martes, 20 de octubre de 2015

LA VALENTÍA EN EL EJERCICIO DEL LIDERAZGO

“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad.” Victor Hugo





De entre todas las cualidades que puede poseer un líder, la valentía ocupa sin duda un lugar destacado: es la virtud que permite hacer efectivas todas las demás virtudes. Su importancia viene avalada por su carácter universal y atemporal, ya que prácticamente en todas las culturas y civilizaciones importantes y particularmente en algunas de las que mayor desarrollo llegaron a alcanzar, la valentía siempre ha ocupado un lugar destacado, constituyendo un atributo esencial y casi inseparable del liderazgo.

Así, el concepto de excelencia –la areté- de los griegos, ya incluía la valentía asociada a la idea de fortaleza (andreia), junto a la moderación o templanza (sofrosine) y la justicia (dicaiosine), como una de las tres virtudes esenciales que todo buen ciudadano debía cultivar y a las que posteriormente Platón añadiría la prudencia, constituyendo las Virtudes Cardinales.

Del concepto de areté derivaría posteriormente la virtus romana, asociada a la idea de coraje, que sería considerada una de las virtudes públicas más importantes.

Los aztecas daban igualmente una gran importancia a la valentía y de hecho formaba parte de los atributos esenciales del máximo líder social y espiritual, el Tlatoani, tal y como recoge la transcripción del náhuatl de Miguel León-Portilla en su obra Antologia. De Teotihuacan a los Aztecas: “El Tlatoani cubre con su sombra; hace sombra; es un frondoso pochote, es un ahuehuete. Está lleno de valentía, lleno de autoridad, afamado, lleno de honor, renombrado, lleno de fama”.

Al otro lado del océano Pacífico, también en la tradición japonesa, en el código ético de los samurais, el código Bushido -el camino del guerrero-, se presta una especial atención a la valentía, considerándola, en este caso, como una integración del coraje moral y el valor físico.

Y, por descontado, no podría entenderse nuestra propia cultura y nuestra aportación a la civilización, sin todos los ejemplos de valentía en el ejercicio del liderazgo que jalonan nuestra historia y cuya enumeración resultaría ciertamente temeraria, tanto por la profusión de ejemplos -incluidos los referidos a valor moral y espiritual-, como por el riesgo de incurrir en alguna omisión imperdonable, así que en este punto me inclino por ser prudente antes que valiente.

Asumiendo, efectivamente, que la valentía ha sido identificada de manera universal como una de las principales cualidades que debe poseer un líder, hay que señalar que no en todas las culturas y épocas el concepto ha tenido un mismo alcance o significado. Así, el prudente Esopo incide en la relación existente entre grado de valentía y nivel de riesgo, recordando que “es sencillo ser valiente desde una distancia segura”; la ecuanimidad de Aristóteles sitúa la valentía como “el término medio entre la cobardía y la temeridad”; por su parte Séneca, más pragmático, recuerda la importancia de esa virtud para toda persona, al señalar que “el que es valiente es libre”; Cicerón se adentra de lleno en el terreno de las motivaciones políticas, dejando escrito que “la valentía que está dispuesta a enfrentar el peligro, si no está inspirada por un espíritu público, sino por sus propios motivos egoístas, debería llevar el nombre de desfachatez en vez de valentía”; el infatigable Tomás de Aquino expresa la profundidad de su pensamiento recordando que “la fortaleza del alma debe ser tal que una firmemente la voluntad al bien de la razón ante los males más grandes”; la sagacidad de Quevedo le lleva a sentenciar con ironía “el valiente tiene miedo del contrario; el cobarde de su propio temor"; Wendell Phillips, el esforzado defensor de la dignidad de los indios americanos, llamará la atención sobre las diferentes dimensiones del valor, insistiendo en que “la valentía física es un instinto animal; la valentía moral es mucho mayor y un coraje más verdadero”; algo más cercano en el tiempo, Nelson Mandela también nos lega al respecto una importante reflexión basada en su experiencia vital: “aprendí que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo”; o la reflexión que abre el capítulo de la valentía en Magia y misterio del liderazgo, de Antonio Medrano: “valentía, audacia, arrojo, coraje, decisión, fortaleza, fuerza de voluntad, tesón, perseverancia son cualidades esenciales del líder. Cualidades que han de darse, sobre todo y ante todo, en las esferas intelectual y moral: la valentía de aceptar la verdad, y de rechazar el error, la valentía de abrazar la rectitud y afianzar los valores éticos que han de regir la vida humana; he aquí lo decisivo”.

Como vemos, el alcance de la idea de valentía asociada al liderazgo es diverso y el mismo abarca desde la capacidad para defender algo ante un peligro inminente, hasta las disquisiciones filosóficas más profundas. Evoca desde la idea de valentía asociada al coraje y la fortaleza física presentes en un soldado, hasta la fortaleza moral asociada a actitudes ejemplares de liderazgo, como el de Gandhi o Teresa de Calcuta, cuya fragilidad física pone aún más de relieve el poder y la trascendencia del coraje en el ser humano. En todo caso, si me gustaría señalar la importancia de dos aspectos implícitos en toda noción de valentía asociada al liderazgo:

1º - Se trata, efectivamente, de una virtud, es decir, tal y como define el DRAE, "una cualidad personal que se considera buena y correcta".

