sábado, 26 de noviembre de 2011

DEL SUFRIMIENTO Y LA FELICIDAD

"La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días". 
Benjamin Franklin 


Inevitablemente y pese a nuestros vanos intentos de resistencia, la mano callosa del tiempo nos vendimia de la niñez y nos arroja al lagar de la juventud, en donde la vida nos machaca con sus pies descalzos hasta extraernos toda la inocencia. Luego maduramos durante años trabajando como borricos, hasta conseguir un magnífico viejo gran reserva, con maldición de origen... y aún así, ¡merece la pena vivir para beberse hasta la última gota!

Sin duda la vida merece la pena y hasta en las condiciones más duras el ser humano se aferra a ella. Así lo supo plasmar Dominique Lapierre en La Ciudad de la Alegría, un monumento literario a la grandeza del ser humano y a su capacidad única de sobreponerse a la adversidad, la injusticia, la miseria, el dolor o la enfermedad, a través del amor por la vida y los semejantes. Un libro que ensalza la belleza de la existencia humana incluso en los lugares más miserables del planeta y que nadie debería dejar de leer, especialmente en tiempos de crisis o cuando maldecimos el maltrato al que nos somete el destino... no porque ayude a evadirnos de la realidad, sino porque, precisamente, nos invita a enfrentarnos a ella con coraje, serenidad, determinación... y alegría. Incluso en los peores momentos o ante las circunstancias más duras.

La base de esa alegría, de la capacidad del ser humano para encontrar felicidad aún en las condiciones más adversas de la vida, radica en la comprensión de la realidad, mediante la aceptación de que el sufrimiento constituye parte inseparable de nuestra existencia. Por eso, pretender escapar al dolor o la adversidad constituye un deseo lícito, pero únicamente realizable de forma parcial o temporal, ya que antes o después nos veremos obligados a enfrentarnos a situaciones, propias o ajenas, que nos harán sufrir, como las desgracias, la enfermedad, o la muerte. Por descontado, como nos recordaba Friedrich Nietzsche, “No hay razón para buscar el sufrimiento, pero si éste llega y trata de meterse en tu vida, no temas; míralo a la cara y con la frente bien levantada”.

Por otro lado, para poder aceptar desde la serenidad que el sufrimiento forma parte de la vida, resulta esencial entender que la felicidad también se encuentra igualmente a nuestro alcance, pues en palabras de John Locke “Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”. Y si bien no siempre podremos evitar las circunstancias dolorosas que nos atormentan, tenemos la facultad, a través de nuestra actitud, de establecer un sistema de compensaciones que nos permite equilibrar el sufrimiento con la felicidad, al menos en alguna medida. Viktor Frankl, quien sobrevivió a la terrible experiencia de pasar por un campo de concentración nazi, escribía al respecto “Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento”. En realidad, resulta absolutamente imprescindible establecer ese sistema de compensaciones, que pueden ser incluso expectativas de felicidad y mantener una actitud positiva, ya que de lo contrario, si únicamente tuviéramos por delante una vida de sufrimiento, ésta sería sencillamente insoportable.

No sólo eso, sino que el comprender que el sufrimiento y las dificultades sobrevenidas pueden constituir potentes motores de cambio, superación y evolución personal, es otra de las compensaciones más inmediatas a nuestro alcance. No hace falta ser un observador muy agudo para darse cuenta de que el ser humano se crece normalmente ante las dificultades de la vida, siendo entonces cuando saca a relucir lo mejor de su humanidad. Virtudes como la bondad, la generosidad, la justicia, la abnegación o el honor, únicamente se convierten en tales en ausencia de ellas: no se puede ser bondadoso sin que exista la maldad; no puede haber generosidad donde no existe la miseria; no se puede ser justo donde no hay injusticia; no es posible la abnegación donde todo viene dado con facilidad y no se puede tener honor donde el deshonor no se conoce.

Por el contrario, cuando no somos capaces de establecer un sistema de compensaciones adecuado, cuando no tenemos unas mínimas dosis de felicidad que contrarresten el sufrimiento propio de la vida, la desilusión se apodera de nosotros y empezamos a perder interés por todo aquello que nos rodea. Se inicia con ello un proceso difícil de detener, un círculo vicioso, en donde nuestro desinterés es directamente proporcional a nuestra incapacidad para encontrar momentos de alegría. Al perder la ilusión y no encontrar motivos de felicidad, desaparecen con ello las expectativas y las metas que motivan la acción. A cambio -en el mejor de los casos- se instaura un anhelo anodino pero persistente, en donde la ilusión se transforma en un supuesto derecho insatisfecho, por el cuál se clama y se reclama a la sociedad, a la familia, a los padres... Quienes llegan a esa situación, no han entendido, entre otras cosas, que la ilusión no es un derecho, sino un estado de ánimo y que ese estado de ánimo depende exclusivamente de nosotros y de nuestra capacidad para encontrar –o anhelar- momentos de felicidad. En palabras de Gilberth K. Chesterton “Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina”.

