viernes, 15 de marzo de 2013

LORCA EN EL RECUERDO

Han pasado casi dos años desde aquél once de mayo en el que la tierra tembló y volvió a temblar bajo los pies de los lorquinos; desde que nueve de sus vecinos perdieran la vida; desde que las gentes, con el terror en la mirada, deambularan con sus maletas por las calles durante el día y durmieran en sus vehículos, o en el refugio habilitado para ello, por temor de que sus casas se vinieran abajo; desde que los niños dejaran de tener escuela; desde que las estructuras mostraran serios daños; desde que la preciosa botica del palacio de Guevara oyera, a más de su famoso fantasma de medianoche, el temido vaivén de sus preciosos tarros en peligro de muerte; desde que el perfil de uno de los cascos históricos señeros del barroco español, viera borrarse de un plumazo todo un conjunto de nobles casas solariegas, reducidas a fachadas fantasmagóricas; desde que las puertas y ventanas de muchas de ellas solo permitieran el acceso a los escombros… a la nada.

En los primeros momentos había que salvar vidas antes que haciendas, había que restaurar el espíritu y la carne antes que la piedra y el patrimonio, por lo que sin pérdida de tiempo, más de cuatrocientos soldados entre la Unidad de Emergencias y el Ejército de tierra acudieron en socorro, trasladando heridos, habilitando alojamientos, acordonando edificios, cumpliendo, en fin, con su deber más allá de lo exigible, mientras que distintas ONGS restañaban los ánimos, secaban lágrimas y cuidaban de que los pequeños volvieran tímidamente a sonreír. Más tarde comenzó la recuperación de esta ciudad hermosa por sus cuatro costados, que presentaba, por vez primera desde los bombardeos de la contienda fratricida del 36, una imagen dañada, agrietada y herida hasta donde la vista alcanzaba.

Tras las primeras inspecciones, las casas se habían convertido en inmensos semáforos que, pintados de verde, amarillo o rojo, anunciaban a sus moradores si podían volver a ellas en el primer caso; si tan sólo podían acceder para recoger lo más básico o querido en el segundo, o si, desafortunadamente, no podrían regresar a ellas nunca más. Sus iglesias mostraban serios daños. Su Fortaleza del Sol, uno de los Castillos de origen medieval de mayor envergadura de nuestro país también asomaba sus llagadas murallas mientras una de sus dos torres, la del Espolón, enseñaba las fatídicas huellas del desastre.

Por si esto fuera poco, y en medio de tanta desolación, tres meses después la naturaleza volvió a declararse enemiga y las riadas inclementes causaron la muerte de otros tres vecinos y arruinaron a su paso la cosecha de la  huerta lorquina.

La pena y el desconsuelo se apodera entonces de este pueblo herido sin merecerlo, muchos de sus habitantes tienen que huir no solo de la ciudad sino de la región, pero nadie se arredra y, poco a poco, con la ayuda de propios y extraños van consiguiendo que el paisaje y el paisanaje recuperen su antiguo esplendor, pero son tantos frentes abiertos y la situación económica tan preocupante -y no sólo en esta España nuestra-, que según van pasando los meses y el auxilio escasea, el desaliento lanza su zarpa feroz ante la cantidad de estructuras dañadas que van apareciendo y lo ingente de la tarea que parece no tener fin, y a eso hay que sumar la tardanza de las subvenciones que se prometieron en un principio y ahora tardan ya demasiado en llegar.

Aun así, todo va volviendo a la normalidad. La Colegiata renacentista de San Patricio, espléndido Monumento Histórico Nacional, que comparte con el Ayuntamiento del siglo XVII, el Palacio del Corregidor la emblemática Plaza de España y que sufrió las consecuencias de la catástrofe se va delineando. También la iglesia de San Francisco considerada como otra de las joyas de la corona de Lorca encorsetada de andamios va saliendo de su marasmo.

El Palacio de Guevara que, desde su donación al municipio, cumplía las veces de museo, y que quedó perjudicado seriamente teniendo que ser desnudado de muebles y enseres para proceder a su minuciosa recuperación, se ha ido saneando con esmero y va a ser exhibido en los próximos días de Semana Santa, para que cuantos acudan a disfrutar de estas Fiestas, declaradas de interés internacional, comprueben sin impedimentos la belleza arquitectónica de esta construcción singular en todo su esplendor.

El Conservatorio, que  lleva el nombre de uno de sus vecinos más ilustres: Narciso Yepes, cuya estatua preside el magnífico patio, ha zurcido de forma magistral sus grietas amenazadoras.

Podríamos seguir así hasta llegar a enumerar la casi veintena de edificios del patrimonio lorquino que han sido o deberán ser rehabilitados con gran esfuerzo económico y con no menor entrega, vigilancia y cuidado, para mantener intacto su valor artístico y monumental, pero nos llevaría muchos folios ir describiendo una por una todas las actuaciones que se han llevado a cabo con paciencia benedictina en estos dos años de Camino del Calvario.

Terminamos, por tanto, volviendo al Parador, que comparte terrenos aledaños al Castillo,y que estaba en plena construcción a la hora del terremoto. Ya ha sido felizmente inaugurado el pasado año por S.M la Reina y se sitúa como espléndido albergue junto al resto de una oferta hotelera de primera clase, deseoso de acoger a todos aquellos que quieran gozar de un turismo de calidad y de contribuir, al propio tiempo, al renacimiento de este cachito de nuestro territorio que hoy nos llama; nos necesita; nos quiere.

No conozco a nadie en Lorca, pero he sufrido con todos ellos y he querido poner mi humilde granito de arena describiendo someramente su buen hacer, su esfuerzo y padecimiento, porque sé que somos un pueblo solidario, y como quiera que quedan ya pocos días para la celebración de las Fiestas de Semana Santa, que allí fueran declaradas Patrimonio Internacional. Sería fantástico que los que aún no han resuelto cual va a ser su destino vacacional decidieran acercarse a estas tierras para disfrutar de la  bondad de su clima y de la exquisitez de su gastronomía; asistir a sus originales y distintas procesiones y desfiles bíblicos en los que se incluye el Paso más antiguo de España obra de Salzillo padre;  bañarse en su lluvia de flores, admirar la riqueza de las carrozas, la magnificencia de las imágenes vestidas con riquísimas telas y primorosos bordados, participar del fervor de sus gentes y de la ilusión y el entusiasmo de niños y mayores; visitar los museos del Paso blanco y el del Paso azul, que las dos cofradías con mayor tradición y rivalidad de la Villa cuidan y atienden con esmero, y regresar días después a sus casas con los ojos bendecidos por esta experiencia inolvidable, recompensados por el calor y la gratitud de sus gentes, tras saborear el precioso regalo de compartir con ellos tiempo y vivencias y de haber aportado un rayo de amistad y esperanza a estos hermanos nuestros  ¿Hay quien dé más?

Por Elena Méndez-Leite