miércoles, 21 de diciembre de 2011

NAVIDAD

Este globo al que llamamos mundo se nos ha hecho tan pequeño, tan cotidiano que mezclamos el sabor de nuestras fiestas con el de las de otros pueblos al buen tuntún y, a fuerza de añadir ingredientes de una u otra nación, el resultado es una amalgama de símbolos a los que arrebatamos su auténtico sentido convirtiéndolos en torpes motivos de ocio o comercio sin más. Hace algunos años en muy pocos hogares madrileños se "plantaba" el árbol de Navidad, Papá Noel sólo formaba parte de cuentos lejanos y quizá por eso, o porque casi nadie disponía de chimenea no nos dejaba regalos en Nochebuena. En casi todos los hogares se montaba el Belén con mayor o menor aparato; se cantaban villancicos; se tocaba la pandereta; se intentaba hacer sonar la zambomba y se comían algunas cosas exquisitas que durante el resto del año no volveríamos a saborear. Al Recién Nacido, convencidos de su pobreza, porque tanto en el “cole” como en casa nos habían explicado con todo lujo de detalles que es lo que íbamos a celebrar,  solo le pedíamos previa e indirectamente aleccionados, que nos "hiciera buenos" o  que sanara a alguno de nuestros mayores. Todos sabíamos que a quienes había que dirigir el resto de las peticiones era a los Magos de Oriente que, aunque no siempre se enteraban del contenido de la carta y cambiaban a su antojo los regalos, solían portarse bastante bien. 

En casa, y aunque nunca tuvimos chimenea, si participé en mi infancia de muchas de las celebraciones entonces desconocidas y hoy habituales. Como mi familia entre España, Alemania, Francia, Portugal y Brasil formaba una modesta ONU, cada uno aportaba a los demás miembros creencias, costumbres y obsequios disfrutando todos de todo, sabiendo lo que celebrábamos y el porqué. 

Ahora tengo la impresión de que, para muchos, estas fiestas han perdido su esencia cristiana si no su razón de ser. Se sigue conservando la tradicional cena familiar de Nochebuena -cada vez menos tradicional y menos familiar-. Los grandes almacenes han establecido una cuota de regalos para los Reyes Magos y otra para Papá Noel, por lo que a algunos padres, que carecen del nivel económico de Santa Klaus, o de los Reyes, se les hacen los dedos huéspedes y el bolsillo una piltrafa. 

En muchos hogares faltan los viejos, desde que les bautizaron con ese ridículo nombre de tercera edad y les acomodaron en una residencia, más o menos aceptable, porque allí iban a estar mucho mejor. También hay merma de niños en las casas, porque la vida se ha vuelto complicada y no todos consiguen esa panacea de la conciliación. Exceptuando el apartado de turrones y mazapanes, las comidas contienen pocas sorpresas porque gracias a los congelados y al mundo global, mariscos, frutos exóticos, y otras delicatessen por el estilo forman parte de la alimentación cotidiana de gran parte de la población, -aunque tal como se han presentado las cosas quizá tengan los días contados-.

En el apartado de las costumbres, muchos de nuestros jóvenes aprovechan estos días para disfrutar de la nieve; las agencias de viajes programan itinerarios de ensueño a precios "módicos" y al final, muchas madres españolas preparan la cena de Nochebuena con esmero... para dos, mientras miran el árbol o el calcetín desmayado al borde de la chimenea recordando con nostalgia aquellas Navidades de su infancia y susurrando: ¡Cuántos se han ido ya!

Por mal que nos vengan dadas, no debemos engancharnos a la droga del desaliento y la desesperanza. Recordar el pasado puede ser muy hermoso, siempre que no nos empeñemos en anclarnos a él y Navidad, a pesar de todo, siempre será Navidad. No importa la edad que tengamos. Es necesario, casi diría yo imprescindible, que disfrutemos de ella. Pidamos al Niño-pobre, un kilo de ilusión, cien gramos de ternura y un cesto de sonrisas, rebusquemos después en el pozo de los años hasta encontrar en el fondo al pequeño que un día fuimos, y mirémoslo todo a través de sus ojos. Volvamos a pasear por las calles llenas de luz; salgamos a recorrer los mercadillos llenos de mil y una chucherías, compremos una pandereta sin rubor. Digámosle a todos los nuestros cuanto les queremos, abracemos a nuestros viejos para que se les caliente la vida; besemos a nuestros padres, que no hay para ellos regalo mejor; juguemos y soñemos con nuestros hijos, para que también ellos en el futuro puedan evocar una niñez feliz y llena de cariño. Disfrutemos en silencio y agradecidos la vida que tenemos y saboreemos dulce... suave... deliciosamente el nacimiento de uno de los Niños más pobres del mundo que, a pesar de ello, reinventó el amor. 

Por Elena Méndez-Leite