En un intento de esquivar la tozuda realidad, hay quien tratará de huir del sufrimiento sin conseguirlo, lo que hará que sobrevenga un sentimiento de fracaso añadido, que contribuirá a aumentar la sensación de angustia vital. Incluso en el supuesto caso de que momentáneamente pueda conseguirlo, conviene tener presente que en situaciones de bonanza prolongadas, el ser humano tiende a relajarse en exceso e incluso llega a producirse una paulatina degeneración de su esencia humana y una progresiva exaltación de la parte más animal. Un embrutecimiento que pasa por distanciarnos o incluso hacernos ignorar esa espiritualidad, que es la que precisamente nos confiere nuestra cualidad humana y cuya ausencia nos conduce a la más absoluta indiferencia frente al dolor o las desgracias ajenas, haciendo que lleguemos a olvidar el nivel de intensidad que puede alcanzar el sufrimiento humano… hasta que inevitablemente, antes o después, se produce un nuevo encontronazo con la realidad, que además nos cogerá desprevenidos y sin la capacidad adecuada para contrarrestar sus efectos negativos.

Una vida que, por su dureza, asociamos también a la imagen de una jungla densamente poblada, en donde cada especie lucha por la supervivencia de forma extrema, intensa y permanente. Un lugar compuesto por diferentes estratos dotados de características propias, pero con un denominador común: todos encierran gran multiplicidad de seres vivos, unos en conflicto permanente, otros en perfecta simbiosis, pero todos necesarios para la supervivencia del ecosistema resultante, en donde el nexo común son las dificultades y el sufrimiento que inevitablemente todos deben afrontar.

Y a pesar de la hostilidad del medio y de toda esa lucha desesperada por la vida, en esta selva que habita y configura el ser humano, también hay espacio para la felicidad y los buenos momentos. Incluso en aquellos lugares en donde la lucha es más encarnizada o donde apenas llega la luz y el calor de nuestra humanidad, podemos encontrar destellos de felicidad. Precisamente, es en los lugares de mayor oscuridad en donde el resplandor de la luz se hace más intenso y su brillo cobra más valor.

Por desgracia, el ser humano no siempre tiene claras las referencias y a veces se muestra incapaz de crear un sistema de compensaciones adecuado. En nuestro afán por encontrar la felicidad absoluta terminamos pensando que la misma depende de grandes logros, o básicamente de bienes materiales. Esta circunstancia también nos induce a pensar erróneamente que la felicidad se puede comprar, invirtiendo en ello un tiempo y unas energías preciosas y generalmente escasas. Al mismo tiempo, nos desentendemos de aquello que nos podría proporcionar una felicidad más inmediata y dejamos de percibir todas esas pequeñas maravillas dispuestas a ambos lados del camino, así como la grandeza de nuestro propio interior, al que raramente nos asomamos. Nuestro anhelo de hallar la felicidad en base a grandes realizaciones o a elementos materiales, acapara toda nuestra atención, impidiendo que podamos disfrutar de las cosas sencillas que nos rodean o de la parte espiritual de la vida, algo sobre lo que ya nos advertía Séneca: "Feliz es, por consiguiente, el que tiene un criterio recto, el que se contenta con lo que tiene, tenga lo que tenga, y el que prefiere sus propias cosas a las que le puedan venir de fuera; bienaventurado aquel a quien la razón hace agradables todas las situaciones de su vida".

Tal vez por ello, más que correr en pos de la felicidad plena -probablemente imposible de alcanzar-, deberíamos acostumbrar nuestra vista a la oscuridad y, sin renunciar a la búsqueda activa de sus formas más perfectas, buscar también equilibrios, pequeñas compensaciones y felicidades parciales, que hagan disminuir la importancia y el peso de los aspectos más dolorosos de esa lucha por la existencia. Cuanto menos dependamos de lo material para ser felices y más disfrutemos con las cosas cercanas y cotidianas, así como de la parte espiritual de la vida, más momentos de felicidad parcial seremos capaces de encontrar. Disfrutar del mundo que nos rodea, de nosotros mismos, de lo que somos -de lo que somos hoy, no de lo que anhelamos ser mañana- y de lo que tenemos -de lo que tenemos hoy, no de lo que anhelamos tener mañana-, sin duda ayuda a caminar por la selva de la vida y es un gran paso hacia la felicidad... Asumir, como decía Erasmo de Rotterdam, que “La felicidad consiste, principalmente, en conformarse con la suerte; es querer ser lo que uno es”. Si además somos capaces de construir el bien a partir de lo que somos y ser también felices a través de la felicidad de los demás, nuestras posibilidades de encontrar pequeños momentos de alegría se multiplican: tanto como todo el bien que seamos capaces de crear y tantas veces como personas vemos a nuestro alrededor, pues en palabras de Denis Diderot “El hombre más feliz es el que hace la felicidad del mayor número de sus semejantes”.

Quizás ello sea posible porque la vida tampoco difiere mucho del principio en el que se inspira el cinematógrafo: fotografías o dibujos estáticos que configuran fotogramas y cuya rápida sucesión hace que la sensación sea de movimiento. De la misma forma, a medida que aumentamos el número de felicidades parciales y acortamos los tiempos entre ellas, la sensación que se percibe es cada vez más cercana a la felicidad permanente.

Por Alberto de Zunzunegui