domingo, 2 de diciembre de 2012

CHARLES LAVIGERIE Y SU CAMPAÑA CONTRA LA ESCLAVITUD

Conferencia de Justo Lacunza impartida el día 27 de noviembre de 2012, en la FUNDACIÓN CARLOS DE AMBERES. Título completo: “Recordando el 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Charles Lavigerie en Europa: Proyección de un gran evento en la historia de Europa y África”.

Introducción

La celebración de unas efemérides, un cumpleaños o un aniversario evoca tres sentimientos principales. El primero, es la memoria del hecho o evento cuyo recuerdo se celebra, se aplaude y se conmemora. El segundo sentimiento es la visión del contexto y de las circunstancias que motivaron tal acontecimiento u evento. El tercero es la mirada al horizonte para analizar a las consecuencias que nacen y brotan, se intuyen y vislumbran después de que tal hecho histórico tuviera lugar. 

El hilo conductor

Esos tres faros principales (recuerdo, contexto y consecuencias) nos van a servir de hilo conductor en las palabras y reflexiones personales que les quiero dirigir esta tarde. Sea dicho de paso, esos tres eslabones de mi cadena de transmisión tienen que ver con el tiempo. Yo les agradezco vivamente el hecho, para mí de gran significado, de que me ofrezcan su tiempo, lo mejor que uno tiene, y que hayan venido a escucharme con motivo del 125 Aniversario de la Campaña contra la Esclavitud del Cardenal Carlos Lavigerie. Su inquebrantable defensa de la dignidad de los africanos y su apasionada campaña contra la esclavitud, y en favor de la libertad, hicieron de él una de las figuras más carismáticas e influyentes en la historia de su época. Fue un puente seguro y eficaz de comunicación entre África y Europa, una arena fecunda de ideas y pensamiento, lenguas y culturas, un espacio libre y acogedor de diálogo a nivel político, social y religioso en el tiempo que le toco vivir.

¿Quién era el Cardinal Carlos Lavigerie? (1825-1892)

El Cardenal Lavigerie nació el 31 de octubre de 1825 en Bayona, en la región vasco-francesa, ciudad que apenas tenía en aquella época 18.000 habitantes. Fue bautizado en la Parroquia del Espíritu Santo con el nombre de Carlos, al que  fueron añadidos los dos nombres de su abuelo paterno, Marcial y Aleman. El baptisterio de esa parroquia está hoy adornado por una pintura mural alusiva a la memoria de Carlos Lavigerie, considerado un ilustre hijo de la villa de Bayona, hermanada en la actualidad con la Ciudad de Pamplona. En la placa, situada en la verja de su casa nativa, a orillas del río Ardour, se lee que el barrio se llamaba Huire y que fue allí donde nació Carlos Lavigerie.

Desde joven Carlos Lavigerie, mente inquieta y alma buscadora, con pronunciada afición a la poesía y a la literatura, sentía en su juventud una creciente inclinación hacia la vida religiosa. Sus padres, Laura y Pierre, que no eran particularmente devotos, veían el hecho con gran preocupación familiar. Después de finalizar los estudios en su ciudad natal Carlos Lavigerie, de carácter impulsivo, firme y decidido, viajó en diligencia a Paris acompañado por un dentista amigo de la familia. 

A Paris: Cambio de rumbo

En la capital francesa el joven Carlos Lavigerie entró en el Seminario de San Nicolás de Chardonnet y más tarde en el de San Sulpicio para cursar los estudios de teología. Su padre, Pierre pensaba que en Paris se callarían los grillos de la vida religiosa que piaban en el alma de su hijo y que éste tomaría otra dirección, más conforme y adecuada a sus dotes y talentos. Pero no fue así. Carlos Lavigerie fue ordenado sacerdote el 2 de Junio de 1849, continuó sus estudios de grado y en 1854 fue accedió a la cátedra de profesor de Historia de la Iglesia en la Universidad de La Sorbonne. 

Descubrimiento del Oriente

En 1860 Lavigerie fue nombrado director de las Obras de Oriente y con ese motivo viajó a Líbano y Siria, sobre todo para asistir, ayudar y reconfortar a los cristianos que habían sido perseguidos por los Drusos. En uno de sus viajes se encontró con Abd El Kader ibn Muhyyidin (1808-1883), famoso místico musulmán y líder argelino, que luchó contra la invasión francesa de Argelia en 1830. Fue expulsado por las autoridades francesas y después de un periodo de tiempo en Francia fue exiliado a Siria.

