lunes, 11 de marzo de 2013

TODAVÍA EXISTEN SOFISTAS

Herodes Atticus (101 - 177 d.C.)
El sofismo, dice que ninguna actuación puede ser considerada "buena ni "mala" en sí misma. Que todo depende de la "opinión" (dóxa) de los sujetos. Es moralmente bueno lo que a ellos les parece moralmente bueno, mas sólo durante el tiempo en que se lo parece. Y no existe –dicen- ninguna conducta que pueda ser considerada en sí mima censurable. Los primeros que ejercieron la profesión de sofistas, se limitaban a las letras y las ciencias humanas, pero dejaron al margen la religión. Se abstuvieron de disputar sobre cosas en que cualquier decisión pudiera conmover a la gente común del pueblo.                                                                

La palabra sophistes significaba maestro en sabiduría. Y como tales se presentaban, simulaban saber, de todo: astronomía, geometría, aritmética, música, pintura… Pero no buscaban la verdad, sino mostrar su apariencia de saber porque esta apariencia, les revestía de cierta autoridad. Enseñaban el “areté” para quedar a la altura de las circunstancias políticas de su época. La palabra areté, traducida generalmente como virtud, no tenía entonces las connotaciones morales que la virtud tiene ahora. “Areté” era "lo que es propio de". Y eso era el dominio de las palabras para ser capaces de persuadir a otros. De "Poder convertir en fuertes los argumentos más débiles", diría Protágoras que decía también que con las palabras se puede “tanto envenenar como embelesar”.

Pero su “arte de la persuasión” no estaba al servicio de la verdad sino de los intereses del que hablaba. A eso, los sofistas le llamaban "conducción de almas", Platón diría, más tarde, que realmente era "captura de almas”. Por cierto, el platonismo con su creencia en la inmortalidad del alma, fue una predicción del cristianismo. San Agustín dijo «Nadie se ha acercado tanto a nosotros». Los sofistas, decía yo, no eran filósofos tal como hoy se entiende el término, no creían que el humano fuese capaz de conocer una verdad que resultara válida para todos. Cada quien tiene "su" verdad -enseñaban-. Pero su arrogancia no era tan ciega como para aventurarse al peligro de tener que beber la cicuta por la osadía de mantener una opinión contra la creencia de las mayorías. No olvidaban que, por ese motivo, Sócrates tuvo que hacerlo porque el magno ateniense dio en oponerse a las supersticiones con que las personas trastornaban el culto que se daba a los dioses.

Yo no sé si nuestros tiempos habrán dado de sí alguien asimilable por talento a aquellos Sócrates, Platón y Aristóteles, pero me parece que no. Los Sofistas sí, ellos se otorgaban a sí mismos la categoría de Sócrates o Platones modernos. Para esos “filósofos”, entre comillas y con minúscula, no existían diferencias entre Mahoma, Jesucristo, Confucio o Moisés. Toda religión, decían, es pura invención política, todo es superstición. Lo que a mí sí me consta, es que las instituciones civiles y los estados, han hecho degenerar al hombre de su propio ser natural. Y sé, por la simple experiencia de mis ya muchos años, que los poderosos constituyen una especie de clan con pocos escrúpulos que pretenden imponer una forma de esclavitud generalizada. Pero nada menos que Voltaire, un personaje nada beatífico, nos dijo que "es ignorancia supina creer que el alma humana puede ser sólo materia". Si los sofistas se contentaran con profesar la religión que eligiesen, sin meterse a reformadores del mundo, entonces, tal vez, Dios juzgaría su causa. Y es que, en ocasiones,  el talento, y aun la ciencia, se limitan a la ostentación. Los decretos morales, resumidos en cuerpos científicos, deberían moderar las costumbres para gobernar a los pueblos, y para que el hombre lograse en este mundo la felicidad. Pero esos decretos amontonados en el cerebro de los sofistas, servían sólo  para conseguir autoridad y renombre entre un puñado de literatos de la misma cuerda. Y lo que más sorprende en el proceder de ciertos nuevos maestrillos de opiniones envejecidas, es la insolencia con que acometen a los defensores de la religión, siendo ellos, como son, tan obstinados en defender sus opiniones.

La Filosofía es una ciencia excelsa que enseña humanidad, moderación y honestidad. Pero ni aun la verdadera concede privilegios especiales a esos maestrillos, para maltratar a los que quieran defender sus voluntariamente elegidas doctrinas. Y ellos, refugiados en el carnet de “filósofos de guardia”, lanzan mordaces sátiras contra el clero y los propios fieles.  Les concedemos todas las ventajas que ha logrado el género humano, por los simples “inventos filosóficos” de sus dos o tres poetas, y de una veintena de verdaderos intelectuales,  que ejercen la facultad de hablar o escribir mal de todos, sin que nadie intente defenderse de sus chismes y habladurías, porque cualquier tipo de defensa, sería calificada por ellos de fanatismo.