2º - Debe ser entendida como reacción o actitud frente a la posibilidad de perder algo trascendente, o que tenemos en tal estima que nos impulsa a llevar a cabo esa acción virtuosa. Por eso y desde este punto de vista, no cabe hablar de valentía en aquello que no comporta un riesgo, la posibilidad de una pérdida o un menoscabo personal más o menos importante, puesto que ello no implica la concurrencia de virtud alguna. Esa misma importancia de lo que esta en juego en función de nuestra actitud, es lo que también da su contrapartida, puesto que, de igual manera, no cabe hablar de cobardía si no es en relación a una actitud de huida o inacción, frente a algo de cierta trascendencia.

De esta manera, en condiciones normales, entrar en una vivienda no puede ser considerado como un acto de valentía y por el mismo motivo, dejar de hacerlo tampoco sería una cobardía: no hay trascendencia en lo uno ni lo otro. Sin embargo, entrar en una vivienda si ésta se encuentra envuelta en llamas, si puede ser un acto de valor, particularmente si se trata de salvar una vida humana y por el mismo motivo, no hacerlo podría ser considerado una cobardía… Y en esa misma situación, podríamos incluso incurrir en temeridad, si en lugar de lanzarnos hacia las llamas para salvar una vida, nuestra intención fuera tratar de evitar que ardiera la televisión o nuestra ropa, decidiendo asumir por algo tan trivial semejante nivel de riesgo. Como vemos, entran en relación la trascendencia o intrascendencia de aquello que motiva nuestra acción y el riesgo implícito en ello.

Esto nos lleva a reflexionar sobre qué es aquello que más estimamos y cuál es nuestra escala de valores, pues la actitud de un líder y su capacidad para convertir la valentía en virtud, es decir de no incurrir en cobardía o temeridad, va a depender de ello.

En lo que se refiere a lo que tenemos en mayor estima, con excesiva frecuencia caemos en un desmedido interés por lo material, lo fugaz, lo mundano o lo intrascendente, que más allá de su razonable apetencia, contribuye activamente al calentamiento global de nuestro hedonismo, cuyo resultado habitual es el trémulo espejismo de la felicidad. De hecho, su concurrencia rara vez constituye un cambio relevante en nuestras vidas en términos absolutos: ni nos hace realmente más felices o esa felicidad es breve y de poca intensidad, ni mejora significativamente nuestra calidad de vida, ni alarga o garantiza la duración de la misma. En cambio, ello contribuye de forma activa a relativizar valores esenciales y con frecuencia degrada otras importantes virtudes como el amor, la amistad, la honestidad, la solidaridad, el respeto, la responsabilidad o el sentido del deber.

Por eso y siendo en el fondo conscientes de ello, algo que la realidad y las circunstancias de la vida nos recuerdan también con cierta frecuencia, al final ni el dinero, ni los bienes materiales, ni siquiera el poder o el reconocimiento social, cuando se persiguen con ese mismo objetivo, son argumentos lo suficientemente poderosos o trascendentes, como para provocar actitudes de valentía en un liderazgo inspirado por esas referencias. Al mismo tiempo, la sensación o la percepción de intrascendencia, aproximará la valentía a uno de sus dos extremos: la cobardía o la temeridad. En esa línea Aristóteles nos recuerda “uno no debe ser valiente por necesidad, sino porque es hermoso” y José Antonio Marina reflexiona al respecto: “valiente es el que mantiene una meta valiosa a pesar del riesgo, el esfuerzo o la dificultad que entrañe” y también “no es valiente quien se enfrenta sin más al obstáculo, sino el que se enfrenta animado por la razón que busca el bien”.

Por el contrario, el desapego por lo material y lo intranscendente, así como una visión elevada de la vida, infunde valor a las personas y contribuye a promover nuestra capacidad de liderar con valentía. Un líder que no sienta un excesivo apego por el poder o el dinero será capaz de tomar con mayor facilidad decisiones éticas, honestas o responsables y algo parecido ocurre con quien tiene su mirada puesta en aspiraciones de tipo espiritual.

De similar manera y directamente relacionado con esa escala de valores, la idea de valentía también viene determinada por aquello que nos impide mover a la acción: el miedo, y más concretamente la incapacidad para sobreponerse a ello, ya que de hecho ser valiente no significa ausencia de miedo, sino ser capaz de superarlo desde el convencimiento de estar haciendo lo correcto. Como recuerda Gandhi “un cobarde es incapaz de mostrar amor; es la prerrogativa de los valientes”, o “la ausencia de miedo es el primer requisito de la espiritualidad. Los cobardes no pueden ser morales”.

Por todo ello y más allá del ámbito personal, en donde sin duda la valentía también va a determinar nuestro grado de capacidad a la hora de liderar adecuadamente nuestra propia vida, en lo que respecta al liderazgo empresarial y en el ámbito político, es fácil constatar que situar en puestos de liderazgo a personas dotadas de una adecuada escala de valores resulta absolutamente esencial. No sólo por un lógico y lícito deseo de encumbrar hasta los puestos de responsabilidad a aquellas personas que reúnan y promuevan las referencias adecuadas, sino porque ante la eventualidad de una situación complicada en la que haya que tomar decisiones trascendentes, son esos valores los que marcarán la diferencia entre valentía, cobardía y temeridad.