El Cardenal Lavigerie y Abd El Kader se encontraron en Damasco. Lavigerie quedó impresionado por la vasta cultura musulmana del místico argelino y sobre todo por la abierta defensa y protección que ofreció a los cristianos después de la masacre de 1860 a manos de los Drusos. A este propósito, el gobierno francés le concedió a Abd El Kader la medalla de la Legión de Honor. Por su parte, el Presidente Abraham Lincoln 1809-1865), después de conocer la noticia de la benevolencia de Abd El Kader hacia los cristianos, le envió como regalo varios revólveres que hoy se encuentran expuestos en el Museo de Argel. 

De Nancy a Argel

En 1863 fue nombrado obispo de Nancy (Francia). En 1867, cuando iba a ser nombrado arzobispo de Lión, Lavigerie pidió que le nombraran a la sede episcopal de Argel, petición que fue aceptada al ser enviado como  arzobispo de Argel en 1867. Desde 1830 Argelia fue colonizada bajo el gobierno de Napoleón III y pasó a ser parte del territorio nacional francés. Argelia era conocida con el nombre de “Reino Árabe” en referencia a la población árabe musulmana. Desde el comienzo de la colonización francesa Lavigerie dejó muy claro ante las autoridades coloniales de Francia que su preocupación no se limitaría solamente a los ciudadanos franceses, sino que se extendería a todos, europeos y argelinos.

No faltaron los roces verbales con el gobernador general de Argelia, el mariscal Mac-Mahon, héroe de Crimea y duque de Magenta. Lavigerie era testigo incómodo de la pobreza y miseria de miles de argelinos. No cesaba de suplicar la abolición de un sistema político que levantaba barreras y sembraba obstáculos en las relaciones entre franceses y argelinos. El gobierno francés advertía a Lavigerie que se abstuviera de todo proselitismo, ya que los programas que Lavigerie intentaba poner en marcha, el gobierno francés los veía como una vía de conversión de los musulmanes argelinos.

El Emperador Napoleón III y el ministro de la Guerra consideraban a Lavigerie como un enemigo de la libertad de conciencia de los musulmanes de Argelia. Sin embargo, el arzobispo de Argel no se achantaba antes tan infundadas y graves acusaciones cuando escribía al gobernador general MacMahon:

“Yo no pido la menor restricción de la libertad ajena. Yo pido simplemente que se respete mi libertad, pido que me sea permitido, como está permitido en Egipto y Turquía, la apertura y conservación de asilos donde sean recibidos los huérfanos abandonados de todos, las viudas, los ancianos, los enfermos. Pido establecer casas de socorro, allí donde los indígenas lo soliciten, para curar sus llagas y aliviar sus miserias”.

No hay lugar a duda que el gobierno francés consideraba a Lavigerie como un obispo incómodo y rebelde, que no aceptaba las orientaciones coloniales y, sobre todo, la discriminación de la que eran víctimas los argelinos. Su tenacidad y empeño, su tesón y empuje le permitían obrar con libertad a pesar de las trabas, críticas y obstáculos del poder colonial francés.

El mismo emperador Napoleón III se interesó por el desafío frontal que la actitud de Lavigerie suponía para la administración colonial francesa y escribió a Lavigerie diciéndole:

“Tenéis, señor arzobispo, una gran misión que realizar: la moralización de los 200.000 católicos que viven en Argelia. En cuanto a los árabes, dejad al gobernador general el cuidado de disciplinarlos y habituarlos a nuestra dominación”.

Nada podía atemorizar a Lavigerie que no dudó en pedir al emperador Napoleón III que le acordara una audiencia. Pasó mucho tiempo, pero por fin lo recibió. Lavigerie relata en su correspondencia que el emperador lo recibió muy fríamente, lo cual lejos de cortarle la palabra y de desanimarle, le estimuló y le dio todavía más ánimos para defender sus proyectos en favor de la población local y mantener intactas sus convicciones ante el poder imperial. Era fácil desalmarse y doblegarse viendo el reto de los administradores coloniales, que en realidad estaba envuelto en un velo sutil de racismo, intolerancia y obstinación. 

Fundación de los Padres Blancos

Pero los sueños apostólicos de Carlos Lavigerie eran todavía más ambiciosos. En 1968 fundó la Sociedad de los Misioneros de África y en 1869 la Congregación de las Misioneras de Nuestra Señora de África (Hermanas Blancas). Los Misioneros de África son  conocidos popularmente como los Padres Blancos por la vestimenta tradicional de estilo árabe: túnica blanca (gandura) y capa blanca (bournus). El ambicioso plan de Lavigerie era enviar misioneros a África después de ser nombrado Vicario apostólico del Sahara y del Sudan. Los esclavos venían de los países conocidos como Bilad al-Sudan (“El territorio de los negros”). El término “Sudán” proviene de la lengua árabe y significa “las gentes de color negro (aswad) o allí donde las poblaciones comienzan a tener la piel más oscura”).

