viernes, 11 de noviembre de 2011

HUMANISMO FRENTE A LA CRISIS

Por su interés, reproducimos el artículo del historiador Fernando García de Cortázar, publicado en el diario ABC el pasado día 30 de octubre de 2011.



HUMANISMO FRENTE A LA CRISIS

Lejos de las sonrisas y lágrimas de nuestro espectáculo electoral, adelanto mi jornada de reflexión en un momento en el que la historia nos pone a prueba, en casi todo. En la pérdida de valores acelerada que degrada la vida de las personas con mayores posibilidades culturales; en el derrumbe de un sistema que es incapaz de conceder un nivel de vida adecuado ni siquiera a quienes vivíamos en situaciones de privilegio y que devasta las esperanzas de los que, como ocurre en el cuerno de África, mueren sin haber llegado a vivir. Nos pone a prueba para indicarnos si somos hombres sumisos, entregados a una fuerza del destino que no deseamos encarar, o somos hombres sin alma, dispuestos a salvarnos en los escasos botes del Titanic, mientras llega a nuestros oídos el aullido de las víctimas, convertido en un solo grito de acusación y terror. La historia, nos lo recuerda Walter Benjamin, no es lo que suponemos que sucedió en el pasado, sino lo que brilla en un instante de peligro.

La historia vuelve a convertirse en un tribunal hegeliano, pero dotado de un sentido moral que no solo medirá lo que merece seguir existiendo, sino que nos pondrá delante del juez más implacable, que es el de nuestra propia conciencia. Ante ella no cabrán las jugarretas de abogados bien provistos de fondos de reptiles ni de la ambigüedad de la ley siempre porosa. Estaremos, esta vez sí, solos ante quien lo sabe todo de nosotros, sin que valga defensa farsante ante ella ni petición de instancias superiores que revoquen su decisión.

Estos tiempos de cólera, los más duros que vive Occidente desde la caída del Muro de Berlín, nos deberían servir para hacernos algunas preguntas que nos obliguen a miradas más hondas, a distancias más largas que las de las alternancias políticas, a la búsqueda de razones más profundas que las de los programas de los partidos. Lo peor de la situación actual no es que el mundo esté atravesando otra de las profundas crisis materiales sufridas los dos últimos siglos, sino que no tiene a su disposición el repertorio de valores con los que trató de comprenderlas y soportarlas.

En estos momentos de crisis, cuando la fiesta parece haberse acabado —aunque sabemos perfectamente que millones de personas nunca fueron invitadas a ella— es urgente que nos preguntemos si estamos dispuestos a empezar en otra sociedad que, tras el pavor de lo que estamos viviendo ahora y las circunstancias de espanto que el siglo XX reiteró, ofrezca un camino hacia un nuevo emplazamiento de la perspectiva moral y el humanismo. En su tiempo, Gramsci se equivocó gravemente creyendo que sus propuestas «para la eternidad» podrían realizarse en el marco de su partido, el comunista, que siempre entendió como propuesta de civilización, nunca como mero instrumento para organizar el poder. Pero su preocupación por la cultura sirvió para definir claramente la tarea de una generación y la propia de la militancia política: superar el simple reformismo para plantearse la construcción de un mundo nuevo; rebasar el espacio del debate parlamentario para buscar esa totalidad que parece asentar, ella sola, la seguridad de los hombres en la Tierra.

Naturalmente, ello exige unas premisas distintas de las que la crisis con su penuria económica también está dejando al descubierto: la degradación de nuestras actitudes culturales, en las que todo lo hermoso que nuestra civilización ha construido se convierte en tierra donde habita el olvido, mientras se ensalzan los reality shows, el desmoche de todo pensamiento crítico o la simple sensibilidad ante la belleza y la búsqueda de un sentido a la vida. Asistimos al pillaje ejercido sobre un patrimonio que ni siquiera era nuestro, sino una herencia fabricada con reverencial cuidado por generaciones de hombres y mujeres que no nos lo entregaron para que fuera echada a los escombros de lo que no importa.

