domingo, 14 de agosto de 2011

JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD Y JUVENTUD EXTRAVIADA

"Los jóvenes de hoy no parecen tener respeto alguno por el pasado ni esperanza ninguna para el porvenir". Hipócrates (escrito en el siglo IV a. C.)


Los años de progresía, junto con la destrucción de valores y el relativismo instaurado en la sociedad occidental, están incendiando Londres. Allí, de forma similar a lo que ocurre en otros muchos países de la vieja Europa, un importante sector de la juventud, ha perdido –le han arrebatado- las referencias adecuadas. 

Una educación empobrecida en favor de lo supuestamente útil o inmediato; la contemplación del esfuerzo, el sacrificio y la dedicación como algo nocivo para la salud o lo que es peor, para nuestra felicidad; la destrucción y el acoso a la familia; el nefasto ejemplo de padres y adultos en general; el desprecio por cualquier tipo de espiritualidad y la lesiva política del subsidio a cambio de nada, han convertido a una parte de la juventud europea en seres desarraigados de la vida, que apenas son capaces de vislumbrar, a través del cristal translúcido de la ignorancia y la incertidumbre, sus responsabilidades y un futuro que nunca acaba de llegar. Una juventud atrincherada en los agujeros de la droga y el alcohol; algunos, los que pueden permitírselo, extraviados en los abismos del consumismo incoherente, en la utilización inadecuada de las nuevas tecnologías, o en las modas de pachanga, vocingleras y extremadamente volátiles. Otros sencillamente convertidos en peleles de políticos sin escrúpulos, que no dudan en alimentar todo este despropósito, con la única finalidad de manipular a esa juventud para que contribuya a conseguir sus objetivos electorales.

Ante ese panorama no resulta extraño verles quemar y asaltar comercios, desvalijar a personas heridas sin el más mínimo asomo de consideración o remordimiento, o incluso llegar a agredir a los garantes del orden público, cuya autoridad es continuamente menoscabada por la permisividad de los políticos, la laxitud de los gobernantes y la ausencia de criterio e independencia en la justicia. Al final se ha llegado a confundir la tolerancia con el todo vale, el respeto con el relativismo y la obediencia cívica con la insumisión indigna, hasta terminar por extraviar toda consideración hacia lo ajeno e incluso por lo propio, perdiendo con ello la dignidad. En realidad, lo extraño ante este panorama, es que algunos de esos jóvenes no se quemen ellos mismos a lo bonzo, algo que quizás sea tan sólo una cuestión de tiempo.

Afortunadamente, en España todavía no hemos llegado a esos extremos, pero las consecuencias de la crisis –en especial la que se refiere a los valores- ya son realmente dramáticas para cientos de miles de jóvenes, y pueden desembocar en graves desórdenes sociales, similares a los de Londres. En realidad, algunos ya han iniciado su andadura por la senda de caos y la lesión de derechos ajenos, amparados en su supuesta indignación y desde la más absoluta ausencia de autocrítica: la culpa siempre es de otro... siempre serán otros los causantes de su desgracia y únicamente se exigen derechos, sin asumir responsabilidades. Quizás también han olvidado que "la juventud no es un tiempo de la vida, es un estado del espíritu", como escribía con acierto Mateo Alemán hacia finales del siglo XVI. Precisamente el desconocimiento y el olvido parecen formar parte la nueva filosofía presente en el ágora, entre otras cosas porque ya nada se enseña en la academia, que aunque sigue abierta, hace ya muchos años que cerró sus puertas a la cultura, a los valores y a la esencia de lo que debería ser la razón: el pensamiento crítico.

Y en medio de todo ese panorama, no sólo nos permitimos el lujo de renunciar a cualquier cosa que apunte un mínimo de cordura, seriedad o espiritualidad, a algo que contribuya a recobrar el sentido común y los valores extraviados, a cualquier cosa que nos salve del holocausto que parecemos empeñados en buscar sin descanso y de manera absolutamente irresponsable, sino que además una parte importante de nuestra sociedad se dedica a atacar de manera virulenta, compulsiva, irreflexiva, absurda e intolerante, la próxima visita del Papa a Madrid, en un patente ejemplo de las cotas de degeneración y manipulación que estamos alcanzando.

Seguramente para la mayoría de los que aúllan de resentimiento, o rebuznan de intolerancia ante la visita del Papa a España, les parecerá más importante y más justificado balar de placer ante los encuentros deportivos convocados alrededor del césped, el balón y una infinidad de negocios millonarios, de los que únicamente participan en calidad de meras comparsas... o gemir de regocijo ante los vomitivos programas "del corazón" y toda la merienda de valores que se organiza en cada una de sus tertulias... o aplaudir con profusión a los nuevos héroes y heroínas de cocaína, silicona y botox, que con sus abultados befos, pómulos y ubres, rebosan pantallas y revistas hasta derramar su superficialidad e inconsistencia por todas partes... o encumbrar sobre sus propias espaldas –algunos sobre sus nalgas- a los semidioses, pseudo-intelectuales y espabilados que frecuentan algunos medios de comunicación... o reír a mandíbula batiente ante la chabacanería y la procacidad contenida en algunas de las más taquilleras películas de “nuestro cine”, por el que los españoles pagamos cerca de 90 millones de Euros al año, además de la entrada cuando acudimos a una sala... o alardear de modernidad y tolerancia ante las exóticas caravanas, paradas y desfiles de homosexuales, travestidos y “curiosidades” de diferente signo y condición, que paralizan la vida de nuestras ciudades y cuyo coste también sufragamos todos los españoles... o apartar la vista con indiferencia ante las cantidades pornográficas que se dilapidan por el sumidero de la corrupción y el boato de cualquier recién llegado a cargo público... o ignorar las cifras que arroja el BOE a nuestra conciencia y la cara de todos los que hacen cola ante las oficinas de empleo o los comedores de CARITAS, maquilladas tras infinidad de organizaciones no gubernamentales de más que dudosa utilidad y creadas muchas veces por verdaderos mangantes organizados...  o ante esos sindicatos repletos de liberados, que en la mayoría de los casos significa lisa y llanamente cobrar por no ir a trabajar, por no hacer cosa alguna.