Los primeros misioneros llegaron al Lago Tanganika y se establecieron en Ujiji (Tanzania) el 22 de Enero de 1879. Habían atravesado el territorio conocido como Tanganika (“la tierra de la vegetación exuberante”), hoy Tanzania, a partir de la costa. Fue en esa ciudad portuaria, Ujiji, centro propulsor de la esclavitud en África, donde David Livingstone (1813-1873), explorador y misionero británico, se encontró con Henry Morton Stanley (1841-1904), aventurero y periodista de The New York Times, en Octubre de 1871. Un monumento de granito, que representa el mapa de África con impresa una cruz de Norte a Sur y de Este a Oeste, atestigua el tan renombrado encuentro. La celebre frase, Dr. Livingstone, supongo, ha quedado en la memoria de dos célebres personajes en la historia de África.

Con motivo de la celebración del centenario del memorable encuentro de Livingstone con Stanley, The New York Times envió a un periodista con la consigna de que recorriera la Calle Livingstone de Ujiji hasta el monumento llevando la bandera americana. El periodista en cuestión sacó la bandera, pero acabó en el puesto de policía por ofensa al honor de la nación. Después de unos meses juntos Livingstone y Stanley se separaron en 1872 en la ciudad de Tabora, ciudad que fue fundada por los mercaderes árabes. Una cabaña de barro y adobe en la aldea de Kwihara, transformada en museo y a unos once kilómetros de Tabora en la ruta de los esclavos, es el memorial visible del paso de Livingstone. Aquí vivió unos ocho meses. De ahí continuaría el  camino hasta Bangweulu (Zambia) donde moriría  a causa de la malaria el 1 de mayo de 1873.

La primera vez que estuve en Ujiji fue el 3 de junio de 1970. Fui al antiguo mercado de los esclavos, a poca distancia del Lago Tanganika, y la imagen quedó impresa en mi mente para el resto de mis días. Era en ese mercado donde se hacía una primera selección de los esclavos africanos. Los más jóvenes, fuertes y resistentes salían encadenados camino de la costa y de las islas de Zanzíbar, Mafia y Pemba. De aquí eran embarcados para diferentes destinos: Arabia, India, Persia, China. Por esa ciudad de Ujiji pasaron miles y miles de esclavos procedentes de la región de Manyema en el Congo. Tuve la gran suerte de vivir tres años en Kigoma, apenas a ocho kilómetros de Ujiji, y mis visitas a la ciudad de los esclavos eran frecuentes, rutinarias y periódicas. Muchos de los habitantes eran descendientes de antiguos esclavos.  Esto era patente al no tener una tribu, un grupo étnico o un determinado clan como referencia de parentesco. Además, no conocían otra lengua que la lengua suahili. 

Las noticias de África

No eran los tiempos del móvil y de Internet. Las cartas, si así las podemos llamar, y las noticias tardaban meses en llegar a Europa, pero llegaban. Los misioneros describían las nefastas y pavorosas condiciones de miseria, pobreza e indigencia de las poblaciones africanas. Pero, sobre todo, relataban la trata de esclavos. Lavigerie y Livingstone no era los únicos. El Cardinal Lavigerie se había ya encontrado con Daniel Comboni (1831-1881), otro gran defensor de la dignidad de los africanos, que en 1857 salió para el Sudán. Lavigerie conocía también las crónicas de David Livingstone, que, después de su llegada a África del Sur en 1841, había hablado en numerosas ocasiones de los estragos, devastación y ultraje de la esclavitud. 

Campaña contra la esclavitud 

El espíritu de Lavigerie estaba turbado por la trata de esclavos. A los misioneros les había invitado a luchar por la dignidad y la liberación de los esclavos. Le llegaban noticias escalofriantes de los misioneros, que habían comenzado las tareas de evangelización en los países africanos en los que se secuestraba y compraba, vendía y traficaba con seres humanos como si fueran mercancía. La esclavitud iba contra la dignidad y la humanidad del ser humano. Por eso, en la visión de Carlos Lavigerie, el mensaje evangélico tenía una dimensión liberadora para miles de hombres y mujeres en África, víctimas de la esclavitud y del comercio organizado por jefes y reyezuelos, mercantes y mercaderes de vidas humanas.

Así escribía Carlos Lavigerie: “La esclavitud es contraria al Evangelio y contraria al derecho natural. Yo soy una persona humana y la opresión me indigna. Soy una persona humana y las crueldades contra tan gran numero de mis semejantes solo me inspira horror”. En varias ocasiones Lavigerie había intentado lanzar una campaña contra la esclavitud, pero se había encontrado con el muro de la apatía y de la indiferencia. Surgió una nueva ocasión: la abolición de la esclavitud en Brasil en 1888. Lavigerie aprovechó para pedir al Papa Leon XIII que en su carta a los obispos del Brasil no se limitara solamente  a comentar la extinción de un mal social, sino también a buscar remedio a tal situación.

