jueves, 31 de enero de 2013

EL "MATRIMONIO HOMOSEXUAL" (3/5): NOCIÓN Y FINES DEL MATRIMONIO

Va resultar difícil que lleguemos a un punto de encuentro respecto al “matrimonio homosexual” si no nos ponemos de acuerdo, antes, en nuestro modo de entender y valorar sus principales elementos constitutivos: el matrimonio y la homosexualidad. Sobre ésta última ya tratamos ayer así que hoy vamos a tratar de dar unas pinceladas sobre los distintas visiones que existen en la actualidad sobre el matrimonio, y la influencia que tienen sobre el debate que nos ocupa: el del “matrimonio homosexual”.

No voy a realizar una aproximación histórica al matrimonio, no creo que sea el momento de hacer arqueología conceptual sino de observar, sintetizar y valorar qué se entiende a día de hoy por matrimonio, y que queremos que se entienda por tal el día de mañana.

Una de las prácticas que me parecen más adecuadas para realizar una primera aproximación a un concepto es la de atender a su etimología. Aunque la palabra no es la cosa al nombrar, al dar un nombre a la cosa, tratamos de definir de algún modo su esencia, su naturaleza última.  Así, leemos en Wikipedia que:

El origen etimológico de la palabra matrimonio como denominación de la institución bajo ese nombre no es claro. Se suele derivar de la expresión “matris munium” proveniente de dos palabras del latín: la primera “matris“, que significa “madre” y, la segunda, “munium“, “gravamen o cuidado”, viniendo a significar “cuidado de la madre”, en tanto se consideraba que la madre era la que contribuía más a la formación y crianza de los hijos. Otra posible derivación provendría de “matreum muniens”, significando la idea de defensa y protección de la madre, implicando la obligación del hombre hacia la madre de sus hijos.

Para efectos de mayor comprensión de la expresión “matrimonio” en su aspecto etimológico es importante tener presente que, en muchas de las lenguas romances, es válido el concepto del contrato de matrimonio considerado por el Derecho Romano, que tiene su fundamento en la idea de que la posibilidad de ser madre, que la naturaleza da a la mujer núbil, la llevase a procrear una familia. En contraste con ese concepto occidental se puede mencionar el caso del idioma árabe, en el que es entendido como «contrato de coito» o «contrato de penetración», según la traducción de la expresión عَقْد نِكاح (`aqd nikāḩ) al español.[cita requerida] Con todo, el término más usado en árabe para referirse a esta institución es زَواج (zawāý), que literalmente significa «unión, emparejamiento».6

Más allá del debate de los lingüistas, queda claro que el matrimonio tiene que ver especialmente con la mujer y con la maternidad… Aunque la aproximación a las mismas pueda diferir notablemente en el matrimonio natural, el civil y el religioso… Tres escalones o niveles ascendentes en que se irá añadiendo sentido a esta institución que ya los romanos (Modestino) definían como “la unión de hombre y mujer en comunidad plena de vida y en comunicación del derecho divino y humano”. A efectos meramente didácticos, podemos sintetizar las principales visiones tradicionales del matrimonio en tres grandes clasificaciones:

1. EL MATRIMONIO NATURAL: Lacruz Berdejo –referente del Derecho Civil Español- afirma que “no es el matrimonio una creación técnica del Derecho, sino una institución natural que el Derecho positivo se limita a contemplar, reconocer y regular. (…)  Como institución natural el matrimonio tiene unos fines también naturales: procreación y educación de la prole; y amor conyugal; los cuales exigen unos presupuestos –distinto sexo, un mínimo de exogamia- y unos caracteres –unidad e indisolubilidad- igualmente naturales.  Sin embargo, por razones y consideraciones contingentes y muy variadas, los Derechos positivos se han apartado, en mayor o menor grado, de estos predicados naturales”.

Este eminente letrado –pese a su calidad como abogado- no tiene reparo en manifestar que el matrimonio es una institución cuya fijeza y cuyas leyes no dependen de la elección humana (Sheed) porque se trata de una institución natural que se encuentra inscrita en el fondo del alma humana, grabada en nuestro corazón, como medio para nuestro desarrollo y perfeccionamiento.

En este sentido, la “naturalidad” propia del matrimonio se encuentra en que la unión estable de una pareja resulta un elemento imprescindible para el mutuo conocimiento, para que crezca el amor entre ambos, para que se ofrezcan mutuo auxilio, para que surjan proyectos comunes y para que los hijos que nazcan como fruto de su amor tengan un paraguas que les proteja, esto es, una familia que los ame, los atienda, los forme, los eduque y los lleve a ser la mejor imagen de sí mismos.

2.  EL MATRIMONIO CIVIL:  El Derecho positivo -esto es, la Ley- no hace más, en cuanto al matrimonio, que tratar de regular los derechos y obligaciones que deben derivarse de esa relación o institución natural para que pueda desplegar todos sus efectos y alcanzar todos sus fines. Esto explica que un cambio en la noción de la naturaleza del matrimonio produzca cambios en su regulación legal (como está sucediendo en la actualidad), así como la evolución que ha experimentado la legislación a lo largo de la historia, al tratar de ir protegiendo –de un modo cada vez más completo- a los bienes especialmente protegidos dentro del matrimonio, a los generalmente más débiles: a la esposa y a los hijos.

Respecto al matrimonio natural, esta visión del matrimonio añade la consideración de esta institución desde su vertiente social o política. Así, la visión civil del matrimonio presta especial atención a la influencia de éste en la estructuración, cuidado y desarrollo de la sociedad de la cual es germen, institución fundante para muchos. En nombre no sólo de la naturaleza del ser humano sino del interés de la sociedad, se protege y regula el matrimonio desde el Poder… En nombre del bien de los contrayentes, de sus hijos, y del resto de los ciudadanos.