Y a muchos de ellos les parecerá que la ingente cantidad de dinero que devora toda esta maquinaria, diseñada para anular voluntades y acallar conciencias, está perfectamente justificada y que quienes viven de ello tienen todo el derecho del mundo a cobrar, gastar, dilapidar y disfrutar los millones de Euros que nos cuesta a los españoles, en nombre de la libertad, la modernidad, los derechos y la pluralidad. Probablemente todos ellos pensarán que su pasatiempo, inclinación, afición, filosofía, o creencia debe ser consentida, aceptada, tolerada, respetada e incluso sufragada por el resto de los ciudadanos, aún en el caso de que otros no las compartamos o estemos abiertamente en contra. Y hasta es muy posible que algunos de los que acudirán próximamente a gritar contra el Papa, vayan con cierta frecuencia al fútbol; vean con deleite y buenos ojos los cotilleos de la televisión; idolatren a los iconos de cocaína, silicona y botox; jaleen las incoherencias y la supuesta cátedra de los que hablan habitualmente a través de un micrófono por el mero hecho de hacerlo; sean incondicionales del cine español sin otro mejor criterio; se disfracen para ir sobre una carroza pidiendo tolerancia y comprensión para su afición, creencia, inclinación, filosofía o problema; participen de la corrupción; vivan montados sobre una ONG desde hace años, o hasta sean afiliados de un sindicato. 

Mientras todo esto ocurre, la mayor parte de nosotros, independientemente de que estemos a favor o en contra de todo ello y del despilfarro indecente que con frecuencia conllevan todas estas inconsistentes manifestaciones de nuestra sociedad en nombre de la pluralidad, callamos, aceptamos y toleramos mansamente el ejercicio absurdo y desnortado de esta democracia fallida y mal entendida.

Por eso, lo mínimo que cabe exigir es reciprocidad y el mismo respeto que nosotros no dudamos en conceder a nuestros conciudadanos, más aún si cabe, cuando el fondo del mensaje de esta Jornada Mundial de la Juventud, no habla sino de encuentro, solidaridad, generosidad, paz, humanidad, valores y espiritualidad, algo que se hace patente en cada grupo de peregrinos provenientes de los cuatro puntos cardinales del planeta, en la ilusión y alegría que reflejan sus caras y en los ejemplos que se suceden de sincera devoción, de manera abierta y espontánea. 

Y aún pudiendo llegar a conceder -en virtud de esa mal entendida pluralidad, que no del sentido común- que la espiritualidad que encierran estas jornadas o su mensaje pudiera situarse al mismo nivel que la superficialidad de esos otros muchos eventos o creaciones de nuestra errática sociedad, que la Iglesia Católica se pueda equivocar en algunas cosas, o incluso asumiendo la falibilidad del Papa Ratzinger, nuestros derechos recíprocos, el mensaje del cristianismo y la impagable labor social que realiza la Iglesia en todo el mundo, distan mucho de merecer la bronca que se esta organizando ante estas jornadas y mucho menos que alguien pueda siquiera llegar a convocar una manifestación en contra. Una bronca que únicamente se entiende desde esa destrucción de valores y desde el hostigamiento irresponsable, que a la postre termina por crear una juventud y una sociedad con las referencias extraviadas, capaz de cometer los peores actos vandálicos, tal y como esta ocurriendo en Londres. 

Luego, cuando ardan nuestras calles, alguien se preguntará “cómo hemos podido llegar a esta situación”... sin darse cuenta de que quizás él o ella también participaron de todo este despropósito, que nuestra sociedad ha llegado a convertir en algo cotidiano y cuyo paroxismo son, precisamente, las manifestaciones contra el Papa. Por encima de cualquier creencia o tendencia filosófica o religiosa, todo ello constituye una verdadera ofensa, no ya sólo para aquellas personas que nos consideramos cristianos o católicos, sino para cualquiera que pretenda defender los derechos inalienables de todo ciudadano, para la razón y para el más elemental sentido común. Algunos deberían meditar profundamente sobre esta cuestión: si algo de estas jornadas no les gusta, basta con no participar. Nadie esta obligado a hacerlo y la libertad y la tolerancia que otros respetamos y ejercemos de forma efectiva, permiten que ello sea posible.

Por Alberto de Zunzunegui