martes, 22 de octubre de 2013

CRUCE DE CAMINOS: ISABEL

Conocí a Isabel hace ya tiempo, por cuestiones laborales, el día en que cumplió cien años. Nunca, hasta aquel momento, había tenido ocasión de felicitar a nadie en su centenario, y reconozco que, aunque me causaba cierto pudor invadir su intimidad en tan señalada fecha, acudí a su hogar con un respeto infinito y una alegría que a mí misma me chocaba, puesto que yo no sabía nada de ella ni de los suyos y, sin embargo, deseaba vehementemente encontrarme con aquella mujer, quizá porque por entonces se me estaban cayendo, uno a uno, casi todos los palos del sombrajo y, sin saber por qué, comenzaba a ser consciente de que algo en mí iba muriendo, poco a poco. Sentía la necesidad de fundirme en un abrazo con esta mujer, como si de ese modo pudiera encontrar la fortaleza necesaria, para seguir viviendo, al igual que ella, silenciosa y dulcemente, un puñado de  años más.

En los días previos a esta visita repasé en algunos viejos textos los acontecimientos más significativos de la época en que Isabel había venido al mundo, porque  la memoria flaquea y quitando el, por entonces, tan traído y llevado centenario del cine, apenas contaba con datos frescos para comprender como habrían sido los primeros caminos en los que, mi desconocida amiga, había comenzado su peregrinar. Soy consciente de que la vida de cada uno raras veces tiene que ver con lo que sucede a cuatro manzanas, pero necesitaba un escenario para comenzar.

Aquel siglo que fuera concebido como el de las grandes esperanzas rebosante de sabios, filósofos, escritores y artistas como nunca antes se había visto, había traído al mundo la terrible primera guerra mundial, el crack del 29, el terror de Hitler, el lanzamiento de la bomba atómica, Vietnam, Ruanda, los Balcanes y la guerra interminable del Oriente Próximo. “Sangre sudor y lágrimas!”.

Sea como fuere, fui pespunteando en mi cabeza los acontecimientos de  aquel fin de siglo en España donde sin salir de casa, los carlistas revoltosos se habían levantado en armas, mientras que en la lejana Cuba, miles y miles de nuestros compatriotas habían muerto en una guerra absurda y cruel, como crueles y absurdas serían en mayor o menor medida todas las guerras que, desde dentro o desde fuera, irían amargando algunas etapas negras de la vida de Isabel.

En la otra cara de la moneda, se dibujaba la efigie de una nueva Constitución y en un Madrid en relativa calma, se comenzaba a hablar de su zona Oeste como nuevo pulmón de la Capital. Los nombres de María Guerrero, Albéniz, Benavente, Galdós, Benlliure, Machado o Azorín, sin ir más lejos, no formaban parte aún de ninguna enciclopedia, porque eran sencillamente,  los de gente próxima, jóvenes emprendedores y deseosos de triunfar.

Cuando Isabelita iba a cumplir once años oía, sin apenas escuchar, que en el patio todos hablaban y no paraban de un acontecimiento feliz, y al igual que mucho después Madrid  se engalanara para la boda de nuestro Príncipe en el Palacio Real, en tropel acudieron entonces los madrileños a las puertas de Los Jerónimos, invadiendo calles y plazas, para ver a su Rey, en el día de su boda, sin saber que Mateo Morral tenía sus propios y nefastos planes. ¡Vaya susto, señor!

De Santander llegaron los primeros tranvías eléctricos que comenzaban su recorrido por los madriles sin tenerlas todas consigo; se creaban los primeros clubes de fútbol, y la historia de amor de las mil y una noches entre nuestra Anita Delgado y el Maharajá de Kapurtala enternecía a todas las jovencitas de la ciudad. Se inauguró la Plaza de toros de Vista Alegre y apareció el fotógrafo y la cocina eléctrica y la radio -.su radio-,… ¡y aquella espantosa guerra que no acaba nunca y ,por fin, la paz ¡Quiera Dios que definitivamente instalada! y la tele, y luego el viaje a la luna y… De todos esos acontecimientos y de cuantos se fueron sucediendo a lo largo y ancho de estos cien años, esos que han ido formando parte de la historia oficial y oficiosa ¿Cuántos conoció y cuántos ignoró nuestra buena Isabel, cuántos de ellos formaron parte integrante, o al menos, quizá sin que ella lo advirtiera, tuvieron algo que ver con su propia vida?

Porque las vidas privadas de cuantos vamos haciendo la pequeña historia de cada día tiene, como decía, poco que ver con los eventos magnificentes, tanto para bien como para mal, pero sus consecuencias a menudo sí que influyen en nuestro devenir cotidiano, y, sobre todo, no podemos evitar que nuestra existencia sufra cambios traumáticos si nuestro país se ve arrasado por un cataclismo, sea de la índole que sea aunque, a pesar de todo, la mayoría sobreviven… sobrevivimos.

¿Cómo puede producirse el milagro de adaptación de un ser humano a los extraordinarios cambios que han ocurrido en el siglo pasado y en el actual.  Ese milagro capaz de conseguir que alguien siga conservando ese aspecto, de dulce indiferencia, de comprensión infinita que tantas veces había visto en mis mayores y que ahora mostraba Isabel, sentada apaciblemente al abrigo de las faldas de su mesa camilla, desde la que hacía años contemplaba calmas y tormentas con su toquilla de punto y su sonrisa de andar por casa?

Desafortunadamente de Isabel solo conocí unos pocos detalles, demasiado pocos y demasiado insignificantes. Era pequeña, limpia y enternecedora, aunque firme y despierta a la vez. Su tono de voz era fresco y sorprendentemente jovial amable y rotundo. Había trabajado todos y cada uno de los días de su existencia “aunque ahora, hija mía sólo soy un trasto viejo”. Tenía trece bisnietos que venían a hacerla arrumacos y la llenaban de besos. Estaba rodeada del cariño de los suyos y los que la conocían bien aseguraban que, a pesar de su edad, no tenía pelos en la lengua. Confiaba en Dios y cada día le pedía salud para todos y que todos fueran buenos ¡Ahí es nada!

No pude hablar mucho más con ella porque la casa estaba a rebosar, pero el abrazo si que se lo di y bien largo… me hubiera gustado volver una tarde cualquiera y otra y otra y que me contara cosas de su vida, de esas que nunca podré encontrar en las hemerotecas. Ella me dijo “venga cuando quiera, esta es su casa”… y lo bueno es que se notaba que lo decía de verdad. Pero… no pudo ser.

Lo he dicho ya en muchas ocasiones porque estoy convencida de ello. Lo importante  no es lo que somos o lo que tenemos, sino los seres humanos que vamos encontrando y perdiendo en algún cruce del camino. Aquellos que permanecen ya siempre en nuestro recuerdo porque fueron capaces de darnos aliento, ternura, bondad o amor.

Por Elena Méndez-Leite