yo estoy segura de que él la escuchaba sentado a la sombra del tercer ciprés que alguien plantó para él y sólo para él, allá donde quiera que se encuentre el cielo.

Por Elena Méndez-Leite