viernes, 29 de marzo de 2013

¡VOCABOR FRANCISCUS!

Había pasado más de una hora lluviosa desde que el humo blanco anunciara la buena nueva. La Plaza de San Pedro era un hervidero de paraguas multicolores bajo los que aguardaban los rostros esperanzados de cientos de seres humanos que alzaban los ojos, impacientes por ver abrirse las puertas del balcón por el que haría su aparición el nuevo Obispo de Roma y Guía espiritual de la Iglesia Católica.

Curiosamente todos los rostros parecían contentos a pesar de desconocer quién iba a calzar, a partir de ahora, las sandalias del Pescador. En verdad pensé, ésta no es una elección al uso. La mayoría de los presentes habría sido bautizada, pero muchos de ellos a duras penas cumplirían con los Mandamientos de la Iglesia. Escasamente un puñado de los presentes conseguiría algún beneficio material fuera quien fuese el elegido; nadie de entre ellos habría podido votar a su candidato favorito; ninguno era conocedor de su programa de actuaciones; no habían visto su rostro repetido hasta la saciedad en los medios de comunicación ni habían escuchado sus promesas, y ni tan siquiera conocían a sus adversarios, si es que los tenía; no contaban por tanto con el menor dato orientativo que justificara su permanencia allí en medio de aquel gentío en esa tarde de perros, ni mucho menos era fácil de entender que todos ellos compartieran esa sensación de paz interior, de alegría compartida, de ilusión colegiada que se mascaba… pero allí estaban.

Como hace tiempo que he descubierto que hay pocas cosas tan breves como la vida misma, disfruto presenciando los acontecimientos trascendentes, únicos e irrepetibles, antes de que me los cuenten. Y me dirán ustedes, ¿irrepetible un cónclave? Pues sí,  porque aunque  ya han sido varios los que han tenido lugar durante mi paso por este mundo, en cada uno de ellos ha variado el paisaje y el paisanaje y, sobre todo, mi circunstancia y yo nunca hemos sido los mismos. Por tanto allí estaba ahora frente al televisor y mientras aguardaba, me entretenía en rodar mentalmente mi propia película en cinemascope y technicolor en la que veía a Jesús, con el que me había cruzado hacía apenas unos meses por las calles de Jerusalén, elaborando junto al Padre y al Espíritu -Misterio de misterios de nuestra fe- aquel primer cónclave en lo más profundo del corazón. ¿Por qué decidiría nombrar a Pedro, sabiendo que a las primeras de cambio le traicionaría? ¿En qué medida aceptarían los primeros cristianos el cambio de líder? ¿De qué manera conseguiría Dios que aquel puñado de pescadores y campesinos seguidores del Maestro fueran capaces de hacer germinar una semilla que no ha cesado de crecer, contra viento y marea y a pesar de todos los pesares, a lo largo y ancho de  más de dos mil años?…

En el siguiente plano fueron apareciendo, como en un fantasmagórico collage, posiblemente entresacado de las pinturas de los clásicos; de nuestra riquísima imaginería o de los filmes más o menos afortunados de las Semanas Santas de mi infancia, los rostros desdibujados de los cientos de pontífices que dejaron para bien, y en más de una triste ocasión para mal, su impronta en la historia terrenal y divina de la cristiandad. Cuando por fin mi imaginación descansaba del variopinto recorrido en la figura familiar y querida del Padre amigo Juan XXIII, un enorme griterío me sacó de mi ensimismamiento y lo primero que alcancé a escuchar fueron las palabras del anciano cardenal protodiácono francés: “Vocabor Franciscus”. Me había perdido todos los datos previos, pero los tres Franciscos; Javier, Borja y el Poverello me eran tan familiares como el pasillo de casa; había estado en Asís poco antes del fatídico terremoto, y la región de las Marcas tan cercana a Umbría me es tan querida como el Sansebas de mi alma. Así, mientras ese flash se hacía hueco en mi mente se asomó al balcón la figura nívea, serena, de apariencia sencilla e intrascendente del nuevo Papa que, según se aproximaban las cámaras, crecía en humanidad dejando asomar una sonrisa abierta sin ambages ni artificios, y volví a disfrutar en lo más profundo de mi alma de aquella sensación de cercanía de mi niñez, cuando las páginas de huecograbado de ABC exportaron desde Italia la sonrisa de Angelo Roncalli, aquella sonrisa que fue capaz de inundar de bondad y ternura los mejores años de nuestra vida. ¡No podía creer que aquello se había vuelto a producir una vez más!

