sábado, 19 de noviembre de 2011

DESPERTAR DE UN MAL SUEÑO

Para cualquier ciudadano de bien de este país -de bien somos muchos, de "a pie" no queda casi nadie-, las compras navideñas supondrán un ejercicio de adaptación al cambio, de mayores proporciones que en años anteriores. Como todo no iba a ser malo, esta mutación se nos ha ido  revelando paulatinamente. Al principio, alguien nos contó que lo de la crisis era un invento de los agoreros de la derecha, mientras que en Europa se cantaba otra copla distinta, pero cuando la economía empezó a ser, no un problema de ajuste de gastos familiares, sino el tema de conversación de tirios y troyanos; cuando el dinero previsto no llegaba ni al día veinte de cada mes; cuando era más difícil conseguir una hipoteca que  adquirir entradas para ver a José Tomás y cuando, para colmo de festejos, a los funcionarios les pegaron un tajo de machete a los salarios y a los ancianos les congelaron las pensiones, se empezaron a disparar las alarmas y, poco a poco, nos dimos cuenta de que la miseria no era una cosa que pasaba en la posguerra y en los países tercermundistas, sino que amenazaba muy de cerca a una Europa confundida y mal administrada, y que “Papá América” podía estar a punto de quebrar.

El ciudadano honesto suele ser además sensato y, tras estos primeros indicios de la catástrofe que se avecinaba, intentó que no le volvieran a coger por sorpresa y se ajustó el cinturón. Revisó, por enésima vez, el presupuesto familiar incluyendo entre los gastos las nuevas subidas de impuestos; de alimentación; de vestuario; de matrículas etc., y fechas más tarde, con harto dolor de corazón, reunió a la familia y, cariñosamente, pero con la mayor energía, comentó la situación y los cambios que había que asumir para intentar hallar, con el esfuerzo de todos, el modo más eficaz de reducir el consumo, de estirar el sueldo, más o menos congelado, si es que no le ponían de patitas en la calle, y de prescindir de todo aquello que no fuera necesario hasta que la crisis desapareciera y la bonanza volviera otra vez.  

Pero, al propio tiempo se preguntaba: ¿Cómo hemos podido llegar a esta lamentable situación? Comenzamos bien durante los primeros años de nuestra democracia, buscamos la prosperidad con mesura, conscientes de que el bienestar solo nos vendría dado a través del propio esfuerzo y de la eficacia y el buen hacer de nuestros representantes, pero más tarde se disparó la fiebre del consumo. Ya no se trabajaba para mejorar de posición sino para cambiarla radicalmente. Todo invitaba a gastar, cuando no a derrochar. Sacrificio, ahorro y prudencia fueron términos olvidados o arrinconados. Cambiaron los modos de vida, las costumbres, los anhelos, las apetencias. Ése sí que fue un auténtico cambio. ¡Habíamos conquistado el progreso! Esta conquista, sin embargo, tuvo dos inconvenientes. El progreso era ficticio -cualquier progreso que acaba en retroceso no es tal-, y para acceder a él habíamos pisoteado algunas de nuestras más nobles raíces, algunas de nuestras más acendradas virtudes y, al final la frivolidad, el dispendio y la mala administración de los bienes comunes, practicados en el último quinquenio nos perseguía como un mal sueño.

Y lo más terrible de esta crisis  es que cuando se comenzó a  vislumbrar un horizonte turbio y amenazante que aconsejaba moderar las apetencias, frenar el gasto y ajustar el presupuesto, la eficacia y el buen hacer de nuestros gobernantes brilló por su ausencia. Pedir austeridad no provoca aclamaciones en masa, es anti popular y, desde luego no proporciona votos. Muchos gobernantes, sin saber -o sabiendo bien- la que se nos venía encima, hicieron oídos sordos, siguieron viviendo “a la gran dumón” pública y privadamente,  gastaron lo que tenían y lo que no tenían, endeudando a sus administraciones hasta las cejas, hicieron la vista gorda ante los desmanes de bancos y Cajas y demostraron su incapacidad, cuando no su deshonestidad llevándonos al empobrecimiento al que la caída, lenta pero constante, de nuestra economía nos ha abocado y de la que nos va a costar Dios y ayuda emerger. 

Luego, de repente, se le vieron las orejas al lobo y cuando la tormenta estaba ya encima de nosotros, se nos pidió –no a ellos, sino a nosotros- sacrificios sin cuento; se nos exprimió sin piedad; se nos obligó a amortizar, con nuestra propio ahorro, lo que otros despilfarraron sin preguntar. Se habían invertido los papeles. Con nuestra eficacia y buen hacer debíamos dar ejemplo de austeridad a quienes estaban obligados a proporcionárnoslo a nosotros. ¡Vivir para ver!

Y me pregunto: ¿Cómo habría reaccionado un gobierno si cada uno de sus ciudadanos se hubiera propuesto vivir a lo grande; agotar lo que tenía y dejar a deber lo que no tenía; comprarse una casa nueva, el coche más sofisticado, los cuadros que le viniera en gana; recibir a sus amigos con pompa y boato; viajar por el mundo hospedándose en los mejores hoteles, procurarse pensiones millonarias; inhibirse de la administración de sus bienes sin corregir, por orgullo, prepotencia o desidia, los desmanes de su propia incapacidad, de los de un cónyuge derrochador o del más incompetente de sus hijos y,  cuando la situación fuera ya insostenible, pidiera a sus gobernantes que disminuyeran el gasto, se apretaran el cinturón y le entregaran el producto de estos ajustes para amortizar la deuda acumulada por su imprevisión o malversación? ¿Aceptaría el Gobierno tamaño desatino, le concedería, si se diera el caso, lo solicitado; otorgaría su voto de confianza y su credibilidad a semejante ciudadano por más que le prometiera, una y otra vez, que "ahora" iba a cambiar?

No debemos apurarnos. Este caso nunca se dará pero, a veces, viene bien invertir los papeles en un ejercicio de imaginación, porque nos estamos malacostumbrando a considerar a nuestros servidores -que no otra cosa son los gobernantes- como dueños y señores de bienes y haciendas. Rendimos pleitesía a quienes nos la deben. Escuchamos mentira tras mentira con el más absoluto respeto y, además, sufrimos en silencio. Nos apretamos el cinturón, -varios millones de ciudadanos hasta les votamos-, y  todos los bien nacidos seguimos contribuyendo y aportando gran parte del fruto de nuestro trabajo para el bien común. Este mal sueño dura ya demasiado tiempo y amenaza con convertirse en la horrenda pesadilla de todo un pueblo.

Mañana hay que ir a votar porque nosotros somos ese pueblo soberano y, espero que consciente, pero cada uno de nuestros votos tiene un valor incalculable, aplíquense el cuento todos cuantos con él accedan a dirigir España, no lancen las campanas al vuelo los vencedores porque pueden morir de éxito. Escuchen y miren a los ojos de esos millones de ciudadanos para saber lo que es la responsabilidad, el esfuerzo, el sacrificio y el dolor. 

¡Aprendan todos ellos de nosotros, de una vez!

Por Elena Méndez-Leite