jueves, 30 de diciembre de 2010

DEBERES DEL HOMBRE DE ESTADO

Los que hayan de gobernar el Estado deben tener siempre muy presentes estos dos preceptos de Platón: el primero, defender los intereses de los ciudadanos de forma que cuanto hagan lo ordenen a ellos, olvidándose del propio provecho; el segundo, velar sobre todo el cuerpo de la República, no sea que, atendiendo a la protección de una parte, abandonen a las otras. Lo mismo que la tutela, la protección del Estado va dirigida a utilidad no de quien la ejerce, sino de los que están sometidos a ella. Los que se ocupan de una parte de los ciudadanos y no atienden a la otra introducen en la patria una gran calamidad: la sedición y la discordia, de donde resulta que unos se presentan como amigos del pueblo y otros como partidarios de la nobleza: muy pocos favorecen el bien de todos.

De aquí las grandes  discordias de los atenienses, y en nuestra República no solamente sediciones, sino también pestíferas guerras civiles. Un ciudadano sensato y fuerte y digno de ocupar el primer puesto en la República, alejará y detestará estos males y se entregará enteramente al servicio de la República, no buscará ni riquezas ni poderío, se dedicará a atender a toda la patria, de forma que mire por el bien de todos. Jamás expondrá a nadie por falsas acusaciones al odio y a la malquerencia y de tal manera se abrazará a la justicia y a la honestidad que para mantenerlas afrontará peligros y hasta se entregará a la muerte antes que abandonar los preceptos que he dicho. 

No hay en absoluto cosa más desgraciada que la ambición y la lucha por conseguir los honores, y a propósito de ello dice muy bien el mismo Platón que los que contienden entre sí por conseguir el mando de la República se comportan lo mismo que si los marineros se disputaran en llevar el timón de la nave.

 "Sobre los Deberes", Marco Tulio Cicerón (escrito en el siglo I a.C.)


Dedicado a todos nuestros políticos, a los que encarecidamente les recomiendo que se instruyan debidamente antes de pretender llevar las riendas de un Estado, pues grande es su responsablidad y de ellos depende no sólo el presente de nuestra sociedad, sino también su futuro.

Dedicado a todos nosotros, votantes, que tampoco deberíamos dejar de instruirnos en la responsabilidad que implica la democracia y el ejercicio del voto, pues nada hay más peligroso y lamentable como encumbrar a puestos de liderazgo a quienes no sólo están lejos de merecerlo, sino a quienes carecen de la formación adecuada para defender los valores esenciales de cualquier sociedad, o los verdaderos intereses de cada uno de nosotros, en nuestra condición de ciudadanos... o lo que es más importante todavía: en nuestra condición de personas.  


Por Alberto de Zunzunegui