Sus esfuerzos supuestamente intelectuales, sus exclamaciones más mímicas que verbales, y su actitud ante el prójimo, intentan hacer creer a los demás, que todas las religiones del mundo son una en sí. Señores, hemos nacido en un tiempo en el que los filósofos ya no nos engañan, ni se contradicen. El Raciocinio y la reflexión han logrado ya la certeza que echaban de menos los antiguos que se ejercitaban en averiguar el por qué de las cosas. Y es que los Sócrates, los Platones, los Aristóteles, y otros genios de la antigüedad griega, que dieron principio a la formación de las letras y las ciencias, no acabaron de encontrar la Verdad. Aquellos sabios que conocieron la falsedad de la mayor parte de las religiones que dominaban entonces el mundo, no pudieron substituirla por un conocimiento más exacto de lo que era la auténtica Divinidad. Y es que acaso, el conocimiento de la Razón humana estaba reservado para el siglo XX. Pero pienso que si sólo la Razón es suficiente para que el hombre sea religioso según la intención de su Creador, necesariamente habrá de enseñar a todos los hombres un mismo dogma puesto que la verdad es sólo una. Por eso, la filosofía moderna intentó forjar una nueva concepción del mundo y de la sociedad y, aunque en principio, no prescindió de la influencia religiosa, reclamó la resolución de los problemas mediante la libertad de razonamiento. Abandonó gradualmente las verdades absolutas, intentando sustituir lo divino por lo humano, y resolvió zanjar la polémica entre la fe y la razón en favor de esta última. La nueva filosofía contribuyó a la liberación de la individualidad; y esta contribución fue simultánea a la lucha por la liberación de los grupos nacionales que pugnaban por quebrar el imperialismo medieval. Por eso, aunque sólo de algún modo, la filosofía moderna se vincula al surgimiento de los nacionalismos. Otro semblante del pensamiento moderno es el intento de acercar la filosofía y la ciencia. En esa época comenzaron a estructurarse las ciencias naturales, entendidas como un sistema de conocimientos rigurosamente clasificado y verificado. Y el pensamiento moderno acabó convirtiendo a la filosofía en colaboradora de la ciencia. A partir de ese momento, fue  frecuente que una misma persona reuniera la doble condición de científico y filósofo. Galileo y Newton son  buenos ejemplos de ese importante cambio.

La filosofía moderna se  suele dividir en cuatro periodos: el Renacimiento, el Racionalismo, el Empirismo y la Ilustración. Hacia 1350 surge una crisis social debido a las epidemias de peste: las gentes se refugian en los burgos y se produce una concentración de la población. Se paraliza la agricultura debido a la disminución de mano de obra, debido a las epidemias, por un lado, y a las migraciones, por otro.

Ante tal situación, el régimen feudal (que se basaba en un compromiso entre el señor y el vasallo por el cuál éste le trabaja la tierra y el señor le defendía, decae tanto que el feudal se ve obligado a comprar la mano de obra. Así surgió, señores, la burguesía, un concepto que, en principio, se refería a los habitantes de las ciudades llegados del campo, pero que pasó a designar una nueva clase social que, frente a la aristocracia, descubre que la fuente de riqueza es el trabajo, y lo hace con la afirmación de que “el hombre vale lo que produce”. También las naciones modernas surgen con la burguesía, realmente son un fenómeno burgués, porque el poder de los reyes fue creciendo en las ciudades, estando las monarquías amparadas por el capital burgués. La transformación del poder y el régimen feudal monárquico aportó como consecuencia la unificación de las leyes, que hasta entonces eran múltiples y variadas. Por cierto, Marx considera que es en esa época es cuando surge el capitalismo.

Si reuniésemos  a todos los filósofos y  les preguntáramos sobre cada uno de los puntos que aquí tratamos, yo les adelanto que no coincidirían en sus decisiones. Para demostrarlo, haré un experimento sobre la marcha: someterme a las enseñanzas de los Filósofos con mayúsculas, ya que uno ha nacido para someterse a un orden acomodado. Pero ¿Cuál es ese orden? Unos me dirán que la regla a seguir es el interés personal;  otros, que hay que obedecer el impulso de las pasiones. Aquél que me acomode a la ordenación general.  Alguno opinará que tenemos alma y otros que no. Incluso habrá quien diga que no se sabe si la tenemos, o que importa poco que la tengamos.

Continuamente leo las palabras Optimismo, Materialismo, Fatalismo, y otros tantos “ismos” que me hacen ir de aquí para allá, sin saber  a qué atenerme.  En cualquier caso, la felicidad humana ni puede, ni debe estribar en opiniones porque, de lo contrario, ya no sería felicidad sino congoja, y angustia.

Poco nos importa a los hombres comunes  no saber qué son los púlsares (estrellas con neutrón altamente magnetizado) o resolver una ecuación cuántica, porque ni una ni otra cosa contiene el resultado de la humanidad. Pero sí nos  importa mucho, saber cómo debemos actuar, hacia dónde dirigir éticamente nuestros pasos, y conocer qué objeto tienen nuestras acciones, porque si lo ignoramos, nunca acertaremos a cumplir con el orden establecido para nuestra propia naturaleza.