Y tenemos que salir al paso de esa circunstancia de dos caras porque lo que está haciendo es llevar adelante el proceso de deshumanización que tantas veces trató de realizarse sin éxito en el siglo XX y que ahora puede llegar por caminos menos evidentes, pero con singular eficacia, como todo aquello que se hace y no se reviste de mera propuesta, sino de la propia naturaleza de las cosas. En efecto, es la Humanidad la que está en peligro: no en su supervivencia biológica, sino en aquello a lo que durante siglos hemos llamado personas. ¿Qué ocurrirá cuando millones de seres descubran que la vida tenía un sentido, pero se les ha arrebatado, condenándolos a vivir solo para poder seguir en pie cada mañana, como un animal al que se ha alimentado y al que se divierte con el juego de arrojarle una rama para que la devuelvan al amo, moviendo el rabo en señal de agradecimiento?

Hemos pasado, paradójicamente, del mundo en el que la inflamación de las ideas se convertía en un espacio de hipertrofia ideológica que nos dejaba indefensos a un mundo en el que cualquier valor, idea o principio se contempla con la reticencia de quienes no desean ser sometidos a ningún interrogatorio moral. Dejar de lado las ideologías es, aunque parezca una contradicción, entrar en el campo mucho más feraz de los principios morales. Sin los dogmas ideológicos, no se establecerán esas fronteras artificiosas que obligan a convivir con canallas y nos alejan de los hermanos. Porque los campos no se definirán por los programas, sino por las conductas; las palabras solo tendrán sentido cuando designen aquello para lo que fueron convocadas en su formulación, no en el significado que, según la ortodoxia de Lewis Carroll, se les asigna por quien manda. «Desprecio a aquellos cuyas palabras van más lejos que sus actos», proclamaba Camus.

Los historiadores ponen el origen del movimiento obrero en aquellos igualitarios levellers que se planteaban lo que era justo, no lo progresista, ni siquiera lo simplemente posible o políticamente correcto. Descubrieron lo que era justo viendo lo que era la injusticia. Aquel no podía ser el mundo, aquel no podía ser el reino de Dios en la Tierra. Y sobre esa esperanza, sobre esa fe y sobre esa caridad nació el movimiento que enlazaba a quienes no se resignaban, ya no en el movimiento frívolo de la Puerta del Sol, sino en las jornadas de sol a sol de los albores del mundo contemporáneo. Como le decía Pasolini al Papa, con la esperanza y la fe se puede construir el fascismo; con la caridad sumada a ellas se edifica el humanismo. Claro que para levantar este debemos asumir que las tres palabras, las tres virtudes no son solo propiedad de los creyentes, como debemos aceptar que la libertad, la igualdad y la fraternidad no son privativas de los agnósticos.

Empujando hacia arriba la roca, desde el fondo del infierno, no nos conformamos con saber que ese es nuestro destino. Queremos poder decir no y negarnos a continuar con esa labor inútil, condenados por quienes se creen con el derecho a hacerlo. No somos Sísifos rebeldes a medias y obedientes en lo esencial de una condena eterna. Somos hombres que no reconocen a hombre alguno con poder mayor, sino solo a hombres a los que admirar por su inteligencia más brillante, por su generosidad más conmovedora, por su humildad más sonrojante. No hay que imaginarse a Sísifo dichoso. Hay que superarlo en una tarea de reconciliación de quienes, a uno y otro lado de una doctrina, hallan la complicidad profunda de una conducta. Por este enunciado humilde podemos empezar.

Por Fernando García de Cortázar, Catedrático de Historia de la Universidad de Deusto y Director de la FUNDACIÓN DOS DE MAYO NACIÓN Y LIBERTAD
Publicado en el diario ABC el pasado día 30 de octubre de 2011