domingo, 3 de julio de 2011

EL SIGLO DE PERICLES

"El mundo está lleno de maravillas, pero nada es tan maravilloso como el propio hombre". Sófocles.

Allá por los años 400 antes de Cristo, entre las guerras Médicas y las del Peloponeso y en una tierra árida, cargada de olivos, hermoseada de cipreses, sembrada de viñas, entre aromas a tomillo y romero, y rodeada de montañas boscosas, vio la luz mediterránea el que había de ser como rezaba su nombre, El cubierto de gloria: Pericles, hijo del prestigioso General Jántipa y de la noble Agarista, pertenecientes a la antigua aristocracia ateniense.

Dice Plutarco que “la conformación de su cuerpo no tenía defecto, pero que la cabeza era muy prolongada y desmedida por lo que en todas sus estatuas se le retrata con yelmo no queriendo, al parecer, mortificarle los artistas”. A decir verdad, en todas ellas aparece un hombre de noble y risueño rostro, aunque los que lo conocieron afirman que era arrogante en el tono, grave en el andar, parco en sus ademanes e imperturbable en el decir.

Político y hombre de estado ateniense, fue honesto, virtuoso y de intachable educación. Las artes militares disciplinaron su cuerpo y maestros de la talla del filósofo Anaxágoras, del sofista Protágoras y de Heterodoxo, considerado como el padre de la historia, moldearon su pensamiento. Capitaneó  los dos primeros años de la Guerra del Peloponeso  y desde los treinta años, y durante otros treinta años más, formó parte de la vida pública helena.  Se unió a los pobres y desvalidos, -la plebe-, evitando las invitaciones y halagos de los poderosos, con evidente desprecio de los bienes materiales y una moral férrea e incorruptible. Venció a la oligarquía imperante -capitaneada por Tucídides- y llegó a ser líder del partido democrático y strategas autocrator, gober-nando Atenas con innegable prudencia y sabiduría, mediante una democracia directa en la que el ciudadano, hijo de padre y madre ateniense, no elegía a sus representantes sino que intervenía directa y obligatoriamente en las votaciones de la Asamblea de su ciudad.

Eminente orador dotado con una voz dulce a la par que potente, y una prodigiosa facilidad de palabra, vencía en la batalla y convencía en la paz. Promocionó las Artes y la Literatura  y cultivó la amistad de los dos grandes exponentes del teatro griego, Sófocles y  Euripides, convirtiendo a Atenas en la capital cultural de la Antigua Grecia.

Al propio tiempo, preocupado por enriquecer la belleza de su Ciudad hacia el cielo, ya que la sequedad de su suelo tan sólo permitía el cultivo de los descoloridos cereales, se puso en contacto con los grandes arquitectos Ictino y Calícrates y bajo su dirección se comenzó la reconstrucción de la mayoría de las obras de la Acrópolis, erigiendo además el bellísimo Partenón en mármol blanco del monte Pentélico, en honor de la diosa Atenea, cuya estatua de Fidias debía custodiar. Parece ser que también convocó a Hipodemo de Mileto, considerado como el precursor del planeamiento urbanístico, para que se hiciera cargo de la construcción del Pireo, el famoso e imprescindible puerto de Atenas, lo que no sólo engrandeció el patrimonio artístico de la Ciudad sino que proporcionó empleo y dignidad  a un gran número de ciudadanos atenienses, que habían estado expuestos a la necesidad, cuando no a la hambruna.

En el ámbito militar Pericles mantuvo siempre la convicción de que el poderío de Ate-nas se hallaba en relación con la mar y, por ello, la mayor parte de las batallas que diri-gió contra los persas en las Guerras Médicas, o  contra  los espartanos en la Guerra del Peloponeso a lo largo de veinte años, fueron de carácter naval. Aun cuando nunca emprendió ninguna de ellas sin haber agotado todas las vías pacíficas y de diálogo previo con sus  adversarios, posibilitando que en pleno siglo V, y ya dentro de sus fronteras,  tuviera lugar un Congreso de la Paz en el que participaron todas las ciudades helenas. Algunas voces críticas, aún hoy, lo consideran mejor político que estratega, pero otras tantas defienden a capa y espada su probada capacidad militar. Digan ....que de Dios dijeron.

En su vida personal Pericles tuvo una existencia plena y rica, no exenta de los éxitos y fracasos que todo político íntegro debe sobrellevar. Tras un primer matrimonio infeliz del que tuvo dos hijos a los que adoraba y  hasta el momento en que tuvo que presenciar la muerte de sus dos hijos mayores y de su propia hermana a consecuencia de una epidemia de peste conocida como la Plaga de Atenas, no supo lo que la aflicción de esta pérdida dañaría su cuerpo y su espíritu. Se sumió en un dolor indescriptible, del que ni todo el amor y el consuelo de su segunda compañera y madre de su hijo Pericles el Joven, la turca Aspasia de Mileto le pudo reconfortar. Mujer muy bella, de gran inteligencia y exquisita educación, aunque cuestionada por muchas mentes, envidiosas de la gran influencia que esta maestra de retórica y logógrafo* tenía en la vida social y cultural ateniense de la época, Aspasia fue durante veinte años una compañera fiel y una valiosísima colaboradora  para su amado Pericles que, a despecho, de los calificativos denigrantes de sus enemigos, y fueran o no ciertos, convirtió su hogar en un centro cultural y un foro político, donde se reunían la flor y nata de la sociedad ateniense o se encontraban  con sus amigos sofistas para el debate y la confrontación de ideas, ejes imprescindibles para un buen desarrollo de la democracia.

Las burlas del destino hicieron que este griego entre los griegos muriera un otoño ocre y seco, en otra epidemia de peste como la que se había llevado a sus hijos poco tiempo atrás. Sólo después de su muerte sus conciudadanos tomaron conciencia de la importancia que esta inconmensurable figura representaba no sólo en la historia de Grecia sino en la  de la humanidad.

Han pasado tantos siglos que resulta curioso en estos tiempos ir saboreando muy despacio la visión precursora del discurso fúnebre de Pericles, porque nunca es tarde para apreciar la sabiduría y reconocer que, en lo que al ser humano se refiere, hemos avanzado como los caracoles y seguimos arrastrando nuestra concha sin que, hasta el momento, hayamos sido capaces de liberarnos de la carga de necedad, odio y envidia que arrastran nuestras vidas empeñados en erigir un imaginario partenón de mármol inmundo en el que la ambición custodia, no a la hermosa Atenea de Fidias, sino al  indigno dios Mammon aún vivo en este siglo XXI  y ...¿por toda la eternidad?

*Así eran llamados los prosistas o historiadores anteriores a Herodoto, así como los retóricos griegos que componían discursos o defensas para otros.

Bibliografía: 

Pericles Fabio Máximo. Vidas Paralelas de Plutarco. Traductor: Bernardo Perea Morales. Ed. Gredos 2010. 
Historia de La Guerra del Peloponeso (Parte II) de Donald Kagan. Traductor: Alejandro Noguera. Edhasa, 2009.
La Atenas de Pericles de Cecil Maurice Bowra, Traducción de Alicia Illera. Alianza Editorial, 1983. 

Por Elena Méndez-Leite