Fue el 21 de Mayo de 1888 cuando el Carlos Lavigerie inició la campaña contra la esclavitud en la Iglesia del Gesù en Roma. Había obtenido el beneplácito y el apoyo del Papa León XIII para lanzar un llamamiento general en Europa contra el comercio, la compra y la venta de esclavos. Era imperativo defender la dignidad de los hombres y mujeres de África, devolverles la libertad, promover los derechos humanos. Lo exigía el mensaje del Evangelio. Lavigerie no se dirigía únicamente a los cristianos, sino a toda la población ya que la dignidad sagrada de cada persona pasa por encima de las culturas, lenguas, etnias y religiones.

Llamada a la conciencia

La Campaña de Carlos Lavigerie fue un evento que sacudió las conciencias de los gobiernos europeos, influenció la opinión pública y contribuyó a contener, sino a parar al menos en parte, la sangría más cruel y perversa, el horror más bárbaro y atroz, el plan más salvaje y brutal de la historia de África: las razzias e incursiones, la compraventa y el tráfico de seres humanos, el pisoteo sistemático y planificado de la dignidad humana. La esclavitud, de cualquier tipo que esa sea, destruye la dignidad de la persona.

Si hay algo en la historia de la humanidad que reviste una importancia básica y fundamental es la dignidad sacrosanta e inviolable del ser humano. Por encima de toda barrera ideológica, de toda demarcación étnica y geográfica, de toda frontera religiosa y cultural. Porque la dignidad inherente al ser humano no es fruto de acuerdos internacionales, ni el resultado de votos parlamentarios. No puede estar sometida a legislación política alguna, ni debe pasar por las urnas democráticas de los estados y naciones. Nace en el surco profundo de la persona humana y es parte integrante del ser humano. La dignidad humana no puede estar sometida al dictamen de leyes y normas, ni tampoco puede ser encadenada por decretos estatales, de cualquier naturaleza que estos sean. Todo ser humano se resiste a someterse por la fuerza para ser transformado en un vil esclavo sin dignidad, sin derechos, sin libertad. Pero con la violencia física y psicológica de la esclavitud la dignidad humana es brutalmente asesinada, la libertad física violentamente suprimida y los derechos humanos salvajemente pisoteados. 

La trata de seres humanos

Bien que la esclavitud y la trata de seres humanos habían existido desde la antigüedad, en la época del Cardenal Lavigerie las diferentes regiones del continente africano se habían convertido en inmensos mercados de esclavos, con sofisticadas redes de comunicación, aprovisionamiento y recursos. Barcos y navíos, puertos e infraestructuras, planes, intereses  e inversiones. No eran solo los mercados de materias preciosas (oro, diamantes, plata, etc.) y materiales preciados (marfil, madera, pieles, etc.), sino también mercados de “mercancía humana” con una proyección internacional. Los puertos se habían convertido en recintos feriales de esclavos donde estos venían expuestos, se subastaban, se pujaba el precio, se compraba y se vendía.

Comerciantes africanos participaron activamente en la trata de esclavos vendiendo cautivos, prisioneros, secuestrados y criminales. El Rey Gezo de Dahomey, hoy Benin, decía en 1840: “El comercio de esclavos es el principio que gobierna mi pueblo. Es la fuente y la gloria de su riqueza”. El Rey de Bonny (Nigeria) al oir que el Parlamento británico había abolido la esclavitud en 1807, quedo estupefacto: “Creemos que ese comercio debe continuar. Es el veredicto de nuestro oráculo y el de nuestros sacerdotes. Dicen que vuestro país, a pesar de lo grande que es, no puede prohibir aquello que ha sido decretado por Dios”.

Millones de africanos fueron esclavizados y privados de su dignidad, comprados y vendidos, intercambiados, encadenados y transportados a lugares desconocidos. Se calcula que entre 1650 y 1900 unos 12 millones de esclavos africanos llegaron a América. Procedían de diferentes regiones y territorios de África: Angola, Benin, Camerún, Congo, Costa de Marfil, Gambia, Ghana, Guinea, Mozambique y Senegal. Familias fragmentadas, poblaciones diezmadas, territorios despoblados, tribus dispersas. La compraventa se realizaba a la luz del día mientras comerciantes y financieros, mercaderes y traficantes, seleccionaban, examinaban, compraban, vendían y transportaban esclavos como si se tratase de productos mercantiles. En 1789 en la ciudad de Charleston (Carolina del Sur) un anuncio publicitario de venta de esclavos decía: “Charleston 24 de Julio de 1789. Para la venta. Cargamento de noventa y cuatro negros. Sanos y en excelente estado: treinta y nueve hombres, quince chicos jóvenes, veinticuatro mujeres y dieciséis chicas jóvenes. Acaban de llegar en el Brigantine Dembia de Sierra Leone, Francis Bare, Master. David & John Deas”. 

