jueves, 11 de agosto de 2011

A CARA DESCUBIERTA

A la hora señalada, las seis y media de la tarde de este sábado aún lleno de luz, cerré los ojos, agarré muy fuerte la mano de la abuela y me planté de nuevo en nuestro Boulevard de San Sebastián. Caminábamos muy juntas entre una multitud de gente que, al igual que nosotros, procedía de mil y un lugares distintos y distantes. Hace catorce años que asesinaron a un hombre joven, lleno de vida e ilusiones,  y nos habíamos reunido allí para compartir el dolor de todo un pueblo que gritaba a los cuatro vientos ¡BASTA YA!

De pronto comprendí que mi imaginación me había jugado una mala pasada, efectivamente era sábado, pero un sábado de hacía más de  cincuenta años. Había mucha gente, pero paseaba tranquila y bulliciosa, se acercaba a la tómbola, saludaba a los amigos y respiraba en paz. 

Mañana, antes del baño, iríamos al Buen Pastor, y el lunes, como siempre, subiríamos en el funicular a Igueldo para montar en el carrito del pony,  ya que en la montaña suiza-que no rusa- las abuelas no nos suelen dejar.  Al atardecer cambiaríamos cromos en Ondarreta y al día siguiente -¡ay, que no llueva!- cogeríamos el tren a Rentería, a Zumaya o a Hernani, y ¡a merendar! Así es como entonces, verano tras verano, pasábamos los días y, sin darme apenas cuenta, se me fue enganchando el alma a esta preciosa ciudad. 

Mis recuerdos de las vacaciones en "Sanse" son todos hermosos. Los de mi primera niñez brotan imprecisos, tiernos y hasta con su pizca de sal y de pimienta, porque aquella niña de ojos grandes y genio endemoniado, era entonces difícil de gobernar: Los paseos al atardecer por la Concha; el amanecer de los días lluviosos; el olor a sal; los escaparates de ensueño; los chistularis que, a menudo, encontrábamos por el Casco Viejo y, lo que aún hoy continúa chocándome, ni una sola imagen turbadora o extraña, ni una pena sufrida, ni un mal gesto. A los niños y jóvenes de entonces nos mantenían en una estufa almohadillada contra el dolor.

La memoria de mi adolescencia, adquiere mayor cuerpo y nitidez, implica un enamoramiento paulatino de la ciudad y de sus gentes. Recuerdos de los caseríos entre montañas verdes y frondosas y de esa bendita mar enfurecida y bravía del Cantábrico persiguiendo al Urumea y bañando de espuma el puente de Santa Catalina. De aquellas tardes de espera, los días del Festival de Cine, hundida e ignorada en los sillones del María Cristina, mientras los periodistas disparaban sus flashes, y las actrices  del momento pasaban junto a mí, recorriendo luego la alfombra roja que les separaba del Victoria Eugenia y dejando un halo de glamour y fantasía que me acompañaba durante el camino de regreso a casa de una querida amiga nuestra, que confeccionaba los sombreros más bellos que he visto en mi vida. Allí me alojaba yo mientras mis padres asistían al Festival y allí me encontraba la hora bruja de la noche asomada al balcón del cuarto piso, viendo todos aquellos tejados y tejadillos familiares, por los que merodeaban gatos de variopinto pelaje, acompañando mis horas de ensoñación y poesía.   
  
La vida ha ido pasando, o nosotros por ella, y tan solo he vuelto allí en una ocasión. Dicen que no se debe volver a los sitios en los que se ha sido feliz, y yo temía que el idílico recuerdo que conservaba de Donosti, se quebrara como un cristal. Nada más lejos de la realidad. Nunca he sentido mayor paz y sosiego que al volver a recorrer las calles de mi bellísima San Sebastián, de la que puedo decir, después de que los años me hayan llevado por rutas tan dispares, y a pesar de que la estufa de mi niñez saltara en mil pedazos, que sigue siendo para mí la ciudad amada. ¡La Bella Easo es ya para siempre mi Brigadoon!

Por todo este bagaje de viejas emociones, abro hoy los ojos a la realidad, en este sábado del año 2011, en el que aún quedan vestigios de salvajes por estas tierras nobles de nuestra España toda, en el que a tantos compañeros del alma les han segado la vida o la esperanza, en el que tantos niños se quedaron huérfanos de la noche a la mañana y sin sentido; en el que no hay palabras en ningún diccionario del mundo capaces de aliviar tanta injusticia, tanto dolor, tanto terror absurdo. 

Con los ojos bien abiertos sí, me uno a todos los españoles de bien, ya sean vascos, gallegos, catalanes, castellanos o ceutíes, mallorquines, asturianos o cántabros, andaluces o extremeños, valencianos, murcianos, aragoneses, navarros, madrileños, melillenses, canarios o riojanos. Ninguna de nuestras regiones se ha librado, de alguna u otra manera, del zarpazo propiciado por la fiera terrorista. En espíritu, me uno a la protesta de la razón contra la fuerza, con el único medio que anima y sostiene a los hombres de bien: con la palabra. Nos ha costado mucho conseguir que este trozo de piel de toro acoja en sus entrañas a todos por igual, que cada cual exprese sus ideas con la frente  bien alta y sin rebozo, que caminemos juntos por las calles de un próspero país que fue capaz de reinventar la paz y la confianza a golpe de esfuerzo, renuncia y tolerancia. Entre todos los que estamos en la orilla de la libertad, y porque somos casi todos, tenemos que conseguir desterrar a ese puñado que intenta arrebatarnos un pedazo de nuestra España y el derecho a una vida común y en paz, bien sea  con un tiro en la nuca, con un coche bomba, o con el silencio cómplice que ampara el terror. Son muchas ya las veces que he dejado en estas páginas amables, los ecos de remembranzas, y vivencias, arropadas por un talante de sencilla cordialidad, pero hoy el dolor se me agolpa en los sentidos y, por ello, quiero que sepan que seguimos en pie, que no es más valiente el que no tiene miedo, sino el que es capaz de sobreponerse a él para defender aquello en lo que cree y por lo que se ha ido dejando jirones de piel en esta lucha. Mientras que a uno solo de nuestros hermanos le destrocen la vida en cualquier rincón de nuestra tierra, saldremos a las calles sin antifaz y a cara descubierta, lloraremos por los que nos han arrebatado, y luego a seguir con nuestra vida, cada cual en lo suyo sin desmayo, disfrutando cada día, como si fuera el último, de todo lo que tenemos, y trabajando serena y duramente, esperando confiados en que llegue pronto el día en el que ya no tengamos que paladear el amargo sabor del terror al despertar.

Por Elena Méndez-Leite