Si leemos a Karl Raimund Popper (Viena 1902/ Londres 1994), filósofo, sociólogo y teórico de la ciencia.) Leyendo, digo, en Popper los fundamentos del Optimismo, encontraremos las mismas razones que aducían los antiguos platónicos. Si estudiamos a Claude-Adrien Helvétius (París, 1715 / Versalles 1771)(su apellido puede españolizarse y escribirse "Helvecio”), observo cómo se fatiga en hacerme creer, que no hay otra virtud en los hombres que el interés, aunque Protágoras le arrebata la gloria de haber sido el primero en decir  tal absurdo.

En los Estoicos, encuentro al mismo tiempo el fatalismo y el materialismo.  Y en los Epicúreos descubro la inutilidad de la Providencia.  Claro que ya dijo Aristóteles que “Los tiempos pasados son regularmente la imagen de los venideros”, y lo estamos comprobando, pasarán siglos y la Imaginación, en el estado de estancamiento en que hoy se halla, no enseñará a los venideros más que lo que enseñó tres mil años atrás a los Egipcios, los Caldeos y los Griegos. Porque siempre habrá Optimistas, Fatalistas, Materialistas y otros “listos” y “listas” que harán ruido, porque siempre habrá personas que gusten de hacer ruido.

Entre los Hebreos hubo pocas sectas, porque su Revelación daba una idea de Dios más cierta y sublime que la que podría dar la razón de todos los hebreos juntos.  Ellos caminaban sin guía y buscaban cuanto podía sugerirles la débil luz de la razón;  inventaron todo lo inventable en estas materias. ¿Qué dejaron, pues, por hacer para sus posteriores?.  Yo creo que, simplemente, repetir un mecánico empleo de la verdad.

Voltaire, del que ya hemos hablado, que no era precisamente un beato, dijo que “Adorar a Dios y ser justo son las precisas obligaciones del hombre,  y que todo lo demás depende del arbitrio”. Pero ¿a qué Dios debemos adorar?, ¿Al de Epicuro, al de Espinosa, acaso al de Helvetio?. Otro importante pensador, el francés Montesquieu (1689/1755), nos  sugiere el suicidio, como si aconsejara un gran bien. No, debemos adorar al Dios verdadero, no hay duda; pero ¿como sabremos cuál es el auténtico, si cada uno de éstos me dice con mucha formalidad, que el genuino es el suyo?

En vano se cansó el ginebrino Rousseau en probar que el riguroso ejercicio del Cristianismo no es “a propósito para criar buenos soldados”. Debiera haber considerado, que si los hombres se subordinaran a la exacta observancia de la Moral cristiana, no habría tanta necesidad de soldados en el mundo, ni los Estados experimentarían las turbulencias en que hierven hoy por la inobservancia de dicha Moral.

Figúrense nuestros filósofos el sistema de un mundo cristiano tan puro, que todos los individuos observasen la Ética y la Moral a rajatabla. Entonces comprenderían que no es posible  dar un ejemplo más justo, pacífico y benéfico que el predicado por Jesucristo.

Como habrá comprobado, amable lector, me he atrevido a contradecir los sofismas de la filosofía actual, exponiendo en su contra las verdades de una razón, sujeta a los decretos del Dios que la creó. No sé si este análisis desempeñará cumplidamente el propósito que yo me había propuesto. En todo caso, me conformo con haberlo intentado.

Pero, por favor, contrapongan ustedes mis argumentos particulares con los  anti-cristianos, y decidan en consecuencia. Los puntos principales que he intentado demostrar son,                        la corrupción del hombre, la flaqueza de la Razón;  y la necesidad, acaso, de una  nueva Revelación…

Esta conferencia, muy ambiciosa en su concepto, aunque modesta en su desarrollo, escrita en diversos tiempos, y con distintos humores, no ofrece, desde luego, un cuerpo de doctrina.  Es más, si tuviera que empezar a escribirla, confieso que no me atrevería.

Sin embargo, las posibles pruebas que confirmarían mis propuestas, darían un amplio campo a la meditación del juicio y a la amenidad del ingenio. Si por suerte algún día cayeran en mentes más talentosas que la mía, se verían probadas, a mi parecer, la libertad del hombre y la necesidad de que en sus obras haya moralidad intrínseca, así como la inmortalidad del alma, puntos sobre los que versan principalmente las controversias de los sofistas.

En fin, creo que resulta tanteada, hasta donde mis posibilidades lo han permitido, lo que sería gran merced de una nueva Revelación, porque si ésta tuviera lugar, no quedaría el menor refugio a los sofistas para seguir opinando que los dogmas del Cristianismo son contrarios a la Razón. 

Por Juan Antonio Cansinos