El juego triangular

Los descubridores de América vieron grandes posibilidades de comercio e imaginaron las  ganancias aseguradas en la explotación de las riquezas naturales y de las tierras. Por eso, la mano de obra de los esclavos, ahora emigrantes forzados, se hacía necesaria, esencial e indispensable. Los colonizadores europeos entran de lleno en el juego triangular de la esclavitud: Europa, África y América. La penosa travesía del Atlántico era conocida como el Middle Passage o el Pasaje del Medio: salida de África, viaje en el Atlántico y llegada a las Américas. Por una parte, con sus barcos y navíos países como Dinamarca, España, Francia, Gran Bretaña, Holanda, Portugal y Suecia, exportan a las regiones tribales del Golfo de Guinea, sobre todo, materiales textiles y armas, a cambio de esclavos. Estos son transportados en infames y deplorables condiciones a los diversos territorios americanos. Buques, barcos, veleros y navíos estaban preparados para el transporte de un determinado número de esclavos. La “mercancía” debía llegar a su destino en perfectas condiciones y por eso se tomaban todas las precauciones para evitar amotinamientos y revueltas, algaradas y trifulcas durante la navegación. Por ejemplo, el navío francés Le Saphir salió del puerto de La Rochelle en 1784 con destino al norte de la desembocadura del Río Congo y cargó unos 500 esclavos para transportarlos y venderlos en Santo Domingo.

La industria más floreciente

El comercio de esclavos era una de las industrias que más ganancias proporcionaba a empresas, gobiernos y multinacionales: construcciones navales, servicios portuarios, servicios médicos, transporte marítimo, oficinas de cambio, administración local,  instrumentación de a bordo, herramientas agrícolas, logística de comunicaciones, manutención de buques y navíos, reclutamiento de marineros, mano de obra. Combatir el complejo sistema global de la esclavitud era enfrentarse a extensos imperios financieros, desafiar al comercio internacional de esclavos y luchar contra grandes centros de poder, tanto político como económico. A lo largo de los años se había tejido un tupido entramado de intereses, una extensa red de comunicaciones marítimas y un complejo sistema comercial. Al mismo tiempo la abolición de la esclavitud significaba ingentes pérdidas económicas y desequilibrios políticos de insospechadas consecuencias. De hecho, en la esclavitud participaron cuatro continentes y millones de personas a lo largo de siglos. Por eso era difícil combatir la esclavitud de los africanos, recuperar el sentido de la dignidad de los esclavos e influenciar la opinión pública. 

Moneda de cambio

El esclavo se había convertido en la moneda de cambio y su valor era cuantificado después de un riguroso examen de sus condiciones físicas. Las plantaciones, el desarrollo de las tierras y los mercados de Estados Unidos, Brasil y las Islas del Caribe eran el destino final de los esclavos africanos. Entre 1550 y 1750 unos 15 millones de esclavos fueron transportados a diferentes partes de las costas americanas. Durante ese periodo el precio de un esclavo africano era de 25 dólares mientras que en Estados Unidos valía 150 dólares.

Pero no todos los esclavos que formaban el cargo de los barcos llegaban a buen puerto. Las bajas eran numerosas a causa de la deshidratación y las enfermedades durante la penosa navegación y la larga travesía del Atlántico. Sin olvidar las rebeliones, las revueltas y las muertes a causa de los abusos, violencia y castigos. Fueron numerosos los navíos que naufragaron por las galernas, el acoso y la furia del océano. Así ocurrió con el velero francés, Adelaide, que se hundió en las costas de Cuba en 1714 con un gran número de esclavos africanos. Lo mismo sucedió al navío  británico Henrietta Marie, que acabó en el fondo del Atlántico cerca de Marquesas Keys (Florida) en 1700. O el Kron-Printzen, de bandera danesa, que fue a la deriva en 1706 con más de 800 esclavos africanos. 

El poderío de Gran Bretaña

A partir de 1640 Gran Bretaña gestionaba el lucrativo comercio de esclavos a través de muchas compañías. Una de ellas, la Royal African Company, era la más importante. Obtuvo el monopolio en 1672. Las otras compañías protestaron vehementemente y el monopolio acabó en 1698. Los navíos que transportaban esclavos volvían a los puertos europeos con cargamento de café, azúcar, tabaco y arroz. Todo ello procedía de las plantaciones en las que trabajaban los esclavos de origen africano. 

Abolición de la esclavitud

En 1807 el Parlamento británico aprobó la ley que prohibía el comercio de esclavos. Los Estados Unidos declararon ilegal la esclavitud de 1808. Sin embargo, la trata de esclavos continuó hasta 1863 dentro de las fronteras estadounidenses. 