3.  EL MATRIMONIO RELIGIOSO:  La visión religiosa del matrimonio añade un tercer nivel de sentido a esta institución al definirla como un sacramento (de sacrum-facere, hacer sagrado). Así, esa unión estable de la pareja ya no se limita a la cuestión del cuidado y desarrollo de la propia naturaleza, ni a un interés social, sino que se interpreta como una vocación, como una forma de vida establecida por Dios para que algunas personas lleguen a Él a través del ser amado…  Una auténtica vía espiritual.  Como decía Thibon: “el auténtico amor nupcial acoge al ser amado no como un Dios, sino como un don de Dios”.

En mi opinión, estas tres visiones del matrimonio deberían mantener una relación de subordinación en el sentido de que el nivel más elevado (que, tal y como yo lo entiendo, es el de descubrir una vía de desarrollo espiritual en la vida marital y en la paternidad) debería acomodarse a una protección civil –de articulación y defensa social o comunitaria- y ésta, a su vez, debería respetar la naturaleza propia del ser humano, de sus necesidades y de sus relaciones amorosas para poder ser, a su vez, un matrimonio auténticamente civil y religioso.  Así, ni concibo ni respeto (respecto al matrimonio como respecto a tantas otras cosas) norma religiosa que atente contra la naturaleza individual o social de la persona, ni norma civil que se enfrente a la naturaleza humana o a su vertiente espiritual, ni una visión del ser humano que no permita un armonioso desarrollo civil y espiritual.

Una vez más, me niego a renunciar a la profundidad. ¿Por qué quedarnos en un primer nivel –el de las necesidades naturales o afectivas- cuando a través del matrimonio podemos satisfacer también necesidades sociales y espirituales?

Veamos ahora, brevemente y por separado, cuáles son esas necesidades que satisface el matrimonio, y cuáles son los medios o características que considero que debe tener para lograrlo.

En cuanto a las necesidades, el matrimonio satisface, como mínimo:

1.  La necesidad de amar y de sentirse amado, de superar el egoísmo y darse a otro, de dar y de recibir, de descubrirse en el rostro ajeno, de crecer personalmente mediante la generosidad, la donación y la entrega.

2. La necesidad de desarrollo de las propias cualidades y potencialidades a través del soporte, ánimo, ejemplo y consejo de un ser amado que se preocupa por tu felicidad tanto o más que por la suya propia.

3. La necesidad de una estructura estable para poder desarrollar proyectos comunes, especialmente respecto al cuidado y a la educación de los hijos fruto del amor de los esposos.

4. La necesidad de proteger a los más desvalidos, especialmente los niños, cuando necesitan de los cuidados y la experiencia de sus mayores.

5.  La necesidad de crear unos lazos especialmente profundos entre las personas que, por vía de parentesco, devienen familias, clanes, pueblos, ciudades…  Sociedades.

Y, para lograr satisfacer estas necesidades personales, sociales y espirituales, el matrimonio debería tener –al menos- las siguientes características:

1. Libertad de los contrayentes
2. Estabilidad
3. Afecto mutuo
4. Convivencia
5. Voluntad de entrega y de desarrollo recíproco
6. Una cierta exogamia

Quien haya leído mis posts anteriores dedicados a los cinco debates de fondo sobre el “matrimonio homosexual” (http://meditacionesdeldia.wordpress.com/2012/11/12/cinco-debates-de-fondo-sobre-el-matrimonio-homosexual-introduccion/) probablemente percibirá que también en esta cuestión estoy repitiendo el mismo esquema que emplee para tratar de la sexualidad y la homosexualidad: atender a la que entiendo que es la naturaleza humana y extraer de ella sus enseñanzas y concreciones prácticas para este asunto concreto.

En el fondo, entiendo que el matrimonio es la institucionalización, la estructuración formal, de la profunda y fecunda relación que es simbolizada por la sexualidad entendida en su interpretación más elevada y acorde con la naturaleza humana.  Y, del mismo modo que me parecía una castración el restringir la sexualidad a su carácter biológico (dejando al margen su componente afectivo, emocional y simbólico o espiritual) me parece también una mutilación el considerar el matrimonio como un mero contrato, como una mera comunidad de intereses, como un mero acuerdo temporal para compartir mesa, cama y techo.

En una época en la que se ha puesto a nuestro alcance una figura jurídica como la “pareja de hecho”, las “uniones estables de pareja” o como queramos llamarlas -con un éxito y aceptación realmente importante en nuestra sociedad- me parece una auténtica frivolidad el convertir el matrimonio en un sinónimo de estas relaciones, deshaciéndose de su vertiente trascendente, olvidando su naturaleza última y privándolo –por tanto- de la defensa de parte de los bienes que le deberían ser anexos.

Independientemente de lo que digan las Leyes y las Iglesias, somos los esposos quienes vivimos nuestros matrimonios.  Y en nuestro día a día se encuentra su concreción.  Y en ella reside el futuro del matrimonio como institución…  Le pese a quien le pese.

Por eso considero de especial interés dedicar un tiempo a estas reflexiones, a pensar nuestras relaciones, nuestros intereses, nuestros afectos, nuestros proyectos, nuestras familias, nuestros matrimonios…  A pensarlos para tratar de vivirlos mejor.  Porque eso es la auténtica Sabiduría, el conocimiento aplicado a obtener la felicidad a través de una vida lograda y buena.