sábado, 18 de febrero de 2012

DE LOS AÑOS VIVIDOS Y LOS PUENTES CONSTRUIDOS

"El secreto de la genialidad es el de conservar el espíritu del niño hasta la vejez, lo cual quiere decir nunca perder el entusiasmo". Aldous Huxley

Por desgracia la sombra del dios Chronos es tan larga como la de los cipreses a la puesta de sol y al final a todos nos alcanza esa helada umbría, que tanto pesa en el hombre. Y por más que tratemos de paliar la realidad con alegrías, cánticos, descorches y repostes, el resultado empírico es que nos hacemos mayores, que envejecemos y que el envase se deteriora inevitablemente, mientras vamos cumpliendo años de forma inmisericorde.

Con todo, lo verdaderamente triste no es el hecho de tener conciencia del movimiento en las hojas del calendario o constatar nuestra condición mortal y pasajera; ni tan siquiera ver el craquelado de nuestra cara, que con la edad nos terminará devolviendo el espejo o padecer los achaques propios de la vejez, sino descubrir cuán irresponsables son quienes descuidan su vida, hasta el punto de malvivir o malgastar este breve lapso de tiempo en la historia del Universo, o incluso llegar a emplearlo de forma indigna, para uno mismo y para los demás. Al final no es tanto la cantidad de tiempo vivido, sino la calidad de nuestra vida y más concretamente, la calidad humana, que es lo que verdaderamente confiere sentido a nuestra existencia.

Y si triste es morir siendo un niño o estando en la flor de la vida, más triste es abandonar el mundo peinando canas, sin haber realizado a lo largo de los años algo por lo que hubiera merecido realmente la pena vivir todo es tiempo; o peor aún, haberlo empleado para destruir o perjudicar las vidas de otras personas. Quienes así transitan por el mundo, no sólo desprecian a sus semejantes, sino que cometen un atentado contra su propia esencia, malversando miserablemente ese milagro -la vida- que se les ha concedido con generosidad y olvidando que, antes o después, su tiempo también habrá pasado. Ignorando, que inevitablemente deberán afrontar ese último trance con la única compañía de su conciencia y que cualquier cosa material que hubieran podido acumular con el paso de los años, en ese último instante habrá perdido todo su valor. 

Por eso, qué no cambiarían o darían en ese último momento por poder prolongar un poco más la estancia en este hotel terrenal, aunque fueran apenas algunas pocas horas más. Qué no darían por tener en ese momento una mano amiga, cálida, firme y sincera junto a ellos, que acariciara su alma y mitigara su pena, no por evitar lo inevitable, sino por sentir que al menos se marcharán habiendo importado a alguien y que habrá quien realmente lamente su muerte… Qué no darían por evitar tener que soportar el lúgubre y agitado revoloteo de los cuervos a los pies de la cama, que a distancia prudente esperarán recoger algún despojo de todo aquello que no puede llevarse en ese viaje… Qué no darían por conseguir, en ese momento, cambiar algo de sus vidas.

Al final es nuestro grado de responsabilidad  y compromiso lo que verdaderamente confiere un sentido a nuestra existencia. Y ese sentimiento, el de reconocer alguna utilidad en lo que hacemos a lo largo de nuestra vida, es algo que inevitablemente necesitamos para desterrar cualquier sensación de fracaso, para sentirnos realizados y para alcanzar una cierta paz y plenitud espiritual, que es lo que en definitiva nos aproxima a la felicidad. Evitar la vejez o detener el paso del tiempo es algo que escapa a nuestras capacidades, pero decidir cómo llegamos ella y en qué empleamos el plazo que se nos ha concedido, es algo que si esta en nuestras manos, al menos en cierta medida.

Quizás por eso recientemente recordaba, una vez más y con motivo de mi cumpleaños, el poema The Bridge Builder (El Constructor de Puentes), de la poetisa norteamericana Will Allen Dromgoole (1):
                            .                        
                                                 An old man, going a lone highway,
Came, at the evening, cold and gray,
To a chasm, vast, and deep, and wide,
Through which was flowing a sullen tide.

The old man crossed in the twilight dim;
The sullen stream had no fear for him;
But he turned, when safe on the other side,
And built a bridge to span the tide.

"Old man," said a fellow pilgrim, near,
"You are wasting strength with building here;
Your journey will end with the ending day;
You never again will pass this way;
You've crossed the chasm, deep and wide-
Why build you this bridge at the evening tide?"

The builder lifted his old gray head:
"Good friend, in the path I have come," he said,
"There followeth after me today,
A youth, whose feet must pass this way.

This chasm, that has been naught to me,
To that fair-haired youth may a pitfall be.
He, too, must cross in the twilight dim;
Good friend, I am building this bridge for him."

Y es que más que celebrar o llorar el paso de los años, deberíamos celebrar o llorar la dignidad o indignidad de nuestro paso por el mundo y revisar nuestro compromiso con ese don que se nos ha concedido, de forma que cada vela que pongamos sea una llamada a nuestra conciencia y una reflexión personal: una vela encendida por cada año vivido responsablemente y con plenitud, por cada puente construido para quienes vienen detras… y una vela que mantendremos apagada por cada año perdido, malversado o vivido de forma indigna... por cada puente que olvidamos construir a nuestro paso.

Particularmente, quiero pensar que la mayoría de las velas de mi vida están encendidas; al menos esa es la sensación que tengo y eso me llena de una profunda y serena alegría… incluso cada vez que cumplo años.

Por Alberto de Zunzunegui


(1) Traducción libre del poema original en inglés:

Un anciano peregrino, caminando por un sendero solitario, llegó al atardecer de un día gris y frío a un inmenso desfiladero, ancho y profundo, por donde discurría un peligroso río. 

A pesar de la oscuridad el anciano consiguió alcanzar el otro lado,  pues las tenebrosas aguas no le amedrentaban; más al llegar a la otra orilla se detuvo y se puso a construir un puente con el que poder cruzar la corriente.

"Anciano –le dijo otro peregrino-. Derrochas energías con tu obra; tu viaje habrá concluido al terminar el día, y nunca más pasarás por este camino; ya has cruzado el profundo y tenebroso barranco, ¿por qué construyes un puente al atardecer?". 

El anciano constructor irguió su gris cabeza: “Buen amigo –dijo-, hoy en el camino me seguía un joven cuyos pies también deberán pasar por aquí. Este barranco, que para mí apenas supuso un problema, puede ser una fatal dificultad para ese joven de pelo rubio. Él también deberá cruzar en la oscuridad del atardecer; buen amigo, para él construyo el puente".