Sayyid Said en África Oriental 

Si el comercio y tráfico de esclavos había crecido desmesuradamente en los países del Golfo de Guinea, de Gambia a Angola, lo mismo se podía afirmar de la costa oriental del continente africano. Las islas de Zanzíbar, Pemba y Mafia estaban bajo influencia y control de la dinastía al-Busaid de Omán. Las habían conquistado venciendo a los portugueses que se replegaron a Msumbiji, nombre antiguo de Mozambique.

Sayyid Said bin Sultan (1790-1856) transfirió la capital de Omán a Zanzíbar en 1840. Su objetivo principal era transformar radicalmente la isla de Zanzíbar, hasta entonces un puerto de pescadores, convirtiéndola en el centro del comercio mundial. Era un ambicioso plan que pronto comenzó a dar excelentes y lucrativos resultados. Introdujo las plantaciones de clavos y especias en Zanzíbar, dando fama internacional a la isla. Invitó a los banqueros indios, conocidos como los banyan, para que se ocuparan de la gestión y administración de las finanzas del Sultanato. 

El poderío de Sayyid Said

Sayyid Said controlaba Omán, el Cuerno de África, las islas y las costas del Océano Indico, desde Mogadiscio hasta el Norte de Mozambique. Los Estados Unidos abrieron despachos comerciales en Zanzíbar. Dos agencias de negocios se establecieron en la isla: John Bertram & Co de Massachussets y Arnold Hines & Co de New York. Gran Bretaña abrió una oficina consular en 1841 y a continuación lo hicieron Alemania, Austria, Bélgica, Francia e Italia.

El sultán de Zanzíbar controlaba el comercio de esclavos africanos que estaba en manos de mercaderes, tratantes y navegantes árabes. No podemos dejar de lado la referencia al comerciante de esclavos y marfil más poderoso del África Oriental, Hamed bin Mohamed al-Marjebí (1837-1905), más conocido con el nombre de Tippu Tip. Nacido en Zanzíbar, se convirtió en el hombre fuerte y el personaje político indispensable en los acuerdos, tratados y chantajes de todo tipo. El Rey Leopoldo II, rey de los belgas, en acuerdo con el Sultán Bargash de Zanzíbar (1837-1888), lo nombró gobernador del Estado Libre del Congo. Era en definitiva un evidente e inequívoco reconocimiento a su autoridad, poder y hegemonía. Pero tres años después estalló la guerra entre el todopoderoso Tippu Tip y el ejército del Estado Libre a causa de la explotación sistemática del curso superior del Río Congo.  Tippu Tip, que para entonces poseía, miles de esclavos, numerosas plantaciones y muchas propiedades, se retiró a Zanzíbar donde escribió su biografía en suahili con caracteres árabes. Murió en Zanzíbar, su ciudad natal en 1905.

El comercio de esclavos y productos del interior de África llegaba a la costa a través de tres rutas. La primera enlazaba Zanzíbar con la región de Manyema en el Congo; la segunda venía del África Central bordeando el Lago Tanganika y la tercera unía Zanzíbar con Uganda. Las dos primeras tenían como plaza comercial de referencia la ciudad de Ujiji a orillas del Lago Tanganika mientras que la tercera se unía a las otras dos en la ciudad de Tabora, en la región central de Tanzania. En 1811 se abrió el mercado de esclavos en Zanzíbar.

Viví en la ciudad de Tabora año y medio. Las palmeras, mangos y cocoteros indican hoy las rutas de la trata de esclavos en las cercanías del barrio de Makokola. Pero no era solamente la mano de obra que necesitaba Sayyid Said, y los sucesivos sultanes, para las nuevas plantaciones agrícolas de Zanzíbar, sino también todos aquellos productos que era de gran valor en el comercio exterior: marfil, oro, pieles, madera, coral, minerales. Era tal la influencia de Sayyid Said en las rutas comerciales del interior de África que hay un dicho en las tradiciones suahili que resume su vasto y innegable poderío: “Cuando la flauta suena en Zanzíbar se oye en el Lago Tanganika”. 

La campaña contra la esclavitud

Las noticias dramáticas, enviadas por los misioneros desde la ciudad de esclavos, Ujiji, alertan al Cardenal Lavigerie y le empujan a alzarse en contra del comercio y tráfico de esclavos africanos. Habla y discute con el Papa León XIII sobre el escándalo, la ignominia y la crueldad de la esclavitud. Esta vez Lavigerie no se rinde, ni está dispuesto a dar el brazo a torcer. Condenar la trata de esclavos y romper las cadenas de la esclavitud debe ser una prioridad absoluta de la misión de la Iglesia en África. Pero eso exige que los  gobiernos europeos tomen conciencia y sacudan la actitud de apatía institucional ante el horror, la infamia y el oprobio del comercio de esclavos africanos. 