Han ido pasando los días y he podido comprobar con una alegría hoy ya razonada, motivada y no por ello menos sentida que, en estos momentos en los que humana y materialmente somos tan deficitarios; en los que todo un sistema establecido parece venirse abajo; en los que el relativismo moral, el laicismo radical, y la debilidad de la fe, alejan a Europa de las raíces cristianas haciendo crujir los cimientos de una civilización que amenaza ruina, nos llega desde Argentina un hijo de emigrantes italianos que, huyendo de pompas y boatos y desafiando todos los estúpidos estándares establecidos, nos pide humildemente que recemos por él; abraza a propios y extraños, se honra con su pobreza, predica la alegría y el optimismo a los cuatro vientos y dedica su primera alocución a predicar la bondad y la fraternidad entre los hombres mientras que sin el menor empacho, pronuncia desde el primer púlpito del mundo ¡POR FIN! esa palabra de la que tantos tienen miedo o les provoca un pudor absurdo: TERNURA.

Estamos malacostumbrados a la prepotencia de quienes nos gobiernan en casa y en la ajena, a las predicas ex cátedra de todos esos que en muchos casos no pasan de  maestrillos ciruela. Nos abruma al excesivo buen concepto que de sí mismos tienen los políticos; los empresarios, los sindicatos, los divos de cualquier ramo, incluida la parte non sancta y reprobable de nuestra iglesia, empecinados todos en sus errores sin reconocer jamás que ninguno está en posesión de la verdad absoluta y que nadie de entre ellos podría arrojar la primera piedra. Así que resulta espectacular comprobar el éxito mundial que este mensaje humilde ha producido en tirios y troyanos. Sin duda éramos muchos, incluso sin ser conscientes de ello, los que estábamos sedientos de sencillez, de razón, de fe, de esperanza y de caridad, virtudes que en modo alguno están reñidas, sino todo lo contrario, con la capacidad, la espiritualidad, el buen hacer, la preparación, la profunda formación o el nivel de inteligencia de nuestro recién entronizado Pontífice.

Hoy que hasta las torres más altas han caído, yo estaba necesitada de esa bondad, como creo que lo están muchos de cuantos a mi lado, creyentes o ateos, andando como bola sin manija, sobrellevan un calvario provocado por otros en algarabía, y sufrido por ellos en silencio. El mundo precisaba de esta revolución pastoral que se anuncia ya en los primeros  gestos del Papa criollo, tendentes a procurar que los predicadores sigan los pasos de la figura evangélica de Cristo, no esperando a que las gentes entren en las iglesias sino saliendo a buscarlas por calles y plazas, como Él hiciera en Jerusalén, como Bergoglio repitiera en su Argentina natal,  pobre y entregado pero sereno y valiente.

Hoy entiendo con rara nitidez, la renuncia de nuestro Papa emérito así como el ”no tengáis miedo“ de Juan Pablo II con su mensaje de santidad, eucaristía, reconciliación, importancia de la gracia y anuncio de la palabra. Cobran otra dimensión los textos del sabio Papa emérito y se descubre el hilo de una madeja eficazmente tejida y devanada más allá de nuestro humano intelecto, y hasta comprendo la ironía del desastre de que no haya habido un solo acierto en los diferentes pronósticos leídos y escuchados sobre el perfil del que había de ser el nuevo Pontífice. Decididamente esta no es una elección al uso.

A estas alturas deben ser ya muy pocos los que ignoren la vida y milagros del Papa Francisco, que no será primero hasta que llegue el segundo. Ha habido una avalancha de información que conviene saborear despacio separando la paja del trigo. Comienzan a aparecer publicaciones de sus entrevistas más notables; sus frases más señaladas, su biografía pública y privada; sus filias y sus fobias.

Nos va, dejando pistas de su futura actuación tanto en sus palabras como en sus silencios. No es fácil olvidar su desprecio por el obispo infiel al que niega hasta el favor de una mirada, como no lo es, el respeto palmario por todos y cada uno de los miembros de la prensa que han cubierto su entronización, cuando casi solicita su permiso para ofrecerles su afecto y su oración interior por temor a herirlos, para no lastimarlos...

Dios escribe derecho en renglones torcidos. No sé de qué manera lo ha sabido pero el caso es que contra todo pronóstico, nos ha traído a Francisco quien, abriendo de par en par el balcón de su sonrisa, ha hecho que nos sintamos queridos y respetados, y que vuelvan a recobrar su auténtico sentido las benditas palabras del Padrenuestro, porque somos conscientes, maravillosamente  conscientes, de que no estamos huérfanos.

Por Elena Méndez-Leite