Así, virtudes como la honestidad, la generosidad, la humildad, la ejemplaridad, el sentido del deber, la gratitud o la responsabilidad, junto al marco de referencia de los tres valores esenciales, el bien, la verdad y la belleza, contribuyen a ejercer el liderazgo desde la valentía. Por el contrario, la presencia de defectos como la deshonestidad, la mezquindad, la prepotencia, la indignidad, la falta de sentido del deber, la ingratitud, la irresponsabilidad, y en general la ausencia de referencias éticas y morales adecuadas, darán lugar a personas incapaces de liderar con valor.

De hecho y salvo honrosas excepciones, la realidad que nos toca vivir en estos días nos recuerda que estamos inmersos en la era del liderazgo cobarde o temerario, en donde “lo políticamente correcto” ocupa el espacio vacío dejado por la honestidad, la sinceridad, la transparencia, el sentido del deber, la responsabilidad, lo moralmente consistente, la ética y el hasta el sentido común. Estadistas, estetas, estafermos y estólidos reptan sobre los valores humanos para instalarse en un liderazgo pervertido, en donde lo importante no es contribuir al bien común, sino conservar e incrementar lo propio por encima de todo. De ahí el miedo y la ausencia de valentía; de ahí la cobardía, la mezquindad y lo miserable de tantos planteamientos, con frecuencia maquillados bajo palabras bien sonantes, como "progreso", "libertad" o "democracia". No tienen nada y no son nadie, pero temen perderlo todo, incluso lo que nunca han tenido, lo que aún no tienen o lo que jamás tendrán. Entre el pelaje de su estupidez se abrazan como garrapatas a lo prosaico, a lo inconsistente; con su inmoralidad atraviesan la epidermis de la vida, para desde su vacío interior succionar nuestras ilusiones, nuestros sueños, nuestro futuro… nuestras vidas y hasta la vida del planeta. Todo para tratar de rellenar su ingente cantidad de nada, su insaciable capacidad de nada.

Este modelo decadente de liderazgo también contribuye activamente a que hayamos llegado a una situación dramática, en donde la valentía también es necesaria para denunciar que aquello que llamamos “civilización” no siempre se corresponde con un progreso moral, sino que con frecuencia se confunde con avances científicos o tecnológicos no siempre bien empleados y con el materialismo que llena nuestras vidas de utensilios y trastos diversos, de dudosa utilidad, al mismo tiempo que vacía nuestros corazones, aturde el ánimo y merma nuestra capacidad cognitiva para discernir lo correcto de aquello que no lo es.

Hoy quería hablar de valentía y desde la valentía estoy tratando de hablar… aún a riesgo de parecer temerario. En todo caso prefiero rozar la temeridad a permanecer en la indolencia o terminar pareciendo un cobarde. Podemos seguir de perfil o en escorzo timorato como si nada pasara, o como si lo que pasara no fuera con nosotros, pero la realidad es contundente e implacable y a diario nos recuerda que ha llegado el momento de ser valientes y sobre todo de exigir valentía a quienes pretenden ejercer el liderazgo. Valentía para cambiar un mundo injusto, en donde la iniquidad se ha vuelto algo cotidiano; un mundo en donde desde el liderazgo social, económico, político o incluso religioso, se propaga con frecuencia el odio, se arriesga la convivencia pacífica, se destruye la vida, o se hipoteca nuestro futuro por varias generaciones.

Insisto en que ser valiente no significa no tener miedo, sino ser capaz de superarlo desde el convencimiento de estar haciendo lo correcto; es una actitud ligada a la noción de responsabilidad, al concepto de deber. Sin duda a lo largo del día tendremos oportunidad de comprobarlo en algunas otras intervenciones… Y hoy más que nunca, las circunstancias bajo las que nos ha tocado vivir exigen de todo nuestro empeño, para conseguir que la virtud de la valentía sea inherente al ejercicio del liderazgo, de forma que ello contribuya a lograr un modelo social en donde el ser humano constituya, verdaderamente, el centro sobre el que gira y se construye todo lo demás.

Termino mi intervención con unas contundentes palabras de San Ambrosio, quien luchó con valentía durante la última etapa del Imperio Romano para situar los valores del Cristianismo por encima del estado: “es propia de un alma nada mediocre la fortaleza, la cuál por sí sola defiende la belleza de todas las virtudes y custodia los juicios; lucha implacablemente contra todos los vicios. Incansable en el trabajo, fuerte en el peligro, inflexible contra el placer, pone en fuga a la avaricia, peste que debilita la virtud”.

Por Alberto de Zunzunegui Balbín
Intervención llevada a cabo durante la celebración del V FORO LIDERAZGO EMPRESARIAL Y HUMANISMO, en la Fundación Lázaro Galdiano, Madrid, 25 de septiembre de 2015.