Viaje a Paris  

Inaugurada la campaña contra la esclavitud el 21 de Mayo de 1888 en la Iglesia del Gesù en Roma, el Cardinal Lavigerie se preparó para el tour europeo. Eran tres las capitales europeas previstas en su programa inicial de conferencias, encuentros y visitas: París, Londres y Bruselas. Lavigerie recordaba aquello que había pensado en muchas otras ocasiones, cuando intentaba concienciar la opinión pública y los gobiernos europeos sobre las atrocidades, la barbarie y el terror de la esclavitud. Lo dijo abiertamente en Paris durante la conferencia pronunciada en San Sulpicio el 1 de Julio de 1888: “Para salvar el interior de África hay que provocar la ira del mundo".

Nadie podía permanecer indiferente ante el espíritu libre, valiente y arrollador de Lavigerie. Sus elocuentes palabras reflejaban el eco profundo de sus convicciones personales y mostraban su pasión indefectible por la defensa de la dignidad humana. Relatar la crudeza de los hechos era la única manera de sacudir la modorra colectiva, de limpiar la hojarasca de la apatía generalizada, de erradicar la broza de la ceguera mental europea. Durante siglos los europeos parecían contemplar con ojos benévolos la compraventa de esclavos africanos.

En esa época dos millones de seres humanos desaparecían cada año, es decir, cinco mil africanos eran raptados, secuestrados, asesinados, comprados, vendidos o transportados cada día. Estos hechos significaban la destrucción sistemática de los pueblos y gentes del  continente africano.

Lavigerie iba consiguiendo que los pueblos europeos, de fe y tradición cristianas, abrieran la mente a la cruda y monstruosa realidad del tráfico de seres humanos. Desde la capital francesa Lavigerie lanzó una llamada a voluntarios y periodistas de toda Europa para que difundieran el mensaje, explicaran los hechos y trabajaran por la liberación de los esclavos. Pero sobre todo, para que los gobiernos, las empresas y las compañías pusieran fin a la esclavitud de una vez para siempre. Lo pedía sin más tardar y lo  exigía sin más demora el respeto indiscutible de la dignidad humana y la salvaguardia inaplazable de millones de seres humanos. 

Viaje a Londres

En Gran Bretaña le esperaba un público mucho más informado sobre la esclavitud. La  sociedad antiesclavista, la Anti Slavery Society, fundada en 1839 y la única existente en Europa para combatir el comercio de esclavos, había invitado Lavigerie para la campaña antiesclavista. Ejercía una gran influencia a nivel diplomático. El diario londinense, The Times, había publicado la noticia de la visita de Lavigerie y del impacto que había tenido su conferencia de Paris. Las autoridades británicas le ofrecieron la sala conocida con el nombre de Prince’s Hall. La presentación y la presidencia corrió a cargo de Lord Granville, antiguo Secretario de Estado en el ministerio de Exteriores y artífice del tratado impuesto a Zanzíbar en 1873, prohibiendo la exportación marítima de esclavos.

El Cardenal Lavigerie impartió su conferencia el 31 de Julio de 1888, comenzando con las palabras que David Livingstone escribió en Kwihara (Tabora, Tanzania) un año antes de su muerte. “Todo lo que puedo añadir en mi soledad, es pedir que las abundantes bendiciones del cielo desciendan sobre cada uno, sea americano, inglés o turco, para curar la llaga abierta del mundo”. Estas palabras son las que están escritas en la tumba de David Livingstone, situada en la Abadía de Westminster y que Lavigerie había visitado con anterioridad. La referencia a “la llaga abierta del mundo”  tiene una connotación particular y se refiere a la esclavitud. Lavigerie dijo en su discurso en el Prince’s Hall: “Yo no soy un político, solamente un pastor que ha venido a hablaros de la crueldad de la esclavitud africana. El mío es un grito de indignación y de angustia”.

La presencia, contactos y visitas del Cardenal Lavigerie en Gran Bretaña tuvieron un significado particular en el campo de las relaciones ecuménicas entre la Iglesia Católica y el Comunión Anglicana. Desde que Enrico IV rompió con la Iglesia, católicos y protestantes lucharon por el control del poder. El proyecto del combate contra la esclavitud, la llamada a las instituciones para su supresión total y la propaganda popular para su abolición, constituyeron una base común de cooperación y colaboración a favor de los derechos humanos y libertades civiles de los pueblos africanos. Como Livingstone, también para Lavigerie “la llaga abierta” de la esclavitud había que curarla. Una tarea ardua, difícil y prolongada en el tiempo.

El Museo de Bristol (Reino Unido), puerto de gran importancia en el comercio de esclavos, organizó una Exhibición sobre La Esclavitud  en 1999. Uno de los visitantes escribió este comentario en un folio de papel: “Soy africano. Gracias por esta exhibición. La gente no tendría que olvidar lo que nuestro pueblo sufrió. Pidamos para que nunca más se vuelva al pasado o a otra forma de crueldad contra una raza, sólo porque es diferente”. 

Viaje a Bruselas 

La etapa siguiente del periplo europeo de Carlos Lavigerie será Bélgica. Es consciente de las dificultades que su presencia puede suscitar. Sabe que no podrá criticar de manera directa lo que ocurre en el Congo sin importunar al Rey Leopoldo II, ni molestar al país. Después de la Conferencia de Berlín de 1884, convocada por Francia y el Reino Unido y organizada por el Canciller de Alemania, Otto von Bismarck, Bélgica, el reino europeo más pequeño por su extensión geográfica, recibió la asignación colonial del inmenso Congo, sesenta veces más grande. La Conferencia de Berlín tomó varios acuerdos, entre ellos la abolición de la esclavitud. Sin embargo, el comercio de esclavos continuaba a pesar de haber sido prohibido y declarado ilegal. La campaña de Lavigerie contra la esclavitud no debería levantar, en principio,  demasiadas sospechas por posibles ingerencias políticas, ni ser considerada como una avanzada estrategia del fundamentalismo religioso.

La conferencia de Lavigerie tiene lugar en Bruselas, en la Basílica de Santa Gudule el 15 de agosto de 1888. No faltan el tacto, ni la diplomacia en su discurso, y tampoco los argumentos convincentes  para que Bélgica se comprometa  a combatir la esclavitud. Lavigerie repite las palabras del Rey Leopoldo II: “La esclavitud que se mantiene todavía en una gran parte del continente africano, es una plaga que todos los amigos de la auténtica civilización tienen que desear ver desaparecer”. En su discurso, Lavigerie hará repetidas veces mención de la región de Manyema en el Congo. Se había convertido en la gran fuente del comercio de esclavos, que eran conducidos a Zanzíbar para ser vendidos en el mercado internacional.

La llamada de Charles Lavigerie fue bien acogida por el Rey de los belgas, Leopoldo II, quien al año siguiente, el 18 de noviembre de 1889, recibió en Bruselas a los representantes de dieciséis gobiernos. Era urgente determinar las medidas necesarias a adoptar para  denunciar, frenar y reprimir la trata de esclavos, resultante de la colonización europea y del reparto de África. El comercio de esclavos no había disminuido su intensidad, ni amainado su fuerza a pesar de la Conferencia de Berlín de 1884.

La Conferencia Internacional de Bruselas del 18 de noviembre de 1889 adoptó en la práctica las orientaciones de Lavigerie. Fue él quien presentó los textos más significativos bajo el título Documents sur la Fondation de l’Oeuvre Antiesclavagiste, textos que fueron distribuidos a cada uno de los 16 representantes oficiales. Seguía siendo verdad la frase de Lavigerie: “Para salvar el interior de África hay que levantar la cólera del mundo”.

Sin olvidar la historia  

El comercio de esclavos africanos, vendidos y transportados a lugares lejanos por mercantes americanos, negociantes europeos, mercaderes árabes y financieros indios es parte integrante de la historia del mundo que nadie debería jamás olvidar. Pero, helas, la historia contemporánea nos demuestra que la esclavitud de los seres humanos, en todo su abanico de facetas y manifestaciones, lugares y contextos, sigue siendo una malvada, cruel y despiadada realidad de nuestro tiempo.

El 125 Aniversario de la campaña antiesclavista de Charles Lavigerie es una llamada firme, un reto audaz y  un desafío punzante para combatir en favor de la dignidad humana y para luchar por las libertades civiles de todos los pueblos. Por encima de toda frontera cultural y geográfica, por encima de toda barrera lingüística y religiosa, por encima de todo mojón ideológico y de toda muga política. En un mundo lleno de guerras y conflictos, sembrado de dolor y miseria, teñido de sangre y pobreza.

Sin embargo, la memoria de un evento histórico, como la campaña contra la esclavitud del Cardenal Lavigerie, puede sacudir la inercia de los estados, despertar la conciencia cívica de la población y dinamizar las  sociedades modernas. En un mundo en el que el potencial humano, en cualquier paraje, lugar y rincón del planeta, debe ser la mejor fuente de libertad, el terreno más fértil de los derechos y el manantial más límpido de la dignidad humana. Sin las cadenas infames de la discriminación, sin las amarras violentas de la intolerancia, sin la esclavitud feroz del ultraje, del odio y del abandono.

Esos son los retos  frontales de nuestro tiempo, y lo seguirán siendo, capaces de transformar profundamente la senda de toda sociedad, de cambiar el rumbo y los horizontes de los pueblos, de hacer frente con entereza, determinación y libertad a los desafíos inherentes al quehacer cotidiano y al devenir constante de la humanidad.

Por Justo Lacunza Balda